26.JUL24 | PostaPorteña 2419

EL TERRORISMO DEL ESTADO CAPITALISTA BOLCHEVIQUE (VII)

Por G.C.I.

 

MATANZAS DE PROLETARIOS EN ASTRAKÁN

 

A continuación, publicamos parcialmente un artículo de denuncia publicado por P. Silin en Moscú en setiembre de 1920. No solo se denuncian masacres de los proletarios de esa ciudad puerto, sino que se cuenta como la política gubernamental hambrea a la población, imposibilita el acceso a los víveres y llega a matar a quienes compran lo necesario para comer. Por otra parte, nadie podría decir que la lucha por la vida no expresa los intereses más generales del proletariado en su oposición al Estado burgués. El texto es al respecto, totalmente elocuente y significativo para no requerir ninguna introducción detallada. Como se dice al principio, las masacres de Astrakán siempre fueron silenciadas por la prensa bolchevique.

En el mes de abril de 1912, en un rincón perdido de Siberia, sobre el Lena, agentes subalternos del gobierno zarista fusilaron a 300 obreros hambrientos, extenuados por un trabajo abrumador y por las condiciones insostenibles de su existencia.

Bajo la presión de la prensa rusa y extranjera, y de la opinión pública, el gobierno zarista se vio obligado a autorizar a miembros de la Duma del Imperio a abrir una investigación y a destituir de inmediato a los culpables de esta sangrienta represión llevada a cabo contra obreros sin armas. Así ocurrió en tiempos del zarismo.

Ahora, en el mes de marzo de 1919, el representante del órgano supremo del Estado comunista en la República de los soviets, ha dirigido la matanza de miles de obreros hambrientos en Astrakán. La prensa soviética silenció este monstruoso caso. Y hasta hoy pocas personas lo conocen.

Astrakán es un enclave importante en la desembocadura del Volga y, en otro tiempo, madre de los proletarios, con decenas de miles de obreros y múltiples asociaciones profesionales. Sólo faltan las organizaciones socialistas, ello porque la mayoría de sus militantes fueron fusilados en 1918. En agosto y septiembre de 1918, fue exterminada toda la Conferencia provincial del Partido socialista revolucionario, con el Comité Provincial a la cabeza. En total, dieciséis personas. Entre los fusilados estaban el camarada Dovchal, secretario del comité; Pedro Alexéevich Gorelin, miembro de la Asamblea constituyente, campesino de la provincia de Sarátov; Cheslas Metcheslavovitch; Strumil-Petrachkevitch, miembro del Partido socialista revolucionario desde el momento de su fundación, etc.

Los militantes que escaparon a la masacre estaban aterrorizados, y la vida del partido quedó interrumpida en Astrakán. El odio que el poder profesaba a los socialistas era tal que bastaba declararse miembro de una organización socialista para afrontar la muerte. Así es cómo, después de la huelga de que hablaremos, se fusiló al camarada Metenev, presidente del Consejo de Administración de la Unión de los Metalúrgicos, quien, en el momento de su detención, se declaró partidario de los socialistas-revolucionarios de izquierda.

Las fábricas metalúrgicas de Astrakán: «Cáucaso y Mercurio», «Vulcárn», «Etna», etc., habían sido militarizadas, los obreros sometidos a una disciplina militar. Después de la proclamación del monopolio del trigo y de la supresión del libre comercio de los víveres, la ciudad de Astrakán, que siempre había vivido del trigo importado, se halló de pronto en el más cruel dilema. Desde la socialización de las pesquerías y la ejecución de los principales piscicultores (Bezzubikov v otros), esta ciudad rica en pescado –la desembocadura del Volga proveía ella sola decenas de millones de libras anuales- llegó incluso a carecer de arenques, cuyo comercio fue prohibido bajo pena de detención tanto de vendedores como de compradores.

En 1918, los habitantes de Astrakán fueron suministrados, en cuanto estuvo en su mano, por los marinos de la flota fluvial, pero desde el comienzo del invierno la llegada de los víveres vendidos libremente cesó casi por completo. Alrededor de Astrakán, a lo largo de los ferrocarriles y las carreteras, se situaron destacamentos de registro. Los víveres eran confiscados, vendedores y compradores fusilados. Astrakán, rodeado de trigo y de pescado, perecía de hambre. La ciudad era como una isla cuyos habitantes mueren de sed en medio de un mar de agua potable.

A partir de enero de 1919, los obreros de Astrakán se vieron amenazados por verdadera hambre. El poder local les concedió el derecho de comprar libremente géneros alimenticios, pero el gobierno central, descontento con esta política conciliadora, llamó a Moscú al jefe de la región, Chliapnikov y nombró en su lugar a K. Miekonochin. En lugar de la esperada autorización, lo que se vino encima de los obreros fue una lluvia de vejaciones y represiones.

Una orden del día, proclamada en las fábricas, exigía de los obreros el máximo rendimiento. Hambrientos, cansados, amargados, después de su trabajo los obreros se veían obligados a hacer cola a las puertas de las panaderías para obtener 50 gramos de pan. Cada una de estas concentraciones de obreros se convertía en mítines donde se intentaba buscar soluciones para una situación que se hacía insostenible. El Poder movilizó patrullas especiales encargadas de dispersar los mítines improvisados. Los obreros más activos fueron detenidos. Sin embargo, la situación del abastecimiento empeoraba, las represiones se hacían cada vez más violentas, y a finales de febrero de 1919, después de reelegir el Consejo de administración de su Unión, los obreros del Metal hablaron resueltamente de declarar la huelga. En los últimos días de febrero, en la sesión común del Consejo provincial de las Uniones profesionales y de los comités de fábrica, el representante de los marinos de la flota del Volga declaró a los obreros que, en caso de huelga, los marineros no actuarían contra los obreros. Sólo quedaba fijar el día de la huelga.

A partir de las primeras jornadas de marzo, el trabajo casi había cesado en las fábricas. En todas partes se discutían las reivindicaciones a [exigir] al poder. Se decidió pedir el restablecimiento provisional (hasta la solución de las dificultades de abastecimiento) del libre comercio del trigo, así como la libertad de pesca. Sin embargo, no se consiguió formular las reivindicaciones definitivas antes de la declaración de huelga. Mientras tanto, el Poder unía las unidades seguras ylas concentraba alrededor de las fábricas. La catástrofe era inminente.

Así fue cómo, al cumplirse el segundo aniversario de la revolución de marzo, el poder «obrero y campesino» inundó de sangre la ciudad obrera de Astrakán. Considerado en el conjunto del terror comunista que dice ir dirigido contra los enemigos de la clase obrera, pero alcanza principalmente a ésta y a los campesinos, la represión de Astrakán fue por su amplitud algo sin precedentes en la historia del movimiento obrero. Dos cosas nos sorprenden con igual fuerza: por una parte, imposibilidad absoluta de los trabajadores de defenderse, y por otra, la brutal y cínica conducta de los dirigentes. La represión fue dirigida por el representante del órgano legislativo y ejecutivo supremo del Estado: el miembro del Comité Central Ejecutivo Panruso, K. Miekonochin. Este noble verdugo, en todas sus órdenes y ukases, hacía seguir su nombre de la retahíla rimbombante de sus títulos: miembro del Comité Central Ejecutivo Panruso de los soviets de delegados de los obreros, campesinos, Ejército rojo y cosacos, miembro del Consejo de guerra revolucionario de la República, presidente del Comité del frente del mar Caspio, etc. He aquí lo que decía el comunicado oficial relativo al ametrallamiento de los obreros:

«El 10 de marzo de 1919, a las diez de la mañana, los obreros de las fábricas «Vucám», «Etna», «Cáucaso y Mercurio», tras una señal de alarma de la sirena, suspendieron el trabajo y se amotinaron. Tras haber sido conminados por los representantes de los poderes para que se disolvieran, los obreros se negaron y continuaron reunidos. Cumplimos entonces nuestro deber revolucionario y recurrimos a las armas...

«Firmado: K. Mieckonochin (siguen los títulos).»

El mitin de diez mil obreros que deliberaban pacíficamente sobre su penosa situación material fue rodeado de ametralladores, marinos y granaderos. Los trabajadores se negaron a disolverse y entonces se hizo fuego sobre ellos. De inmediato, las ametralladoras crepitaron, dirigidas sobre la multitud compacta reunida, y las granadas de mano empezaron a estallar con su ruido ensordecedor. Un estremecimiento recorrió el mitin obrero, de pronto silencioso. Con el tableteo de las ametralladoras no se oían los gemidos de los heridos ni gritos supremos de los moribundos.

De repente, la multitud se puso en movimiento y con el mismo impulso, ahora duplicado por el espanto, se precipitó sobre el cordón mortal de las tropas. La multitud huye en todas direcciones, intentando huir de las balas de las ametralladoras, que ahora se ponen a disparar con más fuerza. Se dispara sobre los que huyen. Se encierra a los retrasados en locales cerrados y allí se les fusila a mansalva. Cerca de mil cadáveres señalan el sitio del apacible mitin. Entre los cuerpos convulsos de muchos obreros agonizantes aparecen dispersos los de algunos «pacificadores revolucionarios», aplastados por la multitud. En un abrir y cerrar de ojos, la ciudad se entera de la masacre. Se huía en todas direcciones. Trascendía sólo un mismo clamor de pánico enloquecido: « ¡Se fusila! ¡Se fusila!». Algunos miles de obreros se reunieron cerca de una iglesia.«Huyamos de la ciudad», repiten algunas voces, al principio vacilante, después más firme. «Huir, pero ¿adónde?» Alrededor de la ciudad las carreteras están bloqueadas por el deshielo de las nieves. Otro tanto ocurre con el Volga. No hay pan. «Hay que huir, es necesario. Aunque sea a donde están los "blancos". Aquí es la muerte.» «Vamos hermanos, ¿y qué hacemos con nuestras mujeres y con nuestros hijos» «No importa, de cualquier modo, estamos perdidos. Aquí o allá, es lo mismo. No hay nada para comer. Huyamos, huyamos...»

De pronto resuena un cañonazo, y luego una explosión sorda. Una salva extraña y ensordecedora. La cúpula de la iglesia se derrumba con estrépito. Los cañonazos sordos se suceden unos a otros. Un obús estalla, y luego otro y otro. En un abrir y cerrar de ojos, la multitud se convierte en rebaño enloquecido. La gente huye hacia adelante sin mirar. La artillería continúa disparando. Alguien corrige los tiros y los obuses alcanzan a los fugitivos.

La ciudad está desierta. Reina el silencio. Unos han caído, otros se esconden.

Dos mil víctimas han caído en las filas obreras.

Aquí termina la primera parte de la espantosa tragedia de Astrakán. La segunda parte, aún más terrible, empezó a partir del 12 de marzo. Cierto número de obreros fueron hechos prisioneros por los «vencedores» y distribuidos en seis «jefaturas» en las bodegas de los barcos y vapores. El vapor Gogol se distinguió particularmente por las atrocidades que allí se desarrollaron. Telegramas que hablaban de «insurrección» fueron enviados a la metrópolis.

El presidente del Consejo de guerra revolucionario de la República de los soviets respondió con un telegrama lacónico: «Reprimid sin piedad.» Y la suerte de los desgraciados obreros cautivos quedó sellada. La sangrienta locura se desencadenó sobre el agua y sobre la tierra. Se fusilaba en los sótanos de las «jefaturas» extraordinarias o, para abreviar, en los patios. Muchos hombres fueron precipitados al Volga, desde las embarcaciones. En ocasiones, se ataban piedras al cuello de los infelices. Otros eran arrojados por la borda con las manos y los pies atados. Uno de los obreros, que consiguió ocultarse en el fondo de la bodega de un barco, cerca de las máquinas, cuenta que, en una sola noche, se arrojó al río, desde el vapor Gogol [a] ciento ochenta (180) hombres. En cuanto a las «jefaturas» extraordinarias, en la misma ciudad, hubo tantos fusilados que a duras penas podían ser llevados al cementerio por la noche, donde eran arrojados en un montón bajo el calificativo de «tíficos». El comandante extraordinario Tchuguev hizo aparecer una ordenanza especial prohibiendo, bajo pena de muerte, que se «fusilase a los cadáveres» en el camino del cementerio. Casi todas las mañanas, los habitantes de Astrakán encontraban en plena calle cadáveres ensangrentados y medio desnudos, de obreros fusilados. Y así, a la luz del día naciente, y errando de cadáver en cadáver, los vivos hallaban a los muertos queridos...

El 13 y el 14 de marzo se seguía fusilando sólo a obreros. Sin embargo, los poderes recobraron el control de sí mismos. No se podía cargar la responsabilidad de esas ejecuciones a las espaldas de la «burguesía» insurgente. Y el Poder decidió: mejor tarde que nunca. Para enmascarar en lo posible la brutalidad de la represión, se decidió apoderarse de los primeros «burgueses» que les vinieron a la mano para «ajustar cuentas». El sistema era simple: era suficiente atrapar a cualquier propietario de inmueble, cualquier piscicultor, pequeño comerciante o industrial, y fusilarlos. He aquí uno de los numerosos ejemplos de las represalias contra la «burguesía». Una funcionaria soviética, hija de un abogado local, Jdanov, por su marido princesa Tumanova, llamada en la región la bella del Volga, era objeto del asiduo galanteo de los comisarios, grandes y pequeños, hasta los situados más arriba en el escalafón. Tales galanteos tropezaban constantemente con el desdén de la joven. En los días de «ajuste de cuentas con la burguesía», los comunistas decidieron suprimir la «manzana de la discordia». Y el padre, que llegó a saber algo de su hija, sólo halló su cadáver desnudo... Hacia el 15 de marzo, apenas había un hogar que no hubiera llorado a un padre, un marido, un hermano. En algunas familias habían desaparecido varias personas.

Para hacer el balance exacto de víctimas sería necesario interrogar a todos los ciudadanos de Astrakán sin excepción. Al principio, fueron cifradas en dos mil, luego en tres mil... Luego el Poder se puso a publicar listas con centenares de «burgueses» fusilados. Al comienzo de abril, se hablaba de cuatro mil víctimas. Y las represalias continuaban. El poder parecía querer tomarse aquí el desquite contra los trabajadores de Astrakán por todas las huelgas obreras, las de Tula, Briansk, Petrogrado, que se habían extendido por todo el país en marzo de 1919. Fue a principios de abril cuando las ejecuciones empezaron a decrecer en número. Por aquel tiempo, Astrakán ofrecía un aspecto insólito. Las calles estaban desiertas. En el interior de las casas, familias enlutadas. Las paredes, fachadas y ventanas de las instituciones oficiales, cubiertas por innumerables prescripciones...El 14 de marzo, se publicó un ukase dando a los obreros la orden de presentarse en las fábricas, bajo amenaza de arresto y de supresión de las cartillas de racionamiento. Sin embargo, sólo los comisarios se presentaron en las fábricas. La retirada de las cartillas no asustaba mucho, pues desde hacía largo tiempo no servían para nada; en cuanto a las detenciones, de cualquier modo, era difícil escapar a ellas. Además, quedaban pocos obreros en la ciudad. Hacia el 15 de marzo, la caballería roja capturó a una parte de los fugitivos en las estepas, bastante lejos de Astrakán. Los desgraciados fueron traídos a Astrakán por la fuerza, después de lo cual empezaron a buscar «traidores» entre ellos. El 16 de marzo, se fijaron nuevos bandos en las paredes. Bajo la amenaza de detención, despido, retirada de la cartilla de abastecimiento, todos los obreros y obreras tenían que presentarse en lugares determinados para asistir a los funerales de las víctimas de la «insurrección». «Castigaremos a los refractarios con mano revolucionaria». Así terminaba la ordenanza. El plazo fijado para el reagrupamiento terminó y, sin embargo, sólo acudieron algunas decenas de obreros. La caballería roja recibió orden de llevar por la fuerza a cuantos encontraran en las calles, de hacer salir a los habitantes de sus casas. Aquellos caballeros alógenos, como bestias feroces, recorrieron las calles y, golpeando cruelmente con «nagaikas» a cuantos intentaban ocultarse. Con mucho retraso, escoltada por tropas armadas con lanzas v látigos, la procesión se dirigió hacia el jardín municipal.

Los obreros, tristes y abrumados, movían en silencio los labios, sin levantar la cabeza. El himno funerario: «Habéis caído víctimas de la lucha fatal», que impresionaba precisamente por su escaso aliento, se perdía en la atmósfera primaveral apenas articuladas las primeras notas.?Diabólica ironía: los obreros acudían a las exequias de sus verdugos sin atreverse a pensar en sus propios camaradas caídos, cuyos cadáveres se amontonaban en el cementerio. Cantaban por los otros, por sus verdugos, pensando en aquellos sobre quienes se habían arrojado algunos días antes, rompiendo sus líneas militares. Escuchaban los discursos de los oradores comunistas que glorificaban a los verdugos que habían cumplido con su «deber revolucionario», sin poder decir una sola palabra relativa a los obreros revolucionarios fusilados. A cada comunista, le vengaremos haciendo pagar ciento por uno!», amenazaba la voz del orador oficial. «¡Helos ahí, cuarenta y siete de nuestros camaradas caídos por la causa obrera!»?Las cabezas de los obreros se humillan aún más. Lágrimas, sollozos. Y el orador continúa con la misma entonación de vencedor triunfante. Y amenaza, sigue amenazando. Cuarenta y siete féretros rojos se alinean alrededor de la fosa común. Los rodean banderas negras y rojas. «A los campeones de la revolución, que han dado su vida por el socialismo», dicen las inscripciones. Otros campeones de la revolución, armados con lanzas y porras blanden las banderas. Es imposible huir de ese lugar de tortura. El dolor y el sentimiento de impotencia abruman a los obreros. Un pánico inaprensible, pero verdadero, paraliza el espíritu y los movimientos. Los trabajadores apuran hasta la última gota las heces del cáliz.

Los periódicos aparecen con recuadros negros. Todos los artículos hacen referencia a los sostenedores del «orden revolucionario». Para los obreros no hay más que un reproche: «Es culpa vuestra». El verdugo, K Mieknochin, envía un mensaje de agradecimiento a las tropas... «Habéis cumplido con vuestro deber revolucionario con mano de hierro, sin un estremecimiento. Habéis aplastado la insurrección. La revolución no lo olvidará nunca. Los obreros son los responsables por haberse dejado impulsar por la provocación...»

La Astrakán obrera ha quedado sumida en el marasmo. Las fábricas permanecen mudas. Las chimeneas no humean... Los obreros se iban de la ciudad irresistiblemente. Ni siquiera la autorización para pescar o comprar pan podía disuadirlos de abandonar aquel lugar. Aquellas ventajas se habían pagado demasiado caras. La autorización se había redactado con la sangre de sus familiares y amigos. El «favor» otorgado por el gobierno olía a sangre de los trabajadores de Astrakán.

En la historia del movimiento obrero, la tragedia de Astrakán quedará inscrita en letras de fuego y sangre. El juicio imparcial de la historia se pronunciará sobre uno de los pasajes más ominosos del terror comunista...En cuanto a nosotros, sus testigos y contemporáneos, quisiéramos gritar a todos los amigos de los obreros, a todos los socialistas, a todo el proletariado mundial: « ¡Que se haga una investigación sobre la tragedia de Astrakán!»

COMUNISMO Numero 67: LENINISMO Y CONTRARREVOLUCIÓN (III) marzo 2018 

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Por si hubiera dudas, las razones que tenían los bolcheviques para imponer el Terror abierto del Estado contra el proletariado, esta es la explicación que daban los bolcheviques durante todo el período 1917/1922

“En pocas palabras, dábamos por sentado que la mayor parte de la economía rusa estaría en el futuro inmediato orientada hacia la producción mercantil pequeño burguesa.

Y esta concepción no era sólo resultado de las experiencias de 1919. De hecho, Lenin no sólo defendió esta concepción en la época de los conflictos que surgieron en ocasión de la firma de la Paz de Brest, sino que también la defendió en abril de 1918, durante su discurso acerca de las tareas inmediatas del poder soviético. Este discurso fue efectuado el 29 de abril de 1918 ante el Comité Ejecutivo Central de los soviets. En él Lenin desarrolló las siguientes ideas: en la esfera de la política exterior, era necesario por un lado crear el Ejército Rojo, y por otro lado hacer concesiones al capital internacional hasta tanto la revolución mundial no hubiera triunfado. En la esfera de la organización de la economía, apoyaba no sólo la necesidad de convocar a especialistas burgueses ofreciéndoles salarios más altos, la necesidad de llegar a un acuerdo con las cooperativas pequeño burguesas, sino incluso con los cárteles capitalistas debían organizar la industria pesada bajo control del estado con participación en las ganancias. En abril de 1918, Lenin declaró que era necesario aprender cómo organizar el socialismo de los magnates de los trust capitalistas, y exigió que se pusiera temporariamente fin a los ataques contra el capital porque pensaba que el gobierno soviético ya había expropiado mucho más de lo que podía controlar”.

De: Los senderos de la Revolución Rusa Karl Radek (1922)

COMUNISMO Numero 67: LENINISMO Y CONTRARREVOLUCIÓN (III) marzo 2018

Grupo Comunista Internacionalista 

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