De la revista “Comunismo” número 67 del G.C.I. de marzo de 2018 (¡a 100 años de la contrarrevolución rusa!). Luego de haber publicado en Posta Porteña “La Mentira de la Revolución Leninista” Número 1 y Número 2…AQUÍ y AQUÍ…, comenzamos en este número a publicar los materiales reunidos en esa revista bajo el titulo EL TERRORISMO DEL ESTADO CAPITALISTA BOLCHEVIQUE
En esta primera entrega, comenzamos con la publicación de uno de los textos más ocultado que denuncia el terrorismo del Estado capitalista: el manifiesto de Mártov de agosto 1918 “¡Abajo la pena de muerte!”. En su época, fue un grito desesperado de denuncia que, a pesar de su enorme importancia fue ocultado sistemáticamente (ni siquiera tenemos conocimiento que el mismo haya sido traducido al castellano), en función del interés de destruir la resistencia proletaria ante el desarrollo de las tareas democráticas burguesas en Rusia, patrocinada por los banqueros anglosajones y los leninistas.
Camaradas obreros, es al grito de « ¡abajo la pena de muerte!» que en tiempos de la dominación del maldito zarismo ibais con frecuencia a manifestaros en la calle. Ese grito, lo inscribíais en vuestros gloriosos estandartes rojos. Ese grito resonaba en el curso de las grandes jornadas de febrero de 1917, mientras se derrumbaban las ciudadelas de la opresión secular, mientras que por primera vez el gobierno de la revolución proclamaba: « ¡la pena de muerte está abolida!».
Cuando, en julio del pasado año (1917), el gobierno intentó restablecerla para los desertores, los bandidos y los espías, vosotros protestasteis. Cierto que no era por simpatía hacia los desertores y los bandidos, sino porque os dabais cuenta del peligro que para el pueblo implicaba la reinstauración de esa pena, aunque sólo se aplicase a los mayores criminales.
Y, cuando surgió vuestra protesta, en primera línea marchaban los mismos individuos que hoy gobiernan en Rusia. Durante esas jornadas, el Partido bolchevique se dirigió a vosotros, pidiendo que no aceptarais el restablecimiento de la pena capital. Os decían entonces los miembros de ese partido que la pena de muerte es una barbarie cruel que; en todos los casos, deshonra a la humanidad. También os decía ese Partido bolchevique, que los socialistas condenan la pena de muerte, el exterminio a sangre fría de criminales desarmados y convertidos en seres inofensivos, que se rebelan contra la transformación de ciudadanos en verdugos que, bajo el mandato de un tribunal, cumplen el acto innoble que consiste en arrebatar la vida a un hombre, incluso a un criminal, porque la vida es el mayor don existente. Ese Partido bolchevique os decía todavía más: «La Iglesia cristiana predica el amor del prójimo y justifica hipócritamente, cuando eso le conviene, la muerte de un hombre por el poder del Estado, por un tribunal del Estado. El socialismo jamás caerá en semejante hipocresía, nunca cubrirá con su religión, la de la fraternidad de los trabajadores, el principio caníbal de la pena de muerte».
Así es cómo hablaban los gobernantes actuales de Rusia. Cuando llegaron al poder, en octubre, decretaron en el II Congreso Panruso de los Sóviets: La pena de muerte queda suprimida, incluso en los frentes.
Estas eran sus palabras, palabras que aplaudíais, camaradas obreros, palabras con las cuales compraban vuestro afecto y vuestra confianza. Visteis entonces en ellos combatientes revolucionarios, dispuestos a morir por su ideal, dispuestos a matar a sus enemigos en lucha abierta por sus ideales, pero absolutamente incapaces de ser los verdugos que asesinan, después de una comedia judicial, a criminales inofensivos y desarmados.
Estas eran las palabras, camaradas. Ahora examinad sus actos.
Desde el primer día que subieron al poder, y a pesar de que habían declarado abolida la pena de muerte, empezaron a matar.
A matar a los prisioneros de la guerra civil, como hacen todos los salvajes.
A matar a los enemigos que, después de una batalla, se habían rendido ante la promesa de que la vida les sería respetada. Eso es lo que ocurrió en Moscú en ocasión de las jornadas de octubre, cuando el bolchevique Pyotr Smidovitch firmó la promesa de respetar la vida de los junkers que se rindieran, para luego dejar que los masacraran. Otro tanto ocurrió en Mogilev, donde Krylenko no protegió al general Dujonin que se había rendido a él y que fue destrozado delante de él por asesinos, cuyos crímenes quedaron impunes. Otro tanto ocurrió en Kiev y en Rostov, en las numerosas ciudades ocupadas por las tropas bolcheviques. Esto se dio también en Sebastopol, en Sinferópol, en Yalta, Eupatoria, Feodosia, donde una banda de bellacos masacró a supuestos contrarrevolucionarios, sin investigación ni juicio, llegando a matar tanto a mujeres como a niños.
Después de semejantes matanzas organizadas, o toleradas, por bolcheviques, el propio Poder se encargó de la liquidación de sus enemigos. Sobre el papel, la pena de muerte estaba abolida, pero en cada ciudad, en cada distrito, comisiones extraordinarias (checas) y otros comités revolucionarios militares ordenaron el fusilamiento de centenares y centenares de personas. Todos los motivos eran buenos: contrarrevolución, especulación, pillaje.
Ningún tribunal establecía la culpabilidad real de los ejecutados, nadie podía saber si el condenado era responsable de actividades subversivas, de malversaciones o de actos de pillaje. ¿No se trataba más bien de una venganza personal? ¡Por desgracia, ello ocurrió muchas veces! ¡Cuántos inocentes fueron asesinados por estas razones en Rusia! ¡Con la aprobación silenciosa del Soviet de los comisarios del pueblo! Muchos desconocidos aparecen en las checas, desconocidos entre los que se descubren criminales, elementos corrompidos, delincuentes comunes, antiguos provocadores zaristas, y esos desconocidos ordenan fusilar, sin que con frecuencia se sepa (como en el caso de los seis estudiantes fusilados en Petrogrado) quién dio orden de hacerlo [1]
La vida humana ya no valía nada. Menos aún que los papeles del verdugo que decide destruirla. Menos todavía que la ración suplementaria de pan por la que un mercenario está dispuesto a enviar a un hombre al otro mundo por orden de un indeseable con galones.
Este baño de sangre se hizo evidentemente en nombre del socialismo, en nombre de una doctrina que había proclamado la fraternidad de los hombres como finalidad suprema de la humanidad.
¡Es en tu nombre, proletario ruso, que se lleva a cabo esta sangrienta traición!
Después de haber exterminado a decenas de miles de individuos sin proceso, los bolcheviques procedieron en lo sucesivo a ejecutar, guardando ciertas formas. En consecuencia, formaron un nuevo Tribunal Revolucionario Supremo para juzgar a los enemigos del Poder soviético. En la primera sesión del mismo, se dictó una condena a muerte, ejecutada diez horas más tarde. Al instituir este tribunal, los bolcheviques habían ocultado que restablecerían la pena capital, y esto a pesar del decreto del Congreso de los soviets que los abolía. Se guardaron de comunicar al pueblo este plan innoble: crear un tribunal militar de campaña, el cual, igual que el de Pyotr Stolypin, debe suprimir a todos aquellos que no les agradan. Han reintroducido clandestinamente, como ladrones, la pena capital.
Observando que los fusilamientos “chequistas” y las ejecuciones sumarias motivaban el odio de todo el pueblo, los bolcheviques decidieron aplicar esta pena tras una parodia de justicia.
¡Pero se trata de una comedia, camaradas! Tales procesos no existen.
Ved cómo fue juzgado el capitán Schastny. Se le acusaba de conspirar contra el Poder soviético. El capitán Schastny lo negaba todo. Pidió que se interrogara a los testigos, entre los cuales señaló a los comisarios bolcheviques encargados de vigilarle. ¿Quiénes mejor que ellos podían saber si conspiraba contra el Poder soviético? El tribunal se negó a convocar a esos testigos. Le denegó el derecho que cualquier tribunal, excepto el tribunal militar de campaña de Stolypin, acuerda al mayor criminal.
Sin embargo, en este caso estaba en juego la vida o la muerte de un hombre. La vida o la muerte de un hombre que había merecido la amistad y la confianza de sus hombres –los marinos de la flota báltica- los cuales protestaron contra su detención. Un hombre que había rendido un gran servicio al pueblo al llevar a cabo una gran proeza: hacer salir de Helsingfors (Helsinki) todos los barcos de la flota del Báltico, que de esta forma se habían librado de los guardias «blancos» finlandeses.
No son los guardias «blancos» finlandeses ni los imperialistas alemanes quienes fusilaron a este hombre, sino los socialistas rusos, al menos, algunos que se denominaban de este modo: los señores Medvedev, Bruno Karelin, Veselovsky, Peterson, jueces del Tribunal Revolucionario Supremo. Se negó a Schastny el derecho acordado a cualquier ladrón o asesino: el de citar a comparecer a los testigos. Ninguno de los suyos fue convocado. Por el contrario, la acusación hizo que compareciera el suyo. Este testigo era Trotsky. El mismo Trotsky que, en calidad de Comisario de Asuntos marítimos y militares, había dictado la detención de Schastny.
Ese mismo Trotsky que, en calidad de miembro del Soviet de los comisarios del pueblo, había ordenado hacer juzgar a Schastny por el Tribunal Supremo, creado para condenar a muerte.
Y Trotsky intervino en el proceso, no como testigo, sino como acusador. Como tal, llegaría a afirmar: «Este hombre es culpable. Condenadle». Esto, después de haberlo hecho callar, prohibiéndole citar a testigos capaces de aniquilar a la acusación.
¡No hace falta mucho valor para combatir de este modo a un enemigo a quien previamente se le atan las manos y se les cierra la boca!
Esto tampoco exige un exceso de honor o de nobleza. No, no se trata de un proceso, sino de una parodia. No es un proceso cuando la sentencia se pronuncia por parte de jueces que no son sino funcionarios dependientes del Poder. Pues en el Tribunal Supremo no hay jura- dos populares, sólo hay funcionarios que reciben su salario de Trotsky y de los demás comisarios del pueblo.
No hay proceso cuando, bajo la apariencia del testigo, se presenta el representante del Poder supremo que ordena, como miembro del gobierno: « ¡Condenadlos!».
Y no es un proceso aquél que culmina en una pena de muerte, rápidamente ejecutada, antes de que hombres indignados y escandalizados por esta sentencia, que es un asesinato, hayan tenido la menor oportunidad de emprender una iniciativa cualquiera para salvar a la víctima.
Bajo la égida de Nicolás Románov, en ocasiones, era posible arrancar a un condenado de las manos de su verdugo, o detener la ejecución al demostrar la monstruosa crueldad de la sentencia.
Bajo la de Vladimir Lenin, es imposible. Esto no ha quitado el sueño a los hombres y mujeres que dirigen el Partido bolchevique, en momentos en que, en alguna parte, en el silencio de la noche, se ha ejecutado a seres humanos.
Nadie sabe quién mata ni cómo. Como ocurría en el tiempo de los zares, los nombres de los verdugos se ocultan al pueblo. Nadie sabe si Trotsky ha venido a asistir y a ordenar personalmente la ejecución, tras haber organizado totalmente ese simulacro de proceso.
Ahora bien, ¿ha sido él también capaz de dormir tranquilamente, e incluso de llegar a soñar que el proletariado mundial le exalta como a un liberador de la humanidad, como al guía de la revolución socialista mundial?
En nombre del socialismo y en tu nombre, proletariado, algunos locos obnubilados y algunos necios vanidosos, han llevado a cabo esta farsa sangrienta.
La bestia ha lamido la sangre tibia del hombre. La máquina para matar al hombre se ha puesto en marcha. Los señores Medvedev, Bruno, Veselovsky, Peterson y Karelin se han arremangado los brazos para convertirse en carniceros.
El primer paso se ha dado, y ahora el Tribunal Revolucionario enviará al otro mundo a quienes estorben al Partido bolchevique; transformará en cadáveres a tantos hombres como sean capaces de condenar los funcionarios puntillosos y meticulosos en el curso de ocho horas de cotidiano trabajo. Se empieza con un oficial a quien puede presentarse a las masas ignorantes como un enemigo del pueblo, como un contrarrevolucionario. Luego caen sobre todos aquellos que abren los ojos del pueblo en relación con el funesto orden bolchevique.
Centenares de obreros y de campesinos, centenares de militantes, la mayoría socialdemócrata y socialista-revolucionaria languidece en las prisiones y calabozos soviéticos.
Por una crítica, por una protesta, por haber afirmado abiertamente sus convicciones, por haber defendido los intereses de la clase obrera y del campesinado, esos hombres y mujeres fueron encarcelados. A veces, con ayuda de una justicia sumaria y primitiva, se les mata sin motivo. Y, de cualquier modo, todos ellos corren el riesgo de muerte al presentarse delante del Tribunal Supremo. Pero la sangre llama a la sangre. El terror político instaurado desde el octubre de los bolcheviques ha extendido por Rusia sus vapores sangrientos. La guerra civil aumenta sus atrocidades, rebajando a los individuos al salvajismo y a la ferocidad. Se olvidan cada vez más los grandes principios de la humanidad verdadera que ha predicado el socialismo. Allí donde el Poder bolchevique es derrocado por las masas populares, o por la fuerza armada, surge a su vez un terror análogo al de ellos, que los golpea.
Los soldados de L’utov, de Semiónov, de Mijaíl Vasílievich Alekséyev, los Haidamaks ucranianos, las tropas de Skoropadskyi y de Krasnov, los destacamentos de Drozdovski, ahorcan y fusilan. Los campesinos y los ciudadanos que ahuyentan a los bolcheviques de los soviets locales se emplean con ellos del modo más cruel. La ferocidad recíproca aumenta, y la pesada responsabilidad recae sobre el Partido que ha desacreditado el nombre del socialismo, que potencia la muerte sacrílega perpetrada a sangre fría sobre prisioneros desarmados, ese partido que protesta hipócritamente contra las matanzas de los guardias «blancos» finlandeses mientras que la sangre de los fusilados enrojece la tierra rusa.
La ferocidad de la guerra civil ha ganado ya cualquier rincón de cualquier calle. El comisario bolchevique Volodarsky resulta muerto, víctima desgraciada del contra- terror. Dos días más tarde, en el mismo Petrogrado, es asesinado por un soldado rojo el viejo obrero socialdemócrata Vasíliev, que tantos años había consagrado a la causa obrera. Probablemente ese soldado rojo se ha convertido en un asesino porque quería hacer pagar el asesinato de Volodarsky al primer adversario que le cayera bajo la mano.
El Partido obrero socialdemócrata ha protestado siempre contra los asesinatos políticos, lo mismo si son realizados por el verdugo como por un vengador voluntario. Incluso se manifestó contra ellos cuando los revolucionarios mataban a los agentes del zarismo. Ha enseñado a la clase obrera que no era por medio de esos procedimientos, incluso empleados contra los peores enemigos del pueblo, que le sería posible mejorar su destino, sino por medio de los cambios radicales de todo el orden político, de todas las condiciones que conllevan la opresión y la violencia. Todavía hoy previene a los trabajadores y a los campesinos llevados a la desesperación por la violencia del poder bolchevique: no os venguéis en comisarios o bolcheviques aislados, no os enfrasquéis en la vía de las matanzas, no quitéis la vida a vuestros enemigos. ¡Contentaos con quitarles el poder que les habéis conferido!
Nosotros, socialdemócratas, estamos contra todo terror, tanto contra el terror desde arriba como desde abajo.
Estamos asimismo contra la pena de muerte, ese medio extremados del terror, es decir, de intimidación, al que recurren todos los gobiernos que no tienen la confianza del pueblo. La lucha contra la pena de muerte estaba inscrita en el estandarte de todos los combatientes por la libertad y la felicidad del pueblo ruso, de todos aquellos que han combatido por el socialismo.
La historia del pueblo ruso, pródiga en sufrimientos, ha consagrado el cadalso, le ha rodeado de la aureola del martirio. Los mejores hombres de Rusia han subido los escalones del patíbulo, han afrontado los fusiles de los destacamentos represivos. León Tolstoi, Korolenko, Máximo Gorky, toda una serie de escritores y artistas estigmatizaron el acto infame de matar a un hombre atado y desarmado en el nombre de la ley.
Hoy tenemos un partido, que se proclama obrero, socialista y revolucionario, que ataca este odio sagrado del pueblo ruso contra la pena de muerte, que se atreve a reintegrar al verdugo en los cuerpos del Estado, que hereda del zarismo la religión sanguinaria de la muerte por la razón de Estado.
¡Vergüenza a aquellos revolucionarios que por medio de las ejecuciones justifican las llevadas a cabo en tiempos de Nicolás y sus ministros, maldecidos por diversas generaciones del pueblo ruso!
¡Vergüenza a quienes, por sus parodias de justicia y por un exceso de terror, hacen palidecer las tareas incalificables de los tribunales militares de la campaña de Stolypin, odiados por el pueblo!
¡Vergüenza al partido que convierte al verdugo en un militante socialista!
En 1910, en el Congreso Internacional Socialista de Copenhague, se decidió luchar en todos los países contra la bárbara pena de muerte.
Esta decisión, camaradas, fue firmada por todos los dirigentes actuales del Partido bolchevique: Lenin, Zinoviev, Trotsky, Kámenev, Radek, Rakovsky, Lunatcharsky. Yo los vi allí, en Copenhague, levantar la mano en favor de esta resolución y declarar la guerra a la pena de muerte. Luego los vi, acto seguido, en Petrogrado, en julio del año pasado, protestar contra su aplicación, en tiempo de guerra, a los traidores.
Y, ahora, los veo aplicando la pena de muerte a troche y moche, contra burgueses y obreros, contra campesinos y oficiales. Observo que exigen de sus subordinados que no cuenten las víctimas, sino que condenen a muerte al mayor número posible de adversarios del Poder bolchevique.
Constato cómo crean clandestinamente, a escondidas, un tribunal especial para pronunciar sentencias capitales, una verdadera máquina de matar. Entonces digo a esos jueces bolcheviques: ¡Sois mentirosos y perjuros con premeditación!
Habéis engañado a la Internacional obrera al firmar la obligación de exigir en todas partes la supresión de la pena capital, para restablecerla tan pronto como el poder ha ido a parar a vuestras manos. Engañáis a los obreros rusos cuando reinstauráis la pena de muerte al tiempo que les ocultáis que la Internacional obrera la ha condenado como un signo de la barbarie, la cobardía, la ferocidad, la degeneración del orden burgués. Engañáis a los desgraciados letones y a los soldados rojos cuando los enviáis a asesinar a hombres maniatados, ocultándoles los acuerdos de la Internacional obrera, en nombre de la cual gobernáis.
Vosotros, Rakovsky y Radek, habéis engañado a los trabajadores occidentales al afirmar ante ellos que ibais a Rusia a luchar por el socialismo. Los habéis engañado al afirmar que os dirigíais a la Rusia atrasada para llevar el estandarte del socialismo.
De hecho, habéis venido a nosotros para cultivar nuestra antigua barbarie, propia de los zares, para incensar el viejo altar ruso de la muerte, para empujar hasta un extremo todavía desconocido, incluso en nuestro salvaje país, el desprecio por la vida ajena, para organizar, en fin, la obra panrusa de la verdugocracia.
¡Y tú, Lunatcharsky, a quien gustaba dirigirte a los trabajadores y describirles en frases altisonantes la magnificencia de los ideales socialistas, así como la profunda humanidad de nuestras enseñanzas, tú, que mirabas el cielo y cantabas la fraternidad de los hombres en el orden socialista, tú que estigmatizabas la hipocresía de la religión cristiana, que consagraba el asesinato del hombre, y que predicabas la nueva religión del' socialismo proletario, tú eres tres veces perjuro, tres veces fariseo, y ello porque, después de volver de la embriaguez de tus banalidades, participas con Lenin y Trotsky en la organización del asesinato, con juicio o sin él!
¡Y todos vosotros, quienes habéis firmado con la Internacional el tratado contra la pena de muerte, todos cuantos os habéis abierto el camino hacia el poder prometiendo a la clase trabajadora la supresión definitiva de la pena capital, todos vosotros habéis renunciado a vuestros principios, plenamente conscientes de vuestros actos, no merecéis otra cosa que el más acerbo desprecio!
« ¡No puedo callarme!», exclamó el viejo sabio León Tolstoi al conocer las ejecuciones cotidianas de sentencias de pena de muerte pronunciadas por los tribunales militares de campaña de Stolypin.
¡Obreros de Rusia, León Nicolaevitch os pide también a vosotros que, no permanezcáis en silencio en este momento, cuando el verdugo ha vuelto a convertirse en la figura central de la vida rusa!
También Carlos Marx os ha pedido que no os calléis, sí, él, de quien recientemente habéis festejado un aniversario. El gran maestro del socialismo era enemigo irreductible de toda la barbarie legada por los siglos pasados, y dejar que, en nombre del socialismo, en nombre del proletariado, se cumpla la obra del verdugo, equivale a mancillar su memoria.
¡No se puede permanecer en silencio!
La medida que aplicáis os será aplicada mañana. Cuando la locura de los bolcheviques haya agotado las fuerzas de la democracia y lleguen a reemplazarlas las de la contrarrevolución, en favor de las que trabaja el bolchevismo, Rusia será teatro de las mismas atrocidades que se desencadenan actualmente en Finlandia, donde todos los obreros, todos los socialistas, son perseguidos como bestias salvajes. Y entonces, ¡desgraciados de nosotros! Sí, cuando protestemos contra la violencia antiobrera y exijamos de los destructores la salvaguardia del honor y de la vida del proletariado, la burguesía podrá replicarnos: « ¡Bajo los bolcheviques, vosotros, obreros, aprobabais idéntica violencia, ejecuciones similares! ¡Pero entonces las ocultabais con vuestro silencio!».
Pero no podemos esperar esa hora. La contrarrevolución reina ya bajo la protección de las bayonetas alemanas en el Don, en Crimea, en Ucrania, en las provincias bálticas. A cada salva de los fusiles bolcheviques dirigidas aquí a los adversarios políticos del poder soviético, resuenan allí los ecos redoblados de otros fusiles que matan a obreros y campesinos revolucionarios. Los contrarrevolucionarios y comandantes alemanes responden a las protestas obreras: «Actuamos al estilo bolchevique».
Por la ejecución de un solo capitán Schastny, los bolcheviques incitan al asesinato de decenas de obreros y campesinos del sur y del oeste ruso. Pues la sangre llama a la sangre.
«Basta!», debe exclamar la clase obrera ante esa riada de sangre.
Ella debe declarar serenamente ante el proletariado del mundo entero que el proletariado ruso nada tiene de común con ese terror, ni con la bárbara pena de muerte tras proceso, ni con la canibalesca ejecución sin juicio.
Decid a vuestros gobernantes que, desde hace tiempo, han perdido vuestra confianza y sólo se apoyan en la violencia descarada, que no son sino perjuros que traicionaron solemnes promesas; que la clase obrera rechaza con desprecio a todos aquellos que tienen algo que ver con la pena de muerte, a todos los verdugos, a sus ayudantes e inspiradores.
Decid a los obreros que aún son miembros del Partido comunista bolchevique -el partido que asesina con proceso o sin él- que no ocupan el lugar que les corresponde en el ámbito proletario, y que sobre ellos recae la responsabilidad de la sangre vertida. Decídselo y demostrádselo rompiendo toda relación con ellos, como se haría en el caso de réprobos o apestados, como se hacía con los obreros miembros de la sangrienta Unión del pueblo ruso.
El partido de la pena de muerte es tan enemigo de la clase obrera como lo fue el de las sanguinarias persecuciones.
¡Que todos los hijos de la clase obrera, ignorantes, ciegas, descarriados o vendidos, constaten que la familia proletaria jamás les perdonará su colaboración con el verdugo!
¡Qué cuantos aún no han perdido la conciencia socialista se apresuren a separarse de los Medvedev, Stucka, Krylenko y Trotsky, de los Dzerzhinski y Sverdlovsk, de todos aquellos que se ocupan del exterminio del hombre en masa o al detalle!
¡Hay que manifestarse! ¡En nombre del honor de la clase obrera, en nombre del honor del socialismo y de la revolución, en nombre del miramiento que se debe al país natal, en nombre de la deuda contraída en relación con los trabajadores de la Internacional, en nombre de todos los principios de humanidad, en nombre del odio hacia las potencias autocráticas, en nombre del amor por la memoria de los combatientes torturados por la libertad, que en toda Rusia resuene el llamamiento poderoso de la clase obrera!
¡Abajo la pena de muerte!
¡Llevemos ante los tribunales del pueblo a los verdugos asesinos!
[1] L Mártov habla aquí del infame asesinato de seis estudiantes inocentes, entre los que había tres hermanos, los Genglesy, ciudadanos franceses, a punto de abandonar Rusia y que, con ese motivo, habían organizado una fiesta de despedida en el nro. 34 de la calle Millionnoy. Unos soldados rojos los encontraron allí y, simplemente porque llevaban hombreras (eran oficiales del ejército ruso), los mataron. L. Mártov hace con toda razón la siguiente pregunta: « ¿Quién ordenó esta muerte?». Se supo después que el propio Lenin había estado mezclado. En Smolny se le preguntó: « ¿Qué hacemos con ellos?». « i Lo que queráis!», respondió. Por supuesto que los asesinos no fueron nunca hallados. (Nota de los editores, 1919).
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COMUNISMO Numero 67: LENINISMO Y CONTRARREVOLUCIÓN (III) marzo 2018
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