Como muchos habíamos advertido, once meses después del genocidio de Gaza, Israel se centra ahora en el genocidio de Cisjordania
En este caso, se trata de una política más prudente, ya que Israel no puede encontrar pretextos fáciles como hizo para justificar su asalto y genocidio en Gaza. Sin embargo, la narrativa que Israel está utilizando es esencialmente la misma. De hecho, es más que una narrativa: es un mito que los partidarios de Israel en todo el mundo siguen abrazando y repitiendo.
El mito es el siguiente: El ataque de Israel a Gaza fue una operación militar de represalia, mientras que el actual asalto a Cisjordania es un ataque preventivo contra los apoderados de Irán en la región.
Hay otra capa del mito, y es la afirmación de que Irán está motivado por los mismos objetivos que han informado el genocidio nazi contra los judíos.
Esta no es una nueva línea de propaganda, por supuesto. Académicos, diplomáticos y políticos israelíes han intentado nazificar a los palestinos desde 1948. La parte más absurda de ese esfuerzo fue la afirmación del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de que el [gran] muftí [de Jerusalén, Amin al-Husayni] había persuadido a Hitler para que cometiera el genocidio contra los judíos en Europa.
Este viejo-nuevo mito condujo a la siniestra comparación entre los soldados y ciudadanos asesinados el 7 de octubre de 2023 [la operación Inundación de Al-Aqsa] y los seis millones de judíos masacrados por los nazis [en la Shoá].
Tal comparación es un abuso total de la memoria del Holocausto y, lo que es más importante, un intento de demonizar la resistencia anticolonial palestina, que comenzó en la década de 1920 –y continuará hasta que Palestina sea liberada–.
No es necesario dedicar demasiado tiempo a refutar este tipo de invención. Lo que importa es que sigue proporcionando inmunidad en los medios de comunicación y la política occidentales a las continuas políticas genocidas de Israel en la Franja de Gaza y Cisjordania.
Los lectores no necesitan convencerse de que las acciones israelíes en la Franja de Gaza constituyen un genocidio. Pero lo que ha ocurrido en el último mes es que el genocidio no consiste sólo en asesinatos masivos de palestinos, sino que forma parte de un proyecto más amplio para borrar a los palestinos de su tierra.
Esta estrategia de borrado condujo a la destrucción total de las universidades y bibliotecas de la Franja de Gaza en los últimos once meses. Un acto de barbarie destinado a acabar con la identidad, el patrimonio cultural y el capital humano palestinos.
Esta es también la motivación de las acciones de Israel en Cisjordania, disfrazadas de ataque preventivo contra un posible ataque “terrorista” contra Israel.
El actual gobierno mesiánico neosionista israelí cree que se le ha brindado una singular ventana histórica que le concede el poder de borrar a los palestinos de su tierra. En este contexto, todos los medios, incluido el genocidio, están justificados a los ojos de estos políticos y su electorado.
Al igual que ocurrió en 1948, los líderes del movimiento sionista creen que la historia les ha ofrecido una oportunidad única de lograr, mediante una gran operación, lo que sólo podrían conseguir a lo largo de varios años, mediante acciones graduales.
Se trata de un doloroso recordatorio de los dos relojes de la historia que funcionan a diferente ritmo. Un reloj, que funciona muy lentamente, es el que mide la creciente solidaridad con el pueblo palestino en Occidente, junto con las campañas proactivas de boicot contra Israel y de desinversión en este país.
El otro reloj, que desgraciadamente se acelera a un ritmo aterrador, mide la destrucción sobre el terreno en la Palestina histórica.
Por lo tanto, la principal misión del movimiento de solidaridad sigue siendo la misma: intentar no perder el ritmo e influir en la cambiante reacción mundial y regional ante las políticas de Israel, para así marcar la diferencia sobre el terreno.
El espectáculo de horror de la convención del Partido Demócrata en Chicago el pasado agosto –donde la candidata presidencial Kamala Harris reiteró su apoyo incondicional y sin complejos a Israel– fue otro doloroso recordatorio de la complicidad yanqui con el genocidio. Pero también indicó la falta de cualquier alternativa significativa en la política estadounidense que pudiera darnos alguna esperanza de un cambio radical en un futuro próximo.
Sea cual sea el resultado de las elecciones en EE.UU., es más razonable trabajar para limitar la implicación norteamericana en Palestina, así como en Medio Oriente, que esperar que la nueva administración estadounidense adopte una política que nunca se ha seguido desde la propia creación del Estado de Israel.
Cuanto menos se implique EE.UU., mayores serán las posibilidades de un futuro mejor. Pero, por desgracia, hay una advertencia.
A corto plazo, para detener el genocidio que está aconteciendo en Gaza y avanzando en Cisjordania, la presión sobre el futuro presidente debe aumentar significativamente.
Esperemos que, en los próximos sesenta días, el Uncommitted National Movement, Movimiento Nacional No Comprometido, persuada a Harris de que detener el genocidio podría ayudarla a ganar en los estados pendulares, donde los votos de la izquierda y de los árabe-estadounidenses son de gran importancia.
Luego están la Unión Europea y el gobierno británico, que hasta hoy han adoptado posturas vergonzosas ante el genocidio.
Hasta ahora, el regreso de los laboristas al poder [en Gran Bretaña] y la victoria de la alianza de izquierdas [Nouveau Front Populaire] en Francia no han supuesto un cambio serio en las políticas de ambos países.
Y, aunque las posturas de Noruega, España y Bélgica sobre el reconocimiento del Estado de Palestina son alentadoras, no es un objetivo urgente en estos momentos, ya que el genocidio de Gaza continúa y se está extendiendo a Cisjordania; y quizás, en el futuro, a los 1,9 millones de ciudadanos palestinos dentro de Israel.
Siempre he evitado hacer predicciones catastrofistas y alarmistas sobre el destino de esta comunidad concreta, en cuyo seno he pasado la mayor parte de mi tiempo.
Pero ahora me temo que ellos también se enfrentan a un peligro existencial como víctimas potenciales de la tercera fase.
Sin embargo, nunca es demasiado tarde para evitar que se produzca el siguiente paso.
La cursada académica en el Norte Global y los Estados Unidos está a punto de comenzar, y es de esperar que los campus universitarios vuelvan a las protestas con energías renovadas y formas de protesta aún más vigorosas.
También es alentador ver que cada vez más sindicatos y empresas están desinvirtiendo en Israel, mientras que varias universidades han decidido romper sus lazos oficiales con el mundo académico israelí.
No es necesario decir a los palestinos cómo deben elaborar sus estrategias, ni con qué fin. Lo que se necesita es un movimiento de solidaridad confiado, que crea que está haciendo todo lo que puede para presionar a los gobiernos nacionales para que detengan a Israel.
Hay que impedir que el mesianismo neosionista cumpla lo que sus gurúes consideran una singular oportunidad histórica para destruir al pueblo palestino, algo que sus predecesores no han conseguido en más de un siglo de opresión colonial.
Sabemos que no lo conseguirán. Los palestinos no desaparecerán, ni tampoco Palestina. Pero tenemos que hacer todo lo posible para limitar la carnicería y la destrucción que están sembrando por toda la Palestina histórica.
(Posta: las anotaciones entre corchetes pertenecen a Kalewche)