El discurso de Milei representa una ruptura notoria, y se lo intenta enmudecer a partir de leyes mordaza a la libertad de expresión basadas en categorizarlas como “discursos de odio” o “ultraderechismo”, Bienvenido este discurso, que ha causado el atragantamiento generalizado tanto de los defensores del consenso global socialdemócrata, como de los falsos enemigos del mismo
En la actualidad, existen un sinfín de mecanismos de comunicación y propaganda que permiten envolver los acontecimientos uno tras otro, hasta un punto que los mismos se transformen en irreconocibles, llegando a manifestarse ante nuestros ojos de una forma totalmente deformada. También, la perspectiva del tiempo, y las ideas y concepciones del mundo que subyacen a los acontecimientos tienden a despejar, o por lo menos desarmar, el velo que encubre estos acontecimientos.
Traigo esto a colación luego de las diferentes alocuciones que se desarrollaron en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en estos días.
Y como la realidad -y la verdad- es porfiada, después de las tormentas y huracanes de propaganda, mentiras y manipulación, emerge de a poco la naturaleza misma de lo que está en juego. Es inevitable señalar que la participación del Presidente argentino, Javier Milei, destacó por sobre todas las demás. ¿Por qué? Porque planteó con claridad una serie de cuestiones centrales en el actual cruce de caminos para los países occidentales, de forma inédita para el contexto en donde fueron expuestas, sin eufemismos ni condescendencias, como un parte aguas. Estimado lector, haga la prueba de leer el discurso de Milei, y después lea el del alcahuete a tiempo completo del globalismo y censurador de la libertad de expresión, Lula, y compare.
Un detalle menor, pero no menos relevante, es que además, dejó absolutamente expuestas a las fuerzas políticas e ideológicas que están detrás de los proyectos de ingeniería social -las izquierdas progresistas, la socialdemocracia internacional, el pietismo socio liberal- y también exhibió con claridad que estos sectores tienen fuertes aliados en los autoproclamados “soberanistas” -los nacional-alcahuetes” del estatismo- , y que estos son parte del cretinismo útil al globalismo, al vender como defensa de la soberanía de los ciudadanos, la adoración pusilánime y prebendaria del estado.
Las peripecias de un gobierno, sea el de Milei, el de Bukele, Petro, Lacalle Pou, o el que sea que represente un proceso de corta duración -más si hereda calamidades de todo tipo- representa en última instancia procesos demasiado complejos y expuestos a eventos externos a los mismos, por lo que el valor central del discurso radica en algunas de las cuestiones que dejó plasmadas en el mismo.
¿Cuáles? Las que, más allá del que las realiza -en este caso, un presidente de un país latinoamericano absolutamente fundido y hundido por aplicar buena parte de las políticas que la ONU ha promocionado por décadas- representan un quiebre en el discurso hegemónico.
Dentro de su breve parlamento, señaló una serie de elementos que me resultan centrales y que describen la batalla histórica que se está dando en occidente:
1. El tema central sigue siendo el Centralismo político. Como ya hemos señalado en artículos anteriores, la libertad de las personas depende de la capacidad de las comunidades y sociedades de debilitar y fragmentar de la mayor forma posible, la concentración del poder político. En este sentido, Milei señaló con suma claridad que el agendismo globalista no es más que “…un programa de gobierno supranacional, de corte socialista, que pretende resolver los problemas de la modernidad con soluciones que atentan contra la soberanía de los Estados Nación y violentan el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas…”.
2. Marco además, la absoluta y sustancial diferencia que existe, por un lado, entre las ideas de la libertad que combaten el centralismo político y el control de las sociedades a través de la acción del poder político, y por otro, los que buscan abrazar estos mecanismos liberticidas, solo que los reivindican para jurisdicciones menos ambiciosas: “…la historia del mundo demuestra que la única manera de garantizar la prosperidad es limitando el poder del monarca, garantizando la igualdad ante la ley y defendiendo el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de los individuos…”.
3. Rechazó la famosa “agenda 2030”, y señaló que esta o sus nuevas versiones y reversiones -más allá de lo que venden como “metas a alcanzar”- , son una forma de ingeniería social a escala global, donde se intenta condicionar y extorsionar a las sociedades y países del mundo a seguir una serie de prácticas e ideas específicas, que son notoriamente ideas colectivistas, estatistas y socialistas. “ Las Naciones Unidas continúan promoviendo las políticas colectivistas, que vienen promoviendo bajo el mandato de la agenda 2030…”.
4. Como ha pasado en incontables veces, las estructuras institucionales que la humanidad ha creado -sean locales, regionales o globales- inspiradas en intenciones loables -la paz, o la prosperidad- con el tiempo degeneran en burocracias parasitarias que promueven agendas de control político, dejando de lado sus fines de diplomacia y paz, o sus fines de desarrollo económico. Un ejemplo de esto ha sido la Unión Europea, que se inició como un ámbito de promoción del comercio libre, y que luego esa prosperidad fue usada como justificación para instalar un orden político supranacional con el fin de promover un control central e ideologías específicas. Este proceso también ha ido desarrollándose en la ONU: “…Una organización que había sido pensada – esencialmente – como un escudo para proteger el Reino de los Hombres se transformó en un Leviatán de múltiples tentáculos, que pretende decidir no sólo qué debe hacer cada Estado-Nación, sino también cómo deben vivir todos los ciudadanos del mundo. Así es como pasamos de una organización que perseguía la paz; a una organización que le impone una agenda ideológica a sus miembros…”
5. Acusó directamente a la ONU y sus agencias de ser un “…gobierno supranacional de burócratas internacionales, que pretenden imponerles a los ciudadanos del mundo un modo de vida determinado…”. Y marcó con claridad que la llamada “Cumbre del Futuro” es un intento desesperado de profundización de estas políticas de control político desde el supra-estado de centralismo político que representa hoy la ONU.
6. Denunció con claridad que el cuarentenismo y las políticas asociadas a la última pandemia fueron parte central de la embestida de la socialdemocracia globalista y el progresismo para profundizar el centralismo político, y no dudo en señalar que las mismas representaron un crimen: En este sentido acusó directamente el papel desempeñado por la ONU, que “…nació para defender los derechos del hombre”, y que ahora “…ha sido una de las principales propulsoras de la violación sistemática de la libertad, como – por ejemplo – con las cuarentenas a nivel global durante el año 2020, que deberían ser consideradas un delito de lesa humanidad…”
7. Denunció expresamente las políticas económicas predominantes, impulsadas por esta burocracia global socialdemócrata y neokeynesiana, que buscan a través del ecologismo socialista y la extorsión económica someter a la miseria a las naciones emergentes, enumerando varias de sus características que manifiestan en la práctica: estas políticas globalistas representan para él “políticas colectivistas que atentan contra el crecimiento económico” – en todas se busca el protagonismo y control de los organismos internacionales y sus burocracias, y de las fuerzas estatistas nacionales funcionales- , “violentan los derechos de propiedad” -buscando otorgar a los estados mayor discrecionalidad con respecto a la vida y la propiedad de los ciudadanos, promoviendo el crecimiento de las burocracias globales y locales, y creando campañas de propaganda que buscan desprestigiar el derecho de propiedad, como la criminal sentencia de “no tendrás nada y serás feliz”-, fomentando campañas de terrorismo climático para evitar el desarrollo de los países más pobres (“llegando a impedirle a los países más postergados del mundo gozar libremente de sus propios recursos para salir adelante”), extorsionando a los países que necesitan créditos a cumplir con estos programas socialistas, a partir de promover “una relación tóxica entre las políticas de gobernanza global y los organismos de crédito internacional, exigiéndole a los países más relegados que comprometan recursos que no tienen en programas que no necesitan, convirtiéndolos en deudores perpetuos para promover la agenda de las elites globales.”
8. Condenó el señoreaje ideológico que el “Foro Económico Mundial” vienen realizando como auxiliar de todo este proceso de centralización política, especialmente en lo que se relaciona a la promoción de lo que Milei define como “políticas ridículas con anteojeras maltusianas – como las políticas de “Emisión Cero” – que dañan, sobre todo, a los países pobres…” y a las “las políticas vinculadas a los derechos sexuales y reproductivos, cuando la tasa de natalidad de los países occidentales se está desplomando, anunciando un futuro sombrío para todos…”. No deja de ser sumamente relevante que marque con claridad que una concepción filosófica antinatalista y neomalthusiana está detrás del bombardeo constante contra la natalidad, en la absurda concepción por la cual le estaríamos haciendo un bien al planeta -en una especie de teísmo naturalista- al bajar drásticamente la población.
9. Marcó como parte del problema y elemento auxiliar al globalismo “el colectivismo y el postureo moral -la corrección política progresista- , de la agenda woke. Y explicó lo que él cree es el origen evidente de su fracaso: “No se puede pretender persistir en el error redoblando la apuesta de una agenda que ha fracasado. Siempre ocurre lo mismo con las ideas que vienen de la izquierda: diseñan un modelo acorde a lo que el ser humano debería ser – según ellos – y cuando los individuos – libremente – actúan de otra manera, no tienen mejor solución que restringir, reprimir y coartar su libertad.”. Este último punto es una trompada en la mandíbula de los progresistas y algunos “soberanistas” locales que han abrazado el modelo de censura de la opinión libre que intenta instalar como política general el dictatorial gobierno de Lula, y piden a gritos que el Estado censure las opiniones que no les gustan.
10. Transmitió de forma breve y sencilla, cual es el programa que promoverá en su administración en lo que respecta a las relaciones internacionales, y evidentemente, en lo que se relaciona con las políticas promocionadas por las agencias de las Naciones Unidas: “Creemos en la defensa de la vida de todos; creemos en la defensa de la propiedad de todos; creemos en la libertad de expresión para todos; creemos en la libertad de culto para todos; creemos en la libertad de comercio para todos y creemos en los gobiernos limitados, todos ellos.”.
En nuestro país el discurso pasó inadvertido, en general. Seguramente contrasta con la voz oficial del gobierno uruguayo -que en general acompaña el paquete que el globalismo propone- y además, este tipo de discurso rompe con uno de los paradigmas más comunes de la política local: solo se permite en nuestro país el debate político entre dos corrientes que representan la fuerza homogénea del “Partido del Estado”, que se ha transformado en una especie de Partido Único. Esta tendencia de la partidocracia local -el modelo sanguinettista de sistema político, donde existe un Partido del Estado radical y maximalista, y uno moderado que se vende como buen gestor de las ideas estatistas hegemónicas- no difiere en gran medida del modelo que se ha instalado en occidente hace rato, y del cual discursos como el de Milei representa una impugnación y ruptura notoria. Este tipo de planteos, además, se intentan enmudecer a partir de la promoción directa o velada de leyes mordaza a la libertad de expresión, basadas en categorizarlas como “discursos de odio” o “ultraderechismo”.
Uno de los resultados de este modelo político “consensual” socialdemócrata, es el descreimiento de la población con respecto a la Democracia, descreimiento que se acentúa. No es casualidad que las propias fuerzas políticas dominantes protagonistas de este modelo “consensual” y que han degradado los regímenes democráticos, sean los que sobreactúan una reacción escandalizada por la destrucción del prestigio democrático en Occidente.
El proceso de degradación de la Democracia tiene dos vectores fundamentales: el principal, es confundir la democracia como método idóneo de tomar decisiones en los temas que tienen en común una comunidad política, con la potestad de esa comunidad de dirigir y decidir de forma absoluta sobre asuntos que le son ajenos -es decir, creer que la mayoría puede avasallar el derecho a tu libertad, a tu propiedad, y que esa mayoría circunstancial está legitimada a imponer a la fuerza cualquier cosa que se le ocurra-; y en segundo término, el error de considerar abstractamente que la representación es ejercida por agentes virtuosos y desinteresados, mandatados por poblaciones informadas y responsables. Estos dos aspectos diluyen uno de los factores centrales que hacen prestigiosa la Democracia como mecanismo de toma de decisiones de una comunidad en un contexto jurisdiccional relativamente pequeño, donde los agentes operan desconcentrando el poder.
Y son estas características de la Democracia -su necesaria descentralización, su sentido como mecanismo de toma de decisiones en jurisdicciones territoriales pequeñas y de cercanía, y su incapacidad e ilegitimidad para tomar decisiones que excedan los asuntos comunes, y se introduzcan en el ámbito privado de los individuos y las comunidades- los que el centralismo político y la estatolatría viene degradando, a partir de promover ámbitos de poder más globales, que creen tener potestad de decidir sobre la vida y la propiedad de los ciudadanos. Gustavo de Molinari advertía contra esta tendencia de los sistemas estatales y las transformación de las legislaciones de una concepción de derecho negativo a uno absoluto y vinculante, señalando que las democracias modernas de corte colectivista insisten “…en que las decisiones de la mayoría deben convertirse en ley, y que la minoría está obligada a someterse a ella, aunque sea contraria a sus convicciones más arraigadas y lesione sus intereses más preciados..”.
El “agendismo”, mal que le pese a los sectores que intentan venderse como “antisistémicos” pero reivindican una tradición colectivista y socialista, es con notoria claridad una estructura ideológica que justifica y promueve la creación de mayores niveles de institucionalidad estatal, paraestatal y de organismos que viven del dinero público promoviendo las soluciones centralizadas (las famosas “ONG”); y que operan en el sentido de aumentar el gasto público de forma exponencial. Así, cuanto más recaudan los estados y organismos internacionales, más gastan, a la vez que los problemas que dicen intentar solucionar se profundizan.
Si se observan los sistemas políticos occidentales, en general se advierte un juego binario -similar al descrito para el caso uruguayo- en el cual:
La novedad y valor del discurso de Milei radica que vuelve a poner en la oferta de ideas en occidente, aquellas que señalan la necesidad de controlar el poder político, y que son en esencia las mismas ideas que animaron a buena parte de las elites criollas en América en otros tiempos: la sociedad debe mantenerse vigilante frente a la tentación que tiene el Leviatán -sea este nacional o global- a crecer y controlar a la población; y defender su libertad frente a este peligro.
Bienvenido este discurso, que ha causado el atragantamiento generalizado de los defensores del consenso global socialdemócrata, como el de los falsos enemigos del mismo.