SERGE HALIMI, SIDECAR – NFL, New LEFT Review 12 JULIO 2024
Minutos después de los primeros sondeos a pie de urna en Francia, el pasado domingo, Jean-Luc Mélenchon declaró ante una multitud de simpatizantes que el Nouveau Front Populaire (NFP) había recibido un mandato para aplicar «todo su programa». Fue un momento emocionante; el discurso concluyó con los primeros compases de Ma France, de Jean Ferrat, una de las canciones de izquierdas más bellas del repertorio nacional. Sin embargo, el espectáculo corría el riesgo de suscitar esperanzas que pronto se desvanecerán. Porque la izquierda no ha ganado realmente: la Asamblea Nacional recién elegida cuenta con unos 200 diputados afiliados al NFP o susceptibles de votar por la coalición -entre ellos el socialista François Hollande, cuya desastrosa presidencia aún es un recuerdo fresco- frente a 350 diputados de derechas, desde el Renacimiento de Emmanuel Macron a Marine Le Pen y la Agrupación Nacional (RN) de Jordan Bardella. Puede que la izquierda haya desafiado las predicciones de una victoria de la extrema derecha -un logro nada desdeñable-, pero no ha triunfado.
En cuanto al «Nuevo Frente Popular», es «nuevo» en el sentido de que no es tan populaire como su predecesor de 1936. Entre los que no se abstuvieron, el 57% de los trabajadores manuales y el 44% de los empleados del sector servicios votaron a RN. Fue en las grandes ciudades, donde la población es desproporcionadamente burguesa y tiene un alto nivel educativo, donde el NFP obtuvo la mayoría de sus escaños. Esto fue especialmente cierto en el caso del Partido Socialista (PS) y los Verdes. El intento de Mélenchon de apelar a los sectores populares tuvo éxito en un nivel: la movilización de las banlieues, (las periferias)donde un gran número de inmigrantes permitió a La France insoumise (LFI) lograr unos resultados impresionantes, a menudo sin acudir al ballotage. Sin embargo, incluso un observador casual de la política francesa debe haber sonreído al leer el titular de Libération, el diario de la pequeña burguesía urbana progresista, al día siguiente de la primera vuelta de las elecciones legislativas: París, capital del nuevo Frente Popular». París, la ciudad más cara de Francia, donde los pisos superan con frecuencia los 10.000 euros por metro cuadrado, eligió efectivamente a doce diputados del NFP de un total de dieciséis, ocho de ellos en la primera vuelta. En cambio, en circunscripciones obreras que durante casi un siglo fueron ciudadelas de la izquierda, a menudo del Partido Comunista (PCF), los resultados fueron desastrosos. Picardía obtuvo trece diputados de extrema derecha de un total de diecisiete; en el Pas-de-Calais, antiguo feudo de Maurice Thorez -jefe del PCF durante más de treinta años-, el RN obtuvo diez de los doce escaños, seis en la primera vuelta. En el Gard, el partido ganó en todas las circunscripciones.
Por eso el Secretario General de la CGT no se anduvo con rodeos: “La llegada al poder de la extrema derecha sólo se ha postergado... Los bastiones obreros de Bouches-du-Rhône, del Este, del Norte y de Seine-Maritime han caído en manos de la extrema derecha. No se trata simplemente de un voto de protesta contra Emmanuel Macron. Un gran número de trabajadores han votado a la ultraderecha por convicción. En duelo con la izquierda, los asalariados votaron al candidato de RN. La precarización del empleo y el hundimiento del trabajo organizado han acelerado la progresión del RN. … La izquierda que gobernó el país bajo François Hollande abdicó frente a las finanzas y supervisó el aumento de la desigualdad en el seno de la mano de obra, enfrentando a los mandos intermedios con los trabajadores... Algunas formaciones abandonaron la lucha por la mejora colectiva de las condiciones de trabajo en favor de medidas asistenciales, renunciando al mismo tiempo a cualquier confrontación con el capital. La izquierda debe volver a ser el partido de los trabajadores.”
Sin duda, este problema no se limita a Francia. Basta con sustituir «François Hollande» por «Bill Clinton», París por Nueva York, «la France périphérique» por «flyover country» y Maastricht por NAFTA para hacer un retrato sociológico y político similar de Estados Unidos, y de muchos otros países. Incluso si el advenimiento de LFI resucitó a la auténtica izquierda en Francia, muchos votantes -en Picardía, en Lorena, en el Norte, en el Este- no han olvidado que en cuestiones político-económicas cruciales, especialmente cuando se trataba de la UE, una entidad responsable de la destrucción de cientos de miles de puestos de trabajo, los socialistas se aliaron con la derecha liberal; Hasta el punto de que, en 2005, Hollande y Sarkozy posaron codo con codo en la portada de una revista de famosos para pedir el «sí» en el referéndum constitucional europeo y luego, igualmente unidos, ignoraron la oposición del 55% de la población para imponer el tratado que habían rechazado. A continuación, ambos se enfrentaron en las siguientes elecciones presidenciales, uno representando ostensiblemente a la izquierda, el otro a la derecha, antes de sucederse en el Elíseo y adoptar más o menos las mismas políticas económicas de oferta, tal y como estipulaba Bruselas. En estas condiciones, no es de extrañar que más de 10 millones de electores busquen a partir de ahora una alternativa política, dirigiéndose a «los que nunca han gobernado», es decir, a la extrema derecha.
Pero siempre cabe esperar que por fin se aprendan las lecciones. Al día siguiente de las elecciones, a falta de mayoría, todos los partidos del NFP afirmaron que tienen la intención de gobernar juntos, y que no entrarían en una coalición con el centro o la derecha que les obligara a renunciar a la mayor parte de sus compromisos económicos y sociales. Parecen entender que cualquier nuevo gobierno que no promulgue medidas sociales urgentes -anulación de la reforma de las pensiones de Macron, subida del salario mínimo, aumento de los impuestos a los más ricos- dará casi inevitablemente a la extrema derecha un resultado aún más alto en las próximas elecciones. Aunque el RN se nutre de miedos y rencores xenófobos, también se beneficia de la sensación de la clase trabajadora de que nada cambia nunca políticamente mientras sus propias vidas se vuelven cada vez más difíciles, lo que les lleva a querer derrocar el statu quo, «solo por intentarlo». Al igual que en Estados Unidos, donde la victoria de Trump -es decir, ante todo, la derrota de Clinton- llevó a los demócratas a proponer políticas keynesianas que rompían (un poco) con la ortodoxia librecambista, el rápido avance de RN más la presión de LFI han tenido al menos la ventaja de impedir que el centroizquierda francés, en particular los socialistas, sigan defendiendo las políticas neoliberales con el argumento de que «no hay alternativa» a la globalización ni salvación más allá del «cercle de la raison».
Tras el escrutinio, el ascenso de la extrema derecha en Francia no ha hecho más que aplazarse. El «aluvión» electoral hizo que el RN quedara en tercer lugar, con unos 140 escaños en la Asamblea Nacional frente a unos 160 del Ensemble de Macron y 180 del NFP (del que LFI se llevó la mayor parte, con 74). Pero obtuvo muchos más votos: Un 37% en la segunda vuelta, frente al 26% del NFP y algo menos del 25% de Ensemble. Además, sorprendida por la decisión de Macron de disolver el Parlamento, el RN presentó a todos los candidatos que tenía a mano, incluyendo docenas sin experiencia política, que rápidamente fueron revelados por sus perfiles en las redes sociales como abiertamente racistas, antisemitas, homófobos o simplemente incompetentes.
Bardella ya ha reconocido estos «errores»: «Queda trabajo por hacer en cuanto a la profesionalización de nuestros representantes locales, y quizá también en la elección de un cierto número de candidatos. Para ser sincero, en algunas circunscripciones no hemos hecho una buena elección». A partir de ahora, el RN podrá contar con muchos más fondos públicos, lo que le permitirá preparar mejor a sus cuadros. Y es casi seguro que reclamará más alcaldías en las próximas elecciones municipales (de momento tiene muy pocas), lo que le permitirá «profesionalizar» aún más su funcionamiento y ampliar su control territorial. Por si fuera poco, el RN contará con otra ventaja en los próximos meses: mientras las coaliciones de sus rivales son frágiles y ya han empezado a deshilacharse y vacilar, la suya es sólida. No se trata de una alianza de partidos que se detestan mutuamente, como ocurre con el PS y LFI. El RN ya sabe quién será su candidato en las próximas elecciones presidenciales, que podrían convocarse en cualquier momento. Ni la izquierda, con multitud de aspirantes aún en el ruedo, ni Renacimiento pueden decir lo mismo. Macron no puede volver a presentarse, y cuatro o cinco de sus lugartenientes ya compiten por sucederle.
El Presidente tampoco puede convocar nuevas elecciones legislativas para el próximo año. Mientras tanto, es probable que Francia sea ingobernable. El RN no se unirá a ninguna coalición, ya que todos los demás partidos están aliados contra ella. El NFP no puede tener mayoría si no se alía con Ensemble, pero la coalición presidencial ya está en proceso de desintegración. Una fracción querría unir fuerzas con el CCN con la condición de que destierre a LFI (que, a su vez, ha advertido que «ningún subterfugio, esquema o arreglo sería aceptable», postura de la que se hacen eco la mayoría de los socialistas). La otra fracción preferiría unirse con cuarenta o cincuenta diputados de derechas contra Macron, pero el sentimiento no parece ser mutuo. Si se forjara una alianza de este tipo, el propio Ensemble quedaría destrozado.
Tras haber provocado el caos actual, el Presidente partió hacia la cumbre de la OTAN en Washington, dejando tras de sí una carta en la que exigía que las partes llegaran a una solución que excluyera tanto al RN como a la LFI. No se ha encontrado ninguna. Al disolver la Asamblea Nacional, el niño rey del Elíseo ha roto sus juguetes y ha pedido a otros que los arreglen. En los próximos meses, su impulsividad y egocentrismo lo harán más peligroso e impredecible, hasta el punto de que incluso el otrora adorado The Economist ha comenzado a preocuparse: «Lejos de resolver las divisiones políticas de Francia, la sorprendente decisión de Emmanuel Macron de convocar elecciones anticipadas parece que marcará el comienzo de un período de estancamiento, aprensión e inestabilidad.
La elección de Macron en 2017 permitió a la burguesía francesa reunir a elementos tanto de la izquierda como de la derecha en torno a un programa de reforma neoliberal y «la construcción de Europa». Políticamente, este «bloque burgués» ha implosionado. Su ala izquierda ha dado la espalda a un neoliberalismo ampliamente desacreditado y a un Presidente despreciado que parece haberlo estropeado todo. Aun así, el entusiasmo por Europa sigue siendo la base ideológica de esta otrora alianza. A esto hay que añadir el apego a la causa ucraniana y una rusofobia obsesiva, especialmente pronunciada entre las clases medias cultas. Estas pasiones atlantistas, fanatizadas por los medios de comunicación, son sin embargo insuficientes para reconstituir el antiguo bloque burgués, como le gustaría a Macron. Al menos, no en tiempos de paz.
Ni Europa ni Ucrania son causas lo suficientemente populares como para cimentar una nueva coalición que mantenga fuera a LFI y al RN por igual, siguiendo el modelo de la «Tercera Fuerza» que de 1947 a 1948 reagrupó a los partidos pro estadounidenses en oposición a los comunistas y los gaullistas. Sin embargo, François Bayrou, un íntimo de Macron que fue responsable de su victoria en 2017, todavía espera lograr algo similar, aprovechando el giro ultra atlantista de la diplomacia francesa tras la discusión del presidente sobre el envío de tropas a Ucrania. Bayrou ha establecido los parámetros de esta posible alianza contra «los extremos»: “Todos están de acuerdo en que debemos proseguir la construcción europea. Todos están de acuerdo en que debemos seguir suministrando ayuda a Ucrania, en un momento en que Putin ha salido públicamente en apoyo del Rassemblement National. Así que hay gente que comparte lo que yo considero los valores fundamentales. Ahí tienes un arco republicano, tienes valores comunes. No excluyo a nadie. Pero no creo que LFI corresponda a esos valores”.
Es dudoso que alguien pueda formar gobierno en Francia basándose únicamente en esos «valores comunes», sobre todo teniendo en cuenta la composición del Parlamento actual. París no es Bruselas, donde socialistas, conservadores y liberales se llevan lo suficientemente bien como para gobernar. Pero tampoco existe una mayoría parlamentaria para promulgar el programa de la izquierda que salió primera en las elecciones legislativas. Este impasse, instigado por Macron, no puede sino fortalecer a la extrema derecha, incluso después de que una pluralidad de ciudadanos franceses se movilizara para impedir su llegada al poder. El presidente sigue siendo su mejor jefe de campaña.
Análisis de Rachel Marsden- julio 12, 2024 © geoestrategia.es
El pequeño experimento del politólogo loco Emmanuel Macron le estalló en la cara. Y su compañero de laboratorio ya ha pedido su dimisión si el presidente francés no cumple las exigencias del líder izquierdista. Ahora se encuentra en una situación de rehenes que él mismo ha creado.
En mi ciudad natal, Vancouver, Canadá, hay una estatua que me ha marcado desde que era un niño. Se llama “Miracle Mile” y conmemora una carrera legendaria que se celebró en 1954 en el Empire Stadium de Vancouver entre los dos hombres de la época que rompieron la barrera de los cuatro minutos: el inglés Roger Bannister y el australiano John Landy. Al final de la carrera, Landy, que iba en cabeza, miró por encima del hombro a su oponente, que lo adelantó por el otro y ganó. “Siempre corre tu propia carrera, hasta el final”, me dijo mi difunto padre, especialista en deportes, mientras mirábamos el monumento. “Porque eso es lo único que realmente puedes controlar”. Lástima que Macron no aprendiera la misma lección.
En cambio, después de no haber logrado seducir a los votantes franceses en la primera ronda de votación solo con su plataforma y sus resultados, con un tercer puesto para el partido del establishment “Juntos” del equipo de Macron, dejó de correr su propia carrera y comenzó a mirar a su alrededor.
Macron y su primer ministro Gabriel Attal decidieron que había que negarle a toda costa la mayoría en la segunda vuelta al partido antisistema Agrupación Nacional (que dominó el voto popular en las dos vueltas). Por eso pensaron que, al elegir candidatos en distritos donde una ruptura con la izquierda antisistema llevaría a un escaño a Agrupación Nacional, podrían bloquear a su líder parlamentaria, Marine Le Pen. Y la coalición antisistema de izquierdas Nuevo Frente Popular y su líder de facto, Jean-Luc Melenchon, acordaron hacer lo mismo.
Se unirían en una coalición de perdedores para derrotar a la favorita. París será la sede de los Juegos Olímpicos a finales de este mes. Sería como si a todos los perdedores de la prueba de gimnasia femenina se les permitiera decidir que elegirían a una sola perdedora entre ellos para que se enfrentara a Simone Biles y luego le darían todos sus puntos de perdedores a esa persona para que la derrotara.
Pero lo que en realidad ocurrió fue que, como resultado de esta estrategia, quedaron más distritos con solo una opción entre los dos candidatos anti-establishment –de izquierda y de derecha– que distritos que dejaron a los votantes con una opción entre el equipo Macron y el equipo Le Pen.
¿El resultado? Un parlamento sin mayoría absoluta en el que ningún partido tiene ni de lejos una mayoría de 289 escaños. Los izquierdistas del Nuevo Frente Popular tienen182, el “Juntos” de Macron tiene 168 y Agrupación Nacional tiene 143. Si se hacen los cálculos, para que cualquiera de estos partidos obtenga suficientes votos en cualquier tema determinado para alcanzar una mayoría parlamentaria va a ser una batalla cuesta arriba. Y para que se hagan una idea de lo empinada que puede llegar a ser la escalada, los miembros del Equipo Macron ya estaban hablando mal de sus hermanos izquierdistas del oportunismo de la izquierda y se negaban a trabajar con ellos, antes incluso de que empezaran a conocerse los resultados.
Como dictan las costumbres, el primer ministro de Macron, Gabriel Attal, ya ha presentado su dimisión, pero podría quedarse en el cargo hasta que surja un nuevo gobierno. La naturaleza y el liderazgo de esta decisión no son una certeza, porque las relaciones nacidas de la desesperación que conducen a matrimonios concertados (o incluso a aventuras de una noche concertadas con el fin de votar sobre un tema determinado) no son precisamente un éxito rotundo.
Jean-Luc Mélenchon, el líder del bloque del Nuevo Frente Popular con más escaños, ya ha pedido a Macron que ofrezca a su equipo el puesto de primer ministro o que, de lo contrario, se resigne. Impulsado por la estrategia de Macron, Mélenchon ya habla como si quisiera ver los muebles de Attal cargados en el camión y su ropa tirada en el césped.
Todo esto sólo para derrotar a la derecha antisistema, que aun así logró ganar el voto popular. Los franceses votaron por una cosa y obtuvieron exactamente lo contrario. Sí, leyeron bien. Basta con pensar en eso y en lo que significa para la democracia y la afirmación de que el gobierno es representativo de la voluntad del pueblo. Cuando se observa el voto popular en la segunda vuelta (la suma total de los votos emitidos por cada francés individual), en realidad fue una victoria aplastante de Agrupación Nacional con más de 10 millones de votos. El Nuevo Frente Popular y los partidos Juntos de Macron obtuvieron cada uno 6 millones y algo más.
Hay muchas cosas que todavía están en el aire en este momento, pero una cosa que los franceses lograron es revocar el cheque en blanco de Macron y el establishment, de modo que ya no pueden simplemente imponer las cosas a la fuerza en el parlamento a voluntad con una mayoría. Los franceses han estado emitiendo una sensación que sugiere que están hartos del establishment. Y eso ahora se ha confirmado claramente, como se mire. Por lo tanto, es una gran pérdida para Macron, que miraba tan obsesivamente por encima de su hombro derecho que terminó siendo superado por la izquierda antiestablishment.
Augusto Zamora, julio 12, 2024 © geoestrategia.es
¿Ha habido en Francia una nueva revolución? ¿Los herederos de Robespierre han tomado el poder y van a establecer un nuevo orden social y económico, que despoje a los bancos, derribe a la obscena clase dominante y pugne por establecer un sistema menos explotador, desigual y corrupto? No, nada de eso, ni cosa alguna que se le parezca. Ha ocurrido que una alianza contra natura de comunistas, socialdemócratas, liberales, verdes, ultracapitalistas y jugadores de fútbol archimillonarios pidieron votar contra el partido de extrema derecha de Le Pen y, como no podía ser de otra manera, lo lograron, de forma que los lepenistas no alcanzaron la mayoría absoluta necesaria para poder acceder al gobierno (que, no olvidemos, no es lo mismo que acceder al poder, que esos son otros misterios, los verdaderos, que nunca van a elecciones).
Por ese hecho, previsible, han lanzado en Francia y otros países atlantistas las campanas al vuelo, como si se tratara de la segunda derrota de Hitler. Tan babosas, simples y desideologizadas están hoy las sociedades europeas que una pendejada como estas elecciones legislativas son celebradas como si se hubiera dado una nueva revolución en Francia, pero ocurre que es todo lo contrario.
Empecemos aclarando una cuestión, que mi alter ego y yo creemos principal. No estamos en el siglo XX, ni vivimos en un mundo bipolar. Estamos en el siglo XXI, más exactamente, en casi la mitad de la segunda década del siglo XXI, de forma que las categorías políticas, económicas e ideológicas -válidas hace medio siglo-, hoy carecen de validez, contenido y sustancia. Intentar explicar los fenómenos del siglo XXI con las caducas categorías del siglo XX lleva a estas confusiones y a aplaudir como victoria izquierdosa el resultado de las elecciones legislativas francesas, en las que no estaba en juego el modelo neoliberal, sino otra cosa, que no se dice, pero que era núcleo de ese átomo: el partido de Le Pen era el único -repetimos, el único-, que se oponía a la política de la OTAN en Ucrania. Todos los demás -todos, desde la derruida izquierda a la derecha neoliberal-, eran y son atlantistas convencidos y fervorosos creyentes de ir a la guerra con Rusia.
Explicándolo de otra manera, el terror del establishment francés y atlantista a los lepenistas no era por su ideología derechista, sino porque habían prometido que, si llegaban al gobierno, prohibirían el envío de soldados franceses a Ucrania, impedirían el uso de armas francesas contra territorio ruso y reducirían la asistencia al régimen de Kiev. En resumen, que se iban a alinear con otros gobiernos opuestos a la guerra, como los derechistas gobiernos de Hungría y Eslovaquia. Ese era el nudo gordiano y lo que se jugaba.
El llamado Nuevo Frente Popular (remembranza del formado en los años 30 del pasado siglo), incluía en su programa lo siguiente:
"Hacer fracasar la guerra de agresión de Vladimir Putin y velar por que rinda cuentas de sus crímenes ante la justicia internacional: defender sin fisuras la soberanía y la libertad del pueblo ucraniano y la integridad de sus fronteras, entregando las armas necesarias, anulando su deuda externa, embargando los bienes de los oligarcas que contribuyen al esfuerzo bélico ruso en el marco permitido por el derecho internacional, enviando fuerzas de mantenimiento de la paz para asegurar las centrales nucleares, en un contexto internacional de tensión y guerra en el continente europeo, y trabajar por el retorno de la paz."
Es decir, la guerra total contra Rusia, en términos que ni siquiera el Departamento de Defensa de EE.UU. ha empleado (Biden sí, pero el señor presidente de EEUU ya no sabe dónde está parado, literalmente, y encajaría mejor de líder de la Liga Mundial de Zombis, de la que forman parte ya Macron y Scholtz).
¿Ganó la izquierda? No. Ganó por aplastamiento el establishment atlantista, que, por el momento, ha logrado alejar la amenaza de un gobierno francés a lo húngaro, lo que habría sido un descalabro para su política antirrusa.
Porque no es lo mismo una Hungría díscola, con Viktor Orbán de presidente, reuniéndose con Putin en Moscú ¡horror de horrores! -, que una Francia cuyo primer ministro podía hacer lo de Orbán y volar a Rusia para parlotear con Vladimiro. Que Hungría es un Estado pequeño y Francia la segunda economía europea.
Importa poco a los atlantistas quién gobierne qué país en Europa, siempre que no se salga del carril guerrerista. Ahí tiene a la Meloni, en Italia, que es de la liga de Le Pen, gobernando feliz, porque sigue fielmente las directrices de la OTAN. Grecia está gobernada por caníbales derechistas y ¿quién oye nada de Grecia? Ni van a oír. EEUU la tiene como puerto principal de descarga de armamento y municiones para Ucrania, que siguen luego ruta por Bulgaria y Rumania, hasta llegar a manos de los carniceros de Kiev.
Así que no, mis atlántidas y palinuros. No había en Francia una lucha entre partisanos comunistas y legiones de Goebbels. Para nada. Esas categorías se fueron con el siglo XX y con el asesinato de la Unión Soviética. Ahora la izquierda es -sin olvidar nuestras señas identitarias de todo el poder a los soviets-, la lucha contra la OTAN y todo lo que representa; el combate contra la acumulación obscena e inmoral del capital nacional y mundial en cada vez menos manos; la multipolaridad y la descolonización de la ONU. Esas cosas, ninguna de las cuales estaba en lid en Francia.
Toca actualizar categorías para distinguir entre lo que hoy es la izquierda y lo que sigue siendo la derecha, desde Asurbanipal. Que la derecha cambia poco en lo sustantivo, aunque no tiene problema alguno en cambiar en lo adjetivo. No lo olviden, que, si lo hacen, pueden acabar aplaudiendo a la Alianza Atlántica y pareciéndose a Biden, que no está el señor para merecer...
Esto está escrito a vuelapluma. Así que nada de rigorismos gramaticales