20.FEB.21 | PostaPorteña 2187

LA VENGANZA DE JUAN PLANCHARD (XVI) FIN

Por Jonathan Jacubowicz

 

ANDRÉS CARNE DE RES

Al llegar a Cúcuta lo primero que hice fue comprar un celular. Luego alquilé un carro y arrancamos para Bogotá.
Entonces Joanne llamó por video chat a su mamá.
Scarlet estaba tirada en el piso de su habitación de hotel en Cabo San Lucas, tras días de llanto en los que la policía local decía estar siguiendo pistas de la niña. Yo no vi su rostro cuando atendió el teléfono, pero escuché su grito de alegría al ver a Joanne:
— ¡¿Dónde estás?!
—En Colombia –respondió Joanne.
— ¿Qué? ¿Con quién? ¿Estás bien?
—Estoy bien mamá, no te preocupes.
— ¿Cómo es eso? ¿Quién está contigo?
—Mi papá es un héroe, mami. Un héroe como en las películas.
— ¿Estás con tu papá?
Joanne volteó el teléfono y me mostró manejando.
—Hola Scarlet –dije sabiendo que lo que venía era fuerte.
— ¿Tú te la llevaste?
— ¡No! –grité, y Joanne giró el teléfono hacia ella.
— ¿Qué haces tú allá? ¡Te voy a matar! –siguió gritando Scarlet.
—No, mamá, me secuestraron en México y me llevaron a Venezuela. Mi papá me salvó.
— ¿Pero te hicieron daño?
—Estoy bien, mamá. Deja el drama y ven a buscarme.
—Voy inmediatamente. Pero pásame a tu papá. Joanne apuntó el celular hacia mí.

— ¿Me puedes explicar qué coño está pasando? –preguntó Scarlet.

—Lo que te dijo Joanne. Perdóname… por culpa mía se metió en problemas. Afortunadamente la salvamos y ahora vamos a Bogotá a esperarte.

— ¿Pero tú no estás preso en California?

—No me lo vas a creer pero… la CIA me sacó para una misión especial en Venezuela.

—No puede ser…
—Tú sabes que nadie conoce Venezuela como yo.
—Después me explicas… Me traje el avión para acá, así que voy saliendo.
La muy puta tenía avión privado, con mi dinero. ¡Pero cómo la amaba!

—Desde Cabo deben ser como seis o siete horas de vuelo –le dije–, a nosotros nos toma como diez llegar a Bogotá. Si quieres nos vemos en la noche en Andrés Carne de Res.
— ¿Eso qué es?
—Es un restaurante de carne, en las afueras. Te lo mando por texto. Te va a gustar.
—Okey.
—Pero no le digas nada a nadie, por favor. No quiero que los gringos sepan dónde estoy.
— ¿Estás fugado?
—No… Pero es complicado, aquí te explico.
—Pásame a mi hija.
Joanne movió el celular hacia su rostro.
— ¿De verdad estás bien, Joanne?
Joanne la miró fijamente con una sonrisa:
—Mamá, han sido las mejores veinticuatro horas de mi vida.

Se me arrugó la garganta y no aguanté, rompí a llorar. Joanne se dio cuenta y me filmó…

—Okey –dijo–, están los dos llorando como niñas, cuando aquí la única niña soy yo.
Nos cagamos de la risa, los tres. Scarlet y yo compartimos carcajadas de llanto, como locos. Era también el mejor día de mi vida.

El viaje a Bogotá fue una belleza. La travesía era larga y fría, pero llena de paisajes andinos preciosos por todos lados.
Joanne me fue contando toda su vida, me habló de cómo le gustaban el melón y los croissants, explicó que prefería a Moana que a Elsa la de Frozen, porque Elsa era blanca y había que combatir el racismo sistemático, pero que su muñeca favorita era Betty Boop porque “tenía más edge”. Me enumeró a sus amigas del colegio, y narró con rabia la historia de una tarde en la que le robaron su bicicleta en plena estación central de Ámsterdam.

Le pregunté cómo había sabido responderle al Guerrillero y me dijo:
—Desde chiquita mi mamá me metió en clases de español.
Yo nunca entendí por qué, pero siempre me dijo que era muy importante.
No era tan rata la Scarlet, después de todo. Había preparado a mi hija toda su vida para este momento.

Llegamos a eso de las diez de la noche a Andrés Carne de Res, un restaurante en las afueras de Bogotá, lleno luces psicodélicas y música a todo volumen. No sé por qué cité a Scarlet ahí, supongo que mi instinto fue recordarle lo bien que la pasábamos juntos en lugares extraños.
Cuando llegamos, Scarlet estaba en el estacionamiento esperando. Joanne salió del carro corriendo, Scarlet también corrió hacia ella. Estábamos en la mitad de la nada, con ese delicado frío andino que convierte la respiración en vapor.
Todos habíamos recorrido tanto para llegar hasta ahí. Era un encuentro tan improbable, tan inimaginable.

Se abrazaron a unos metros de mí. Scarlet la cargó y la cubrió de besos. Lloró otra vez y la apretó con fuerza, mirándola como quien mira un milagro. Sentí culpa pero también sentí ese peso, el peso del destino que cada día nos demuestra que no somos más que pasajeros en un viaje misterioso, a veces doloroso, pero siempre coherente y dispuesto a que se aprenda de él. La vida no pide permiso para enseñar.

Scarlet se me acercó, llena de dudas, deseando descargar sobre mí la rabia que había acumulado durante el horror que acababa de vivir.

—Me debes muchas explicaciones –dijo con seriedad.
Yo me encogí de hombros, con humildad… Parte de mí quería disculparse, pero estaba tan contento, tan agradecido por ese primer momento en el compartía mi libertad con los únicos seres queridos que me quedaban en la tierra; que sólo pude sonreír:
—Tú también me debes unas cuantas –respondí.

Era indudable… No había nada que yo pudiese hacerle que se comparase al tamaño de su traición. Y sin embargo yo estaba ahí, como siempre, dispuesto a perdonarla y a darlo todo por compartir mi vida con ella.
Intentó mantener la seriedad todo lo que pudo, pero se le asomó una pequeña sonrisa…
—Supongo que tienes razón –dijo.
Y sin perder otro instante, la besé con la pasión desenfrenada que llevaba amarrada a mi alma desde la primera vez que la vi.
Joanne brincó y celebró con alegría. Corrió hacia nosotros, nos abrazó y gritó:
— ¡Sandwich familiar!
Se le salían las lágrimas. Por fin tenía padre y madre. Por fin había unido a su familia. 

LA PALOMA ROSTIZADA

Pasamos la noche en un hotel bajo perfil en las afueras de Bogotá. Fue tremendo ejercicio de autocontrol para mí y para Scarlet, pues al estar con la chama, no podíamos tirar. En parte lo agradecí porque todavía tenía la paloma rostizada, y si la gringa la veía en ese estado se me podía asustar.

Al día siguiente nos fuimos al aeropuerto, bien temprano. No les voy a decir hacia dónde decidimos irnos porque ustedes son muy sapos y a mí me andan buscando los iraníes, los rusos, los chavistas, los opositores, y hasta los gringos.

Pero sí les cuento que antes de montarme miré alrededor, y pensé que quizá sería la última vez que vería el cielo latinoamericano.

Respiré profundo, agarré el celular e hice la última llamada necesaria:

—Pantera –dije al escuchar su voz.
— ¿Cómo está jefe? ¿Dónde anda?
—Estoy bien mi pana, fuera de Venezuela.
—Gracias a Dios.
—Necesito que me ayudes con algo…
—En lo que pueda.
— ¿Te acuerdas de la Goldigger?
—Claro.
—Llámala por fa, y dile que me mataron en un enfrentamiento en Valle Hondo.
— ¿Así mismo?
—Así mismo, hermano. Voy a desaparecer.
—Pues así lo haré, jefe, que le vaya muy bien. Y que Dios lo bendiga.
—A ti también mi bro. Cuídate mucho. Y gracias por todo.

Colgué y sentí que cerraba el capítulo más doloroso de mi vida. Respiré profundo como para no olvidar jamás ese momento, y entré al avión.

Scarlet vestía una braga Versace negra con mangas de colores y estaba recostada comiendo empanadas colombianas.

Joanne tenía unos jeans Valentino y una chaqueta Prada que Scarlet le había traído desde México. Estaba pegada a su iPad viendo a la Doctora McStuffins en holandés. La nave era un Gulfstream 5 que llegaba a cualquier parte del mundo.

Y yo… con mi hija, con mi culo y nuestro avión, fugitivos todos pero en libertad eterna; era el carajo más feliz de la tierra.

 

NOTA DEL COMPILADOR

Lo que sigue es la transcripción de los mensajes de Whassup intercambiados entre Pantera y la señora Goldigger.


PANTERA
Doctora
GOLDIGGER
Hola…
PANTERA
Juan me dijo que le diga que está muerto.
GOLDIGGER
El coño de su madre. ¿Y te dijo dónde anda?
PANTERA
Negativo…
GOLDIGGER
Ayer desactivó el chip, el hijo de puta.
PANTERA
¿Cuál chip?

GOLDIGGER

El del culo.

PANTERA
No sabía que Juan era de ustedes… Me hubiese dicho antes y lo hubiese ayudado de otra manera.

GOLDIGGER
Si te cuento todos los que son, te mato de angustia.
PANTERA
No lo dudo.
GOLDIGGER
Gracias por avisar.
PANTERA
¿Qué le digo si me vuelve a contactar?
GOLDIGGER
Dile que Leopoldo quiere hablar con él.

Continuará.....

About The Author
Jonathan Jakubowicz

La segunda parte del Best Seller que cambió la historia de la literatura Venezolana contemporánea, nos muestra a Juan Planchard saliendo de la cárcel para enfrentar una misión llena de riesgos, que lo llevará a lo más profundo del conglomerado de crimen internacional en el que se convirtió Venezuela. Acción, política, sexo, drogas, ideología y humor; se combinan de manera desquiciada, en una realidad mucho más dura.

 A finales del 2017, el hambre se ha apoderado de la nación. La hiperinflación ha convertido en desperdicio a la moneda nacional. Millones de Venezolanos han escapado del país en busca de una vida mejor. El gobierno lo está vendiendo todo para mantenerse a flote. La mitad de la oposición está comprada y no es fácil distinguir quiénes son los que no están. Sólo Juan Planchard tiene la pericia necesaria para navegar los mundos que comparten el infierno creado por los herederos de El Comandante. Caracas, Moscú, París, California, Beirut, Panamá, Teherán; todos miran hacia un hombre. Su lealtad es un enigma y su venganza será completamente inesperada.

Jonathan Jakubowicz nació en Caracas, Venezuela. Cineasta de profesión, formado en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela y en la NY Film Academy.
Escribió y dirigió Secuestro Express, la primera película venezolana en ser distribuida a nivel mundial por un estudio de Hollywood, y la cinta más taquillera de la historia de su país. Su segunda película, Manos de Piedra, conquistó a las audiencias del Festival de Cannes junto a Robert De Niro y Edgar Ramírez.
Su tercera película, Resistencia, protagonizada por Jesse Eisenberg y Ed Harris, se estrenó con éxito en el mundo entero.
Las Aventuras de Juan Planchard, su primera novela, lideró la lista de Best Sellers en Español de Amazon, por varias semanas, y se convirtió en el libro que más copias ha vendido en Venezuela en los últimos veinticinco años.

La Venganza de Juan Planchard es su segunda novela.
  


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