Nos toca una era de desengaños en un mundo en el que las injusticias campean y resultan cada vez más dramáticas. Desdibujadas y al borde del colapso, las ideologías que alentaban la esperanza no pasan de ser un burdo montaje que sólo beneficia a sus actuales portavoces. Con o sin pandemias, desde las alturas, los poderosos nos manipulan como a ratones de laboratorio administrándonos la droga del conformismo. El cambalache que describió Discépolo se ha reinventado y hoy postula dilemas que ni nos preocupamos por resolver y aunque se nos diga que vivimos en una época de transformaciones superadoras, “todo es igual, nada es mejor”; los ricos más ricos y los pobres, peor.
Mientras que el Príncipe saudí Al-Walid bin Talal se da el gusto de tener un Mercedes por el que pagó casi cinco millones de dólares -cubierto con más de trescientos mil diamantes auténticos- y a los policías de Dubái se los ve patrullando en vehículos de lujo como Bugatti, Ferrari o Lamborghini, en Malawi más del 70% de la población vive en la más extrema pobreza. A su vez, en Somalia -lugar en el que también impera la indigencia- el 98% de las niñas son sometidas a la mutilación genital femenina -aplicada de la manera más dolorosa y brutal- dentro un contexto en el que las mujeres ocupan un lugar absolutamente irrelevante en la organización social, al punto de que cualquiera puede ser encarcelada por denunciar una violación o si se resiste a consentir un matrimonio arreglado de antemano.
Más cerca de acá, en Haití, sumido en un desgobierno alarmante y al borde de la hambruna, las organizaciones criminales se hacen con el control de la situación y se disputan el territorio a fuerza de enfrentamientos, violaciones y secuestros que aterrorizan a la población. No muy lejos, en Cuba, con sus habitantes obligados a vivir malamente, de apagón en apagón y no por culpa del bloqueo, de aquella revolución, apenas nos queda el recuerdo. Y si de fracasos hablamos, la gesta sandinista se ha visto reducida a la impresentable gestión de Daniel Ortega y su mujer. Otra muestra de gatopardismo ha sido lo de López Obrador, en Méjico, que prometía una catarata de cambios y se ha quedado en un arroyito en cuyas turbias aguas cualquiera chapoteaba a su antojo. En el repaso de lo absurdo que resulta el mundo, imposible ignorar a ese otro gran charlatán, Maduro, devenido en Papá Noel del siglo XXI e inaudito arruina-lo-todo de una de las naciones con más recursos del orbe, aunque de sus adversarios opositores, más vale no fiarse.
La cuestión es que, a estas alturas, esos conglomerados políticos que se autodefinen de izquierda aportan más dudas que certezas o, si se prefiere, menos éxitos que fracasos. Acaso sea la lógica consecuencia de la enorme contradicción que implica estar integrados y aceptar las reglas de un sistema al que dicen combatir. Un sistema de dominación mundial que marca las pautas de lo trascendental y de lo cotidiano y que a todos nos deglute. La síntesis caricaturesca de lo que ocurre con los dirigentes de esa “izquierda” de pacotilla podemos encontrarla en la ya famosa frase de un personaje a las claras siniestro y desleal como José Mújica: “como te digo una cosa, te digo la otra”. Esa manera de implementar el “prometo, pero no hago” ya se ha vuelto una deleznable constante en los denominados gobiernos progresistas que en nada se relacionan con lo que hasta hace no tanto se consideraba “de izquierda”. Para comprobarlo, basta con repasar las escasas transformaciones operadas en los países que han gobernado y peor aún, en las desastrosas consecuencias que han propiciado -el ejemplo actual más elocuente ha sido el triunfo de Milei en la Argentina-.
“Il gattopardo” fue el título de una obra literaria de Giuseppe Tomasi de Lampedusa y que el genio del director Luchino Visconti llevó al cine en 1963. La trama transcurre en Sicilia durante la segunda mitad del siglo XIX -en la denominada época del Resurgimiento o la Unificación Italiana- y afecta a la familia de un príncipe que ve amenazada su situación de privilegio cuando las tropas de Garibaldi invaden la isla. La paradoja central que, a lo largo de la obra, expone el autor es una aparente contradicción que, desde entonces, se conoce en Ciencias Sociales como “gatopardismo”: “cambiar todo para que nada cambie”.
Suena demasiado familiar si uno repasa las posturas de este progresismo que nos toca sufrir, por ejemplo, en Uruguay, inocuo para sus adversarios reales -el sistema- e incapaz de dar la talla a la hora de operar cambios sociales de envergadura. Su nuevo titiritero, el candidato de turno, se ha expresado públicamente “a favor del mercado” y no se propone otra cosa que acompasar el ritmo que marca la catedral del Norte como lo hicieron antes sus predecesores. Eso sí, en su tibia oratoria Orsi mucho se cuida para que el apetecible centro del electorado no lo perciba como una amenaza y no escatima elogios para con esa tradición democrática que tanto enorgullece a los orientales. Es un hombre de centro, moderado y remiso a la hora de las definiciones, que, en el teatro de las fraudulentas fantasías, intenta protagonizar el rol de prima donna a sabiendas de que cuenta con un público cautivo que hace caso omiso del contenido y para el que la escenografía y el decorado resultan fundamentales.
En suma, otro gatopardo que, como Vázquez, Mujica, Lacalle Pou o Delgado, entiende que, últimamente y al margen de las necesidades de quienes votan, lo mejor es subirse a un tren que deja por el camino a los que no se acomodan. El ticket no es costoso y apenas requiere la pública promesa de cambiarlo todo para que todo siga igual.
Benelli / 2024