Ante la mención de la pandemia en 2024, una reacción cada vez más común en el mundo cotidiano ya sea entre gente dedicada a estudiar o a simplemente vivir y trabajar es: ¡Ufa! ¡Eso ya pasó! Nadie quiere agitar espectros de una crisis que sólo cabría esperar que termine por deshilacharse en el olvido, que deberíamos todos echar en saco roto, dejar que se pulverice en los inmensos y mal iluminados corredores del pasado
FERNANDO ANDACHT / eXtramuros 1/11/24
Con un par de situaciones del presente más actual, en este ensayo quiero demostrar la relevancia máxima que posee la discusión que ni siquiera comenzó en el ámbito de los medios grandes, de esos que llevan a creer a la sociedad en edad de voto que cada detalle sobre el candidato por trivial que parezca es un dato de vida o muerte, porque en esa minucia que debemos todos saber, se jugaría el destino del país. A ese ámbito nunca llegó el debate siempre pospuesto y malversado sobre los grandes errores cometidos por la política sanitaria, la relación entre beneficio y riesgo de las ultrapublicitadas nuevas plataformas vacunales. Que eso no haya ocurrido es todo menos casual: en ese cuidadoso silencio se juega la confiabilidad de esas luminarias de las tribus partidarias. ¿Qué le ocurriría a su seriedad, si comenzamos a inquietamos por su casi unánime manejo equivocado de la pandemia? Apenas quedará para la historia oficial como información trascendental que algún sector político quería más cuidados, mientras que otro un poco menos. Sin embargo, en todas las decisiones fundamentales políticos de toda pelambre estuvieron unidos como hermanos de crianza. O más.
Uno de los episodios que analizo ocurrió en el barrio, digamos. Fue el jueves 03 de octubre de 2024, en ocasión de algo tan banal como el acto de presentación de un libro, en un publicitado y prestigioso evento como lo es la Feria Internacional del Libro, dedicado a promover ese vetusto y respetable medio. La ofuscada y negacionista respuesta que obtiene un asistente que interviene con un par de preguntas inocultablemente pertinentes para el tópico abordado en el volumen que se presentó no permite pensar en la pandemia y en la postura de sus muy fieles auspiciantes como si se tratara de un tema sepultado bajo densas capas de olvido e intrascendencia para el presente. Más bien lo contrario como veremos.
El otro incidente tuvo y aún tiene lugar en Berlín. Desde hace más de dos años, luego de haber tuiteado una máscara covidiana bajo la cual puede distinguirse la esvástica nazi, el sistema legal alemán – aunque cueste describirlo así – el escritor satírico norteamericano CJ Hopkins, que vive hace décadas en la capital alemana, lanzó en su contra una implacable persecución que no se detiene siquiera tras un fallo de inocencia del primer juicio que le hizo el Estado por hacer propaganda nazi. Casi de inmediato comenzó otro proceso, en el cual ya fue juzgado culpable el 30 de setiembre, pero ahora en una corte de apelaciones dedicada a crímenes terroristas. No nos parece que Berlín tome a la ligera las críticas a la política sanitaria covidiana del período 2020-2022. Si en 2024 se toma como evidencia el encarnizamiento irracional con que un más que evidente signo usado para expresar satíricamente fuertes críticas fue de nuevo juzgado como un caso de adhesión propagandística a las virtudes del régimen fundado por Adolf Hitler, cómo podríamos juzgar esa práctica del Estado un asunto irrelevante del pasado remoto.
Un amargo trago negacionista documentado por un “provocador”
Ya publicamos en esta revista un análisis de la muy comentada intervención de la tertuliana fija del programa televisivo Polémica en el Bar Patricia Madrid, a fines de 2021. A modo de un digno aniversario de esa inquietante emisión, que tuvo lugar el día 3 de diciembre de ese año, presento y comento más adelante una evocación de su performance de entonces, en octubre de 2024. Aquella intervención de la periodista tuvo el nítido objetivo de celebrar con el mayor estruendo posible, los indiscutibles logros de la Ciencia local en su épico enfrentamiento contra la Covid-19. Tras mencionar algunas cifras sobre la mayoría de vacunados con dos dosis en el país, ella concluye que sólo “un ínfimo porcentaje de la población” no ha seguido ese buen ejemplo. En un primer momento, con benévolo desdén, Madrid sugiere “aislarlos”, para que los invacunados no pongan en peligro la vida de aquellos, que supuestamente, no debían estarlo, gracias a las virtudes vacunales, que ella y sus compañeros de Polémica en el Bar no cesan de elogiar. Pero quizás sienta que por ser la única mujer de los ocho parroquianos de mentira ubicados en torno a la mesa, ella debía subir la apuesta, es decir, tenía que mostrarse mucho más bélica que esos hombres. Y es entonces que la relevancia del libro que años después vino a presentar se vuelve irresistible: Nazis en Uruguay, de su colega televisivo Leonardo Borges. Nada mejor para desplegar esa fiereza en 2021 que recurrir a la parafernalia semiótica nazi. Pienso que es el impulso que P. Madrid imaginó la iba a proyectar hacia las alturas de lo sublime sanitario. Probablemente, esa ambición la indujo a dejar de lado el muy espinoso aspecto de lo que propondrá, a saber, la más que conocida definición de “cámara” en un contexto como el que ella emplea en esa emisión en vivo. Así lanza su condena de los que no acataron el mandato vacunal al exilio de la vida: “Yo los metería a todos en una camarita y…” El cierre de la frase hay que verlo, y bien vale la pena: P. Madrid convierte el gesto de ambas manos con forma cóncava, con el que exhibió ante las cámaras el instrumento letal que recomienda usar para esos rebeldes, en otro signo gestual, el de arrojar con desprecio ese detritus anómico a alguna parte. Así mostró una modesta solución final para llegar al 100% de inoculados a fines de 2021. Insisto: los convido a ver ese momento que ocurre exactamente en el lapso 1 h 18’ 13” hasta 1h 18’ 20”.
Parece muy escaso tiempo 5 segundos, pero no lo es cuando se contaba con un público cautivo, y además era un programa del horario principal. Es cierto, se impone aclarar, ella no dice “de gas”, cuando recomienda el uso de “una camarita” como corrector social. Pero el resultado de encerrar a los invacunados en una cámara frigorífica sería igual de mortífero, por eso remata su enunciado con el gesto displicente y satisfecho de arrojarlos fuera de la sociedad. Según su preclara visión, ellos no merecerían respirar el mismo aire de quienes como ella – y todo hace pensar como los otros siete auspiciantes fervorosos de todo lo decretado por el poder unánime y nada debatidor – merecen plenamente, incluso más que los meros mortales sin micrófono ni cámara, por la cruzada sanito-publicitaria acometida. Para los ocho del bar de pacotilla se trata del mejor tratamiento del universo contra la amenaza del SARS-CoV-2 y su temible variante Ómicron, la que viene a propagandear uno de los invitados, el Dr. Juan Cristina, virólogo. Cabe destacar que esa contribución tan icónica de la condena a muerte – por envenenamiento o hipotermia – para los agentes difusores del mal viral ocurre cuando sólo quedan muy pocos minutos para el final. Si eso no merece el rótulo de acto de odio, no sé qué cosa lo merecería. Aunque, si nos ponemos de acuerdo en desistir de recurrir a esa forma moralizante encubierta de cancelación y censura en las redes sociales y en la vida, se le podría perdonar a la periodista estrella de ese programa que se haya dejado llevar por un impulso justiciero y democraticida. Porque, en su opinión, ¿qué son 25% de invacunados en la población frente a esa mayoría aplastante que ya había accedido a dos dosis de la novedosa terapia génica? Claro, para coincidir con ella, habría que redefinir la democracia como el régimen político en el cual la mayoría puede literalmente aplastar a la minoría, no sólo desconocer su voz, sino llevar el otricidio al homicidio, sin escalas
Que esa actitud no haya tenido ninguna consecuencia negativa para esta persona pública, ya que no lo dijo en la acotada mesa de un bar real, sino en la de un bar escenificado, filmado y difundido entre decenas de millares de personas, el público habitual de Polémica en el Bar, por Canal 10, es por demás llamativo. Para ser más preciso diría que esa permisividad es un signo revelador del masivo auspicio del poder político, de los medios y de la Ciencia Oficial del autoritarismo sanitario a sus fieles voceros. Esta ideología nuevo(a)normal aspira a aplastar toda disidencia con parecido furor al que el régimen dictatorial nazi en la primera mitad del siglo 20 se dedicó con ahínco y creatividad asesina a aplastar a todo el no inoculado con la ideología aria y genocida alemana. Lo único que considero aún más llamativo es la reacción que se produce varios años después, cuando alguien se hace presente en el acto poco poblado del lanzamiento de un libro sobre el nazismo en Uruguay, para inquirir sobre aquel momento televisado. De modo respetuoso, sólo cuando la misma periodista da la palabra a los asistentes para preguntar, Fernando Vega, de él se trata, lanza una doble interrogación, al autor de Nazis en Uruguay y a su presentadora y colega televisiva en el bar de utilería. Realmente, es difícil haber hecho una introducción más apropiada para las preguntas que le hará luego Vega. En su presentación, Patricia Madrid había dicho que no sólo este libro de historia permite entender el movimiento nazi en la tercer década del siglo 20 en tierra uruguaya, sino que además era útil para entender asuntos “que se hacen muy presentes en el debate público con algunos temas”, pues “algunos de los conceptos que Leo plasma en este libro nos permiten analizar el hoy”. Parece que ella hubiera querido provocar el anti-diálogo que sobrevendrá a cargo de ambos personajes subidos a la tarima del saber. Ella dice, en síntesis, que el libro de L. Borges con sus ideas bien pensadas y mejor escritas sobre el denostado nazismo, le permitiría al lector revisitar cuestiones de ahora, del siglo 21. Eso es alentador, imagino, para quien la escucha en silencio, con total atención y graba ese evento que, por supuesto, es público. Pensemos que nada es más propicio para el conocimiento del libro que la escasa audiencia de ese salón se multiplique una vez que quien la está documentando, la difunda por sus redes. También parece alentador, para quien escucha y tiene prontas sus dos preguntas, lo que asevera el propio autor sobre la historia, que, nos dice, estaría “siempre hecha de memorias y olvidos, como nuestras vidas”.
Afortunadamente, quien se tomó el trabajo de llegar hasta allí se asignó como cometido el impedir esos vacíos del recuerdo, en especial cuando existe un archivo que conserva para quien quiera verlos y oírlos los signos proferidos por la presentadora P. Madrid casi 3 años antes. Siempre con ánimo aún inconsciente, claro, de alentar al preguntón, el autor comenta que esos inevitables olvidos de la historia “forman y explican quiénes somos”. Claro debemos mencionar que el tópico de su libro son “los años 30” del siglo 20. Pero quien dice una fecha de hace casi un siglo, bien puede extender su razonamiento a otro asunto que sólo tiene 3 años de separación del presente. L. Borges agrega que, en Uruguay, todos queremos olvidar “ese corrimiento hacia la derecha” sin distinción partidaria. Y de modo previsible, el intercambio entre ambos deriva hacia una manifestación antisemita ocurrida en la marcha del 8 de marzo. Y ellos no pueden estar más de acuerdo con ese condenable emerger del odio en tierra uruguaya. Para darle un sello de legitimidad mediática, P. Madrid le recuerda al autor “que cuando lo charlamos en una de las conversaciones en Polémica”, Borges habría dicho que había antecedentes locales de ese comportamiento de odio. La mesa de discusión está servida, para el intercambio que no tendrá lugar de modo autoritario y ríspido, aunque con momentos de insólita comedia. Así irrumpe el aguafiestas ese clima de unánime y conmovedor repudio del nazismo local:
“En setiembre de 2021 [sic, en verdad fue el 03.12. 2021] una connotada periodista hace un llamado para solucionar un problema de diversidad de pensamiento, digamos, a encerrar uruguayos en una camarita de gas. Era porque no se querían inocular, verdad? La pregunta que tengo hacia ti (L. Borges) …
Mientras continúa con sus preguntas, y también aporta detalles jurídicos sobre el derecho a no vacunarse, el autor mira hacia la periodista que no para de sonreír, y que procura así demostrar su absoluta tranquilidad. Parte de ese esfuerzo coreográfico es el apoyo de su rostro en su mano izquierda. Continua Fernando Vega: “La pregunta es si eso es una incitación al odio, y a Patricia Madrid la pregunta es si reivindicás esas palabras que dijiste, o a la luz de los acontecimientos estás arrepentida?”
Como anoté antes, no es una cita correcta la que hace F. Vega: lo que P. Madrid efectivamente dijo en aquella ocasión televisual del 03.12.2021 fue que había que “encerrar en una camarita” a los reacios a vacunarse. Acompañó lo así afirmado y gestualizado con un nuevo ademán que significaba de forma inequívoca, que tras dicho encierro compulsivo, el siguiente paso era arrojarlos a algún lado. Veamos ahora el tema de la libre interpretación. Si alguien en un acto público electoral, como en el presente uruguayo de 2024, decide hacer el saludo del brazo extendido, con la palma también extendida, en un ángulo de aproximadamente 45º o un poco más, no logrará convencer a quienes lo denuncien por haber utilizado el signo nazi de pleitesía al Führer, con la explicación de que en verdad quería recrear así el saludo al César romano, en quien se inspiró el Duce Benito Mussolini. En aquella ocasión pública y mediatizada, tras expresar del modo más claro posible su total repudio a quien decidiera en 2021 no vacunarse – habría que “aislarlos” nos recomienda – elige seguir el camino de un crescendo retórico, y apela al infame método de “la camarita” como su forma de castigo máximo – eso es válido ya sea en la versión gas cianhídrico o la quizás menos dolorosa, la frigorífica, que causa la muerte por hipotermia. Por más que quiera imaginar otra interpretación del uso del nefasto término que ella eligió y utilizó en ese contexto, no se me ocurre ninguna. Retornemos entonces a ese salón de escaso público en 2024, para escuchar las respuestas que seguro serán muy jugosas ante una doble interpelación como esa. Describo el ánimo de estos co-parroquianos de la tele como festivo; todo indica que les ha causado mucha gracia lo que acaban de escuchar. Parece como si de pronto, por error le hubieran dado el micrófono a alguien que no entendió nada, a una persona que estuviese hablando de otro libro. Ellos ríen y se miran cómplices divertidos, para decidir quién de los dos le hará caer en el error a ese pobre sujeto, tan lastimosamente desubicado.
Una defensa nada convincente es la de dejar de responder lo que por mínima decencia debería haberse contestado, y no hacerlo con la endeble acusación de que se trataba de una pura y simple “provocación”, y no de una duda genuina que puede asaltar a todo el que mire programas periodísticos como ese al que aludió allí Fernando Vega, al final de la presentación del libro de Leonardo Borges. La reacción del autor es tan o más decepcionante que la de la mujer con quien comparte el estrado: él sonríe, mueve la cabeza y declara ignorancia completa. Todo ocurre como si no hubiera habido una cita casi textual de lo dicho por ella, con su connotación y alusión explícita al tema que él abordó en el libro. Quizás su silencio cómplice – estrategia afín a fingir demencia – se deba a que él todavía no llegó al presente en su investigación, pues antes, es cierto, había mencionado que tenía planeado otro volumen. Debemos no anticiparnos entonces en el juicio negativo de este intelectual, y darle el beneficio de la duda, hasta que complete la serie de estudios y llegue por fin al siglo 21. Cuando luego de reírse, P. Madrid le responde, ella dice algo sorprendente por lo falaz: “Yo no dije eso.” Podría haber corregido la cita imperfecta de F. Vega, pero eso hubiese implicado aceptar que ella sí había dicho que había que “encerrarlos en una camarita”. Era algo que no tenía más remedio que aceptar, dada la existencia de la grabación del programa íntegro de 2021. No olvidemos el siguiente gesto silencioso pero elocuente de tirarlos hacia algún lugar fuera de la civilización, si hacemos una lectura benévola de ese signo manual. Pero lo que oímos luego es aún más sorprendente:
“Pero de todas maneras, me parece una provocación, venir a hablar de algo que nada tiene que ver con el excelentísimo libro de Leo Borges. ¡Si querés lo discutimos afuera, donde quieras, pero este no es el lugar!”
Ella subraya con su diestra lo afirmado, para destacar lo completamente desubicado de ir hasta allí a debatir sobre su alusión a un medio de exterminio masivo nazi, en Uruguay, en el Año II de Nuestra Sacro sanitaria Pandemia de 2021, en un medio masivo de gran audiencia. Le pasa entonces la palabra al autor que, literalmente, se encoge de hombros, y se limita a decir con aire divertido: “¡No, yo no tengo idea de (eso)!”
El preguntón impertinente les dice con buen tino que las preguntas están planteadas y que ellos tienen la libertad de responderlas. En ese momento, la mujer vuelve a la carga, se la percibe muy segura de la naturaleza extraña de la acusación al otro, que ella reitera y justifica de modo insólito, si pensamos el carácter de evento público que tiene la Feria Internacional del Libro:
“¡Vos sos un provocador que venís precisamente a grabar, con un celular, seguramente con el objetivo de viralizarte! No sé la verdad qué es lo que pretendés. Pero bien, fantástico, más que bienvenida la pregunta, desde el 2021, estás tergiversando las cosas, pero no pasa nada.”
Vale la pena detenerse en esta otra anti-respuesta de la aludida, porque es en extremo valiosa para comprender su modo de entender algo central en la ética periodística, a saber, la responsabilidad que debe asumirse por los dichos o silencios que se eligió difundir en algún medio de comunicación:
a. ¿por qué quien hace una pregunta de total relevancia en el contexto de presentar un libro sobre las olvidadas y/o ocultas vinculaciones del poder político uruguayo con el nazismo sería un “provocador”? Y si lo fuera, ¿no sería ese el efecto más apreciado en un evento intelectual? ¿Acaso es un libro de esa naturaleza algo para leer y aplaudir, pero no para discutir y tratar de entender mejor el presente?
b. ¿cómo sabe P. Madrid que preguntar por el uso de un archiconocido signo nazi de exterminio, como lo es “la camarita”, nada tiene que ver con la investigación del autor? ¿O el descriptivo nazi se aplicaría únicamente cuando se trata de una amenaza o de un acto de odio contra determinada raza?
c. ¿por qué el grabar con el celular una ceremonia cuyo fin más evidente es la máxima difusión posible, para fortalecer la publicación del libro, sería un acto provocador de alguien que fue hasta allí “con el objetivo de viralizar(s)e”?
d. Nada hay más claro que el acto de formular una pregunta, en este caso dos, con la estructura sintáctica apropiada. No se entiende entonces la duda que acomete a la periodista sobre “qué es lo que pretende” el participante. Él quiere que ellos le respondan a sus interrogantes, algo que ninguno hace, pero no por no llegar a entender, cuál sería su objetivo, pues éste ha sido explicitado con la mayor claridad.
Dejo para el final, la más confusa y nada reflexiva respuesta a las razonables preguntas allí formuladas. El declarar que ella sólo podría hablar sobre lo que inquieta al que pregunta “afuera, donde quieras (…) este no es el lugar”, como lo hace P. Madrid es insólito. No es en absoluto evidente el motivo por el cual el ámbito de preguntas y respuestas tras una presentación libresca no sería el lugar ideal para responderle, con el nivel de detalle o rigor que mejor les parezca. ¿A qué remite ese espacio del “afuera”, si ellos están adentro, micrófono en mano, en condiciones que juzgo excelentes para al menos esbozar una respuesta. Y eso vale para ambos ocupantes del estrado que domina el salón. Un investigador se caracteriza por poner su pensamiento en funcionamiento no para lidiar con lo ya muy conocido o consabido, sino especialmente para resolver un problema, una irritante duda como la que lleva hasta allí el hombre del celular. Hubiera alcanzado con pedirle alguna explicación adicional, ya que L. Borges no estaba presente en esa emisión del programa de 2021. Luego, él podría haber evaluado si el uso de una imagen/noción inseparable del universo nazi en su fase más aborrecible tenía alguna pertinencia para su estudio o no. Reírse y declararse ignorante no equivale a la sabiduría socrática de sólo saber aquello que se sabe. Tratar las dos preguntas como desubicadas, como algo que debe ser extirpado de esa instancia como si fuera un agente patógeno puede interpretarse como un síntoma más de la clamorosa ausencia de una discusión seria, genuina sobre lo callado en todos los medios oficiales durante la crisis sanitaria. Nos encontramos ante una palpable veda semiótica que claramente rige hasta el presente.
Kafka se encuentra con la Nueva Normalidad edición alemana: Ante la Ley Covidiana
Una de las parábolas más conocidas de Franz Kafka, checo por nacimiento pero parte de la literatura de la nación que juzgó a CJ Hopkins por la lengua elegida para su escritura es “Ante la Ley” (1915). Tras largos años de espera para ser admitido a la Ley, cuyo acceso es vigilado por un fiero guardián, el hombre del campo, ya cercano a su muerte le hace una última pregunta al temible esbirro, que le impidió atravesar ese umbral y entrar a la Ley:
“¿Qué es lo que todavía quieres saber?” le pregunta el guardián. “Eres insaciable.”
“Todo el mundo se esfuerza por llegar a la ley”, dice el hombre, “¿por qué en todos estos años nadie más que yo ha pedido que le dejen entrar?” El guardián se da cuenta de que el hombre está agonizando y, para superar su desfalleciente oído, le grita: “Aquí nadie más puede tener acceso, pues esta entrada fue asignada sólo a ti. Ahora la voy a cerrar.”
No es muy diferente la situación vital y legal que vive hace dos años el escritor político satírico norteamericano CJ Hopkins en Berlín, su residencia adoptiva hace dos décadas. Su actual calvario comenzó con la publicación de su libro The Rise of the New Normal Reich (2022), traducible como El ascenso del Reino Nuevo Normal, una reflexión crítica minuciosa y demoledora de los excesos cometidos contra los derechos ciudadanos en Alemania, durante la pandemia. Dado que era demasiado obvio censurar su contenido, la Ley lo persigue desde entonces por el diseño de la tapa que reproduce dos tuit enviados por el autor, en agosto de 2022. Ellos reproducen el diseño de la tapa del libro y tienen el evidente objetivo de criticar la imposición del protocolo del uso de tapabocas por el Ministerio de Salud alemán:
Como observó un periodista no partidario de su estilo de humor político: “Uno puede describir su método o su argumentación cuando compara las políticas anti-Covid al nazismo equivocados, intelectualmente perezosos o de mal gusto – yo personalmente considero que son las tres cosas – pero no apoyan ‘los objetivos’ del nacional socialismo” (James Kirchick, The Atlantic, 31.01.2024).
En los tuit, se percibe con claridad meridiana que su autor se vale, como tantos otros antes, de la conocida simbología nazi para criticar con el mayor vigor posible la naturaleza autoritaria, dictatorial de esa imposición a los ciudadanos alemanes. Entender la imagen como “un apoyo al nacionalsocialismo”, tal como escribió el periodista Kirchik cae completamente fuera del rango de interpretabilidad de ese signo claramente satírico de CJ Hopkins.
La otra imagen es un collage hecho por CJ Hopkins, para demostrar dos de los usos corrientes del periodismo alemán – se trata de revistas de gran tiraje – del mismo símbolo icónico que él utilizó. Salvo que ni Der Spiegel ni Stern sufrieron algún tipo de censura – el libro de Hopkins está prohibido en Alemania. Tampoco quienes diseñaron esas tapas fueron perseguidos por la ley alemana, tan implacable con este crítico de las normas covidianas de ese país. Parece que la patria lingüística de Kafka se estuviese esforzando por explicar más de un siglo después el enigmático final de su parábola. Primero, se obliga al autor a recorrer al árido y penoso camino de la Ley para explicar el significado de algo que no requiere esfuerzo hermenéutico alguno, a saber, el uso retórico de un signo estigmatizado como un vehículo apto para transmitir una dura crítica contra la política sanitaria de ese país. Segundo, tras ser declarado inocente como parecía inevitable, esa absolución resultó en ser nuevamente conducido ante la ley, pero ahora en una versión más implacable e irracional. De eso parece hablarnos la parábola kafkiana: se puede vislumbrar a lo lejos la promesa reluciente de la Ley, pero nunca se consigue ser admitido a ella. Lo que merece un terrorista sanitario – así describió Hopkins la durísima corte donde fue juzgado por segunda vez, y declarado culpable el 30 de setiembre de 2024 – es permanecer atisbando la inalcanzable Ley. Ahora sólo le resta la más empinada travesía de llevar su caso a la Suprema Corte alemana, con un muy alto costo monetario y emocional de continuar la espera frente al fiero esbirro de “Ante la Ley”.
Qué bien que viene la amnesia selectiva pandémica
Para quien diga con tranquila convicción que la pandemia ya fue, que toda referencia a ella es una pérdida inútil de tiempo valioso le recuerdo que la interminable odisea legal del escritor norteamericano en Berlín ocurre ahora mismo, mientras escribo este ensayo. Lo mismo ocurre con la negación indignada de una periodista que echó mano de una imagen macabra, imposible de disociar de uno de los actos más violentos e insanos de un régimen político del siglo 20. Existe un término en inglés de difícil traducción, accountability, su etimología se remonta a la práctica de llevar libros de contabilidad, a contar/controlar lo que existe realmente. Una posible traducción es ‘responsabilidad’, o para permanecer cerca de su origen lingüístico ‘rendir cuentas’ de aquello que se hizo o se dejó de hacer. La conocida periodista que comenta un libro sobre el nazismo en Uruguay no sólo niega haber dicho lo que dijo y que se conserva en un video, sino también que eso que supuestamente no hizo o que olvidó por completo haber hecho, no tendría la menor relevancia para el tópico de ese evento libresco que, ella misma dijo, servía para discutir situaciones de la actualidad. La expresión de deseo de tener esa conversación con quien hizo las preguntas en otro lugar, lo que además implica otro momento, es semejante al niño que cierra los ojos y le dice a los adultos con quienes está: “¡No estoy!” Declarar “provocador” al que en todo su derecho participó con sus preguntas es dos veces preocupante: primero, porque nada es más democrático y normal que preguntar en una ocasión como esa. En segundo lugar, aún si quisiera esa persona provocar una polémica, ¿qué tendría eso de inconveniente? Muy diferente es el inquietante acting out, es decir, el pasaje directo al acto, sin mediación verbal. Por ejemplo, si quien estuvo escuchando, de pronto manifestara una actitud agresiva, violenta hacia los que hablaron o hacia cualquiera de los allí presentes.
Muy lejos de declarar la pandemia una zona muerta para el pensamiento, estos dos ejemplos recientes, el local y el extranjero, ponen de manifiesto cuánto hay en juego actualmente, para que mucho de lo que ocurrió en ese período permanezca en la sombra. Como reza el dicho “ojos que no ven corazón que no siente”, o en su versión más cerebral inglesa “out of sight out of mind”, es decir, fuera de la vista, fuera de la mente. Esa ideología es la que produce la insólita respuesta a un discurso crítico que se vale de un signo icónico-simbólico nefasto para darle vigor a su acto de denuncia discursiva contra el totalitarismo nuevonormal. Por eso asistimos a la persecución de quien se opone al autoritarismo sanitario, para hacer de él un ejemplo para toda la sociedad alemana, de cómo el Estado tiene los recursos para aplastar su vida bajo el peso de la (in)justicia. En un nivel más amortiguado y menos violento, observamos que personas pensantes fingen amnesia, declaran írritas y nula preguntas del todo pertinentes, por ser la presencia de quien las formula algo inconveniente, en un acto público en el que se trató el tema nazismo en su versión nacional.
Qué curioso perseguir a un escritor satírico por usar la esvástica como crítica a la política sanitaria alemana, y hacerlo con una saña que enorgullecería al más conocido portador de ese signo. Quiero darle la palabra a un escritor con la inmerecida reputación de ser apolítico, de haber permanecido en su obra del todo ajeno al trasiego del poder y de la violenta irrupción de una u otra ideología:
“Ser nazi (jugar a la barbarie enérgica, jugar a ser un vikingo, un tártaro, un conquistador del siglo XVI, un gaucho, un piel roja) es, a la larga, una imposibilidad mental y moral. El nazismo adolece de irrealidad, como los infiernos de Erígena. Es inhabitable; los hombres sólo pueden morir por él, mentir por él, matar y ensangrentar por él. Nadie, en la soledad central de su yo, puede anhelar que triunfe.” (“Anotación al 23 de agosto de 1944”, Jorge Luis Borges)
La mención alegre de una tecnología de muerte colectiva para siempre asociada con un régimen que eligió adherir a la muerte como su signo de vida es una forma de jugar a ese juego, “a la barbarie enérgica”. Hasta podríamos entender la tentación a incurrir en esa adhesión que suponemos puntual. Lo que es más difícil de comprender es el no tener la entereza anímica para reconocer esa falta. Algo en el personaje anónimo del relato borgeano delata su terror detrás de su gallarda celebración del triunfo nazi. De esa actitud surge la reflexión con la que el escritor argentino cierra su texto. En el reino nuevonormal alemán, sobre el que mucho ha escrito con lucidez y persistente coraje CJ Hopkins, se incurre en la paradojal condena del uso de un símbolo de ese reinado de terror supuesta e imposiblemente para elogiar y/o apoyar ese régimen. Y se persigue con incomprensible ferocidad la libertad de expresión, con una tenacidad irracional y un manejo arbitrario e injusto de la Ley que hubiese juzgado admirable el nazismo, la ideología política que se supone se desea condenar de ese modo contradictorio. Kafka, en cambio, lo hubiera entendido, a pesar de haber muerto décadas antes del surgimiento del nazismo. Cuando el poder controla y dispone de la Ley para que no haya real acceso a ésta, todo está pronto para que irrumpa un nuevo sistema opresor, sanitario o del tipo que sea.
Referencias
Andacht, F. (2021). 3 Signos Mediáticos y Pandémicos para explorar lo Nuevo(a) Normal: Una orientación en el bosque de los signos. Revista eXtramuros https://extramurosrevista.com/3-signos-mediaticos-y-pandemicos-para-explorar-lo-nuevoa-normal-una-orientacion-en-el-bosque-de-los-signos/
Hopkins, CJ. (2024) Guilty. (30.09.24) https://cjhopkins.substack.com/p/guilty
Hopkins, CJ. (2024) The Verdict (24.01.2024) https://cjhopkins.substack.com/p/the-verdict
Polémica en el Bar (2021) Programa del día 03 de diciembre de 2021: https://www.youtube.com/watch?v=1juFxMbwh_g
Presentación del libro de L. Borges, Nazis en el Uruguay, a cargo de Patricia Madrid, Feria Internacional del Libro, Montevideo, 03 de octubre de 2024: grabación hecha por Fernando Vega: https://drive.google.com/file/d/1Bdugd1pAxL2pRUUIMyMaHlYCYMhFlJy0/view