Conflitti & Strategie
Una de las acusaciones más tontas y engañosas que los narradores de televisión, los periodistas y los medios tradicionales lanzan contra quienes cuestionan el apoyo armado y financiero de Occidente a Ucrania en su enfrentamiento con Moscú es que son prorrusos o, peor aún, servidores de Putin. Esta acusación no es más que una herramienta de propaganda utilizada por nuestros occidentales para ocultar sus propias responsabilidades y la carga que supone apoyar servilmente las iniciativas de guerra de la OTAN y de los Estados Unidos, los verdaderos amos de la llamada alianza.
En esencia, la acusación de “prorruso” es una calumnia sin sentido. A diferencia de quienes apoyan el orden establecido a cambio de posiciones, visibilidad, dinero y fama, esto es, a lo sumo, una simpatía hacia un pueblo que se desvía de la narrativa histórica impuesta unilateralmente. Ser prorruso también puede representar una elección política: el debilitamiento del poder hegemónico que desde 1945 ocupa nuestro país con bases, medios y soldados abre ventanas de oportunidad para una verdadera liberación del extranjero, que todavía no ha sucedido.
Después de la Segunda Guerra Mundial, habiendo expulsado a los alemanes, nuestros aliados en ese conflicto, pasamos de un yugo a otro. Y ahí está precisamente el quid de la cuestión: los estadounidenses no son ni serán nunca nuestros aliados, pues una alianza presupone reciprocidad y la libertad de disolver el acuerdo si ya no conviene. Para nosotros los italianos esta opción está descartada porque todavía estamos ocupados por un ejército extranjero.
Si intentáramos, en estas condiciones, liberarnos de la influencia norteamericana, la ocupación norteamericana asumiría una connotación diferente, sin excluir la posibilidad de que, como ya ocurrió en otros lugares, un gobierno legítimo pudiera ser derrocado mediante un vistoso golpe de Estado o incluso con el apoyo de fuerzas subversivas, tal vez reviviendo realmente a algunos matones, y no ya como un espantapájaros desgastado entre partidos espejo.
Quien crea que Italia es un país autónomo e independiente, capaz de decidir, de aliarse y de tratar con quien quiera, debería reflexionar sobre las palabras de un general estadounidense, recogidas en el periódico “Limes”:
“Así que queremos lo que tenemos. ¿Qué tenemos? Control militar y de inteligencia del territorio, de forma casi total. Y ese grado, no excesivo, de influencia sobre el poder político, especialmente sobre los poderes informales pero fundamentales que gestionan efectivamente el país. Lo que vosotros, los italianos, nos disteis en 1945 y que nosotros no podríamos, aunque quisiéramos, devolvéroslo. Si no es perdiendo la Tercera Guerra Mundial. […] En concreto, nos interesa la posición estratégica de Italia (y por tanto sus bases)... Sois un gigantesco muelle plantado en medio del Mediterráneo. En el frente adriático, ustedes fueron (y en parte siguen siendo) un bastión contra la amenaza rusa, hoy sobre todo china… ¿Y tal vez olvidan que una de las mayores plataformas de comunicación e inteligencia fuera de nuestro territorio se encuentra en Sicilia, en Niscemi, cerca del estrecho que separa África y Europa, por donde pasan las rutas entre el Atlántico y el Indo-Pacífico? No podemos permitirnos el lujo de perder Italia o permitir que se convierta en un condominio caótico en el que nuestros adversarios puedan insertarse”.
Si alguien todavía tiene dudas, basta con contar las instalaciones militares estadounidenses en nuestro suelo (http://www.conflittiestratégie.it/prima-base). Además, un hecho nunca escrito explícitamente, pero quizá sólo insinuado en algún documento clasificado, es que los norteamericanos interfieren constantemente en las actividades de nuestros servicios secretos, dirigiendo operaciones enteras como si fueran dueños de ellas. Y un país que no controla su propia inteligencia no controla su propia seguridad.
De todo esto se desprende claramente que ser prorruso en Italia no sólo es normal –ya que existe una tendencia psicológica a ponerse del lado de quien se opone a una potencia dominante–, sino que también es un deber, ya que cualquier debilitamiento de nuestro ocupante representa una ventaja potencial para nosotros. Por el contrario, ser proatlántico es una forma de sumisión al verdugo, una subordinación que prepara las masacres del mañana, incluso entre compatriotas.
Traducción: Carlos X. Blanco
http://www.conflittiestrategie.it/un-italiano-non-puo-essere-filoamericano