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URUGUAY: CUATRO DÉCADAS DE FICCIÓN

Por Benelli

 

Mirar, pero no ver u oír sin escuchar

 

Se nos fue el 24 e inauguramos el 2025. Los años -así como los días, los meses y las horas- son recursos o formas que tiene el hombre en su intento de medir el tiempo; cifras, números en un calendario. Luego viene el apego a esas formas que aceptamos como infalibles y que, acaso caprichosamente, rigen nuestras vidas. Entonces, desde la emoción, hacemos nuestras y participamos de celebraciones de dudoso origen que bastante tienen que ver con el anhelo y la memoria. Desde esa perspectiva es que razono estas fechas, pero más allá de que las navidades se originen en una ficción y de que otros eventos se establezcan según nuestra limitada capacidad para mesurar, el tiempo existe y el espacio también.

Mucho queda por investigar o descubrir de ese intrincado tejido que resulta de la conjunción del espacio y el tiempo, pero aquí -en nuestro mundo y en lo que nos atañe como especie- su cotidiano desarrollo exhibe hechos y consecuencias en los que eso que suponemos lógico tambalea constantemente. 

Ha pasado siempre, en todas las épocas y civilizaciones, pero pareciera que el ser humano -como exclusivo hacedor y protagonista de su organización social- una y otra vez, incurre en los mismos errores y consiente -a veces fervorosamente- la conducción de siniestros personajes que, en nombre de lo que sea, lo arrastran a lo peor. Basta un repaso por cualquier etapa de la Historia de la humanidad para comprobarlo y en cuanto a lo que nos toca por presente, podría decirse que vamos de mal en peor.

Tiempos de drones y armas que se fabrican en casa utilizando impresoras 3D; tiempos en que el individualismo goza de buena propaganda y en los que cualquiera se siente con derecho a opinar de lo que se le ocurra en las denominadas redes sociales. Una era en la que se hace política al margen de las ideologías y en la que la inteligencia artificial -que muchos pretenden, cuasi religiosamente, como la solución a todos los temas- se nos mete en nuestras vidas y es capaz de competir con Nostradamus a la hora de predecir el futuro. 

Mientras tanto, la indiferencia cunde y a todo nos acostumbramos; a todo nos dejamos someter. Ante nuestra pasividad, implementan esta democracia representativa en la que participamos apenas con la emisión de un miserable voto compulsivo cada tanto. Entonces, se abocan a diseñar nuestras economías -las que son macro, abarcando a todo un país, y las domésticas que nos competen en lo personal- y así deciden en las alturas -ocupadas por los gobernantes de turno- lo que nos va bien y lo que no. Nos mienten cotidianamente, nos ocultan datos y se arrogan la potestad de declarar guerras, sospechosas pandemias o de firmar contratos confidenciales con organismos internacionales sin ofrecer explicaciones. A estas alturas, lo indudable es que para el poder -sea económico, político, sindical o mediático- no hay derechas ni izquierdas.

Como si fuésemos espectadores de un thriller en el que lo más horrendo ocurre ante los ojos de sus personajes, sin que nadie sea capaz de notarlo, así nos comportamos en la extraña combinación que nos toca, haciendo de público y de protagonistas a la vez.  

Si la televisión llegó a ser un vehículo de desinformación constante, ¿qué no decir ahora de los instrumentos mediáticos que imperan? Todo puede ser trastocado; lo que es real y debe ser maquillado para su presentación o esas ficciones que nos entregan como verdades absolutas. Los medios de comunicación masiva no pierden el tiempo y desde el espacio que ocupan, alteran o decoran a su antojo lo que se nos entrega como información. De esta forma y a manera de ejemplo, nos comunican a diario que Ucrania va camino a imponerse en la confrontación bélica que sostiene con Rusia, cuando es exactamente a la inversa. También aportan un relato condescendiente y tolerante con Israel para así disfrazar la horrenda realidad del brutal exterminio de la población palestina por parte del ejército israelí. Del mismo modo, si desde Irán o algún país árabe se produce un ataque al territorio de los presididos por Netanyahu, inmediatamente, los domesticados voceros de la prensa occidental lo consideran un acto de terrorismo, pero si la agresión es llevada a cabo por la nación israelí, resulta legítima. Si a ello le sumamos el aporte de la industria del entretenimiento con una oferta que satisface a todos los gustos e inclinaciones, el resultado es el deseado por aquellos que manejan los hilos desde las alturas: contar con un público de ciudadanos sumisos y pasivos a los que resulte sencillo manipular.  

Así va todo, así se presenta esta inaudita realidad que nos circunda y que supera largamente lo que George Orwell en su más célebre novela (“1984”) imaginó. Miramos, pero no vemos; oímos sin escuchar y leemos sin entender. Un verdadero paraíso para quienes detentan el poder. ¿Quién dijo que los pueblos, al elegir, no se equivocan?

Ahí se nos viene Trump nuevamente; un estafador serial en las altas esferas de su país, que edificó su fortuna en base a engaños y abusando de quienes trabajaban para él. Un día se decidió a incursionar en la política prometiendo un revival glorioso para sus compatriotas y también apelando a un discurso ultranacionalista y violento en contra de los inmigrantes, alcanzó la presidencia de los Estados Unidos de Norte América. Poco les importó a sus votantes que sobre él pesaran diversas denuncias: de grandes y pequeñas estafas; de incumplimiento de sus obligaciones como empleador o, las más notorias, por la violación de varias mujeres a las que, para defenderse, tildó de mentirosas meretrices. Al cabo, expirado su mandato, ni la gloria ni tampoco el gran revival que prometió para sus compatriotas. Sin embargo, aquí lo tenemos otra vez, con el discurso violentista redoblado y a punto de iniciar otro mandato.

Es indudable que, desde hace algunos años y en distintas partes del globo, se afianza una tendencia -reflejada en el voto de las mayorías- que privilegia a los outsiders, esto es, a aquellos personajes que irrumpen en el panorama electoral de sus respectivos países llegando desde afuera de la clase política con un lenguaje directo y radical que se contrapone a lo convencional. Si ese fue el caso de Trump, lo mismo sucedió en la Argentina con Javier Milei y antes en Uruguay con José “Pepe” Mujica, otro ejemplo de burda ficción que supo ganar todo tipo de simpatías en la consideración pública del país y, lo peor, también fuera de fronteras.

Y aquí me voy a detener pues, en lo que atañe a Mujica, nunca mejor aplicado aquello de mirar, pero no ver u oír sin escuchar. Este siniestro e impresentable individuo, en tanto construía su personaje a partir de la impostura -contando con el apoyo logístico de la caterva de forajidos que le rodeaban, además de la indisimulada pleitesía de los operadores mediáticos y del silencio pactado en los cuarteles con los militares que le tuvieron preso y con quienes colaboró eficazmente-, se valía de los más abominables recursos para alcanzar sus objetivos. 

Luego de restaurada la vida institucional en el Uruguay, el asalto al poder le insumió unas dos décadas. Lo hizo en compañía de sus más directos secuaces; en especial del verdadero padre de la criatura, Eleuterio Fernández Huidobro, gestor y negociador de los acuerdos con los militares y autor principal -junto a otro gran colaborador, el Ruso” Rosencof- del falso relato que ha prevalecido hasta hace bastante poco en la sociedad uruguaya. Hoy ya resulta una obviedad explicar que no es mucho lo que hay de cierto en esa historieta presentada a través de una buena cantidad de libros, entrevistas y artículos en los que se adjudicaban conductas heroicas; el tiempo, los testimonios de otros protagonistas de la denominada Historia reciente y la propia trayectoria de los personajes en cuestión se han encargado de ir desdibujando o contradiciendo aquella trama para ir poniendo -lentamente- las piezas del puzle en su lugar.

Y justamente, esto es lo alarmante, que recién ahora y debido a lo expresado en el libro “Los indomables”, de Pablo Cohen, por Lucía Topolansky con relación a que existieron falsos testimonios para mandar a prisión a varios jerarcas militares -declaraciones que el propio Mujica compartió y luego reafirmó- prácticamente todo el colectivo de lo que se conoce como izquierda en el Uruguay, reaccionó con indignación. Cabe entonces preguntarles a quienes se identifican con las posturas del Frente Amplio -dirigentes, militantes y votantes- en qué país vivieron durante todos los años transcurridos desde que Julio María Sanguinetti inaugurara su primer período como presidente. ¿O acaso nunca escucharon hablar del pacto entre ciertos sectores de las Fuerzas Armadas y el núcleo dirigencial del MLN conducido por el “Ñato” Fernández Huidobro? Abundan los ejemplos en ese sentido, pero aún más contundente -y a manera de comprobación práctica- ha resultado la propia conducta de los involucrados manifiesta, por un lado, por la posición adoptada por Fernández Huidobro cuando dijo no apoyar la derogación de la Ley de Caducidad y, por otro, las propias manifestaciones de Mujica -cuando era presidente en enero de 2014- al expresar “yo no peleé para tener ancianos presos; preferiría que murieran en sus casas”.  Pero esos son apenas un par de botones que ofician de muestra; la trama -que se desarrolló ante la mirada y el consentimiento de todos- es lo peor y alguna explicación debe haber para tanto silencio cómplice.

Resulta pertinente preguntar cómo fue que la sociedad uruguaya ignoró lo que subyacía detrás del avance de esta banda de forajidos sin códigos ni escrúpulos de ningún tipo. Eso a pesar de los indicios, las denuncias, los testimonios de muchos de quienes fueron perjudicados por su accionar u otros que fueron partícipes de tales oscuridades y se arrepintieron después, o de quienes directamente hablaron de los acuerdos gestados en los cuarteles bajo la batuta y orientación de ese macabro personaje que fue Fernández Huidobro. Tenebrosos acuerdos que continúan vigentes hasta hoy ¿alguien se permite dudarlo? Pero si todo eso es incalificable, también lo fue la metodología que utilizaron para solventar económicamente las campañas políticas que les permitieron acceder a los cargos públicos más relevantes del país. Métodos o infamias que se sucedían en tanto el paisito dormía su democrática siesta echado sobre el mismo colchón de paja del que Benedetti escribió hace más de sesenta años.

De arranque no más y apenas fueron liberados, este grupo de granujas se dedicó a montar una estructura que les permitiese hacer política eludiendo las ocho horas. Al principio fue posible gracias a los generosos aportes de los miles de compatriotas que simpatizaban con sus supuestas posturas revolucionarias y estaban en el exterior; así fue que “los viejos” o “comandantes” empezaron a percibir mensualmente, cada uno, ochocientos dólares -una cantidad que, en nuestros días, equivaldría a unos cuatro o cinco mil-, algo que afirmo con autoridad pues fui testigo de cómo varios pasaban por las oficinas del sello “Canto libre” -para el que trabajé- en la calle Bartolomé Mitre, para cobrar su mensualidad. Esas importantes partidas de dinero que les llegaban desde el exterior les posibilitaron adquirir la radio CX44, Panamericana, y empezar a montar una serie de empresas de menor porte -TAE, el sello de grabación, una agencia de turismo, etc.- que, evidentemente, oficiaban como tapaderas de los provechosos negocios que fueron instrumentando: la organización de bandas delictivas –“tupabandas”- que se dedicaban a asaltar bancos, financieras y otro tipo de empresas bajo la batuta de Mujica; o la extorsión y las amenazas -incluso la eventual eliminación de antiguos compañeros- para hacerse con las propiedades del Movimiento Por La Tierra que, tras la muerte de Raúl “Bebe” Sendic, habían quedado en manos de sus colaboradores.

De lo antedicho abundaron los testimonios, empezando por los de Jorge Zabalza quien, en forma pública, los aportó en varias oportunidades y, para más claridad, el libro de Jorge Rodríguez Casanova, “Historia de una tupabanda” que la editorial Planeta lanzó al mercado en 2019. 

No todo finalizó con la asunción de Mujica como primer mandatario; durante su nefasta presidencia se produjeron todo tipo de desprolijidades -para ser generosos en el decir- que terminaron por beneficiar en lo económico a ese presidente pobre que el mito nos presentó. Empresas como la argentina “3 arroyos” -con subsidiaria en Uruguay- o “Aire Fresco”, que utilizaba la marca “Urupollo”, fueron algunos de los instrumentos utilizados para montar -junto al gobierno venezolano- una ingeniería de negocios que, tras las formales apariencias de los acuerdos binacionales refrendados por Maduro y Mujica, les beneficiaban a ellos en lo personal y a personajes de confianza de ambos mandatarios; a saber, entre otros, Diosdado Cabellos, el diputado Daniel Placeres -que fuera procesado por el caso Envidrio- y ese gran amigo del “Pepe”, Gustavo Torena, más conocido comoel pato celeste

Todo lo antes dicho ocurrió y fue tema de debate público que culminó con sendas denuncias penales formalizadas por diputados de la oposición, pero, como siempre sucede en el Uruguay a la hora de afectar los intereses de los poderosos, la justicia se fue al mazo por falta de pruebas y colorín colorado, a chiflar y mirar para otro lado.

Existieron otras oscuras maniobras -o inequidades-, como el que Mujica perdonase la deuda que la empresa Tenfield mantenía con la DGI. -que el organismo recaudador estimaba en unos cien millones de dólares-, pero como si todo ocurriera en otra dimensión, la indiferencia pública prevaleció y para nada afectó la imagen del popular “Pepe”. 

Entonces, luego de la relación de hechos aquí aportados y que no constituyen ninguna novedad, se impone -una y otra vez- la misma interrogante: ¿por qué todo eso aconteció sin generar reacción alguna de la opinión pública? Y vayamos más allá: ¿por qué desde las estructuras de conducción del Frente Amplio no se reaccionó?

En este último caso se me podrá argumentar que el crecimiento de la imagen de José Mujica y en consecuencia del MPP, resultaron funcionales a los objetivos de esa coalición política, pero entonces, ¿en qué lugar quedan los postulados que dicen defender? 

Lo concreto es que lo afirmado por el binomio Topolansky-Mujica constituye otro ejemplo de la catadura moral de estos dos ortivas seriales que se han cansado de burlar la confianza y sensibilidad de todos los que ingenuamente les tomaban por referentes. 

Lo concreto también es que durante cuarenta años de funcionamiento de las instituciones “democráticas”, prevaleció una ficción orquestada por un grupo de personajes que resultó posible gracias a la indiferencia general del gran público y al apoyo de decenas de operadores instalados en el corazón de la generación de cultura e información de la sociedad uruguaya. En efecto, en la acción y en el silencio cómplice de esa camada de periodistas, sociólogos, historiadores, politólogos y hacedores de opinión podemos encontrar la clave para explicarnos lo que viene ocurriendo y jamás debió suceder. Personajes como :  Emiliano Cotelo, Gerardo Caetano, Alberto Silva, Nelson Caula, Clara Aldrighi, Sergio Gorzy, Marcelo Pereira,  Adolfo Garcé, Alfonso Lessa, Samuel Blixen, Andrés Danza, Ernesto Tulbovitz o Leonardo Haberkorn, desde sus respectivos ámbitos de influencia, son algunos de los que han hecho posible que el falso relato se instalara como realidad histórica en el Uruguay. Ahora y a raíz de los hechos de notoriedad, emerge rutilante una nueva estrella para sumarse al grupo de los operadores funcionales: Pablo Cohen, un confeso admirador de la “emblemática” pareja que vive en Rincón del Cerro quien, además de no exhibir demasiadas dotes para ejercer su oficio, también resulta ser el director de VTV; ¡vaya casualidad! 

 

Pero así es todo en ese reino del revés que se extiende somnoliento entre Brasil y la Argentina; un país al que se le perdió el sentido de la realidad y al que tanto le cuesta dejar atrás la ficción. 

Benelli/2025


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