A los admirados jóvenes de La Tizza Cuba (que no conozco) Disamis Arcia Muñoz, Alejandro Guma, Fernando Luis Rojas, Ernesto Teuma, Belsis Isabel Rodríguez Carballo, Iramís Rosique, Mario Ernesto Almeida Bacallao, Pedro Pablo Chaviano y los muchos anónimos anticapitalistas cubanos. A los Sres. Roberto Morales Ojeda y José Ramón Machado Ventura, jefe y ex jefe del Departamento de Organización del Partido Comunista Cubano.
“Un error en Cuba es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos” * José Martí
Por Rodolfo Crespo enero 2025
Periodo 1790/1800-1900.
a) Elementos de la división internacional capitalista del trabajo que favorecen a La Habana (no a Cuba) desde 1510 que desaparecen o atenúan su acción desde finales del siglo XVIII.
Las condiciones favorables que permitieron a Cuba (en realidad a la Villa, ciudad, puerto de La Habana) disfrutar de una situación beneficiosa (muy alejada de una condición periférica) a nivel estructural en la división internacional capitalista del trabajo durante los primeros 300 años de existencia de ésta, estaban prácticamente agotadas a fines del siglo XVIII, mientras las que se mantuvieron vieron atenuar su acción.
El primero de los elementos en agostarse fue el sistema de fortificaciones y construcciones militares; habiendo succionado mucho capital y ejercido un fuerte efecto multiplicador en otras muchas actividades de la Villa, en el siglo XVIII vio su conclusión.
Las transferencias de dinero conocido como los situados, instaurados en 1584 y provenientes del Virreinato de Nueva España, que sufragaron los gastos de defensa del territorio indiano, y de cuyo presupuesto La Habana absorbía la mayor cantidad, llegan a su fin en 1810 tras declarar México su independencia de la metrópoli española.
Con el ascenso de Brasil y la costa este del territorio norteamericano, la importancia del puerto de La Habana, aunque se mantiene, disminuye relativamente, lo que unido a la ampliación de la economía-mundo capitalista con la incorporación de Rusia a fines del siglo XVIII, el Imperio Otomano y el subcontinente indio (batalla de Plassey 1757) hace disminuir el peso relativo de la América española, en la que Cuba jugaba un papel importante.
Hay otro pilar de la Isla que decae en el siglo XVIII: la plaza-fortaleza de La Habana. Durante dos centurias fue factor clave en la atracción de fondos para su fortificación, protección y custodia, lo que había permitido a la Villa disfrutar, de una posición estructural favorable dentro de la división internacional del trabajo del capitalismo histórico. Sin embargo, en 1762 tras más de 200 años en que ninguna fuerza enemiga intentó siquiera asediarla, La Habana que, a la sazón era el centro militar y marinero más importante y protegido de todo el hemisferio occidental, fue tomada por los ingleses, en el hecho de guerra de mayor significación de los tres primeros siglos de colonización americana, en la mayor movilización militar y naval que se conociera hasta el siglo XIX en la historia de América.
Esta ventaja, como plaza inexpugnable en la defensa del imperio y guardián protector de sus valores, a la que La Habana había sacado tanto rédito durante siglos, llegó a su fin, cuando sus defensores y fortalezas cedieron a los embates y empujes de las fuerzas del almirante inglés Lord Albemarle. Pensada como la Numancia de América, rodeada de fuertes y murallas, que tanto efecto disuasorio tuvieron durante dos centurias, a partir de mediados del siglo XVIII, cuando la Revolución Industrial estaba generando una nueva artillería cada vez más potente, de mayor alcance y más precisa en sus blancos, la concepción defensiva de plaza cerrada, se tornaba obsoleta; los tiempos numantinos habían pasado, por mucho que la ciudad-fortaleza fuera defendida al modo histórico español de no pasarán, los ingleses pasaron y enterraron, definitivamente y para siempre, una ventaja estructural de la que había disfrutado durante dos siglos.
b) Nuevo elemento de la división internacional capitalista del trabajo que le dio a La Habana y otras muchas regiones de Cuba una relevancia mundial de primer orden a partir de 1790/1800.
Todo lo anteriormente descrito habría llevado a que La Habana hubiese transitado hacia un estado de estancamiento, y a que el resto de la Isla, olvidado en los primeros 300 años de colonización, se hubiese mantenido en un estado de letargo y atraso. Pero ocurrió un hecho fortuito: la sublevación de los esclavos de Saint Domingue determinó la desaparición brusca y sin transición del hasta entonces primer suministrador de azúcar, café y añil del mercado internacional. Bajo la acción de estos acontecimientos, Cuba pudo desarrollar, de manera casi violenta, su ya existente (pero muy exigua) economía azucarera y cafetalera. Entre 1790 y 1828 la Isla pasa de una posición secundaria en los mercados de azúcar y café a ser el primer productor mundial, y a estas dos mercancías agrega otras como aguardiente de caña, mieles finales (melaza), miel de abejas, cera y cobre. Desde 1829 y hasta 1870 Cuba es el primer productor mundial de azúcar de caña.
El crecimiento fue brutal, si tomamos como puntos de referencia los 100 años que van desde 1794 (fecha en que ya comienza a sentirse el estímulo de la debacle plantadora haitiana) hasta 1894 (cuando se produce la mayor zafra de todo el siglo XIX, previo a la reducción de las mismas por la guerra que comenzó en 1895), el resultado nos arroja la mareante cifra del 5496%, una progresión de dimensiones astronómicas de las que se conocen pocas en la historia económica del mundo. Si tenemos en cuenta que la esencia del capitalismo lo constituye la incesante acumulación de capital /1, nos habremos dado cuenta por qué el lugar cimero que ocupa Cuba en este periodo dentro de la economía-mundo capitalista en su conjunto.
Cuba levantará en la primera parte del periodo una base técnico material que adelantará, incluso, a muchos países europeos, llegó a tener en 1837 el cuarto ferrocarril del mundo, coetáneo con los de Francia y Bélgica y funcionó, casi diez años antes que en España que era su metrópoli, por eso el Capitán General de turno en la Isla, Miguel Tacón, se opuso a su construcción (por envidia) aunque sin poder evitarlo. En 1848, cuando España termina e inaugura los 29 kilómetros del primer tramo del ferrocarril Barcelona-Mataró, Cuba cuenta con 618 kilómetros de vías férreas y 10 años después duplica esta cifra.
El desarrollo alcanzado trascendió lo económico, manifestándose en un impresionante desarrollo cultural, La Habana vio inaugurar una cátedra de Economía política en el mismo año que se establece la de la Universidad de Harvard, aunque despareció rápidamente, pues enseñaba a los esclavistas cubanos lo que ellos no querían saber en aquellos momentos.
En 1790 ya hay máquinas de vapor funcionando en La Habana, y en 1794 encargan una de Watt, de doble efecto, para instalarla en un ingenio cubano, dos años después ya la estaban experimentando en el ingenio Seybabo, en las cercanías de La Habana, siendo la primera del mundo aplicada a la producción azucarera y, sin duda, la primera del imperio español. En Cuba, la máquina de vapor tuvo una aplicación intensiva antes del desarrollo de la teoría de la termodinámica.
Una isla prácticamente despoblada (el núcleo fundamental de población se concentraba en La Habana), con una cultura básicamente marinero-militar, y una densidad de población “tierra adentro” (donde se sembraría la caña y ubicarían los ingenios) extremadamente baja, determinó la ausencia de un mercado libre de trabajo que abasteciera las necesidades, de lo que sería la mayor zona de plantaciones del mundo en el siglo XIX, por eso recurrieron como fuente de abastecimiento a la caza de negros africanos, traídos a la fuerza para utilizarlos como esclavos en las plantaciones de caña.
¿Por qué fueron traídos de África y no de la propia América u otro sitio? Wallerstein da la respuesta:
“La única forma de hacer económicamente viables las plantaciones esclavistas en un sistema capitalista consiste en eliminar el coste de oportunidad, lo que significa que los esclavos deben reclutarse fuera de la economía-mundo, en cuyo caso el coste de oportunidad corre a cargo de otro sistema y es indiferente a los compradores. Eso cambiaría, por supuesto, si se agotara totalmente la oferta y no hubiera posibilidad alguna de sustitución en términos similares, pero históricamente eso no había sucedido todavía cuando acabó la trata de esclavos…Si el esclavo se ‘produce’ dentro de la economía-mundo, su coste real no es sólo el precio de venta sino el coste de oportunidad (al no utilizar su fuerza de trabajo en otras condiciones salariales con un nivel de productividad presumiblemente más alto). Como sugirió Marc Bloch hace mucho tiempo, en esas condiciones los esclavos son demasiado caros, esto es, no producen un excedente suficiente para compensar su coste real”/2
Más fácil de dilucidar es por qué esa fuerza de trabajo traída de África a laborar en las plantaciones de caña e ingenios de Cuba fue explotada como mano de obra esclava y no como manos de obra asalariada. La respuesta es sencilla: para que cientos de miles de africanos aceptasen la condición de asalariado y se transformasen en obreros era preciso que existiera la presión de una enorme masa desposeída cuyo único recurso de supervivencia fuese vender su trabajo al ingenio y, como esa masa no existía, por eso la burguesía cubana los empleó utilizando como método la esclavitud. Marx explica esto en su obra cumbre El Capital, “No basta con que las condiciones de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el polo contrario como hombres que no tienen nada que vender, más que su fuerza de trabajo. Ni basta tampoco con obligarlos a vender su trabajo. En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. Pero durante la génesis histórica de la producción capitalista, no ocurre aun así /3 Fue la esclavitud de los negros africanos el modo racional (hablamos de racionalidad económica, desde el punto de vista estrictamente capitalista, sin entrar por ahora en el análisis de sus aspectos éticos) de enfrentar el problema de la mano de obra en las plantaciones de América. El negro esclavo africano es, posiblemente, la mercancía más rentable que haya conocido el sistema-mundo capitalista en sus más de 500 años de existencia.
Hacia la década de 1860 la “ventaja comparativa” de Cuba en la división internacional capitalista del trabajo, especializada en la producción de azúcar para el mercado mundial se mantenía, pero muchas de las condiciones que a inicios del siglo XIX le permitieron gozar de una situación privilegiada dentro de la misma, se habían agotado, mientras otras estaban en proceso de desaparecer.
¿Por qué se habían agotado, qué había ocurrido para que se perdieran las condiciones verdaderamente excepcionales que contó Cuba en la primera mitad del siglo XIX?
El factor más importante que incidió en la regresión económica de Cuba, desde una posición estructural más próxima a la semiperiferia en la primera parte del siglo XIX (por el nivel de excedente apropiado), a una ubicación francamente periférica a partir de la segunda mitad de ese siglo se debió, fundamentalmente, a la imposibilidad que tuvo de tecnificar su industria, ponerla acorde con los adelantos científico técnicos que iban apareciendo en la época, dado los impedimentos que imponía el empleo masivo de trabajo esclavo, del que no podían prescindir por carecer de la opción del trabajo asalariado.
Hubo otro factor importante que contribuyó al final de aquella “época dorada” fue la terminación, hacia la década de 1860, de la situación monopólica que disfrutó el azúcar cubano en los mercados internacionales; no solo entraron nuevos productores, sino que había irrumpido con fuerza en los mercados que abastecía Cuba un nuevo tipo de azúcar, proveniente de una planta diferente y cultivada en condiciones climáticas totalmente distintas a las tropicales, donde se sembraba la caña: el azúcar de remolacha.
Las cifras siguientes corroboran lo anterior: en 1835 Cuba producía prácticamente el 20% del azúcar fabricada en el mundo; en 1883 su participación en la cuota mundial había bajado al 13%; y en 1894, el de mejor producción de todo el siglo XIX, y pese a ver casi duplicado la producción respecto a 1883, la cuota mundial de Cuba continuó siendo del 13%; de aquí se extrae la conclusión que para no perder cuota de mercado la única opción que tenía era seguir creciendo. Por su parte, el azúcar de remolacha que constituía un escaso 6% de la producción mundial en 1835, en el año 1883 representaba el 51% de la producción de azúcar del mundo y en 1894 ya representaba el 58% del azúcar mundial.
El avance del azúcar de remolacha europea fue impetuoso, mercados como el francés, alemán y ruso fueron desapareciendo como destinos del azúcar cubana que en años anteriores fueron decisivos y a finales del siglo XIX ya eran residuales para el azúcar cubano. A finales de la década de 1870 Cuba ya ha perdido a Europa continental como mercado para su azúcar, donde colocaba menos del 2% de su producción.
La primera consecuencia de ello fue que, desde el último tercio del siglo XIX y hasta el triunfo de la Revolución de Fidel Castro el 1 de enero de 1959, cuando EE. UU. suprimió la cuota de azúcar proveniente de Cuba, el mercado norteamericano se convirtió en el mercado exclusivo del azúcar cubana, produciéndose una concentración geográfica (nada saludable, pero imposible de evitar) del comercio azucarero cubano hacia un solo destino, el norteamericano. Había desaparecido, y para siempre, la conveniente y beneficiosa diversificación de mercados para el azúcar cubana que había prevalecido durante 70 años.
La desgracia no terminaba con la trágica dependencia de un solo destino exportador, sino que, a diferencia de inicios del siglo XIX, EE. UU. no le interesaba comprar azúcar blanco, sino un producto menos elaborado para reprocesarlo en las refinerías norteamericanas, que por ello añadirían el verdadero y más significativo valor agregado al azúcar cubana: refinando el crudo que adquirían en la Isla fabricaban refino (que era ya un producto terminado y listo para su consumo final), pero también como resultado de ello obtenían alcoholes para la fabricación de ron. La época en que el azúcar cubana podía ejercer como elemento multiplicador de otras actividades, generadora de una industrialización complementaria había quedado también para la historia.
Se inauguraba, por tanto, la era en que la economía cubana quedaba totalmente adscrita a la periferia de la economía-mundo capitalista, sin posibilidad de salir de esa franja estructural de la división internacional capitalista del trabajo, la de menor producción de valor y por ello de apropiación de excedente.
Comparación de los índices promedios de la industria azucarera alemana con los del mejor ingenio cubano de la época, «Las Cañas», de Juan Poey y Aloy Exposición Internacional de Viena de 1873
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Quinquenio 1811-1815 |
Quinquenio 1871-1875 |
% de crecimiento |
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RENDIMIENTOS AGRÍCOLAS
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Alemania: remolacha/hectárea |
15 t/h |
25,63 t/h |
70 |
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Cuba: caña/hectárea |
90 t/h
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70,79 t/h |
22 |
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RENDIMIENTOS INDUSTRIALES |
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Alemania: remolacha/azúcar |
2,5% |
8,40% |
236 |
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Cuba: extracción caña/azúcar |
2,5% |
6,10% |
184 |
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RENDIMIENTOS AZUCAREROS |
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Alemania: azúcar/hectárea |
0,38 t/h |
2,15 t/h |
473 |
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Cuba: azúcar/hectárea |
1,90 t/h |
4,31 t/h |
126 |
Fuente: El Ingenio. Tomo II. Manuel Moreno Fraginals. Pág. 220.
A los indicadores relevantes de Cuba en este periodo se contraponen otros que por lo espeluznantes que son resultan espantosos y estremecedores. Como ocurre siempre en el sistema capitalista la victoria de alguien, el éxito de algunos o el triunfo de otros se erige sobre una montaña de derrotados; el capitalismo es una sociedad donde está vedada la palabra “para todos”.
El éxito plantador cubano se produjo por la destrucción haitiana y un logro productivo de tales dimensiones, al no poder contar con obreros asalariados para llevarlo a cabo, solo fue posible producto al sojuzgamiento de millones de africanos, arrancados por la fuerza de sus tierras, transportados encadenados de pies y manos en barcos como animales, hacinados, vendidos en los puertos de Cuba como una mercancía más, llevados a las plantaciones de caña e ingenios de la Isla a laborar en jornadas de hasta 20 horas diarias, bajo el azote del látigo y la más extrema violencia y coerción, con una esperanza de vida que, en el mejor de los casos, no sobrepasaba los 7 años de vida a partir de su llegada. La historia de la humanidad no conoce un crimen de semejante magnitud por su tamaño, dimensión y proporciones, que lo clasifica como el más grande y horrendo holocausto que haya existido jamás, en un mundo prodigo de ellos desde que el capitalismo reina en la tierra hace más de 500 años.
c) División internacional del trabajo, guerras de independencia y región oriental de Cuba.
Cuando el profesor norteamericano Immanuel Wallerstein, hace hincapié en la división internacional del trabajo, como uno de los elementos más importantes que constituyen el sistema social histórico es, porque la misma determina los contornos y fronteras del mismo y, según la posición que ocupe la región, país o zona dentro de la misma (periferia, semiperiferia o centro) podría apropiarse de una mayor o menor proporción del excedente producido a nivel de la economía-mundo.
Las guerras de independencia y las revoluciones que conocemos, desde el siglo XVI hasta la actualidad, han perseguido siempre como objetivo, reajustar la zona concreta dentro de la división del trabajo reinante del capitalismo histórico, pero sin salirse de ella ni superarla.
La diferenciación de regiones dentro de la división capitalista del trabajo en periferia, semiperiferia y centro no significa que las fronteras entre y dentro de ellas sean inamovibles, la política es precisamente eso, una lucha por mejorar constantemente la posición estructural en la que se encuentra la zona dada y la guerra, como expresión de la política por otros medios, constituye el mismo esfuerzo por ascender de posición dentro de la división internacional del trabajo, solo que utilizando medios violentos.
Pasar de la periferia a la semiperiferia y de esta a la región central de la economía-mundo es difícil y, aunque aisladamente se ha dado algún caso, no es lo normal; sin embargo, es más corriente que dentro de cada una de estas tres áreas estructurales se produzca una aguda lucha que conduzca a una permanente actualización de los términos en los que se realiza la redistribución del excedente mundial producido.
Quienes busquen la explicación de por qué mientras todo el continente latinoamericano (incluyendo Brasil) lucha por la independencia y la obtienen en el primer cuarto del siglo XIX, entretanto Cuba en ese mismo periodo ni el genio de Simón Bolívar pudo lograr separarla de España /4, tendrán que buscar la respuesta en los reajustes que tiene lugar en esos años en los elementos de la división internacional del trabajo que atañen a Cuba; éstos también se realizaron, pero se ejecutaron de forma pacífica. Para que luchar por la independencia si al transitar del siglo XVIII al siglo XIX Cuba se ve como el primer fabricante mundial del primer producto de exportación de la economía-mundo capitalista. Es cierto que para llegar a ello se precisaron de algunas reformas, sobre todo, echar abajo las trabas que imponía el monopolio comercial español, superar las carencias de una metrópoli que no poseía una gran marina mercante, necesaria para transportar elevados volúmenes de azúcar, la falta de un gran mercado interno metropolitano, que obligaba a disponer de otros mercados donde colocar el azúcar producido, así como el imperativo de un suministro continuo y barato de negros esclavos, pero todas se obtuvieron sin necesidad de tirar un tiro. El nivel de independencia con que contaron los productores cubanos en el primer tercio del siglo XIX llegó a ser tal, que algunos autores de la época llegaron a afirmar, que “Cuba no era una colonia” (Adolphe Jollivet en un análisis de la situación de las Antillas en 1841) poseyendo en la práctica un gobierno de facto, aunque no de jure.
Sin embargo, la situación estructural favorable que, dentro de la división internacional capitalista del trabajo, llegó a contar Cuba a inicios del siglo XIX se fue erosionando, como ya se ha dicho y, hacia el último tercio del siglo XIX ya se había esfumado; el impacto negativo de la misma en la región oriental y Camagüey fue aún mayor, de ahí que los treinta años de revolución 1868-1898 (los 17 años de tregua los cubanos la han definido como “fecunda”) tuvieron su epicentro en esa zona. No es por ello ninguna casualidad que el estallido de la guerra de independencia de Cuba frente al colonialismo español comenzara por un ingenio de la zona este de Cuba que, según el censo de 1860, de 1365 ingenios que habían en Cuba en ese momento, La Demajagua, el lugar por donde comenzó la guerra, ocupó el lugar 1113 en lo que a producción se refiere. Lo anterior no significa que este largo periodo de guerras no tuviera un profundo basamento azucarero, como plantean algunos, argumentando que el propio iniciador de la independencia, Carlos Manuel de Céspedes, no había nacido en cuna sacarócrata, ni debía al azúcar su acomodada posición, aduciendo además que ninguno de los que se lanzaron con él tenían ingenios; sin embargo, como se demuestra en el párrafo siguiente y en la tercera parte de éste ensayo, la región que precisamente va a la guerra lo que está es ávida de inversiones en el sector que se había erigido, dentro de la división internacional capitalista del trabajo, como la “ventaja comparativa” por excelencia de la Isla de Cuba y que, para el desarrollo y despliegue de la misma, ofrecían una región prácticamente virgen.
Nuestra tesis, desde la visión anticapitalista de la “perspectiva de análisis de los sistemas-mundo”, de que las revoluciones dentro de los marcos de la división internacional capitalista del trabajo tienen como objetivo, no salirse de la misma, sino mejorar la posición estructural dentro de ella, lo corrobora el hecho que, después de esos treinta años de guerra de independencia, liberada Cuba de las trabas y obstáculos que imponía el colonialismo español (en las colonias el comercio domina la industria), la Isla disparó su crecimiento azucarero, de 1 110991 (en 1894) previo al reinicio de la nueva etapa de guerra a 1,8 millones de toneladas métricas en 1910; 2,5 millones en 1913; 3 millones en 1916; 4 millones en 1919; 5,3 millones en 1925; 6,1 millones en 1948 y 7 millones en 1952 (¡un colosal crecimiento de 700% en solo 60 años!).
La región oriental de Cuba y Camagüey, a partir de 1911, fabricaban el 30% de la producción azucarera de Cuba; en 1919 (45%); en 1931 (58%); manteniéndose por encima del 50% durante todo el resto del siglo XX, siendo la antigua provincia de Oriente (después de 1976 se subdividió en cinco provincias: Las Tunas, Granma, Holguín, Santiago de Cuba y Guantánamo) la misma zona por donde comenzó la guerra de independencia, precisamente dada su pobreza, y ahora era la de mayor producción de azúcar de Cuba, oscilando entre el 30% y la mitad de la producción total de la Isla.
El periodo de guerras del último tercio del siglo XIX tenía su causa económica más profunda en el ajuste estructural de Cuba dentro de la división internacional capitalista del trabajo, tanto a nivel de la economía-mundo como entre las regiones occidental y oriental de la Isla, aspecto que solo dejaremos esbozado en esta segunda parte para abordarlo más profundamente en la tercera y última entrega de este ensayo.
d) Cuba en la geopolítica mundial y la política de EE. UU. en el periodo.
El lugar que Cuba ocupaba en el primer tercio del siglo XIX dentro de la división internacional capitalista del trabajo era tal, que la Isla constituyó uno de los eslabones más importantes en la inclinación de la balanza hacia un lado u otro en el equilibrio de poder entre las grandes potencias de la época.
La correlación de fuerzas en Europa se decidía, en última instancia, directamente dominando Cuba o, indirectamente, controlando la política española que era la metrópoli de la Isla.
En el hemisferio occidental Cuba fue la pieza clave en el tablero de ajedrez geopolítico (como en los tres siglos anteriores, cuando fue considerada La Llave del Golfo) constituyendo el elemento crucial de la geopolítica en esa parte del mundo, papel que volvería a jugar tras el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, cuando entró a formar parte del bloque soviético en el periodo más álgido de la Guerra Fría.
La tremenda influencia de Cuba en la política norteamericana se reveló precisamente en estos años cuando la Isla estuvo en el centro de la proclamación de la Doctrina de Monroe que, con todos sus corolarios (corolario Polk de 1848, Hayes de 1880, Roosevelt de 1904 y Kennan de 1950) es considerada la “doctrina de las doctrinas” de EE. UU., la misma fue una consecuencia directa del choque de los EE. UU. y la Gran Bretaña en Cuba, en 1822 y 1823.
En ocasión del tema, no podemos dejar de pasar por alto la opinión que sobre el asunto vertió el señor Manuel Moreno Fraginals cuando, parafraseando al Che Guevara, dejó de pensar con la cabeza para hacerlo con el estómago; de la misma llegó a decir “Uno de los axiomas inviolables de Estados Unidos ha de ser su concepto de América para los americanos que no necesariamente ha de ser interpretado como América para los norteamericanos” (Moreno Fraginals, Manuel. Cuba/España España/Cuba Historia común. Editorial Grijalbo Mondadori 1995. Pág. 241. Con ese lacayismo terminó, a cambio de unos míseros dólares, su obra intelectual aquel que en la década de 1960 el Che le prodigara en elogios al terminar de leer el tomo I de su obra El Ingenio.
e) Lo destacable en las ideas sistémicas y no sistémicas en el periodo 1790/1800-1900.
En el plano de las ideas en el periodo que nos ocupa descollan cuatro figuras importantes, una de ellas institucional y tres personalidades históricas que marcan hitos en la Historia de Cuba. La figura institucional no puede ser otra que la Iglesia (que en el caso que analizamos, Cuba, es la católica), soporte espiritual que ha acompañado al sistema capitalista desde su nacimiento. Y en el caso de las personalidades históricas sobresalen Francisco de Arango y Parreño, Antonio Maceo y José Martí. (continúa)
Notas.
* Martí José. El alma de la Revolución y el deber de Cuba en América. Periódico Patria, 17 de abril de 1894.
2. Wallerstein, Immanuel. Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Un análisis de sistemas-mundo. Ediciones Akal, S. A., 2004. Madrid. p. 73-74. Esta edición no se encuentra en inglés, es solo para lengua española.
3. Carlos Marx. El Capital. T. I, capítulo XXIV. La llamada acumulación originaría, epígrafe 3.
4. Cuba no sólo no se independizó, sino que ofreció una amplísima colaboración en la lucha contra los revolucionarios americanos y, aún más, en la organización de expediciones de reconquista de América.