03.JUN24 | PostaPorteña 2410

La Mentira de la Revolución Leninista (2)

Por G.C.I.

 

Esta es la mentira más grande del siglo XX

Un siglo de mentiras

 

El culto a Lenin

El culto a la personalidad y la religiosidad del leninismo es siempre continuidad con la opresión secular (por eso oficialmente se le atribuyen al jefe de Estado las mismas facultades que todos los opresores del pasado) y, al mismo tiempo, antítesis para afirmarse como «nueva religión» y «mundo nuevo y socialista». Lo del «zar del pueblo» y «dios de los oprimidos» reúne todo lo necesario al leninismo para tener un dios antitético.

La contradicción entre la realidad y el mundo de los cielos prometido, entre la horrible realidad material y la ideología leninista, es tan antagónica como en el judeo- cristianismo clásico y sus derivados. Pero el modelo de gestión religiosa de esa contradicción sigue siendo el mismo.

En lo práctico, como dijimos, el leninismo no combatió nunca el capital y la explotación y la dominación de clases. Al contrario, hizo todo lo posible por imponer las mejores condiciones de desarrollo del capital y utilizó para ello todos los mecanismos históricos de la dominación de clases. Es por eso que hizo de la ideología la cuestión central del poderTodo fue ideológico: los discursos, las consignas, las leyendas, los símbolos, las banderas, la transmisión internacional del dogma. En ese cuadro, la religión judeocristiana, que había servido tanto a la dominación histórica y zarista, también se pone en el centro de la dominación y sumisión de toda la población productiva.

El zarismo había logrado siempre «salvar» al zar como persona frente a la lucha y la crítica social que el proletariado realizó durante un siglo de dominación aristocrática; al zar siempre se lo concibió como que «el que estaba más allá». Era el «zar dios», el padrecito, el batiushka«el bondadoso de los pobres». Todos los medios de la época recitaban: «Había sido designado por Dios y no podía tener la culpa de nada. Si se producía alguna maldad, sería siempre aprovechándose de la buena fe o del desconocimiento del zar, bastaría comunicarse con él para que acudiera presuroso a resolver el entuerto».

Es esa esperanza en ir hablar con el padrecito, y no la guerra social contra el zarismo, lo que produce el famoso domingo sangriento, el 22 de enero de 1905. «Los obreros, con sus mujeres y sus hijos, acudían a pedirle al padrecito zar que los escuchara, que viera su sufrimiento y se apiadara de ellos. Había aire de fiesta. No había armas. Por no haber, no había ni banderas ni discursos. Llevaban iconos religiosos, y los sacerdotes iban con ellos. La guardia de palacio respondió con fuego de fusilería.[1]»

También a Lenin se lo pondrá más allá de las contradicciones materiales (incluyendo las contradicciones entre los propios bolcheviques). La ideología leninista incluye a Lenin como si fuese la garantía del «reino de los cielos», del «más allá». Todo lo que Lenin dijo es por esencia verdad reveladadogma incuestionable. Al «zar de los pobres» también se le llamará el «padrecito» (aunque luego Stalin monopolizó dicha denominación como ¡«el padrecito de acero»!). Como con el zar, también se tratará de disculparlo de los problemas materiales (el hambre tenía que ser una fatalidad, y dentro de la misma había muchos corruptos, pero de niveles mucho más bajos, que pagarían con su vida), como si estuviera en la esfera del «más allá», frente a las atrocidades reales. Luego se terminará culpando a sus discípulos, o culpándose entre sus discípulos (como hicieron Trotsky y Stalin), pero al supremo Lenin nunca se lo cuestionará. Los retratos divinizados de Lenin ocuparán exactamente los mismos lugares que los del zar y las cruces católicas, en todos los centros de dominación y en las casas de los pobres.

El culto de Lenin será igual o más generalizado que el de todos los zares anteriores. Sus retratos, imágenes, banderas, ocuparán los lugares centrales del poder (sedes oficiales, locales del partido, ejército, ministerios, comisarías, escuelas, bancos...), como habían hecho todos los zares, pero también lo que mejor corresponde a una antítesis obrera: los locales del «internacionalismo proletario»(es decir, los de la Tercera Internacional, de la Internacional Sindical Roja...) y de los «proletarios» (locales sindicales, de los sóviets...). Lo más «nuevo» y antitético es que el leninismo impondrá el monopolio total y no habrá otros partidos, otros símbolos, otros retratos. En los periódicos, las radios, los locales regionales..., en donde el zarismo siempre había tolerado las oposiciones democráticas, desde que se consolida el leninismo sólo habrá símbolos del poder y retratos oficiales.

____________________Hambre y Negocio______________________

El hambre, en el capitalismo, no es nunca una fatalidad, como dicen la religión y los ideólogos. Es un negocio. Desde el origen del capital, separar al proletariado de los medios de vida (creación del obrero «libre») fue importantísimo para someter al proletariado al trabajo capitalista. Las requisiciones forzadas instauradas por el leninismo desde el principio servían precisamente para eso, para hambrear, abaratar la fuerza de trabajo, someterla, ofrecer mejores condiciones de rentabilidad... La «guerra civil», también presentada como una fatalidad o atribuida a «los blancos», resulta precisamente de esa expropiación generalizada al proletariado hecha por el terror del Estado bolchevique.

Por eso no debemos extrañarnos de que, en medio de las hambrunas generalizadas provocadas por las requisiciones bolcheviques, estos siguieran vendiendo trigo al comercio mundial. ¡Era un doble negocio! Así, por ejemplo, a fines de 1920, cuando los muertos por inanición son cada vez más, el Comisariado de Relaciones extranjeras decide enviar a Italia un segundo gran cargamento de trigo. «El Comité Central reconoce que es políticamente necesario (sic) suministrar a Italia nuevos contingentes de trigo. La cantidad y las condiciones de suministro deben ser decididas por la Comisión de Abastecimientos y el Comisariado de Comercio Exterior.»   Treinta y seis millones de personas sufrían hambre. Morían de hambre cotidianamente miles de personas y, sin embargo, el 7 de diciembre de 1922, el Politburó, bajo la presidencia de Lenin, decide exportar un millón de toneladas de trigo. Como afirma correctamente Berdiaiev:«“Los bolcheviques tienen algo de extraño, de extranjero a este mundo. El país tiene hambre, el mundo civilizado envía ayudas alimentarias a Rusia y, sin embargo, el gobierno decide enviar al extranjero cantidades enormes de trigo”» Ellos se extrañan de este procedimiento, nosotros no. Evidentemente era inhumano, contrario a todos los principios del socialismo, de la revolución social. Pero para nada extraño, para nada extranjero a este mundo en donde existe la dictadura total de la rentabilidad. Para nosotros, esa política criminal de los bolcheviques no tiene nada extraño a este mundo, porque los capitalistas bolcheviques hacían un doble negocio: uno por la venta del trigo y otro por hambrear y someter al proletariado abaratando la fuerza de trabajo. ¡Justamente por eso las requisiciones y la guerra civil de la burguesía y el Estado bolchevique seguían viento en popa!     Nota. Todas las citas e informaciones al respecto vienen del general soviético Dimitri Volkognov, en su crucial libro, El verdadero Lenin, basado en los archivos secretos soviéticos. Cabe señalar que todos los datos son oficiales y que dicho general es una de las pocas personas que han tenido acceso a los archivos secretos leninistas

_____________________________________________________________________

.Propaganda, religión, represión

Mentiras repetidas mil veces, creencia, propaganda, religión... constituyeron una verdadera capa que siempre sirvió para esconder la realidad social misma.

¡El opio de los pueblos llevado a su máxima expresión!

La realidad capitalista y la represión del proletariado en Rusia siguieron siendo ignoradas. Frente al «socialista» mundo de los cielos prometido, la realidad no interesa demasiado. Internamente, a quien no aceptaba el dogma se lo eliminaba o se lo condenaba a trabajos forzados de por vida. Y sucedió como en las colonias americanas y africanas, en donde se llega a la paradójica situación que los negros e indígenas terminan, algunas generaciones más tarde, más cristianos que los blancos. En Rusia, los primeros resistieron por todos los medios, y la matanza y la internación en los campos fueron generales. En las generaciones posteriores, el terrorismo de Estado logró efectos más automáticos y muchísimos pobres, tanto en las ciudades como en el campo, creerían en el «milagro socialista»(¡que no veían con sus ojos!), y rezarán por el «padrecito» en el poder (Lenin, Trotsky, Stalin), e incluso habrá(más allá de la falsificación y propaganda) «juventudes voluntarias» para el trabajo, estajanovistas, brigadas estatales y todo un conjunto de «proletarios», organizados por el poder, que obtendrán algunas migajas a cambio de considerarse parte del mismo... En términos imperialistas también será reconocida la capacidad del modelo leninista para producir carne de cañón proletaria para la guerra mundial

Como a los indígenas que liberan de las reservas cuando muestran un nivel suficiente de sumisión y ciudadanización o, mejor dicho, «patas» suficientemente blancas; en Rusia también hubo períodos en los que el terror estatal terminó combinándose con alguna adhesión ideológica al mito del «socialismo». Pasarán varias generaciones para que este sentimiento sea, a su vez, negado socialmente y que otra vez predomine el absentismo laboral, el chiste, la ridiculización, la burla sobre el «socialismo»; hasta que la religión misma se hiciera pedazos y se volviera a hablar y cuestionar, al menos parcialmente, la realidad de explotación y opresión

Internamente no se puede dudar de la eficacidad, a largo plazo, del terrorismo de Estado y los campos de concentración, bien cimentados por la religión leninista. En cambio, es mucho más difícil de explicar cómo la religión marxista leninista se impuso en el mundo, sin hacer referencia al financiamiento mundial que siempre tuvieron la socialdemocracia, y los bolcheviques en particular, así como al control histórico que esa izquierda siempre tuvo de los medios de difusión y fabricación de la opinión pública

Pero esto nos llevaría a otros elementos de nuestra investigación, que no tenemos todavía suficientemente clarificados y por lo que hemos decidido no entrar en ellos en esta publicación. Concentrémonos ahora en el aspecto más religioso de esa creencia en el mundo «socialista». Porque efectivamente nuestra primera constatación es que quienes, en el extranjero, más consecuentemente apoyaron la «revolución bolchevique», sin ser parte interesada (como la burguesía que negociaba con los bolcheviques, socialdemocracia de izquierda, etc.…), no conocían gran cosa de lo que pasaba, sino que repetían las versiones oficiales como parte de un milagro

No pudiendo dedicar mucho espacio a esta cuestión, tomamos un solo ejemplo que, como veremos, es sumamente significativo: Emma Goldman. Estando presa en EEUU, y sin conocer nada de la realidad misma (en realidad solo conoce la versión dada por los medios de difusión dominantes en el mundo), aceptará la versión oficial. Incluso sabiendo vagamente que sus compañeros anarquistas rechazan el bolchevismo y están siendo perseguidos, amenazados (es difícil saber hoy, si Goldman, tenía una idea clara de la brutal represión a la que eran sometidos ya), en Rusia. Su primera reacción es creer en la versión oficial. En su primer «aporte» de 1918, Goldman reafirma su creencia en base al «milagro» bolchevique, a lo que denomina «obra gloriosa». Lo más impresionante, para alguien que se define como anarquista, es que llega hasta a pensar que ese milagro contiene otro todavía mayor: que los contrarrevolucionarios se habían vuelto revolucionarios: «Socialdemócratas marxistas, Lenin y Trotsky adoptan una táctica revolucionaria anarquista, mientras que los anarquistas (Kropotkin, Cherkessov, Chaikovsxzky...) critican esta táctica adoptando un razonamiento marxista». Su texto no contiene explicación, sino solo la glorificaciónno contiene hechos sino revelación de un verdadero «milagro». Por eso, sin ninguna referencia explícita a la realidad social, ni a una sola cuestión revolucionaria en lo social (¡no tenía ningún ejemplo concreto de negación del dinero, del Estado, del mercantilismo, porque no había!), repite la  «verdad revelada» tal como el leninismo la transmite. Goldman reproduce lo que el socialismo burgués internacional transmite oficialmente: «Es una revolución socialista radical»

En media página habla de «milagro» cuatro veces y no solo repite la historia oficial, sino que le agrega color, glorificación y elementos que son claramente falsos: «Bolchevique es una palabra rusa. Designa a los revolucionarios que representan los intereses de los grupos sociales más importantes y defienden las reivindicaciones sociales y económicas maximales para esos grupos»

¡Goldman sabía que bolchevique no quería decir más que «mayoría» y que, históricamente, ese partido nunca había sido maximalista! También debiera saber que esa historia oficial, de bolcheviques revolucionarios y mencheviques reformistas, es una leyenda mentirosa, que, de paso, niega la larga historia anterior de los grupos  revolucionarios, maximalistas y anarquistas. Es decir, propaga la gigantesca mentira de que el «socialismo» solo en Rusia era socialdemócrata y que los bolcheviques representan realmente a los grupos sociales más importantes, cuando siempre fueron los socialistas-revolucionarios (maximalistas, anarquistas, comunistas) los que expresaron y defendieron esos intereses.

Goldman cree tanto en el «milagro de la revolución rusa» que no tiene problema en tratar de expandir la mentira bolchevique que justificaba incluso la represión abierta de sus propios compañeros. Y dice: «Los revolucionarios más radicales... organizan la tendencia bolchevique que se opone a la de los mencheviques... Luego se produce el milagro de los milagros, la Revolución rusa de 1917». E insiste: «La Revolución rusa representa realmente un milagro. Todos los días ella demuestra hasta qué punto todas las teorías son insignificantes, en comparación con la agudeza de la toma de conciencia revolucionaria del pueblo»...

Este desprecio de la teoría está implícito en el oportunismo leninista en expansión, que Goldman reproduce. En los hechos, no es solo un desprecio de la teoría, sino de lo que sucede prácticamente en la sociedad en nombre del «pueblo» e inmediatamente de «lo que es posible». El leninismo es fundamentalmente política de lo inmediato y de la oportunidad.

Incluso va mucho más lejos en la defensa de los intereses del Estado ruso y los bolcheviques. Llega a justificar la paz de Brest-Litovsk, repitiendo todo el  dogma  oficial. Por supuesto que nos explica que es una calumnia decir que Lenin / Trotsky son espías y/o favorecen los intereses del Imperio alemán. Tampoco aquí habla de hechos reales (ni del financiamiento alemán a la vuelta de los bolcheviques, a su propaganda derrotista y al «tren blindado») sino que solo menciona que todo es una calumnia, y concluye: «La traición de los aliados que abandonaron al pueblo ruso autoriza a los bolcheviques a concluir una paz separada. Así, luego de haber rechazado a los aliados, no tuvieron vergüenza en declarar que quieren una paz separada» Tampoco se menciona que el «Octubre bolchevique» se había hecho contra la «paz separada» que quería hacer el gobierno de Kerensky (también en negociaciones con todas las fuerzas imperialistas). Una vez más, Goldman hace poca o nula referencia a hechos reales y repite los credos oficiales.

Tampoco hace referencia a la guerra social que, por supuesto, se seguía desarrollando en Rusia contra el Estado y las tentativas de paz separada bolchevique. No menciona que desde el principio los bolcheviques reprimieron abiertamente a quienes se oponían a esa paz, que los principales reprimidos eran sus compañeros socialistas-revolucionarios, maximalistas y anarquistas. Sin embargo, sí menciona las divergencias de los más conocidos anarquistas rusos como Babouchka Breshkovskaia, Piotr Kropotkin... para explicarnos que su «hostilidad a los bolcheviques» se debe a que ¡todavía no han comprendido! Una vez más no se refiere a los hechos que estos denuncian, sino a la comprensión ideológica global incluida en la versión oficial bolchevique.

Como se sabe, Emma Goldman junto con Alexander Berkman serán deportados a Rusia en diciembre de 1919. Ambos llegarán encandilados, como vemos, por la fe en los bolcheviques. Serán recibidos con honores gubernamentales y frecuentarán los círculos del poder (hoteles, coches oficiales, charlas con los grandes jefes del Estado...)

Pero en poquísimo tiempo, en contacto con la realidad y los hechos, toda aquella mitología ideológica se vendrá abajo. Conocieron en vivo y en directo el atroz sufrimiento del proletariado (hambre, requisiciones, persecución, represión, arbitrariedad, campos de concentración...), vivieron el bestial choque de constatar que su «propia gente» (amigos, contactos, familiares) sufría impresionantemente, y las imágenes milagrosas que tenían del leninismo se hicieron añicos.

Eso los conducirá a una contraposición con el Estado leninista que se seguirá agrandando hasta el momento culminante: cuando el Estado dirigido por Lenin / Trotsky masacró la revuelta proletaria de Kronstadt (Berkman y Goldman se habían propuestos como mediadores entre el proletariado insurrecto y el Estado). Unos meses después escaparán de Rusia antes de que los masacren a ellos mismos.

Ambos militantes pasarán el resto de su vida denunciando la mitificación y el conjunto de mentiras que la religión bolchevique, verdadero opio de todos los pueblos, había provocado y al cual ellos mismos habían sido sometidos.

El mito bolchevique (Berkman), Mi mayor desilusión con Rusia (Goldman), así como muchos otros textos y charlas, en los que, en términos muy concretos de la vida cotidiana, y también en textos más teóricos explican en detalle que todo lo que se dice en el exterior sobre los bolcheviques es mentira, que todo lo que cuentan del supuesto socialismo es una farsa, y que, el Estado leninista se caracteriza por el terrorismo de Estado.

Goldman dirá, por ejemplo, en Mi mayor desilusión con Rusia«Es a la vez el gran error y la gran tragedia de la Revolución rusa, el haber apuntado (liderando el partido político regente) a cambiar solo las instituciones y condiciones, mientras que ignoraba completamente los valores humanos y sociales involucrados en la revolución. Peor aún, en su loca pasión por el poder, el Estado comunista incluso buscó reforzar y profundizar las mismas ideas y concepciones que la revolución había *empezado a* venido a destruir. Apoyó y alentó las peores cualidades antisociales y destruyó sistemáticamente *el reciente despertar de la conciencia* la recién despierta conciencia acerca de los nuevos valores revolucionarios. El sentido de justicia e igualdad, de amor a la libertad y de fraternidad humana esos fundamentos de la regeneración real de la sociedad, fueron suprimidos, al punto de su exterminio, por parte del Estado comunista».

Evidentemente la ruptura con el leninismo se produce por el contraste entre la mentira oficial y la realidad social (ignoraba completamente los valores sociales involucrados en la revolución), pero no llega a ser una crítica radical y global. Tanto Goldman como Berkman seguirán haciendo enormes concesiones a la mitología bolchevique. El «anarquismo ideológico» sigue criticando principalmente el autoritarismo del Estado, sin llevar el análisis social hasta las determinaciones mismas del capitalismo: tasa de ganancia del capital. Por eso, en vez de explicar el despotismo Estatal como propio del capitalismo leninista y sus necesidades de acumulación violenta, se sigue utilizando la terminología religiosa y se preserva el dogma oficial de que el «Estado» pudiera ser «comunista». Justamente estas concesiones, esta falta de ruptura, está mostrando hasta qué punto se había creído en lo milagroso de la «revolución leninista» No se puede concebir de otra manera esas frases absurdas y tan contradictorias como «Estado comunista» o el tipo de conclusiones ideológicas a las que arriba Goldman: «La idea del Estado, el principio autoritario, se encuentra en bancarrota tras la experiencia de la Revolución rusa» o «La idea del Estado asesinó la Revolución rusa».

¡Como si la idea pudiera asesinar, como si la idea pudiera dirigir el mundo y no fuese al revés: los intereses de clase son los que determinan las ideas de los dictadores y déspotas!

Dejando de lado esta debilidad de la ruptura teórica, programática, hay que subrayar que al menos Goldman y Berkman llegaron a romper orgánicamente («prácticamente») con el leninismo y fueron muy mal tratados por eso. Pero ¿cuántos de los que creyeron que los bolcheviques eran los mesías del socialismo, que cantaron loas al milagro bolchevique, pudieron constatar su creencia con la realidad? ¡Uno, dos, tal vez tres, en millones, en muchos millones! La mayoría, la amplísima mayoría, por no decir la unanimidad, salvo algunos casos aisladísimos, no tuvieron la suerte de Goldman y Berkman, no fueron a Rusia ni podían vivir la verdad social rusa. Por ello no podía hacer otra cosa que seguir repitiendo religiosamente lo que venía del aparato bolchevique. En efecto, como todo Estado religioso, solo autorizaba la repetición. Lo que venía del aparato (podríamos agregar del vértice superior del aparato) había que transmitirlo sin ninguna modificación. El dogma no está sujeto a ningún cuestionamiento ni discusión, es como en la Edad Media o en un ejército en plena batalla: sino obedeces, te barren. La sabiduría marxista leninista fue, por su propia naturaleza y constitución, «verdad revelada» por «el supremo». Había que transmitir, repetir, obedecer y, en caso contrario, se sufría la represión en cualquier parte del mundo. Eso fue el leninismo, eso fue progresivamente la izquierda burguesa sometida al leninismo durante cien años, que la fagocitaba con todo tipo de frentismo (unido, único, antiimperialista, popular...).

A propósito de esto último, Goldman, cuando sale de Rusia, no puede volver más, tampoco puede volver a Estados Unidos, de donde había sido deportada... y en Europa tuvo muchísimas dificultades para hacerse con papeles legales. ¿Por qué? Porque toda la izquierda burguesa europea (¡siempre obediente del leninismo!) la denunciaba por todas partes y le cerraba todas las puertas legales en toda Europa. ¿Por qué? Por sus críticas al Estado bolchevique, diciendo (¡cuándo no!) que Emma Goldman «servía a la derecha»(1925). En los años siguientes, toda la izquierda controlada por el «marxismo leninismo» boicoteará sus actos y sus publicaciones, con ese mismo argumento, hasta un enfrentamiento todavía mayor con la «cuestión española»...

La expansión de la mentira leninista, del mito «socialista», tiene, más allá de la voluntad derivada del propio Estado leninista, todas las características históricas de las viejas religiones, aunque evidentemente sea en los hechos una «nueva» religión que genéticamente contenga toda la genética ideológica de las viejas religiones: los papas, los creyentes, los símbolos, las banderas, la pirámide autoritaria, el dogma como única verdad revelada...

El obediente «creyente» marxista leninista no perderá la fe hasta que se le venga encima toda la estantería. Durante un siglo seguirá repitiendo lo oficial, la mentira «socialista», independientemente de todo lo que vive en su vida práctica. Esa fe lo transformará en defensor, a toda prueba, del capitalismo y, en particular, lo hará un agente objetivo del Estado imperialista ruso (¡así como luego, de los otros Estados que se definieron así!), como fueron todos los «PC» del mundo. Y lo hará hasta niveles patológicos, como todo creyente. «La fe se puede definir en pocas palabras como la propensión a creer, contra toda lógica, que sucederá lo improbable. Por lo tanto tiene un regusto patológico. Se aparta del mecanismo normal del intelecto e ingresa en el reino tenebroso de la metafísica trascendente. El hombre lleno de fe es sencillamente aquel que ha perdido (o no ha tenido jamás) la facultad de razonar de forma clara y realista. No es un simple asno: está realmente enfermo. Peor aún, es incurable, porque el desencanto, que es en el fondo un fenómeno objetivo, no puede modificar definitivamente su dolencia subjetiva. Su fe asume la virulencia de una infección crónica Lo que dice, en esencia, es lo siguiente: “Confiemos en Dios, quien siempre nos embaucó en el pasado”[2]

La burguesía mundial, más allá de la mística y publicitada polarización con el «oso ruso», que roba niños, o del supuesto «comunismo» como sinónimo de despotismo, recibió con mucha admiración esa forma de domesticar a las masas que siempre mostró el leninismo. Los sectores más lúcidos supieron siempre diferenciar lo favorable que era el leninismo para los negocios, de la religión oficial, que rechazaban. Siempre la comprendieron como metodología de domesticación, como el necesario opio de los pueblos. En todos los casos, los negocios internacionales fueron favorecidos por esa domesticación y por la apertura a los grandes trabajos en Rusia, donde participaron los principales bancos y empresas del mundo. La esclavitud y el hambre del proletariado ruso beneficiaron a todo el capital invertido en el país [3]

El más entronado economista burgués, John Maynard Keynes, visitante e interlocutor privilegiado por el poder de la Rusia de Lenin, Trotsky y Zinoviev, expresará con sorprendente conciencia (de clase) y crudeza esa realidad:

El leninismo es una mezcla de dos cosas que los europeos, desde hace siglos, colocan en cajones diferentes del alma: la religión y los negocios. La religión nos choca porque es nueva, y despreciamos sus negocios porque están infeudados a la religión (en lugar de que sea lo contrario) ... Como todas las religiones nuevas, el leninismo saca su potencia, no de la masa, sino de una pequeña minoría de adeptos entusiastas recientemente convertidos, cuyo celo y fanatismo multiplican sus fuerzas, haciendo que cada uno de ellos iguale a muchos indiferentes. Como todas las religiones nuevas, es dirigido por aquellos que saben conciliar el espíritu nuevo, a veces, con total sinceridad, con la visión estrecha de sus seguidores; por políticos que, poseen todos, una buena dosis de cinismo, que son capaces tanto de sonreír como de amenazar, experimentadores inconscientes que por su religión no pueden ser sinceros ni piadosos, pero que poseen una visión neta de los hechos y del sentido del oportunismo... Como todas las religiones nuevas, parece retirar de la vida de cada uno todo color, alegría y libertad, y aportar, a cambio, la tristeza que se encuentra en las caras hoscas de sus devotos. Como todas las religiones nuevas, persigue, sin justicia ni indulgencia, a todos los que oponen una resistencia activa. Como todas las religiones nuevas, no tiene escrúpulos. Como todas las religiones nuevas, da pruebas de un ardor apostólico y de ambiciones ecuménicas. Pero hablar del leninismo afirmando que representa el dogma de una minoría de fanáticos, conducidos por algunos hipócritas que no reculan ante ninguna persecución o propaganda, implica decir que no hay solo un partido político sino una religión, que Lenin es un Mahoma y no un Bismarck...

Sin embargo, a pesar del rechazo que Keynes hace de la religión leninista, está bien decidido a apoyar «la economía» de los bolcheviques. Es decir, a dejar de lado la religión que lo opone a los bolcheviques para apoyarlos en los negocios. El mismo artículo concluye así:

«Pues, a fin de cuentas, yo preferiría, si fuese ruso, poner mi actividad al servicio de la Rusia de los sóviets, en vez de ponerla al servicio de la Rusia de los zares. No podría tener más fe en el nuevo dogma que en el viejo. Detestaría tanto los crímenes de los nuevos tiranos como los de los viejos. Pero tendría la impresión de fijar mi mirada en las posibilidades futuras en lugar negarlas. Me diría entonces que no habría nada que esperar de la crueldad y la bestialidad de la vieja Rusia, pero que, tal vez, bajo la crueldad y bestialidad de la Nueva Rusia se esconda un átomo de ideal».

Esas sentencias resumen el comportamiento de la burguesía mundial. Si descartamos a los grandes burgueses norteamericanos y europeos, que al principio del leninismo ya se decían socialistas* y simpatizaban con Lenin, por la prosperidad de sus negocios e inversiones en Rusia, ese fue el razonamiento de la gran mayoría: «Odiamos vuestra religión, pero, en el fondo, mientras se puedan hacer buenos negocios, preferimos poner nuestra actividad al servicio de la Rusia de los sóviets que al servicio de la Rusia zarista».

Los grandes medios siempre fueron tolerantes con los «comunistas». Por eso compartieron el pacto de silencio sobre los campos de concentración y exterminio leninista, que solo denunciaron minorías de revolucionarios. El propio libro de Ciliga, El país de la mentira desconcertante, que decía la verdad sobre el leninismo, nunca fue editado o reeditado por los grandes medios burgueses a pesar de ser, cuando fue publicado, la más consecuente denuncia del terrorismo de Estado ruso.

Además, para muchos era mucho más rentable y, también, se lograban acuerdos políticos y militares e incluso hacer la guerra imperialista del mismo lado (¡sin dudas el mismísimo Hitler llegó a pensar así cuando firmó el pacto con Stalin!).

Por otra parte, siempre está el beneficio político incuestionable de la religión leninista: mientras el proletariado crea que ese sistema general de trabajo basado en los campos de concentración es “el socialismo”«podemos dormir muy tranquilos, no hay ningún riesgo de que haya imitaciones revolucionarias». La religión leninista cumplió cabalmente con su función de opio del pueblo. Gracias a ello, el capitalismo se afianzó durante un siglo más.


[1]   https://comprenderelayer.wordpress.com/2007/01/22/ya-no-hay-dios-ya-no-hay-zar/

[2]   El Creyente, Henry Louis Mencken (1919).

[3]  Ver Antony Sutton, Wall Street y los bolcheviques.LENINISMO Y CONTRARREVOLUCIÓN (III) marzo 2018

COMUNISMO

Grupo Comunista Internacionalista  

https://icg-gci.kilombo.top/spip.php?article10

primera parte   AQUÍ   


Comunicate