¿Por qué hablar de "revolución anarquista" y en qué consiste?
Partimos de una doble constatación: por un lado, muchos anarquistas han tomado el camino de la deserción, de la constitución de comunidades alternativas, alejándose de un discurso y de la búsqueda de prácticas revolucionarias. Y por otro lado, la cuestión de la revolución ha vuelto a ponerse sobre la mesa en los últimos diez años. Es en este contexto en el que hemos querido reafirmar, sobre todo, la necesidad y la posibilidad de la revolución. Pero a partir de ahí, la cuestión es saber qué ponemos detrás de este término. Esta es una pregunta que se hace mucha gente. Podemos ver la evolución que se ha producido en los últimos años: Ahora, cuando distribuimos folletos o periódicos revolucionarios en la calle, mucha gente se lo toma en serio, se interesa por ello, quiere saber más. Esto no era así ni siquiera hace unos años (hay un "antes" y un "después" del movimiento de los “Chalecos Amarillos” /2). Las preguntas que más surgen son: ¿de qué revolución se trata? ¿Cómo podemos ganar? ¿Qué significa ganar? ¿Hasta dónde debemos llegar? ¿Qué tenemos que destruir, y para construir qué?
Estas preguntas también son las que nos hacemos. Hemos escrito este libro con el fin de explicarnos y tratar de elaborar algunas propuestas. Es en este sentido que hablamos de una revolución anarquista. Pues el anarquismo, y más precisamente el comunismo-anarquista (o comunismo libertario), se ha enfrentado a estas cuestiones, tanto en la práctica como en la teoría. Nos permite aspirar a una revolución social que no conduzca a otra forma de autoritarismo, a la producción de un nuevo orden económico, o a un capitalismo de Estado como pudimos ver en la URSS.
Lo que llamamos una revolución anarquista no es una revolución hecha por anarquistas, sino una revolución que tiene como objetivo la destrucción del poder, y no su captura. A fin de cuentas, ésta es la diferencia esencial: se trata de destruir el capitalismo y el Estado, y a través de ellos la explotación y el poder, en un mismo movimiento. La revolución anarquista no pretende utilizar el Estado para derribar el capitalismo. Al contrario, su objetivo es destruir el Estado, porque el Estado está en el corazón de la economía capitalista. No podemos deshacernos de la explotación económica sin destruir el Estado. Desarrollamos este vínculo íntimo y central entre el Estado y el capitalismo en varios pasajes del libro para demostrar que el Estado moderno es el instrumento de la explotación económica.
Esto es especialmente cierto hoy en día, cuando los Estados deben gran parte de su fuerza y capacidad de acción, a su posición en los mercados financieros: a su capacidad de endeudarse. Ahora bien, la confianza en un Estado que permite que se le preste dinero fácilmente depende de su capacidad para garantizar las condiciones de circulación, acumulación y creación de valor futuro. Esta garantía no es otra cosa que las condiciones necesarias al capitalismo. En última instancia, esta garantía se mide por la capacidad de un Estado en obligar a la población a trabajar para los capitalistas. A partir de ahí, el Estado sólo puede mantener la explotación. Este es a la vez su objetivo y la fuente de su fuerza. Para acabar con la explotación económica y su lote de miseria, de competencia y de guerra permanente, el poder del Estado es en realidad un obstáculo, independientemente de quién lo dirija. Pues el Estado se basa en la creación de valor económico a través de la obligación de trabajar. No hay Estado sin una división de clases de la sociedad y, por tanto, sin la explotación de la mayoría de la población para sostener a las clases explotadoras y dominantes.
Hoy en día, cuando los partidos políticos y las elecciones son desertados, y cuando ya nadie cree seriamente que el capitalismo nos llevará a algún lugar que no sea un muro, la cuestión revolucionaria está de nuevo en el aire. En Francia, ha surgido con los Gilets Jaunes, y volverá a surgir. Pero estamos viendo levantamientos en todo el mundo: en Chile, Hong Kong, Colombia, Líbano, EEUU, Kazajistán, etc. Es a través de estos movimientos, en la práctica, que podremos trazar los caminos que nos llevarán a la victoria de la revolución social. Sin embargo, la perspectiva general puede ser enunciada: vencer el mantenimiento del orden y el poder del Estado al tiempo que se destruye la economía para inventar una relación social en la que reproduzcamos nuestras existencias a través de la ayuda mutua y el reparto inconmensurables, y no a través de la producción capitalista. Dentro de estos levantamientos, la cuestión es identificar su dinámica: ¿Hay prácticas y discursos que conllevan una capacidad de ir más allá de la mera demanda de reforma o negociación? Unirse y apoyar estas prácticas es la mejor manera de aumentar la fuerza revolucionaria de los movimientos. Por lo tanto, pensamos que el papel de los revolucionarios es llevar iniciativas que vayan en esta dirección, pero también difundir las prácticas que han funcionado en otros lugares, dar vida a la historia y a la actualidad internacional de la lucha de clases. Todo ello sin pretender constituir una “tienda política” más. El único partido de los anarquistas es el partido de la revolución. Que un partido político o un sindicato se reivindique como revolucionario no significa que no sea un obstáculo a superar en las luchas. El encuadramiento de la lucha por parte de los partidos y los sindicatos nunca ha producido otra cosa que la derrota por la negociación, y el ascenso de unas pocas personas que pudieron unirse a una fracción de la clase dirigente.
La revolución anarquista es, por tanto, la que destruye la explotación, así como el poder y sus representantes, incluidas las tendencias dentro del movimiento que quisieran convertirse en representantes de la revolución.
¿Qué significaría la victoria? ¿Cómo sería un mundo anarquista? No es dado de antemano. El comunismo libertario es también una forma de concebir la vida de otra manera, pero nos abre a lo desconocido: un mundo sin trabajo, sin economía, sin clase dominante, sin estados... Este mundo será creado sobre todo por los que hagan la revolución, con todo lo que ello implica de resonancia internacional y de cambio cultural. Sin embargo, la revolución no es el fin de la historia. Al contrario, es más bien un comienzo. El desafío no es sólo transformar el mundo tal como es, sino hacer posible la transformación de un mundo liberado del poder y de la economía, y de sus limitaciones en los posibles devenires históricos. Por lo tanto, la revolución es también la destrucción de aquello que nos impide transformar el mundo y que reconduce cualquier aspiración de cambio, cualquier alternativa, por bienintencionada que sea, al seno del capitalismo y del Estado.
En los últimos años hemos asistido a un fortalecimiento del aparato estatal. ¿No se aleja la perspectiva de una revolución anarquista?
La pandemia de Covid-19, o más bien la gestión de la pandemia por parte del Estado, fue una oportunidad para que los Estados dieran un paso más en el giro autoritario que ya se había iniciado en gran medida con anterioridad. El estado de emergencia pasó de ser "antiterrorista" a "sanitario" (sin anular, no obstante, la dimensión "antiterrorista" de la justificación de la huida hacia delante de la seguridad). No es de extrañar que esta huida hacia delante de la seguridad se lleve a cabo a través del arsenal tecnológico desarrollado por el capitalismo, que dota a los Estados (que pueden permitírselo) de un poder de vigilancia, control y represión cada vez más sofisticado e invasivo. La pandemia ha sido también una oportunidad para imponer a gran escala toda una batería de tecnologías digitales en el mundo del (tele) trabajo: (tele) medicina, (tele) educación, (tele) administración, etc., elevando así a las grandes plataformas digitales, GAFAM y otras, al rango de actual líder mundial de la economía capitalista. No es sorprendente; todo lo que vimos desarrollarse muy rápidamente durante la pandemia ya estaba claramente en marcha antes de ella. La pandemia no fue más que un acelerador de las tendencias de tecnoseguridad del capitalismo contemporáneo.
Desde este punto de vista, está claro que el Estado se está preparando para reprimir cualquier ofensiva que se dirija a él. Refuerza y amplía el arsenal policial, endurece la legislación, las condiciones de trabajo, etc. Este refuerzo masivo del arsenal represivo sugiere que el Estado está tomando nota de que cada vez será más difícil comprar la paz social. Sobre todo después del "cueste lo que cueste" de Macron, que tras enriquecer a la patronal y mantener temporalmente la paz social, ha sumado la "deuda Covid" a la crisis de la deuda que no termina desde 2008.
La música de la austeridad vuelve poco a poco a la palestra, pero con los miles de millones de la "deuda Covid" añadidos. El pago de la deuda es un espejismo, por supuesto. Se trata más bien de que el Estado pueda seguir endeudándose. Y para ello, debe demostrar que es un buen gestor de la extracción de beneficios. Es decir, el Estado debe demostrar su capacidad para producir y mantener las condiciones necesarias para la circulación, la inversión y la valorización de los capitales en el territorio económico que gestiona. Esta prueba se obtiene mediante el endurecimiento de las condiciones de explotación (que permite el aumento de la tasa de explotación): austeridad, ataque a los salarios directos o indirectos (paro, prestaciones sociales mínimas, pensiones), reforma del código de trabajo que permite una mayor extracción de plusvalía, etc., todo ello con el fin de mantener tasas de beneficio aceptables para los capitalistas. Todo parece indicar que nos dirigimos hacia un endurecimiento de la explotación y que el Estado se prepara para imponerlo por la fuerza. El fortalecimiento autoritario de los Estados es una forma de bunkerización para intentar sofocar las revueltas. Y esto ocurre a una escala mucho mayor que la de Francia.
Más recientemente, hemos visto cómo la guerra ha vuelto a la escena europea y también ha supuesto una oportunidad para que los Estados refuercen su aparato represivo, exacerben el nacionalismo y reactiven la industria armamentística. Además, podemos considerar que una de las dimensiones del ataque de Rusia a Ucrania es la de una "operación policial" destinada a reprimir los levantamientos en la esfera de influencia rusa (Bielorrusia en 2020, Kazakstán en 2022)/3
Por eso, esta bunkerización refleja también un estado del capitalismo actual: estamos en un momento en el que el antagonismo de clase se endurece y, por tanto, se revela. La lucha de clases vuelve así a estar en el centro de atención. Sin embargo, las capacidades integradoras del capitalismo son limitadas. Asistimos a una masificación de los pequeños empleos mal pagados o precarios, con el retorno del trabajo a jornal y a destajo a través del capitalismo de plataforma, sobre todo con la explosión del reparto "autónomo" gestionado por las plataformas digitales. La precariedad también afecta a las personas con contrato indefinido, que se endeudan y ya no pueden llegar a fin de mes. La idea de que el trabajo es un vehículo de socialización o de realización personal ha llegado a su fin. Porque trabajar es trabajar en el capitalismo, que se reconoce cada vez más como un impasse histórico, literalmente insoportable. La integración a través del trabajo está en crisis.
Pero también, y tal vez sobre todo, el capitalismo y el Estado tienen muchos problemas para integrar la lucha de los proletarios, es decir, para hacer que los movimientos, o incluso los levantamientos, vuelvan al seno de la reproducción del capital: los sindicatos ya no son capaces de actuar como un amortiguador entre las luchas y el Estado. Asistimos a un rechazo de los movimientos actuales a dejarse representar por figuras políticas que dictan los campos de lo posible y lo imposible negociando la derrota perpetua. La integración política está en crisis.
Es difícil decir si la revolución anarquista se aleja o se acerca. Pero está claro que las condiciones actuales del capitalismo y sus crisis (que combinan la crisis de la integración por el trabajo, la crisis de la representación política y el rechazo de los sindicatos y de los partidos políticos como mediadores de las luchas contra el Estado) plantean unas condiciones históricas en las que la propuesta de una revolución anarquista se hace potencialmente audible, y esto de una manera inédita. Además, el ciclo de levantamientos internacionales al que hemos asistido en los últimos años va en la dirección de una profundización del movimiento (real) revolucionario. Por ejemplo, estamos asistiendo a una notable superación de la oposición violencia/no violencia en los levantamientos de todo el mundo. También estamos viendo intercambios entre movimientos a nivel internacional. Hemos visto, por ejemplo, levantamientos en EEUU y Francia inspirados en las técnicas de confrontación vistas en Hong Kong. Más recientemente, el último levantamiento en Colombia (en la primavera de 2021) ha retomado prácticas vistas en Chile, EEUU y Francia. Sobre este punto, véase el muy buen libro de Mirasol "Soulèvement"/4, que trata específicamente de esta cuestión.
Por supuesto, esta profundización revolucionaria de la dinámica de los movimientos actuales no es un camino de rosas. Y hay que decir que el movimiento contra el pase sanitario no tuvo ni la ofensiva ni la dinámica revolucionaria que vimos con los Chalecos Amarillos. Pero las condiciones de la crisis del capitalismo así como las de un levantamiento revolucionario son, en nuestra opinión, totalmente actuales.
Al ser explotados, al ser proletarios, estamos aislados, atomizados. Las organizaciones obreras están muertas o son muy débiles. Entonces, ¿de dónde puede venir la fuerza revolucionaria?
Durante mucho tiempo, el antagonismo de clase se concibió en términos de una lucha del trabajo contra el capital. La historia del movimiento obrero está marcada por esta ideología, producida y mantenida en gran medida por los directivos de los sindicatos y de los partidos "revolucionarios". La revolución se consideraba como el ascenso de los trabajadores y el trabajo contra los capitalistas y el capital. A partir de entonces, la revolución consistía en la continuación del trabajo, pero (supuestamente) sin el capitalismo. El socialismo, la propiedad colectiva de los medios de producción y la planificación del trabajo sustituirían al capitalismo y a la competencia. Esta concepción es un callejón sin salida. Sólo puede conducir "en el mejor de los casos" a una forma de capitalismo autogestionado, o a un capitalismo de Estado. Y en cualquier caso, las condiciones de la competencia no tardarían en reaparecer. En realidad, si queremos destruir el capitalismo, tenemos que destruir lo que está en su corazón: el trabajo. Toda la obra de Marx apunta en esta dirección: el fundamento del valor es el trabajo. Y abolir la propiedad privada sin abolir el valor es un callejón sin salida. Por supuesto, hay que derribar el capitalismo, pero para ello no basta con derribar una de sus patas: el capital (es decir, la riqueza acumulada, la propiedad privada de los medios de producción y la circulación de mercancías, para abreviar). Hay que derribar la forma en que se hace este valor: el trabajo. La revolución consiste, por tanto, en destruir el Estado que organiza la sociedad del Capital y la obligación de trabajar, deshacer la producción capitalista y encontrar una forma de hacer las cosas juntas, no de trabajar. Mientras mantengamos la cuantificación de un tiempo específico dedicado a la producción con el fin de obtener una remuneración (de cualquier forma que sea, vales de trabajo, vales de consumo, banco de tiempo, trueque, monedas alternativas, etc.), mantendremos el germen de la competencia y del intercambio. Debemos destruir el trabajo como esfera temporal específica de producción.
Pero será el proletariado el que hará la revolución, aunque no esté destinado a ello. La revolución no es una cuestión de destino, sino de ruptura. En el libro, volvemos a situar en el centro de la cuestión revolucionaria la importancia, ya planteada por Bakunin, del acto y el objetivo revolucionario. No creemos que el capitalismo produzca por sí solo las condiciones para su propia superación. La dinámica revolucionaria hay que buscarla fuera de lo que constituye la dinámica del capitalismo. Ahora bien, "el proletariado", tal como se entiende generalmente, es decir, como sinónimo de "la clase obrera", es un producto del capitalismo. Es la condición de los explotados, de los que, para sobrevivir, sólo tienen su fuerza de trabajo para vender. Son los proletarios como explotados.
Por lo tanto, cuando decimos que es el proletariado el que hará la revolución, no es simplemente de este proletariado explotado del que hablamos. No estamos hablando de un proletariado que sería un dato sociológico, o una identidad dentro de la reproducción de la sociedad del Capital. Estamos hablando del proletariado que se constituye como clase revolucionaria, en un movimiento de ofensiva contra su condición de existencia dentro del capitalismo. El proletariado revolucionario se constituye así en una dinámica antinómica a las condiciones de existencia de las clases sociales. Esta constitución no se basa en una condición sociológica o en una identidad previa, se basa en la identificación con un movimiento que ataca materialmente los intereses de los capitalistas y del Estado. Evidentemente, tal movimiento sólo puede provenir de la clase explotada, los "proletarios" en el sentido clásico del término. Porque sólo los explotados están en esa posición en la que, para liberarse de sus cadenas (las de la explotación laboral), tienen que destruir toda la sociedad capitalista. Y por supuesto, no es la burguesía la que va a deshacer el capitalismo.
En la perspectiva revolucionaria, la cuestión es la de la dinámica de los levantamientos de esta clase de explotados-proletarios. Una vez que un movimiento está en marcha, lo que puede permitir la constitución de una fuerza revolucionaria, es una dinámica que se despliega en el movimiento, y que avanza hacia el cuestionamiento radical de la explotación, es decir de las condiciones de existencia de las clases sociales. En ese caso, una fuerza revolucionaria puede tomar forma y ganar potencia.
En cuanto a la cuestión de cómo puede realizarse la revolución, es obviamente imposible de responder antes de que haya tenido lugar. Pues la forma de la revolución dependerá del movimiento y de las prácticas que históricamente han permitido su aparición y la extensión de su fuerza. Sin embargo, podemos aventurarnos a formular unos cuantos puntos lógicos:
• La dinámica de una superación revolucionaria surge de las prácticas dentro de un movimiento, no de las ideologías o de las reivindicaciones
• La constitución de un objetivo revolucionario dentro de un movimiento es un punto de inflexión fundamental. A partir del momento en que se afirma concretamente un objetivo revolucionario (es decir, cuando el movimiento reconoce y asume como suyas las prácticas que le permiten tomar conciencia de su fuerza revolucionaria), entonces comienza una lucha, en el seno del propio movimiento, entre dinámica revolucionaria y contrarrevolucionaria (llamamientos a la calma, a la negociación, a la integración en el Estado o a la toma del poder del Estado por los representantes, a una nueva constitución o a un nuevo pacto democrático, etc.). Por lo tanto, la lucha por la fuerza revolucionaria se libra a la vez contra el Estado y la clase capitalista, pero también dentro del movimiento. Esta lucha, en estas dos caras, no se gana tomando la dirección del movimiento, sino con la propagación hegemónica de prácticas e iniciativas que amplíen y aumenten la fuerza revolucionaria.
• El nacimiento y el reconocimiento de esta potencialidad revolucionaria se construye al mismo tiempo que se producen las primeras ofensivas que tendrán que desembocar en la derrota del mantenimiento del orden, el desmantelamiento del estado y la interrupción de la producción capitalista: es el momento de la insurrección.
• La insurrección sólo puede ser victoriosa si encuentra los medios para reproducir la fuerza revolucionaria y extender su dinámica a partir de prácticas que permitan una reproducción de la existencia que no tengan como base la explotación y el poder. En este sentido, el contenido de la revolución es la abolición del valor y de las relaciones sociales ligadas a él.
• La revolución es la transformación del mundo a través de la extensión, la generalización y la búsqueda creativa de prácticas de ayuda mutua basadas en la abolición del valor que nace de la insurrección. La revolución comunista-libertaria pretende deshacer el vínculo cuantificado entre el trabajo y el acceso a los productos de subsistencias. Pretende una sociedad en la que no exista una esfera de trabajo que determine (en términos de tiempo trabajado o su equivalente cuantificable) la cantidad de lo que se tiene derecho a recibir. El comunismo libertario es una sociedad en la que las personas no producen para obtener un sustento, sino un mundo en el que las personas viven ayudándose mutuamente en la existencia. El "trabajo" es destruido para dejar espacio a un inconmensurable entrelazamiento de "haceres" a través de la ayuda mutua y el hecho de compartir. Ya no existe un modo de producción como tal, porque producir ya no es una actividad separada de lo que constituye el conjunto de la existencia y su sentido. Esto es básicamente lo que significa abolir el valor.
• El contagio insurreccional y revolucionario debe adquirir necesariamente una dimensión internacional, para derribar a todos los estados y no a uno solo, para destruir la capacidad de reorganización y contraofensiva de la burguesía lejos del foco revolucionario, y para evitar la intervención de otros estados para extinguir la revolución (como han hecho regularmente los EEUU en América Latina, Francia en África, y más recientemente Rusia en Europa del Este)
¿Con los partidos y sindicatos cada vez más desacreditados, aparece como posibilidad el « municipalismo libertario » teorizado por Murray Bookchin?
Hoy en día, el llamado municipalismo libertario (o comunalismo) no es más que una socialdemocracia vagamente participativa. Vemos en la tendencia a "tomar los ayuntamientos", actualmente muy de moda entre algunos anarquistas, una integración de estos en el Estado local. Aunque Bookchin nunca dejó totalmente de lado la cuestión revolucionaria, los que hoy se proclaman municipalistas libertarios se ciñen, de hecho, a un simple municipalismo. Esta tendencia está ligada a los movimientos de deserción en los que unos pocos neorurales, a menudo sobre educados, se encargan de los asuntos del lugar donde viven. Implicarse en la vida política de su ayuntamiento, constituir listas municipales "ciudadanas" o preconizar la democracia directa no tiene nada que ver con el anarquismo revolucionario que defendemos. Por una sencilla razón: el municipalismo no ataca la relación social capitalista y su fundamento: el valor. Se plantea como una alternativa a la gestión política del capitalismo. En las luchas, debemos estar atentos para no caer en los intentos de seducción de esta corriente política, e incluso combatirla. Porque es una teoría de la derrota: cuando se expresa, es para devolver las prácticas al redil del Estado y de la gestión "democrática" del trabajo.
La corriente anarquista ha fetichizado a menudo la forma "democrática", ya sea en forma de procedimientos de toma de decisiones o de concepciones federativas de entidades territoriales a "gobernar". El problema fundamental de todas las propuestas democráticas es que pretenden crear un espacio-tiempo separado del resto de la vida en el que las decisiones que se tomen sean soberanas. Se puede establecer aquí un paralelismo con el trabajo: si la abolición del valor requiere la desaparición de una esfera separada del resto de la vida dedicada a la producción medida y cuantificada, entonces la abolición de la política tal y como la conocemos es la desaparición de una esfera política separada del resto de las prácticas cotidianas que permiten la reproducción de la existencia. Esto no quiere decir que no vaya a haber conflictos interpersonales, pero no se resolverán ni con la división del trabajo ni con la ingeniería democrática. Todas las propuestas democráticas acaban recayendo en una forma de soberanía, ya sea justificada por las formas de vida "tradicionales" de unos pocos en un espacio concreto, el trabajo de la tierra o el anclaje territorial en general. De hecho, la democracia consiste siempre en justificar la constitución de un poder y las fronteras de su dominio. Se trata de definir una comunidad política legítima y soberana en su territorio. En este sentido, la democracia, incluso en su forma radical y directa, define una forma de propiedad (define su territorio) sobre la que se ejerce su legitimidad decisoria. Podemos decir que se trata de una propiedad "colectiva", pero eso no cambia mucho: se trata de dar una base a esta propiedad. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que a través del trabajo? "La tierra es de quien la trabaja y vive en ella", se oye incluso en ciertos círculos libertarios. Frente a esto, afirmemos con fuerza que la tierra no es de nadie. Esto no significa que uno no pueda sentirse vinculado a una tierra, o incluso pertenecer a ella. Pero no tiene que ser la base de ninguna forma de propiedad en la que se pueda basar un ascendiente político. Esta es en todo caso la perspectiva revolucionaria: destruir todo el modo de producción capitalista basado en el trabajo y la propiedad, y destruir el poder basado en él.
¿Debe la revolución destruir la industria y la tecnología? ¿Y si es así, es una forma de primitivismo?
Los medios de producción capitalistas están totalmente orientados a la producción de valor mediante la explotación. Son la materialización misma de la relación social capitalista, y el medio de su expansión. Sin embargo, las teorías revolucionarias anarquistas y comunistas cuestionaron poco, o incluso nada, la creencia en la industria. Lo veían como una técnica neutra que podía ser aprovechada para producir la base material de la sociedad comunista (libertaria o no). En cuanto a las críticas anti industriales o anti-tecnológicas existentes, si han tenido el mérito de poner de relieve el fetichismo tecnológico y el absurdo de la "neutralidad" de la industria, la perspectiva revolucionaria era a menudo discreta, incluso ausente. Lo que faltaba era una crítica radical de la industria y la tecnología desde una perspectiva revolucionaria (y no moral, reformista o alternativista).
La industria no entra en la historia como una mera técnica "neutra" de producción, sino como una técnica de explotación capitalista y de mantenimiento del orden. El encierro en las fábricas fue una violencia histórica absolutamente brutal, en la que los capitalistas y la máquina estatal sostienen los dos extremos de la prisión industrial que se construyó, y que debió ser llenada con brazos dóciles. La industria se impone a través de la sangre y la miseria
Pero más allá de eso, la industria no es otra cosa que la materialidad misma del modo de producción capitalista. En este punto, nos apoyamos mucho en Marx, que hizo un trabajo notable sobre la cuestión, a pesar de las posiciones claramente industrialistas del marxismo (pero esto es válido también para el anarquismo, como hemos dicho). Destruir el capitalismo implica, por tanto, destruir la industria. Una fábrica es un lugar de trabajo, dedicado a la producción, donde la planificación tecnológica de la producción regula el tiempo, los gestos y, más generalmente, los posibles e imposibles. Una fábrica nunca será otra cosa que un lugar de trabajo. Y la industria una organización de la productividad y de la normalización dentro de una producción masiva. La industria se basa en la extracción, el intercambio comercial, la alienación instrumental, la división del trabajo y, fundamentalmente, el valor. No hay lugar para un uso diferente de su sistema de producción. Por el contrario, la industria es precisamente la racionalización científica de la explotación al servicio de la producción. Es ella (y sus expertos) la que dicta cómo se organiza el trabajo. Una revolución que intenta basarse en la industria ya se ha visto: en las ciudades de la España revolucionaria de 1936, sobre todo en Barcelona (la situación era diferente en la zona rural de Aragón). Esto da lugar a revoluciones que provocan el regreso de los trabajadores a las fábricas, ¡para retomar el trabajo! Por eso una parte de la CNT en Cataluña se encontró con revueltas obreras en su contra en aquella época. Si se hace una revolución, es para salir de la fábrica, no para volver en su nombre. Y esto es cierto, fundamentalmente, para el propio trabajo. La industria no puede existir sin la mano de obra, y sin la clase dominante (el Estado) que le proporciona las condiciones. Abolir el valor supondrá inventar técnicas que no dependan del trabajo y su racionalización en la producción. Por lo tanto, debemos dejar claro un punto importante: estamos haciendo una crítica a la industria y la tecnología, no a la técnica en general. No tenemos nada en contra de la técnica. Pero hay que diferenciar entre "técnica" y "tecnología". La tecnología es la racionalización instrumental de la explotación. Es el sistema de explotación racionalista basado en la cientificación del modo de producción con el objetivo de perfeccionarlo perpetuamente. En este sentido, la industria es una técnica tecnológica. Pero no toda técnica es necesariamente tecnológica, ni toda máquina es necesariamente tecnológica. Y puede haber tecnología sin el uso de máquinas. Por tanto, la revolución no destruirá la técnica para volver a una forma de primitivismo. Por el contrario, liberará a la técnica de su enclave tecnológico e industrial. La industria es una tecnología que pretende aumentar la productividad para reducir la parte de los costes salariales que hay que pagar y aumentar los beneficios. Esto se hace a través de una estandarización y masificación de la producción, y por lo tanto una estandarización tecnológica de la técnica. Sin embargo, en un mundo comunista-libertario, es una técnica que abre campos para la variedad de ideas y prácticas, una técnica creativa, orientada por y hacia una multitud de imaginarios rebosantes. Una técnica que no pretende reducir el número de brazos, sino acoger a todos.
En resumen, la revolución libera las fuerzas creativas de la sociedad destruyendo las fuerzas productivas del Capital.
“La revolución no es mecánica. Dependerá de nosotros. Este "nosotros" no es el de un Partido o un grupito. Pero sólo el que se construirá a través de las luchas que nos esperan. En el fondo, es ese "nosotros" que lleva muchos años, incluso siglos, buscándose y reinventándose: el de la clase explotada que pasa a la ofensiva. Partiendo de estos movimientos y hablando desde lo que ellos han forjado en nosotros, defendemos el objetivo de una revolución anarquista: una revolución social constituida por múltiples insurrecciones que se federan en oposición a la toma del poder del Estado, así como a cualquier forma de alternativa gerencial, incluso cuando se presenta como libertaria. Se trata de destruir el poder laboral y político, no de transformarlos. Los caminos para lograrlo deben inventarse en el seno de los levantamientos de nuestra clase. Deben crearse a través de las luchas que construyen este "nosotros", superando las categorías de poder que nos dividen entre explotados. Con, como objetivo, la destrucción de todas las clases y del poder que estructura sus relaciones. Para ello, no caigamos en la trampa de las divisiones identitarias, resistamos las ilusiones reformistas y reunámonos todos juntos en los levantamientos que se avecinan. Reforcemos la ofensiva de nuestros movimientos y su capacidad de expansión, organicémonos contra todos los defensores del orden y las fuerzas contrarrevolucionarias que quieren representarnos ante el Estado y llevarnos a la negociación. Colaboremos en la difusión internacional de las prácticas para que puedan ser alcanzables y reproductibles. Identifiquemos todo el mundo material que se ha erigido entre nosotros y la reapropiación colectiva de nuestros medios de existencia: la obligación de trabajar, la organización industrial de la producción, la transformación tecnológica del espacio en la metrópolis, el mantenimiento del orden económico por parte del Estado. Y destruyámoslo, muro a muro. Sólo un gran movimiento revolucionario constituido por múltiples levantamientos puede permitirnos hacer fracasar el mantenimiento del orden atacando el corazón del problema: deshacer la relación social capitalista, desmantelar sus infraestructuras, derribar el Estado. La revolución implicará necesariamente momentos de confrontación violenta. Los partidarios del orden capitalista no se rendirán. Pero se trata de mucho más: de crear formas de vida en las que la ayuda mutua inconmensurable entre las personas habrá sustituido a la explotación y al poder; una vida sin propiedad privada y sin Estado, sin trabajo y sin dinero: el comunismo libertario. Por lo tanto, la revolución no se detiene en la insurrección, sino que comienza allí. El reto que nos espera es conseguir, en la ofensiva, transformar el mundo.”(Extracto del libro “Por un anarquismo revolucionario”, del cual este folleto es un prolongamiento)
1 Pour un anarchisme révolutionnaire (ediciones l’Echappée, 2021)
2 Chalecos amarillos “Gilets Jaunes” en francés, se refiere al movimiento social de 2018-2019.
3 Ver sobre este punto los dos folletos siguientes: - Sobre la ofensiva rusa, el folleto de Mirasol: « La malédiction de Poutine. Soulèvements et raison d’État » (https://camaraderevolution.org) - Sobre el levantamiento en Kazakhstan : « Kazakhstan. Récit d’un soulèvement de janvier 2022 » (https://asaprevolution.net)
4 N. del T.: El libro de Mirasol “Soulèvement” (Levantamiento) ha sido traducido al castellano y está siendo editado.
Mur par Mur - abril 2022