La tregua entre Hezbolá e Israel en Líbano sitúa a la organización chií en una posición de profunda debilidad frente al Estado sionista.
Israel se ha convertido momentáneamente en el bando victorioso tras las firma del alto al fuego con Hezbolá el 27 de noviembre. En una guerra iniciada por el ataque sorpresa de Hamás del 7 de octubre de 2023, el Estado hebreo ha alcanzado dos grandes hitos estratégicos: primero, forzar a Hezbolá a retirarse hasta el río Litani mientras se reserva el derecho a atacar el territorio libanés cuando lo considere; y, segundo, quebrar la unidad del Eje de la Resistencia, dinamitando la estrategia de un solo frente que Hezbolá y los hutíes yemeníes propugnaban al prestar su apoyo a Hamás.
Las implicaciones del acuerdo
En este sentido, la tregua implica, en primer lugar, la división del conflicto en Israel en dos frentes: la guerra en la Franja de Gaza y la guerra en Líbano. Hasta el 27 de noviembre, la propaganda de la organización chií sostenía que Líbano era una extensión de la contienda en Gaza y que no se podría lograr un alto al fuego sin aplicarlo también al enclave palestino. Todo esto cambia.
La superioridad militar de Israel, el temor de Hezbolá a convertir el “frente libanés” en un conflicto civil que afectase a todo el país y obligase a movilizar militarmente a la sociedad libanesa –única vía mediante la cual podría haber compensado la superioridad militar y tecnológica del Estado hebreo–, así como las presiones procedentes de Irán, han hecho irrealizables las declaraciones solemnes de Hezbolá al respecto.
Asimismo, no sólo el frente se ha fragmentado, sino que Hezbolá se sitúa hoy en día en una posición de profunda debilidad frente a su adversario. A pesar de la tregua, en los días posteriores al inicio, Israel ha continuado realizando operaciones aéreas en Líbano contra objetivos definidos como "movimientos hostiles". Mientras Hezbolá ha denunciado estas acciones como violaciones, Tel Aviv ha defendido su derecho a poder llevar a cabo ataques preventivos en cualquier punto del territorio libanés como condición para seguir manteniendo el acuerdo.
De hecho, la tregua únicamente fue aprobada por Israel tras 11 horas de bombardeos continuados contra el centro de Líbano. La medida, que reconoce la importancia de la Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU 1701, ha establecido de facto una unilateralidad en beneficio de Tel Aviv a la hora de actuar y seguir presionando.
Según la misión de Naciones Unidas en Líbano, Israel ha violado la tregua en más de un centenar de ocasiones desde el 27 de noviembre. La reacción de la organización chií se ha limitado a un ataque con morteros contra territorio israelí durante la semana del 2 de diciembre. A pesar de esta desproporción, Tel Aviv no tardó en amenazar con poner fin al acuerdo, advirtiendo de una “operación militar más profunda en Líbano” y del cese de su política de “diferenciar” entre Hezbolá y el Estado libanés.
La aprobación de esta tregua por parte de Tel Aviv, quien inicialmente apostaba por continuar hasta alcanzar el río Litani, fue fruto de la mediación de EEUU y del nuevo papel adquirido por el Movimiento Amal dentro de la política libanesa. Washington intercedió en la negociaciones para incluir el derecho de Israel a desarrollar actividades de reconocimiento sobre Líbano, así como a bombardear el sur del país ante cualquier amenaza considerada como tal.
Nuevo equilibrio de fuerzas en Líbano
En cuanto al nuevo papel del Movimiento Amal –organización política chií más importante de Líbano junto a Hezbolá–, la aprobación de la propuesta de alto el fuego para implementar la Resolución 1701 debe entenderse como una acción que presiona a Hezbolá desde dentro de la sociedad libanesa. De una parte, Hezbolá, que ya carecía de iniciativa militar, pierde también la iniciativa política a nivel interno.
Con una guerra de escasa popularidad dentro de Líbano, la tregua firmada por parte del presidente del parlamento, Nabih Berri, puso a Hezbolá entre la espada y la pared. Bajo cuerda, Berri aceptó la carta complementaria de USA, que introducía en la ecuación el “derecho a la defensa” de Israel, pero a cambio se incluía en el punto cuarto del acuerdo el “derecho a la defensa” de Líbano. De un golpe neutralizó la oposición de Hezbolá, poniéndoles ante el espejo, y de Irán, cuyo ministro de Exteriores, Abbas Araqji, había visitado precipitadamente Beirut para protestar porque se aceptase el marco de la Resolución 1701.
De rechazar la tregua, la organización chií quedaría retratada ante la sociedad libanesa como la responsable de una guerra que estaba siendo incapaz de ganar y que estaba causando enormes daños y bajas civiles. De aceptarla, como ha ocurrido, su autonomía –que le permitía actuar como un Estado paralelo– queda ahora estrictamente limitada por la institucionalidad del Estado libanés.
De la otra parte, con este movimiento por parte del Estado, la creciente institucionalización y corporativización de Hezbolá que venía desarrollándose desde el final de la Segunda Guerra Libanesa se agudiza. Tras el alto al fuego, el Estado libanés emerge como figura central de la seguridad en el país frente a un Hezbolá debilitado y con una opinión pública altamente desfavorable.
El laurel de la defensa nacional que Hezbolá ha reclamado por sus acciones contra Israel en el sur de Líbano –y que le permitía ser considerada como la organización dirigente del movimiento de liberación nacional libanés– queda ahora en entredicho. Esto no se debe tanto a la iniciativa que el Estado libanés, a través de Amal, le ha arrebatado, sino directamente a los propios actos de Hezbolá.
El miedo a una inevitable invasión israelí antes de que esta ocurriera y, posteriormente, el temor mayor aún a una guerra abierta en todo Líbano –y el consecuente deterioro y pérdida de su posición dentro del Estado libanés– han llevado a la organización chií a colocar sus intereses particulares por encima de las necesidades de liberación de Líbano frente a la ocupación extranjera.
Hezbolá no sólo ha perdido su capacidad política de dirigir el movimiento de liberación nacional, sino directamente se ha incapacitado subjetivamente para ello debido a su posición pactista y conciliadora con Israel. Ante las necesidades nacionales de resistencia contra la subyugación militar israelí –financiada y respaldada por Occidente–, Hezbolá ha optado por el posibilismo.
El escenario general en Líbano
Con todo esto, la situación actual es la que sigue. El Estado libanés y sus Fuerzas Armadas quedan como las encargadas de ocupar el espacio entre la frontera israelí y el río Latani, asegurando que Hezbolá no vuelva a expandir su influencia sobre dicha zona. Como decíamos, el Estado libanés reemplaza a la organización chií en el mantenimiento de la seguridad y orden en Líbano, forzando la inclusión del segundo en el primero, pero esta vez bajo una posición de acatamiento.
Sin embargo, y a diferencia de 2006, aunque formalmente parece que es el Estado libanés quien, como actor neutral, debiera garantizar las condiciones de la tregua, el papel de supervisión y ejecución del alto el fuego está recayendo de facto en Israel, quien, paradójicamente, es una de las partes del conflicto. La soberanía libanesa queda, en suma, entregada en bandeja de plata a Tel Aviv.
Esto convierte la tregua en un alto el fuego unilateral, en el que Hezbolá debe respetarlo mientras Israel mantiene carta blanca para justificar sus acciones en Líbano; a su vez, Tel Aviv amenaza con poner fin al acuerdo cuando Hezbolá responde a algunos de estos ataques. Por otro lado, culpabiliza al Estado libanés de complicidad con la organización chií y por no hacer lo suficiente por evitar su actividad al sur del río Litani.
Por último, la milicia libanesa continúa reafirmándose en su victoria contra Israel tras la tregua. Esto mientras sigue sin poder evitar los ataques del ejército hebreo, habiéndose visto obligado a ceder sus posiciones en el sur de Líbano para evitar un mayor avance israelí y habiendo roto su promesa de “no abandonar a Gaza” en su resistencia contra el Estado sionista.
Hezbolá ha sido derrotado militar y políticamente. Políticamente, por los elementos que se han venido señalando a lo largo de esta líneas y que confluyen en el camino de la integración dentro del Estado libanés como una organización más, sin privilegios y beneficios propios. Militarmente porque, desde el punto de vista operacional, se halla completamente desorganizado por los golpes que Israel ha asestado a su estructura político-militar. Esto se pudo comprobar en la desorganización con la que comenzó a actuar a partir de la liquidación de su cúpula el 27 de septiembre de 2024.
Y he aquí otras de las razones por las que Hezbolá se ha visto obligado a aceptar las condiciones: la posibilidad de que sus tropas al sur del Litani quedasen embolsadas ante el avance Israelí y la descoordinación con la que operaban sus distintas unidades, a pesar de los daños y bajas infligidos a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI).
Consideraciones finales
A todo lo dicho, es importante señalar cómo esta tregua está lejos de suponer una victoria definitiva para Israel. Es un paso importante en su estrategia de aislar geopolíticamente a Irán al provocar una crisis en la unidad del Eje de la Resistencia y colocarlo al borde de su desintegración; pero también responde a las pérdidas que las FDI han sufrido en Líbano ante la resistencia de Hezbolá.
Este alto el fuego es beneficioso para Israel al permitirle atender a la oposición interna que demanda el fin de la guerra en Líbano y la vuelta de los residentes al norte, pero no logra todos sus objetivos. Hezbolá, aunque debilitado, mantiene su influencia y presencia en el país. La posibilidad de que recupere parte de sus fuerzas y capacidades militares, incluso dentro del marco del Estado libanés, convierte a la tregua en un acuerdo frágil. Por ello, Israel necesita continuar con los ataques aéreos en suelo libanés para frenar los intentos de la organización chií de reorganizarse y rearmarse.
De hecho, Israel considera que la guerra de Líbano está incompleta sin una operación israelí en Siria para cortar el suministro de armas a Hezbolá. Las advertencias del Estado hebreo han sido repetidas, con su ministro de Exteriores, Gideon Sa'ar, advirtiendo al derrocado Bashar al-Asad de que, si Damasco continuaba sirviendo como ruta de abastecimiento de armas a Hezbolá o permitía ataques contra Israel desde su territorio, pondría en riesgo su gobierno. Ya desde octubre y noviembre, las FDI estaban reforzando sus fuerzas en los Altos del Golán y desminando algunas zonas, lo que podía ser una preparación para abrir un nuevo frente.
Por su parte, Asad vio la guerra de Gaza como otra oportunidad para promover sus propios intereses, aprovechando las circunstancias para reforzar las relaciones bilaterales, especialmente con los países árabes. Se abstuvo de aplicar la estrategia de "unidad de las arenas", esforzándose por evitar las represalias israelíes. Como consecuencia, la debilidad de Irán y Hezbolá ha repercutido en la fragilidad de su alianza, y con la derrota en Líbano los islamistas de Hayat Tahrir al Sham (HTS) supieron leer la situación para lanzar su ofensiva y derrocar al gobierno de la República Árabe Siria.
Israel ha conseguido así terminar de estabilizar su zona de intereses, aislando completamente a Hezbolá. Esta situación podría mantenerse, al menos, mientras se estabiliza la situación interna del país y sucede el cambio de administración en Washington. Una vez esto ocurra, la tregua e implementación de la Resolución 1701 queda en el aire y a expensas de los intereses israelíes.