Hace 100 años que el poder del Estado zarista cambió de jeta y pasó a llamarse “Estado socialista”. Históricamente eso correspondió al acceso a ese Estado de la vieja y putrefacta socialdemocracia, cuya misión histórica siempre fue cambiar algo en la forma, para que todo lo esencial, al desarrollo del capital, quede intacto. Claro que para la ocasión los socialdemócratas se vistieron de revolucionarios y los bolcheviques hicieron todo lo posible para desarrollar la confusión entre el proceso revolucionario real que continuaba cuestionando el capital y volteando gobiernos (y que el proletariado había emprendido desde mucho antes) y aquel cambio de jeta del zarismo en el que se concentraron los bolcheviques, para imponer un desarrollo del capitalismo, todavía más acelerado.
Pero en concreto, como lo hemos mostrado en todos nuestros trabajos, el gobierno bolchevique, no hizo nunca absolutamente nada, por el supuesto socialismo y mucho menos por algo que pudiese llamarse “revolución”. Aliados a diferentes grupos capitalistas internacionales los bolcheviques tuvieron como única preocupación seguir desarrollando el capital y someter a toda la población a la máxima opresión y explotación. La gran obra de los bolcheviques fue disciplinar militarmente al proletariado urbano y rural, para mejorar el rendimiento capitalista. Desde el primer día propusieron a los capitalistas del mundo enormes riquezas naturales (materias brutas y primas) y una mano de obra que aceptaría las mejores condiciones mundiales de explotación asalariada. Por eso, los revolucionarios perseguidos, reprimidos y hasta exterminados llamaron a ese proceso “contrarrevolución bolchevique”, nombre mucho más coherente con la historia real de Rusia. Desde fines de 1917 los bolcheviques liquidaron todo proceso revolucionario y con el terrorismo de Estado abierto impusieron una contrarrevolución generalizada e implacable. Cabe señalar que, por ese mismo proceso, los bolcheviques en el poder se constituyeron en parte de la burguesía mundial, por actuar objetivamente como propietarios privados de los medios de producción de todo el país y por comprar (y vender internacionalmente) la fuerza de trabajo del proletariado. La mentira de que los medios de producción al ser mayoritariamente del Estado, serían de todos, solo se incorpora como elemento religioso del poder bolchevique, porque en cuanto a las relaciones sociales de producción los verdaderos propietarios eran precisamente los que controlaban el poder político y económico. En efecto, los verdaderos dueños de los medios de producción y compradores de la fuerza de trabajo serán los bolcheviques. La gestión y la administración del capital es la clave de la burguesía como clase social explotadora y dominante.
Desde el primer día los leninistas, se enfrascaron en una furibunda lucha contra el proletariado organizado, contra la resistencia al trabajo, contra cualquier expresión de resistencia proletaria. Lenin y Trotsky, antes que Stalin, teorizaron y justificaron esta necesidad de aplastar los brotes de anarquía, “limpiar la tierra rusa de toda clase de insectos nocivos” y principalmente de “los obreros que muestran pasividad en el trabajo”[1]. Nunca antes se había proclamado más abiertamente que toda resistencia a la explotación capitalista constituía delito. El terrorismo de Estado zarista se multiplicaría con Lenin/Trotsky a la cabeza. Muchos de los viejos presos políticos que habían adornado las cárceles zaristas volvieron a las cárceles y calabozos de la Cheka. Muchas veces encerrados en las mismas y putrefactas cárceles zaristas, constataron que las condiciones impuestas por el leninismo eran peores. Además, si de las cárceles zaristas se salía luego de un periodo más o menos largo, las cárceles leninistas estaban concebidas para la exterminación directa o lenta de los presos, de los campos leninistas no se salía… Todo el sistema buscaba por diferentes medios acortar la esperanza de vida de los presos, que cada día se hizo más corta. Se cuentan con los dedos de la mano los presos que pudieron contar el cuento décadas después.
Korolenko había declarado: la revolución bolchevique reprimió a los socialistas y a los revolucionarios sinceros con métodos idénticos a los del régimen zarista. Pero Solzhenitsyn constata que no fue así: ¡Ojalá hubiera sido así! Habrían sobrevivido todos. Los campos bolcheviques eran realmente campos de tortura y de exterminio. Aclaremos de paso que como también menciona Solzhenitsyn los presos socialistas revolucionarios y los presos anarquistas que habían sido encarcelados por el zarismo y luego volvieron a ser encarcelados con el leninismo, habían sido y eran los más castigados de todos los presos políticos. A los bolcheviques y mencheviques el zarismo los respetaba mucho más y se les concedían todos los derechos de defensa democráticos como en occidente. No iban a esos peores calabozos del zarismo y del leninismo, ni tampoco se los torturaba: las denuncias de tortura previas al poder bolchevique conciernen exclusivamente los presos socialistas revolucionarios (incluyendo los anarquistas), pero no los demócratas y socialdemócratas como los bolcheviques o mencheviques
El valor especial del libro de Solzhenitsyn radica en que proviene no solo de uno de los presos que pasó más tiempo, sino del primer gran intento de hacer un estudio sistemático del Gulag. En efecto, la clave del sistema capitalista ruso, se encuentra en el sistema de campos de concentración. Sin entender dicho sistema que da la clave de la totalidad, no se puede explicar nada de lo que sucedió durante esos 100 años de “revolución” (parafraseando a Ciliga) en el país de la mentira desconcertante.
Por supuesto que reconocer y difundir un testimonio tan importante como el de Solzhenitsyn, no significa adherir a la ideología de dicha persona o compartir sus puntos de vista. La aclaración es indispensable, precisamente por toda la mierda con la que los dirigentes del sistema de campos de concentración leninista y el Estado ruso desde los años 70, le tiraron al Sr. Solzhenitsyn para tratar de enterrarlo vivo y sobre todo por esconder su testimonio. Los bolches sudamericanos, por ejemplo, que habían negociado la libertad de sus jefes (Codovila, Arismendi…) a cambio de la libertad de Solzhenitsyn y la compra de carne uruguaya por la URSS, largaron todo tipo de amenazas y anatemas contra él, contra lo que decía y hasta contra los que querían conseguir su libro, pero jamás pudieron contestar una sola de las verdades que Solzhenitsyn publicó. Mientras el gobierno de la URSS hizo todo tipo de malabarismo para que sus manuscritos nunca pudieran publicarse, la mayoría de los PC del mundo para acallar al testigo sabotearon sus presentaciones, lo intimidaron y amenazaron. Pero cuando todo eso no pudo ser censurado y fue estallando públicamente el imponente contenido del libro de Solzhenitsyn intentaron descalificar su contenido con distintos provocadores y milicos que desdecían o deformaban su explicación
Pero tampoco esto dio resultado: la verdad del testimonio se impuso y era confirmada por decenas de otros testigos parciales que habían estado en los campos rusos. Por nuestra parte, nosotros constatamos que sus verdades concordaban con los testimonios de la primera hora hechos por los socialistas revolucionarios, por los anarquistas, por los maximalistas e internacionalistas que habían sido reprimidos en los primeros años y por eso lo empezamos a apreciar y estudiar apenas el libro empezó a circular. La globalidad del sistema ruso de opresión explicada por Solzhenitsyn, además, coincide en su fundamento con esa gran obra sobre ese mismo sistema: el libro de ANTON CILIGA: El país de la mentira desconcertante.
Para terminar esta presentación queremos hacer consciente al lector que los extractos que presentamos AHORA del libro de Solzhenitsyn solo hacen referencia al período de la dictadura Lenin/Trotsky, que el autor NO VIVIÓ DIRECTAMENTE. En esos años Solzhenitsyn acababa de nacer. Sin embargo, ese testimonio tiene una validez incuestionable y exclusiva porque Solzhenitsyn descubrió todo eso adentro de los campos y gracias al testimonio de prisioneros que todavía recordaban a esa gran andanada de represión de todos los partidos obreros, de todas las fuerzas socialistas, de las resistencias al trabajo y a las expropiaciones forzadas de víveres. Cuando Solzhenitsyn es detenido durante la Segunda guerra mundial, ya la mayoría de los presos socialistas revolucionarios habían sido exterminados: ¡pero que impresionante saber que muchos fueron a parar con Lenin, como jefe de Estado, a los mismos calabozos que el Zar los había mandado. Sobre todo si además tenemos en cuenta que muchas veces el carcelero era el mismo, que muy probablemente haya sido interrogado por los mismos milicos, comisarios y jueces que Lenin y Trotsky habían decidido conservar del aparato represivo del zarismo. ¡Nada había cambiado, salvo el nombre de los zares! Y por supuesto que ahora ya no salían vivos luego de unos años… ¡La gran mayoría NUNCA MÁS SALIÓ! ¡Otra gran parte era fusilada antes de llegar a los campos!
EXTRACTOS DEL libro de Alexandr Solzhenitsyn “Archipiélago Gulag 1918-1956
“…para implantar «un riguroso orden revolucionario» V.I. Lenin exigía a finales de 1917 «aplastar sin compasión los brotes de anarquía entre borrachos, gamberros, contrarrevolucionarios y demás» —es decir, el principal peligro para la Revolución de Octubre lo veía en los borrachos, dejando a los contrarrevolucionarios en un discreto tercer lugar— la verdad es que se planteaba el problema de un modo más amplio. En el artículo «Cómo organizar la emulación socialista» (7 y 10 de enero de 1918), V.I. Lenin proclamaba como único objetivo general «limpiar la tierra rusa de toda clase de insectos nocivos». Y por insectos entendía no sólo a todos los enemigos de clase, sino también a «los obreros que muestren pasividad en el trabajo», como por ejemplo los cajistas de las imprentas del partido en Petrogrado. (He aquí los efectos de la lejanía en el tiempo. Hoy día hasta nos resulta difícil comprender cómo puede ser que unos obreros, recién convertidos en dictadores, se mostraran reacios a trabajar para sí mismos.) Y, además: « ¿...en qué barrio de una gran ciudad, en qué fabrica, en qué pueblo... no hay... empecedores que se llaman a sí mismos intelectuales?». Y si bien se establecía un único objetivo, en este artículo Lenin preveía en cambio diversas formas de limpieza: en unas partes, encarcelarlos; en otras, hacerles limpiar letrinas; en unas terceras, «una vez cumplida la pena de calabozo, expedirles carnets amarillos»; en otras, finalmente, fusilar al holgazán. También se consideraba la posibilidad de elegir entre la cárcel «o la pena de trabajos forzados del tipo más duro». Aunque las variantes fundamentales de castigo ya las había previsto y sugerido él, Vladímir Ilich proponía que la búsqueda de las mejores medidas de castigo fuera objeto de emulación «en comunas y obshchinas».
Ya no podremos averiguar jamás en su totalidad quiénes caían bajo esta amplia definición de insectos: la población rusa era demasiado heterogénea, y en su seno se encontraban pequeños grupos aislados, algunos sin función e incluso ahora olvidados. Eran insectos, naturalmente, los miembros de los zemstvos (gobiernos locales del zarismo).Eran insectos los cooperativistas. Todos los propietarios de inmuebles. Se encontraban no pocos insectos entre los profesores de los liceos. Insectos eran todos los que formaban parte de los consejos parroquiales y quienes cantaban en el coro de las iglesias. Eran insectos todos los sacerdotes y, con mayor razón, todos los frailes y monjas. Incluso aquellos tolstoyanos que, al ingresar en la administración soviética, o pongamos por caso en el ferrocarril, no prestaron el obligatorio juramento escrito de defender el régimen soviético con las armas en la mano, también resultaron ser insectos (y ya veremos casos de juicios contra ellos). Puestos a hablar del ferrocarril, diremos que bajo el uniforme ferroviario mismo se ocultaban muchos insectos, que era preciso extirparlos, y a algunos darles incluso el paseo. Los telegrafistas, no se sabe por qué, eran en su casi totalidad insectos consumados, hostiles a los soviets. Nada bueno puede decirse tampoco del VIKZHEL y de otros sindicatos, a menudo abarrotados de insectos enemigos de la clase obrera. Sólo con los grupos hasta ahora enumerados nos encontramos ante un número enorme que ya requiere varios años de limpieza.
¿Y cuántos, además, endemoniados intelectuales, estudiantes inquietos, excéntricos de todo tipo, buscadores de la verdad y santones iluminados, de los que Pedro el Grande trató en vano de limpiar Rusia y que siempre estorban en un régimen armonioso y severo?
Habría sido imposible llevar a cabo esta higiénica limpieza —y además en tiempos de guerra — de haber utilizado las obsoletas formas procesales y las normas jurídica. Se optó por una forma completamente nueva: la represión extrajudicial, y la Cheka, la Guardiana de la Revolución, cargó abnegadamente sobre sus hombros esta tarea ingrata. La Cheka fue un órgano represivo único en la historia humana, un órgano que concentraba en una sola mano la vigilancia, el arresto, la instrucción del sumario, la fiscalía, el tribunal y la ejecución de la sentencia. En 1918, para acelerar también el triunfo cultural de la revolución, empezaron a destrozar y arrojar a la basura las reliquias de los santos y a requisar los objetos litúrgicos. Se produjeron revueltas populares en defensa de las iglesias y monasterios saqueados. Aquí y allá tocaban las campanas a rebato, acudían los creyentes, algunos incluso con estacas. Naturalmente, hubo que despachar a alguno ahí mismo y arrestar a otros.
Al reflexionar ahora sobre los años 1918-1919, tropezamos con una dificultad: ¿Debemos incluir en las riadas penitenciarias a todos aquellos a quienes dieron el paseo antes de llegar siquiera a la celda? ¿Y en qué capítulo incluir a otros cuando los comités de campesinos pobres se los llevaban detrás del porche del soviet rural a un patio trasero? ¿Llegaron acaso a hollar la tierra del Archipiélago los participantes en complots, que se descubrían a racimos uno en cada provincia (dos en Riazán, uno en Kostromá, uno en Vyshni Volochok, uno en Vélizh, varios en Kiev, varios en Moscú, Sarátov, Chernígov, Astraján, Seliguer, Smolensk, Bobruisk, el de la caballería de Tambov, el de Chembar, Velikie-Luki, Mstislavl y otros), o bien no les dio tiempo y, en tal caso, deben quedar fuera de nuestra investigación? Además del aplastamiento de insurrecciones famosas (Yaroslavl, Múrom, Rybinsk, Arzamás), hay algunos acontecimientos de los que sólo conocemos un nombre, por ejemplo, los fusilamientos de Kólpino en junio de 1918. ¿De qué se trató? ¿A quién mataron? ¿Dónde dejar constancia de ellos?
También resulta bastante difícil determinar si deben figurar aquí, en las riadas penitenciarias, o bien incluirlos en el balance de la guerra civil, las decenas de millares de rehenes, ciudadanos pacíficos a los que no se acusaba concretamente de nada y de quienes no se llevaba lista ni siquiera a lápiz, pero a los que se agarraba y liquidaba para aterrorizar o para vengarse del enemigo militar o de una masa insurrecta. El 30 de agosto de 1918 (intento de asesinato de Lenin por Fanny Kaplan) el NKVD dio orden a todas las provincias de «arrestar inmediatamente a toda la derecha eserista, y tomar una importante cantidad de rehenes entre la burguesía y la oficialidad». (Algo así como si, por ejemplo, después del atentado del grupo de Alexandr Uliánov [hermano mayor de Lenin ejecutado por el zarismo en 1887] se hubiera arrestado no sólo a este grupo sino a todos los estudiantes de Rusia y a una importante cantidad de miembros de los zemstvos.)
Así lo explicaban abiertamente (Latsis, en el periódico El terror Rojo, 1 de noviembre de 1918): «No estamos en guerra con individuos aislados. Exterminamos a la burguesía como clase. No busquéis durante la instrucción judicial ni materiales ni pruebas de que el acusado haya actuado de obra o de palabra contra los soviets. La primera pregunta que debéis formularle es a qué clase pertenece, cuál es su origen, su educación, sus estudios o su profesión. Estas preguntas son las que deberán determinar la suerte del acusado. Éste es el sentido y la esencia del terror rojo».
Por disposición del Comité de Defensa del 15 de febrero de 1919 (con toda probabilidad presidido por Lenin) se propone a la Cheka y al NKVD que tomen rehenes entre los campesinos de aquellos lugares en los que la limpieza de nieve de la vía férrea «no se lleva a cabo de forma completamente satisfactoria», precisando que «si la limpieza de nieve no se realizara los rehenes sean fusilados». A finales de 1920, por disposición del Consejo de Comisarios del Pueblo, se permite tomar también a socialdemócratas como rehenes
Pero incluso si nos ceñimos a los arrestos convencionales, podemos observar que ya en la primavera de 1918 fluye una incesante riada de social traidores, una riada que duraría muchos años. Todos estos partidos — socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas, socialistas populares — estuvieron haciéndose pasar por revolucionarios durante décadas, ocultos bajo una máscara, y si habían estado en presidio, era también para seguir fingiendo. Y sólo bajo el impetuoso cauce de la revolución se descubrió la esencia burguesa de estos «socialtraidores». ¡Qué cosa más natural, pues, que proceder a su arresto! Tras los kadetés, tras la disolución de la Asamblea Constituyente, y el desarme del regimiento de Preobrazhenski y otros, empezaron a arrestar poco a poco, primero disimuladamente, a socialistas revolucionarios y a mencheviques.
Desde el 14 de junio de 1918, día en que fueron expulsados de todos los soviets, estos arrestos fueron más numerosos y frecuentes. A partir del 6 de julio se llevaron también a los socialistas revolucionarios de izquierdas, que de manera pérfida y prolongada se habían hecho pasar por aliados del único partido consecuente del proletariado. A partir de entonces, bastaba que en cualquier fábrica o en cualquier pequeña ciudad hubiera cierta agitación obrera, descontento o huelgas (hubo muchas en el verano de 1918, y en marzo de 1921 sacudieron Petrogrado, Moscú y después Kronstadt, que forzaron el establecimiento de la NEP), para que a la vez que se calmaba a la población, haciendo concesiones para satisfacer las justas reivindicaciones de los trabajadores, la Cheká apresara en silencio, de noche, a mencheviques y socialistas revolucionarios como auténticos culpables de aquellos disturbios. En verano de 1918 y en abril y octubre de 1919 se encarceló en masa a los anarquistas. En 1919 fueron arrestados tantos miembros del Comité Central eserista como estaban a tiro, para encerrarlos en Butyrki hasta su proceso en 1922. En ese mismo año de 1919, el prominente chekista Latsis decía de los mencheviques: «Esa gente son más que una molestia. Por eso los apartamos del camino, para que no se nos enreden entre las piernas... Los encerramos en un sitio aislado, en Butyrki, y los obligaremos a permanecer allí hasta que termine la pugna entre trabajo y capital». En julio de 1918 fue arrestada toda una asamblea de trabajadores no comunistas por un destacamento de la guardia letona del Kremlin, y a punto estuvieron de ser fusilados inmediatamente en la cárcel de Taganka.
A partir de 1919 arraigó la sospecha ante nuestros compatriotas que volvían del extranjero (¿Para qué volvían? ¿Qué misión traían?) Y, así, se encarceló a los oficiales del cuerpo expedicionario ruso (destacado en Francia). En este mismo año 1919 se echó una amplia red sobre complots, verdaderos o falsos («Centro Nacional», Complot Militar), en Moscú, en Petrogrado y en otras ciudades y se fusiló por lista (es decir, arresto y fusilamiento inmediato) o simplemente barriendo hacia la cárcel a la llamada intelectualidad allegada a los kadetés. ¿Y qué significaba esta categoría? Pues la intelectualidad que no era monárquica ni socialista, es decir, todos los círculos científicos, universitarios, artísticos, literarios, y además los de ingeniería. Excepto los escritores extremistas, los teólogos y los teóricos del socialismo, el resto de la intelectualidad, el 80 por ciento, era «allegada a los kadetés». A juicio de Lenin, pertenecía a ellos, por ejemplo, Korolenko, «mísero pequeñoburgués cautivo de los prejuicios burgueses», y «a estos "talentos" no les vendrían mal unas semanitas en la cárcel». Del arresto de grupos aislados nos hemos podido enterar por las protestas de Gorki. El 15 de septiembre de 1919, Ilich le respondía: «...somos conscientes de que se han producido errores en este caso», para añadir « ¡Figúrate qué desgracia! ¡Menuda injusticia!», y aconsejar a Gorki «no consumirse gimoteando por unos intelectuales podridos».
A partir de enero de 1919 se amplía la prodrazviorstka [requisición] de productos agrícolas, y para recogerlos se crean destacamentos que en todas las provincias topan con la resistencia de las aldeas, unas veces en forma de terca pasividad y otras en forma de tumultos. El aplastamiento de esta reacción produjo también (sin contar a los fusilados en el acto) un copioso caudal de arrestados en el curso de dos años.
Hemos dejado conscientemente al margen una gran parte de la molienda de la Cheká, de las Secciones especiales y de los Tribunales Revolucionarios, que van implantándose a medida que avanza el frente y van siendo ocupadas ciudades y regiones. La misma directiva del NKVD, del 30 de agosto de 1918, señala que deben concentrarse los esfuerzos en el «fusilamiento inapelable de todo aquel implicado en las acciones de la Guardia Blanca». Pero a veces uno se siente confuso: ¿Dónde situar la línea divisoria? Si en el verano de 1920, cuando la guerra civil no había terminado por entero ni se habían extinguido todos sus focos, aunque sí en el Don, y enviaban a gran cantidad de oficiales desde allí, desde Rostov y Novocherkask, a Arjanguelsk, para seguir luego en barcazas a Solovki (algunas barcazas naufragaron en el Mar Blanco, lo mismo, por cierto, que en el Caspio), ¿debemos entender que ello entra en la guerra civil o en el principio de la reconstrucción pacífica? Cuando aquel mismo año fusilaron en Novocherkask a la esposa embarazada de un oficial por haber escondido a su marido, ¿en qué categoría debemos incluirla?
En mayo de 1920 se da a conocer una disposición del Comité Central «sobre las actividades subversivas en la retaguardia». Sabemos por experiencia que cada nueva disposición da origen a otra riada. Una dificultad especial (¡a la vez que un mérito especial!) en la organización de estas riadas fue la ausencia, hasta 1922, de un Código Penal, de cualquier clase de legislación penal. Sólo el recto sentido revolucionario de la justicia (¡siempre infalible, eso sí!) guiaba a los confiscadores y canalizadores para decidir a quién apresar y qué hacer con él.
En este recuento no se investigan las riadas de delincuentes comunes, profesionales o no, por lo que nos limitaremos a recordar que las calamidades y la pobreza generales engendradas por la reestructuración de la administración, de los organismos y de la legislación no podían sino hacer que aumentara vertiginosamente el número de robos, atracos, agresiones, sobornos y estraperlo (especulación). Aunque menos peligrosos para la existencia de la república, estos delitos comunes también se perseguían en parte, y sus riadas de presos engrosaban las que ya formaban los contrarrevolucionarios. Pero existía un delito de especulación que sí tenía carácter netamente político, según indica el decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo firmado por Lenin a 22 de julio de 1918: «Los culpables de vender, comprar o almacenar con miras comerciales productos alimenticios monopolizados por la república (los campesinos guardan el trigo para venderlo con miras comerciales, ¿para qué trabajan si no? - A.S.) ... sufrirán privación de libertad por un plazo no inferior a 10 años, acompañada de los más rigurosos trabajos forzados y de la confiscación de todos los bienes».
Desde aquel verano, el campo, esforzándose por encima de sus posibilidades, fue entregando gratis la cosecha año tras año. Ello dio lugar a insurrecciones campesinas, que eran sofocadas y conducían a nuevos arrestos. «La parte más laboriosa del pueblo ha sido exterminada de raíz», Korolenko, carta a Gorki del 10 de agosto de 1921. De 1920 sabemos (aunque sin detalles...) del proceso contra la Unión Campesina de Siberia. A finales de 1920 tiene lugar el aplastamiento preventivo de la insurrección campesina de Tambov encabezada (como en Siberia) por la Unión del Campesinado Trabajador. Esta vez no hubo proceso judicial...
Sin embargo, la mayor parte de las levas humanas en los pueblos de Tambov tuvo lugar en junio de 1921. Por la provincia de Tambov proliferaron los campos penitenciarios para las familias de los campesinos que habían tomado parte en la insurrección. Eran parcelas de terreno abierto rodeadas de postes con alambre de espino, y en ellas se retenía durante tres semanas a toda familia sospechosa de tener algún varón entre los rebeldes. Si al cabo de tres semanas no aparecía éste para redimir a los suyos al precio de su cabeza, la familia era deportada. Un poco antes, en marzo de 1921, habían sido enviados a las islas del Archipiélago, tras pasar por el bastión Trubetskói de la fortaleza de Pedro y Pablo, todos los marineros insurrectos de Kronstadt, a excepción de los que ya habían sido fusilados.
Este año, 1921, empezó con la orden de la Cheká n° 10 (de 8 de enero de 1921): « ¡intensificar la represión contra la burguesía!». Ahora una vez terminada la guerra civil, no hay que debilitar la represión, ¡sino intensificarla! Voloshin nos cuenta en algunos versos cómo fue la de Crimea.
En verano de 1921 fue arrestado el Comité de Auxilio a los Afectados por el Hambre (Kuskova, Prokopovich, Kishkin y otros), que intentaba detener el avance por Rusia de una hambruna sin precedentes. Su error fue que a aquellas manos caritativas no se les podía permitir alimentar a los hambrientos. Korolenko, el presidente de este Comité — y que no fue detenido —, cuando ya estaba moribundo calificó la destrucción del Comité de «la peor politiquería, una politiquería gubernamental» (carta a Gorki del 14 de septiembre de 1921). (El mismo Korolenko no puede pasar por alto una importante peculiaridad de la cárcel en 1921: «está empapada de tifus toda ella». Esto lo confirman Skrípnikov y otros que estuvieron presos en aquel entonces.)
En este año de 1921 ya se practicaban arrestos de estudiantes(por ejemplo, el grupo de E.Doyarenko, de la Academia Timiriázev) por «críticas al orden establecido» (no públicas, sino en conversaciones privadas). Salta a la vista que hechos así aún eran poco frecuentes, pues al grupo en cuestión lo interrogaron personalmente Menzhinski y Yagoda.
Aunque, por otra parte, tampoco eran tan escasos. ¿Cómo habría podido terminar si no es con arrestos la osada huelga de estudiantes de la MVTLP en la primavera de 1921? Desde los años de la feroz reacción de Stolypin era tradición en este centro que el rector fuera elegido de entre los propios catedráticos. Este era el caso del profesor Kalínnikov (volveremos a encontrarlo en el banquillo de los acusados), pero el poder revolucionario decidió poner en su lugar a un ingeniero mediocre. Ocurría esto en plena temporada de exámenes. Los estudiantes se negaron a examinarse, organizaron una agitada reunión en el patio a modo de rechazo del rector que querían imponerles y exigieron que se mantuviera el estatuto de autonomía de la institución. Después, todos los reunidos se dirigieron a pie a la calle Mojovaya para mantener un encuentro de camaradas con los estudiantes de la universidad. Todo un problema: ¿Qué podía hacer el régimen? Desde luego tenía difícil solución, pero no para los comunistas.
En la época zarista se habría puesto en ebullición toda la prensa honesta y toda la Rusia culta: ¡Abajo el gobierno! ¡Abajo el zar! Pero ahora había otras soluciones: se tomaba el nombre de los oradores, se dejaba que la reunión se dispersara, se suspendían los exámenes y, durante las vacaciones veraniegas se detenía uno a uno, a cada cual, en un lugar, a todos los que les interesaban. Los demás no pudieron seguir con la carrera de ingeniero
En este mismo 1921 se intensificaron y sistematizaron los arrestos de socialistas de otros partidos. En realidad, ya habían terminado con todos los partidos de Rusia a excepción del que había triunfado. (¡Quien a hierro mata a hierro muere!) Pero para que la destrucción de cada partido fuera irreversible era preciso destruir también a los miembros de ese partido, el cuerpo físico de dichos miembros
Ni un solo ciudadano del Estado ruso que hubiera ingresado algún día en algún partido que no fuera el de los bolcheviques podía esquivar su destino; estaba condenado (a menos que lograra, como Maiski o Vyshinski, llegar, agarrado a las tablas del naufragio, hasta donde los comunistas). Puede que no le arrestaran a la primera de cambio, o puede que hubiera seguido con vida (según hasta qué punto se le considerara peligroso) hasta 1922, 1932 e incluso hasta 1937, pero nadie había guardado las listas y, por tanto, la cola avanzaba hasta llegar su turno; lo arrestaban, o sólo se limitaban a enviarle una cordial citación para formularle una única pregunta: ¿Has militado... desde... hasta...? (Seguirían también preguntas sobre sus actividades hostiles, pero la primera pregunta era la que lo decidía todo, como hemos podido ver claramente pasadas algunas décadas.) Después el ciudadano podía correr suertes muy diversas. Unos iban directamente a alguna de las famosas cárceles centrales zaristas (por suerte, estas centrales se habían conservado en muy buen estado y algunos socialistas dieron con sus huesos en las mismas celdas, con los mismos celadores que ya conocían). A otros les proponían el destierro, aunque no vayan a creer que mucho tiempo, unos dos añitos a lo sumo. Y había un trato aún más benigno: a algunos únicamente les imponían un menos (menos tal y tal ciudad), de manera que podían elegir ellos mismos su lugar de residencia, a condición de que vivieran en lo sucesivo quietecitos en aquel lugar esperando a lo que dispusiese la GPU.
Esta operación se extendió a lo largo de muchos años, pues era condición especial de la misma el silencio y la discreción. Lo importante era depurar de forma minuciosa a Moscú, Petrogrado, los puertos y los centros industriales, y después simplemente los distritos, de toda desviación en el seno del socialismo. Fue un mudo y grandioso solitario de naipes cuyas reglas resultaban del todo incomprensibles para quien vivió en esa época, y cuyas proporciones sólo ahora podemos valorar. Fue un plan urdido por alguna mente previsora y puesto en práctica por unas manos cuidadosas que, sin perder un instante, tomaban una carta que había estado aguardando tres años en un montón a que la apilaran suavemente en otro montón. El que estaba encarcelado en una central era llevado al destierro (a algún lugar lo más alejado posible), el que había cumplido un «menos» también iba al destierro (pero esta vez más allá de lo fijado por ese «menos»), de un destierro a otro destierro, y de nuevo a una central (pero no a la misma). Paciencia y más paciencia era lo que regía a quienes hacían el solitario. Y sin ruido, sin gemidos, iban extinguiéndose los militantes de otros partidos, privados de todo contacto con los lugares y las gentes que antes los conocieron y sabían de sus actividades revolucionarias; y así, disimulada e irremisiblemente se tramó la aniquilación de los que en otro tiempo vibraron en los mítines estudiantiles, de los que llevaron con orgullo las cadenas zaristas. (Korolenko escribía a Gorki el 29 de junio de 1921: «Algún día la Historia dirá que la revolución bolchevique reprimió a los socialistas y a los revolucionarios sinceros con métodos idénticos a los del régimen zarista». ¡Ojalá hubiera sido así! Habrían sobrevivido todos.) Esta operación del Gran Solitario de Naipes acabó con la mayoría de los antiguos presos políticos, pues fueron los eseristas y los anarquistas, y no los socialdemócratas, quienes recibieron de los tribunales zaristas las condenas más severas, eran justo ellos quienes componían la población del antiguo presidio. El exterminio, por otra parte, seguía un orden ecuánime: en los años veinte les proponían renunciar por escrito a sus partidos y a sus ideologías. Algunos se negaron y, como es natural, formaron parte del primer turno de exterminio; otros en cambio aceptaron abjurar de su credo, con lo que consiguieron algunos años más de vida. Pero implacablemente había de llegarles su turno, e implacablemente habían de rodar sus cabezas…
En la primavera de 1922, la Comisión Extraordinaria de lucha contra la contrarrevolución y la especulación (Cheká), recientemente rebautizada con el nombre de GPU, decidió intervenir en los asuntos de la Iglesia. Aún estaba pendiente la «revolución eclesiástica», sustituir la vieja jerarquía por otra que tuviera una oreja pegada al cielo y la otra a la Lubianka. Eso era lo que ofrecían los de la Iglesia viva, pero no podían apoderarse del aparato eclesiástico sin ayuda externa. Para ello se arrestó al patriarca Tíjon y se organizaron dos sonados procesos con fusilamientos: en Moscú, a los que difundían la proclama del Patriarca; y en Petrogrado, al metropolita Veniamín, que obstaculizaba el paso del poder eclesiástico a manos de la Iglesia viva. En provincias y distritos, aquí y allí, se arrestó a metropolitas y obispos, y como siempre, a los peces gordos les siguieron bandadas de pececillos, arciprestes, monjes y diáconos cuyos nombres no comunicaba la prensa. Encarcelaron a los que no prestaron juramento al impulso renovador de los zhivotserkóvniki. Los sacerdotes formaron parte obligada de la pesca diaria, sus canas plateadas brillaban en cada celda, y luego en cada convoy a Solovki.
Al principio de los años veinte cayeron también grupos teósofos, místicos y espiritistas (el grupo del conde Pahlen, que levantaba acta de las conversaciones con los espíritus), sociedades religiosas, filósofos del círculo de Berdiáyev. De pasada, fueron desarticulando y encarcelando a los «católicos del Este» (discípulos de Vladímir Soloviov), y al grupo de A.I. Abrikósova. En cuanto a los católicos propiamente dichos, los sacerdotes polacos, éstos iban a prisión sin que hiciera falta causa aparente.
Sin embargo, para erradicar definitivamente la religión en este país — uno de los objetivos principales de la GPU-NKVD en los años veinte y treinta — habría sido necesario encarcelar en masa a los propios creyentes ortodoxos. Se procedió a una intensa campaña de arresto, encarcelamiento y destierro contra los monjes y monjas, cuyos oscuros hábitos habían ennegrecido la vida rusa anterior. Se arrestaba y se juzgaba a los activistas de la Iglesia. Las ondas iban ensanchándose continuamente y pasaron a apresar a simples seglares creyentes, a personas de edad, en especial mujeres — porque su fe era más obstinada — a las que durante muchos años se conoció como monjitas en las cárceles de tránsito y en los campos de reclusión.
Desde luego, oficialmente no se les arrestaba y juzgaba por el mero hecho de creer, sino por manifestar su fe en voz alta y educar a sus hijos en ese espíritu. Como escribió Tania Jodkévich: «Puedes rezar libremente, Pero... que sólo te oiga Dios».
(Por estos versos le cayeron diez años.) La persona que creía poseer la verdad espiritual debía ocultarla... ¡a sus propios hijos! En los años veinte la educación religiosa caía en el artículo 58-10, es decir, ¡propaganda contrarrevolucionaria! Cierto es que el tribunal daba la posibilidad de abjurar de la religión. Aunque no era frecuente, podía darse el caso de que el padre abjurara y se quedara al cuidado de los hijos mientras la madre era enviada a Solovki (en estas décadas, las mujeres demostraron tener una fe más firme). A todos los creyentes les echaban diez años, la pena máxima en aquel entonces…
Ya en los albores de los años veinte aparecieron riadas netamente nacionales, de momento pequeñas en relación con las regiones donde se generaban, y más aún a escala rusa: musavatistas de Azerbaidzhán, dashnakos de Armenia, mencheviques georgianos y basmach turkmenos, opuestos al establecimiento del régimen soviético en Asia Central….
En muchas de las generaciones posteriores arraigó la idea de que los años veinte fueron un paréntesis de libertad sin cortapisas. Pero en este libro encontraremos personas que vieron de modo muy diferente esa década. Los estudiantes no comunistas de esa época luchaban por la «autonomía de la escuela superior», por el derecho de reunión, por aligerar los programas de tanta instrucción política. La respuesta fueron los arrestos que aumentaban al acercarse alguna fiesta (por ejemplo, el 1 de Mayo de 1924). En 1925 unos estudiantes de Leningrado (aproximadamente un centenar) fueron condenados a tres años en un izoliator político por haber leído El Mensajero Socialista y haber estudiado a Plejánov (el propio Plejánov, en su juventud, había salido mejor librado después de pronunciar un discurso contra el gobierno ante la catedral de la Virgen de Kazán). En 1925 empezaron a encarcelar a los primeros trotskistas jovencitos. (Dos ingenuos soldados del Ejército Rojo que, recordando la tradición rusa, iniciaron una colecta para los trotskistas arrestados, fueron condenados también a un izoliator político.) …
¿Hacer justicia contra quién? ¿A quién retorcer el pescuezo? Así comienza la hornada de Voikov. Como siempre, cada vez que había disturbios o tensiones, se encarcelaba a los ex, se encarcelaba a los anarquistas, a los eseristas, a los mencheviques, o simplemente a la intelectualidad. En realidad, ¿a quién se podrá encarcelar en las ciudades? ¡A la clase obrera no, desde luego! Por otra parte, la intelectualidad allegada a los kadetés ya había recibido lo suyo desde 1919. ¿Habría llegado el momento quizá de sacudir a la intelectualidad que se consideraba progresista? ¿De darles un repaso a los estudiantes? Una vez más, nos viene a mano Mayakovski:
¡Piensa en el Komsomol días y semanas!
Examina atentamente las filas.
¿Son todos komsomoles de verdad o sólo dicen serlo? …
Alexandr Solzhenitsyn
[1] Estas citas son textuales de Lenin en los primeros años de su poder y son subrayadas en los extractos del libro de Solzhenitsyn que presentamos a continuación. Hemos verificado esas expresiones y solo podemos agregar que, otras traducciones de esos mismos textos, que se refieren a los proletarios que resistían al trabajo, como “insectos dañinos” y también como “cucarachas”. Por supuesto que para los proletarios obedientes y sumisos, que trabajaban mucho y aplaudían en sus discursos, Lenin no usaba tales sustantivos animaleros, sino que los consideraba la “vanguardia de la clase obrera”. Por último, subrayemos, que como dice el testimonio de Solzhenitsyn había que exterminar a los insectos dañinos, sobre todo a los que cometían delitos tan graves, como “no barrer lo suficientemente bien la nieve de las vías de los trenes”.
COMUNISMO Numero 67: LENINISMO Y CONTRARREVOLUCIÓN (III) marzo 2018
Grupo Comunista Internacionalista
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