16.SEPT24 | PostaPorteña 2429

Sigue la discusión con H. Sarthou, donde se ventilan varias cosas que creo relevantes

Por Aldo Mazzucchelli

 

No es una herramienta, Hoenir. Es un sistema [POLÉMICA / 3]

 

Lo que es peculiar e interesante de esta discusión, en la cual Hoenir aparece como paladín de la Modernidad, y yo en una posición distinta, es que ubica ante los ojos de quien se interesase por profundizar en ella, muchas cuestiones que hace falta ubicar

ALDO MAZZUCCHELLI / eXtramuros 15/9/24

 He leído la tercera respuesta del Dr. Hoenir Sarthou en Voces. En mis columnas le he llamado “Hoenir”; “Hoenir Sarthou”, “Dr. Hoenir Sarthou” o “Dr. Sarthou”. Si me hubiera llamado Mazzucchelli, PhD, o “Dr. Mazzucchelli” me habría dado igual. Elegí llamarlo consistentemente Dr. Sarthou en la última porque me pareció que cuando uno está contrastando ideas ante una audiencia que puede desconocer a quienes firman, esa forma era mejor. Sobre todo, porque he notado que para mí es distinto mi amigo Hoenir cuando converso con él, que la persona pública que se pone en funciones en él cuando polemiza conmigo. Él mismo lo sabe, y por eso no usa el mismo lenguaje cuando intenta refutarme, que cuando conversamos en persona de los temas que a ambos nos apasionan. Jamás se me ocurriría que reconocer esa diferencia era ofenderlo, y no hay ninguna cantidad de citas de Borges que me convenzan de lo contrario, porque yo conozco mis intenciones. Y me parece que Hoenir también, pero bueno. A veces en las polémicas uno se descoloca un poco, y nadie está libre de pifias.

Pero, dejando esos detalles de lado, entiendo que Hoenir elige conquistar primero la posición del ofendido y maltratado, y creo que comete error de debilidad ahí. Luego, procede a no leer ni contestar lo que digo, sino despacharlo todo diciendo que es una “ensalada”, y que son “falacias y errores”. Dado que Hoenir no nos beneficia siquiera con un índice de esas falacias y esos errores, no puedo responder a la acusación. Si el lector está interesado en la sustancia de lo que hasta aquí discutimos, lo remito a mis notas anteriores, y a las de Hoenir, y en ellas encontrará los respectivos argumentos desplegados. 

Después -en un caso notable de proyección- dice Hoenir que “caricaturizo” su posición. De veras que pienso que es una observación injusta. Según como yo lo veo, me esforcé por entrar en muchos detalles al respecto. Toda esta sucesión de esfuerzos en la retórica propia, acompañada de pareja ausencia de esfuerzos en la comprensión de lo que dice el otro, no es por falta de inteligencia de Hoenir, a quien sé muy capaz. Es porque su mapa mental, que es antiguo, le impone metáforas inconvenientes cuando intenta entender lo que está ocurriendo hoy.

Las metáforas “herramienta” y “sistema”

Pero dejemos la chicanería. Yendo al fondo, él termina con una honestísima confesión, que dice así: “En este mundo de gigantescos poderes económicos, el único espacio donde las personas todavía podemos hacer pesar nuestra voluntad son los Estados. El único precario resguardo que tenemos frente a intereses que pueden arrasarnos con la misma facilidad con que YouTube o Facebook nos eliminan.”

Conmovedor. Esta declaración de confianza en el estado viene de un error conceptual, en el cual se concentra toda nuestra diferencia.

Para adentrarse en las complicaciones de los fenómenos que estamos discutiendo, Hoenir emplea la metáfora “herramienta”, mientras yo uso la metáfora “sistema”. Lo hacemos en ambos casos (estado e internet).

Pues bien, esto ya lo he intentado explicar, pero vamos de nuevo. Una herramienta es algo pasivo en manos de su usuario. Así es como Hoenir ve el estado, las redes sociales, y tal vez incluso a las empresas.

Un sistema, en cambio, aunque sea impersonal, no humano, es cualquier cosa menos pasivo: impone las condiciones de funcionamiento a quienes participan de sus lógicas. Un sistema tiene intereses propios, mecanismos propios, y posibilidades e imposibilidades propias, más allá del usuario y de los seres humanos que lo integran. 

Esa diferencia en el modo de conceptualización explica bastante bien lo demás.

Hoenir se equivoca al pensar que no le doy importancia a la economía. Pero eso también forma parte de la estructura retórica de su discusión: colocarme a mí como alguien que ignora cosas básicas que todos -Hoenir, yo, y cualquiera- conocemos. Dado que estoy intentando plantear una aproximación nueva a los fenómenos nuevos, doy por sentado que sobre lo viejo no hay discusión. La tendencia a la concentración del capital es un fenómeno que acompaña a la humanidad desde que hay propiedad y dinero. Eso no es interesante. Pero al agarrarse de ese factor conocido, Hoenir vuelve a representar mal -sin querer- parte de nuestra conversación. Yo no dije que no haya concentración hoy, y los ejemplos de Hoenir sobre las “grandes superficies” están de más, puesto que nunca negué esa obviedad, ni disentimos en ella. Lo que yo dije es que hay una dialéctica por la cual, a la concentración, el sistema mismo, gracias a las posibilidades tecnológicas disponibles, opone formas nuevas de dispersión. El ejemplo es la aparición de emprendimientos chicos que vuelven a generar competencia a distinta escala, y que sin las nuevas tecnologías de comunicación, no podrían existir.

En el mundo de 1970, era imposible prácticamente montar una red de importación y consumo de café de calidad de múltiples procedencias -África, Asia, América Central- sin contar con grandes cantidades de capital. Es posible ahora con un capital relativamente chico, debido a la existencia de internet, y de la nueva relación que ella posibilita entre productores y consumidores, aparte de las posibilidades logísticas para importadores y exportadores -algo que tampoco es ajeno a la globalización y el mundo cabalmente en red.
Nada de esto sería posible sin las nuevas tecnologías. La concentración que tanto preocupa a Hoenir es una obviedad que viene ocurriendo desde que hay gente y codicia. Lo nuevo es como “la internet” permite contramedidas, y otro tipo de conexión y emprendedurismo de pequeña y mediana escala.
Eso es lo que yo digo, y el ejemplo de las cafeterías chicas como fenómeno que acompaña a la aparición de Starbucks (en Estados Unidos hace cuarenta años, y en Uruguay hace un rato) es un ejemplo. No todo lo demás que dice Hoenir para anotarse un poroto fuera del reglamento.

Viejo y nuevo

Hoenir intenta ridiculizar un elemento importante de lo que argumento, de esta forma: “Hago un paréntesis para destacar lo superficial, casi publicitario, de esas categorías de “lo viejo” y “lo nuevo”. Se parecen más a un anuncio de Coca Cola que a un análisis serio de los entramados que unen a lo “nuevo” con lo “viejo”.

O sea que Hoenir les dice a sus lectores que yo no he hecho ningún análisis serio de los entramados que unen a lo “nuevo” con lo “viejo”. Al hacerlo, comete una deshonestidad intelectual mayor, puesto que hace pocos días -y antes, me consta, de escribir esta respuesta que estoy analizando- Hoenir leyó al menos dos de los ensayos en los cuales hago lo que él le dice a sus lectores que no hago. Se los envié, y me los comentó en privado, en un tono muy distinto a decirme que le parecían reclames de Coca Cola.

El lector desprevenido, que se quede con lo que le informa Hoenir, y que no haya leído este ensayo (de junio de 2022), ni este otro (de mayo de este año), puede pensar que cuando uso las palabras de “nuevo” y “viejo”, estoy diciendo novelerías huecas sin sustento. Sin embargo, en esos ensayos -y en unos cuantos más que a esta altura ya van tomando un volumen apreciable- doy mis ideas sobre lo que considero está pasando a consecuencia de los cambios tecnológicos y políticos desencadenados, simultáneamente, desde la década de los 90, que explican cuál es el contenido de esa nueva versión de un enfrentamiento constante.

Digámoslo con cierta, necesaria aspereza: el problema es que a Hoenir su mundo conceptual viejo se le cae a pedazos. Hoenir no quiere comprender lo que digo, no porque le falte inteligencia, sino porque aceptarlo implica el fin de su mundo, de todas las lógicas conceptuales que articulaban la Modernidad, que es el marco en el cual él sigue intentando ver lo que ocurre. En lugar de cambiar de marco conceptual, prefiere ningunear el que le propongo y redoblar la apuesta.

Hoenir no solo equivoca cuando cree que no tengo en cuenta el factor económico: es él mismo el que lo usa mal, cuando -por ejemplo- cree que porque las compañías tecnológicas funcionan dentro de la lógica capitalista, eso tiene algo que ver con sus posibilidades técnicas. Ese tipo de mezcla de aserrín con pan rallado en el que cae viene de que siente la compulsión arqueomarxista de reducirlo todo a la economía. Esto es muy simple y muy fácil de ver, pero bueno, habrá muchos uruguayos que no lo vean tampoco, porque la rutina mental que les funciona de la mañana a la noche sigue siendo esa. Por eso son tan fácilmente engañados, una y otra vez, por políticos que tampoco piensan muy distinto.

Por depender de una metáfora insuficiente, la de ‘herramienta’, es que Hoenir ha insistido en que todo depende de quién use la herramienta. Si es un “buen político”, el estado obrará de modo de proteger al ciudadano, y si es un mal político, ocurrirá lo contrario. Bastaría, pues, con votar buenos políticos, y listo.

Pues no. No funciona así, porque ni “la internet” ni el estado son meras herramientas. Son sistemas que, luego de lanzados a funcionar, van evolucionando, cambiando, y manifestando toda clase de características que se vuelven más importantes que la voluntad de los políticos. Especialmente de políticos poco formados y con escasa vocación para cambiar los sistemas en los que entran a funcionar, y en cambio con mucha vocación para medrar en ellos, según las condiciones que esos sistemas imponen. El estado está muy lejos de ser un martillo con el que un buen político va a clavar todos los clavos que el ciudadano precisa para defenderlo de la intemperie. El estado, como sistema, impone límites a todo accionar político que amenace sus “derechos adquiridos”, o que quiera tomar medidas que amenacen la existencia de alguna de sus partes, por ínfima que sea. Como todo sistema vivo el estado tiende a pelear por la supervivencia de cada uno de sus elementos, y a crecer e incorporar más y más elementos. No preciso demostrarlo, puesto que es un fenómeno obvio -he mencionado con detalle cómo el estado ha venido concentrando más y más funciones, a nivel global y local, con independencia de los partidos en el gobierno, aportando citas y demás en piezas anteriores de esta polémica.

¿El estado, pues, una “herramienta”? ¿De quién, sino de sus propios intereses? Hoenir no se da cuenta que está intentando hacer que un pterodáctilo se comporte con la docilidad de un pollito recién nacido. Una cosa era el estado moderno de 1800 -siempre ladino y brutal, pero con amplia capacidad de mejoras-, o incluso el de la época de Batlle y Ordóñez -que creo que es su referencia. Y recordemos que incluso Batlle ya había entendido que cualquier político que quisiera imponer planes de reforma ventajosos, tenía primero que convertirse en un experto conocedor del sistema institucional, e intervenirlo antes, para evitar que las lógicas instaladas del sistema mismo se lo comiesen. Esa fue la batalla principal de Batlle: la reforma constitucional. Y como sabemos, su victoria en ese plano fue solo parcial, y mayormente pírrica. El estado logró deflectar mucho de lo que los ideales de Batlle para la sociedad contenían, y no habían pasado cinco años de su muerte cuando algo bastante opuesto a los ideales batllistas ya estaba instalado en el país, con la consolidación de un estado cuya trayectoria posterior, cargada de vicios ajenos a los intereses de la gente, me exime de mayores comentarios. La herramienta que soñó Batlle, el “político bueno” por antonomasia, se convirtió en un sistema con voluntad propia. Lo que vengo diciendo.

¿Conservadurismo?

Lo que es peculiar e interesante de esta discusión, en la cual Hoenir aparece como paladín de la Modernidad, y yo en una posición distinta, es que ubica ante los ojos de quien se interesase por profundizar en ella, muchas cuestiones que hace falta ubicar. 

Para mí, lo que las nuevas posibilidades tecnológicas -no solo en materia de comunicación- traen es la posibilidad de lógicas sociales nuevas, formas de organización social, política y territorial nuevas. Y las empresas, y el capitalismo financiero y corporativo, deberán adaptarse a ellas, a la vez que seguirán intentando controlarlas. Cosas ambas que ya están intentando y haciendo. Creo -y claro que puedo equivocarme- que tendrán menos poder de control al modo viejo, puesto que las nuevas tecnologías, aunque también pueda intentarse usarlas para controlar, tienen una esencia redundante y proliferante que rehúye esos intentos de centralización.
 
Pero, también he insistido en que esto no ocurrirá antes de que el sistema actual tal como es termine de deslegitimarse. Y he dicho, y lo repito, que este tipo de deslegitimación masiva es el fin de una era, y nunca se ha visto que ocurra un fin de era sin que algunas catástrofes violentas -sea guerra o desastres naturales- apuren el proceso de disolución de lo viejo. Es probable que para que se libere más la palabra y la moneda, y se alcance el uso de tecnologías más garantistas de la autonomía individual como el blockchain o lo que sea que lo reemplace, debamos primero pasar por alguna forma de distopía centralizadora. Es el rumbo que hemos denunciado que están tomando las cosas hace tiempo, tanto Hoenir como yo, por separado. Diferimos en el rol relativo de tecnología y economía, simplemente.

En Brasil, el Dr. Alexandre De Moraes tuvo una experiencia cercana del tercer tipo de lo que implica mi punto de vista, cuando decretó triplemente una tarde que la gente no podría usar más la red X, que las empresas Google y Apple debían retirar los VPN de sus tiendas virtuales, y que iba a ponerle 8900 dólares de multa diaria a quien usase VPN para entrar a X. No habían pasado dos días cuando ya había reculado dos de las medidas (y había perdido la batalla en la otra, la más importante). La gente sigue usando X a las risas en Brasil vía VPN, a vista y paciencia -y frustración- de este censor que sigue emitiendo sus ukases modernos en un mundo que ya no le responde. He ahí, en un ejemplo de la vida real, lo que digo sobre la naturaleza de las nuevas tecnologías ante el estado decimonónico.

Todo lo demás -si Elon Musk tiene la intención secreta de conquistar el mundo, o si es un reptiliano capitalista sin ética- son otros temas, sobre los que no entré, y que por el momento no me interesan. Lo que me interesa es defender la libertad de expresión en el espacio social, real y virtual. Lo que me interesa es que se vea que ciertas instituciones y maneras conceptuales del mundo viejo se caen a pedazos, y están dando sus últimas batallas -entre las cuales la principal, acaso, es dilucidar cuál va a ser la relación entre la libertad y la regulación, en dos ámbitos clave: la moneda, y la palabra.

Al decir esto, y anunciar que las tecnologías hoy disponibles (“nuevas”) son incompatibles con el orden institucional, social y económico de la Modernidad (“viejo”), Hoenir me llama “conservador”, y trata de representarme como un nostálgico de la Edad Media. 

No hay duda que la Edad Media tenía muchos problemas prácticos. Como tampoco hay duda para mí de que en el Renacimiento, la Edad Media y la Antigüedad, algunos seres humanos vivían, en algunos aspectos, una experiencia interior más intensa y enriquecedora que ahora -tamaño de las comunidades y viabilidad de la ética resultante, fe en la existencia de realidades trascendentes, cultura de reflexión profunda basada en la palabra escrita, conexión con el mundo real de la producción, el cuerpo y la naturaleza. Eso no significa, como Hoenir quizá piense, que mi idea es volver a la Antigüedad. En cambio, creo que hace muchos años que vengo intentando pensar con categorías que apenas se vislumbran, porque corresponden al futuro.

Mi posición no es, pues, ni conservadora, ni progresista. Ambas forman un par, propio de la Modernidad, y que con ella morirá. Usar esas categorías gastadas y sin sentido es intentar seguir no viendo la imposibilidad de meter este mundo de ahora en el mundo viejo. Cosa que, categorial y políticamente, Hoenir -o mejor dicho, el Dr. Sarthou- sigue intentando denodadamente. 

El bueno de Hoenir tiene excesiva confianza en el ser humano, y piensa que un buen ser humano puede ponerle manteca a las tostadas usando una cortadora de césped, o un ventilador. Piensa en herramientas dóciles a las buenas intenciones, con independencia de su inadecuación sistémica. Yo no tengo tanta confianza en el poder del ser humano (ni, cuando se trata del estado, del legislador). Creo que las herramientas tienen limitaciones inherentes, y sobre todo que los sistemas -que podrían verse, hasta cierto punto, como un conjunto complejísimo de “herramientas” particulares que, al interconectarse, se traban entre sí y adquieren un desarrollo e idiosincracia propios- imponen a quienes participamos de ellos toda clase de cosas. Una forma de dejar de ser siervos de los sistemas que la Modernidad creó -que ya disfuncionan a todo trapo- es denunciar estas cosas, y abstenerse todo lo posible de participar en ellos según los órdenes categoriales caducos.


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