23.MAY24 | PostaPorteña 2408

La guerrilla argentina. El final de una épica impura (1)

Por Sergio Bufano

 

Sergio Bufano  

Revista Lucha Armada, Año 3 -Número 8 –2007

www.luchaarmada.com.ar

 Se publica en dos entregas

Fueron numerosas las deformaciones durante el proceso de militarización de los grupos armados. La profesionaliza­ción del militante y cierta identificación con el enemigo al que se pretendía combatir, contribuyeron para que la ex­periencia culminara con su derrota.

Durante los años de la dictadura militar argentina, y en los primeros de la democracia recupe­rada en 1983, los sobrevivientes formularon preguntas que en ese entonces era difícil respon­der. En el exilio, en la cárcel, donde fuera, hubo infinitos interrogantes recurrentemente reite­rados: ¿cómo se narrará lo sucedido? ¿En qué clave? ¿Cuál será el género literario adecuado? ¿En qué fecha se iniciará el relato?

En definitiva esas cuestiones podían sintetizarse en sólo una¿cómo se contará una historia que terminó con el fracaso de un proyecto revolucionario y su secuela de muertes, campos de concentración y desolación cultural?

El tiempo y la voluntad de narrar lo sucedido fueron resolviendo el problema: novelistas, ensa­yistas, directores de cine, poetas, estudiantes y académicos avanzaron sobre el relato y, con mayor o menor fortuna, siguen reconstruyendo la época más trágica de la historia argentina. Trabajos de todas las disciplinas han penetrado en el mundo de la violencia política buceando en aguas oscuras, muchas veces a tientas y muchas otras con temor.

El proceso de investigación y narración puede dividirse en dos etapas:

 la primera estuvo dirigi­da a demostrar que en Argentina se habían cometido crímenes de lesa humanidad y que era necesario castigar a los culpables. Salvo algunas excepciones todos los análisis producidos lue­go de la recuperación de la democracia evitaron la crítica a los grupos armados y apuntaron a denunciar a las fuerzas represivas, sus métodos, cárceles, torturas, sistema de esclavitud apli­cado a los prisioneros, robo de niños, etc. El sistema judicial necesitaba insumos para procesar a los culpables y la sociedad debía conocer los detalles de la matanza.

Obtenidos parcialmente algunos de los objetivos de la primera etapa, comenzó a plantearse la necesidad de revisar la actuación de los grupos que desde la izquierda habían utilizado la vio­lencia política como recurso para intentar el acceso al poder. Tarea ésta también compleja por la reticencia de muchos integrantes de esos grupos para revisar su actuación en esos años tumultuosos. La excusa frecuentemente utilizada - darle “argumentos al enemigo”- ocultaba en verdad la escasa disposición a mirar críticamente el pasado de esa izquierda.

Hasta ese mo­mento los sobrevivientes –ex exiliados internos y externos, perseguidos políticos- permanecían en la categoría de víctimas, lo que facilitaba la falta de conciencia crítica y los ubicaba en un papel pasivo, ajeno a cualquier protagonismo en la historia de la violencia política. Podría afir­marse que víctimas son los desaparecidos, los que fueron torturados y muertos en los campos. Carecen del derecho de réplica porque se les arrebató la vida. Su voz ha sido congelada por la muerte. También son víctimas los hijos de los desaparecidos, los que fueron secuestrados por cuestiones ajenas a ellos, historias en las que no eligieron participar, y muchos de los cuales todavía viven, sin saberlo, con una identidad falsa.

Es probable que la confusión entre víctima y protagonista se haya iniciado durante el Juicio a las Juntas, en el que fueron juzgados y condenados, en diciembre de 1985, los principales res­ponsables de la dictadura militar. Durante su transcurso los fiscales presentaron a numerosos testigos que habían sido secuestrados y torturados.   Todos ellos eludieron la pregunta de los defensores de los militares acerca de su pertenencia a alguna organización armada; sus res­puestas los ubicaban, invariablemente, en organizaciones periféricas de "superficie" y ajenas a la actividad armada. No hubo ningún caso en el que el testigo aceptara su condición de ex gue­rrillero.

Era notorio observar cómo antiguos combatientes negaban su pasado y se ubicaban en el exclusivo rol de víctimas. Sin duda lo eran. Habían sido secuestrados por militares, llevados a centros clandestinos de detención, torturados durante meses, sometidos en muchos casos a la esclavitud, habían presenciado el horror y la muerte de sus compañeros. Nadie podía dudar que habían sido víctimas de una represión violatoria de todos los derechos humanos; pero antes de eso habían sido guerrilleros que optaron por las armas como método para acceder al poder. Más allá de procedimientos jurídicos legítimos y necesarios para la estrategia de la fis­calía, la figura de víctima opacó a la del combatiente y éste quedó en el exclusivo y pasivo rol de sacrificado.

Un factor que influyó en esta forma de plantear la cuestión es el breve lapso que había pasado entre la retirada de los militares y el inicio del Juicio a las Juntas. Los militares todavía conser­vaban una cuota de poder importante y el temor que despertaban en la frágil democracia de ese entonces era suficiente justificativo como para no “darse a conocer”. En esos tempranos años de democracia había cosas que todavía no era conveniente hacer ni decir. Lo que aquí se quiere señalar es que ese desdibujamiento de roles, junto con la falta de disposición a revisar su propia conducta, contribuyó a que los guerrilleros de los años setenta se asumieran única­mente como objeto pasivo de una represión despiadada.

El paso de los años, la consolidación de la democracia y la pérdida de poder de los antiguos represores entreabrieron las puertas para una mirada más compleja y crítica sobre el papel jugado por las organizaciones armadas. Mirada que todavía se resiste a abarcar profundamente la propia historia; la tentación de monopolizar la memoria –y también el olvido-no han desapare­cido completamente. El impulso a recrear el pasado mediante relatos fantásticos protagoniza­dos por prototipos inmaculados aún persiste en viejos militantes guerrilleros que no desean abandonar el ropaje de partisanos libertarios. Desnudar ese pasado no implica deslealtad al­guna; que el comienzo de la lucha estuvo signado por el ansia de libertad y de igualdad nadie puede negarlo. Que el uso de las armas y el posterior desprecio por la democracia empujaron al desatino, tampoco.

“... la memoria y el olvido no representan terrenos neutrales, sino verdaderos campos de batalla en  los  que  se  decide,  se  modela  y  se  legitima  la  identidad,  especialmente  la  colectiva.  A través  de  una  serie  ininterrumpida  de  luchas,  los  contendientes  se  apropian  de  su  cuota  de herencia simbólica del pasado, excluyen o ponen de manifiesto algunos rasgos suyos en detrimento  de  otros,  componiendo  un  claroscuro  relativamente  adecuado  a  las  más  sentidas  exigencias del momento”

Fueron numerosas las deformaciones que se produjeron durante ese proceso de militarización. Con el propósito de centralizar la crítica aquí abordaremos sólo dos de ellas, poco analizadas hasta ahora, y que contribuyeron para que la experiencia guerrillera terminara con la derrota política y militar. No son las más importantes ni las decisivas, pero sirven de modelo para dar cuenta del camino sin retorno emprendido por los grupos armados: a) la llamada profesionali­zación del militante, y b) la identificación con el enemigo.

NACIDOS EN LOS SESENTA

La década que se inició en el año 1960 ofrece una multiplicidad de interpretaciones, sea cual fuere la perspectiva elegida -política, social, económica o cultural-y en todas sus variantes, ya sea en artes plásticas, cine, teatro, danza y literatura. Puede ser vista como el inicio de un ven­daval de nuevas ideas que finalmente serán aplastadas por un capitalismo salvaje triunfante o, por el contrario, como los estertores finales de la primera mitad del siglo XX, rico y prodigioso, que se negaba a morir.

En cualquiera de las dos interpretaciones el final es el mismo: una caída libre hacia la pérdida de grandes relatos, la desorientación en propuestas hacia el futuro, la degradación y en mu­chos casos el conformismo o pereza en el campo de las ideas.

Elijamos una fecha arbitraria: quienes en enero de 1960 se iniciaron en la vida política y cultu­ral encontraron un vastísimo campo que ofrecía innumerables alternativas. Desde Europa y los Estados Unidos llegaban las voces de prestigiosos intelectuales que con su obra proponían nuevas formas estéticas y búsquedas que estimulaban un rico debate. Describían en sus ensa­yos o novelas la decadencia de un capitalismo que se suponía en extinción. Latinoamérica par­ticipaba activamente de ese ímpetu a través de Juan Carlos  Onetti, Pablo Neruda, Mario Benedetti, Miguel Ángel Asturias, luego García Márquez y Vargas Llosa, integrantes de una extensa lista de artistas e intelectuales que más allá de las diferencias que naturalmente aparecían a la luz, se aventuraban en la búsqueda de nuevos compromisos sociales que empujaban a indagar en formas estéticas también novedosas o si se quiere revolucionarias.

Existía una certeza compartida por la mayoría de los grandes pensadores: el mundo estaba en las vísperas de un cambio que transformaría las relaciones de producción y en consecuencia las relaciones humanas. Si hasta la primera mitad del siglo XX el capitalismo había resistido el surgimiento y los embates de un socialismo nacido en Octubre de 1917 en Rusia, todo indicaba que los cimientos del sistema comenzaban a ceder y que llegaría el día en que se derrumbaría para dar paso a otra etapa de la historia. La lucha de los pueblos colonizados era un ejemplo del retroceso de las naciones imperialistas: se luchaba en el Congo belga, en Indochina france­sa y en Argelia. Y en todos esos países se obtenían importantes victorias. Estaba claro que la caída final no se produciría fácilmente y que alcanzar la meta implicaría importantes sacrificios, luchas decisivas y sobre todo una gran cuota de voluntad. Ni la Revolución Francesa, ni la Re­volución Rusa ni la dirigida por Mao Tse-tung habrían triunfado sin la voluntad de entregar la vida por parte de miles de revolucionarios. Los cambios de esa magnitud cobraban su cuota de sangre y había que estar dispuesto a ofrecerla sin mezquindad. Las derrotas producidas en Alemania en 1923 y España en 1936 sólo habían sido tropiezos que no cuestionaban el objeti­vo final. La certeza revolucionaria clausuraba cualquier incertidumbre o flaqueza. En el año 1960 no se quería escuchar a las primeras voces que, habiendo participado del proyecto, aler­taban sobre los peligros que la revolución traía en su seno: ni Arthur Koestler, ni André Mal­raux, ni André Gide, ni Albert Camus, ni Octavio Paz ni tantos otros que dieron un grito de aler­ta, fueron atendidos. Si había algo intolerable y por lo tanto imperdonable, era la vacilación.

Para confirmar que la historia futura ya estaba escrita, un año antes se había producido una revolución que marcaba el inicio del recorrido americano: Cuba fue el más grande suceso que ratificó el rumbo elegido. El continente latinoamericano pareció estallar en revueltas popula­res y alzamientos de grupos armados: un recorrido desordenado durante la década del sesenta muestra en México a Lucio Cabañas que se interna en el monte; en Guatemala lo hace Yon Sosa; en Nicaragua comienzan las primeras escaramuzas con grupos insurgentes; en Colombia Fabio Vázquez Castaño, al frente del Ejército de Liberación Nacional y Manuel Marulanda Vélez –Tirofijo-dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia; en Ecuador grupos armados de orientación maoísta ocupan tierras junto con campesinos; en Perú el ex miembro de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), Luis de la Puente Uceda inicia su gue­rrilla rural; en Bolivia es el Ejército de Liberación Nacional (ELN) creado por Ernesto Guevara; en Chile comienza a actuar el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR); en Brasil el ex comunista Carlos Marighella crea su grupo armado y el oficial del Ejército Carlos Lamarca levanta las bande­ras del socialismo para iniciar su guerrilla. Paraguay tenía ya un largo y sangriento enfrenta­miento armado entre la dictadura de Stroessner y el Partido Comunista. Finalmente, en el apa­cible y democrático Uruguay surge un poderoso Movimiento de Liberación Nacional, Tupama­ros, primera versión de la guerrilla urbana.

A esos emprendimientos armados se sumaron revueltas populares y estudiantiles que culmi­naron en sangrientas represiones (Tlatelolco en México; Guayaquil, en Ecuador; Córdoba, en Argentina). En Santo Domingo fue necesaria la intervención de Estados Unidos para reprimir un alzamiento armado. Todo indicaba que en el continente, luego del éxito cubano, se produ­cirían nuevas revoluciones de orientación socialista en la mayoría de los casos, o populistas en otros.

Pero esa ola revolucionaria no era patrimonio único de los latinoamericanos. En Estados Uni­dos, el centro del mayor poder imperial, surgió el Black Power, un movimiento negro que tomó las armas para crear una guerrilla urbana. Aunque un poco más tarde, tampoco Europa escapó a esa tendencia: en Alemania el grupo Baader Meinhof con su Fracción del Ejército Rojo y en Italia las Brigadas Rojas comenzaron su vida política mediante cruentas operaciones armadas. También el Mayo francés fue visto como el despertar de la ola revolucionaria en ese continen­te.

¿Fin de época o inicio de una nueva era? Es difícil discernir el carácter de la década sesentista por su complejidad y diversidad. Pero nos inclinamos a creer que esos años fueron una suerte de último empuje inercial, de la culminación –aunque no por ello menos enérgica-de los mo­vimientos sociales, revolucionarios y culturales nacidos en octubre de 1917 en Rusia. Los últi­mos coletazos de una propuesta totalizante que se desmoronaba, y que en su caída se aferra­ba a la utopía que, en la cabeza de los revolucionarios de entonces, no tardaría en transfor­marse en Revolución si se volcaba en ese propósito toda la voluntad.

Argentina no fue ajena a esa ola revolucionaria que recorría el continente y buena parte del mundo. Pequeños grupos marxistas desvinculados del Partido Socialista y del Partido Comunis­ta, y grupos cristianos progresistas, comenzaron a plantear la necesidad de utilizar métodos violentos para acelerar el proceso que parecía inevitable En el caso específico argentino, una larga sucesión de golpes de Estado protagonizados por militares contra gobiernos civiles había frustrado los intentos democráticos, y contribuido a influir negativamente en la sociedad. Cie­rre de locales partidarios, prohibición de toda actividad política, proscripción del peronismo, intervenciones a los sindicatos y represión policial, caracterizaron más de treinta años de his­toria y fomentaron una cultura intolerante, antidemocrática y a la vez soberbia porque toda la invocación estaba referida a fundar “la Argentina que nos merecemos” ,reflejo de aquella que en los primeros años del siglo XX figuraba entre los siete primeros países del mundo.

Si una derecha recalcitrante y autoritaria podía desconocer el resultado de las urnas y tomar el poder mediante el uso de las armas para imponer su propia voluntad, ¿por qué los civiles que propugnábamos la igualdad, la erradicación de la pobreza, la educación, en fin, un mundo feliz, no íbamos a intentar por medio de las armas lo que a toda vista era imposible obtener por medio de las urnas?

Si las Fuerzas Armadas, una institución del Estado, financiadas por la so­ciedad para defender las fronteras de cualquier agresión externa, utilizaban las armas para torcer la voluntad del pueblo expresada en las elecciones, ¿por qué se podía cuestionar el de­recho de alzarnos en armas contra ellos, los usurpadores si, además, el fin que nos guiaba era supremo y libertario?

El episodio que contribuyó a justificar la toma de las armas fue el golpe de Estado del general Juan Carlos Onganía, en 1966. Si faltaba algún incentivo para que grupos marxistas por un la­do, y cristianos de izquierda por el otro, se internaran en la violencia política, Onganía lo pro­porcionó al derribar un gobierno democrático y anunciar que permanecería en el poder en los siguientes veinte años. El clima de opresión política y represión cultural fue el detonante que decidió a los que todavía dudaban en tomar las armas. Profesionales, estudiantes, sindicalistas, trabajadores, se lanzaron a protagonizar la historia tal como lo habían hecho revolucionarios de otras naciones. Había llegado la hora crucial de transformar un mundo de injusticia en un mundo de igualdad. Con una tenacidad arrolladora, antiguos militantes y jóvenes recién incorporados a la vida política, se embarcaron en un proyecto que aspiraba a transformar la civiliza­ción capitalista y occidental. Con cierto éxito en sus inicios, la intención emancipadora se fue debilitando a sí misma: el uso cotidiano de las armas y el descubrimiento de que las acciones militares tenían mucha más influencia en la vida política nacional que una mesa de negociacio­nes, derivó en autoritarismo, en negación de la política como intermediación social, en despre­cio del diálogo como fórmula de acuerdo.

Retomemos, entonces, los dos ejes sobre los que centraremos esta reflexión.

 continuará 


Comunicate