Trump ha asumido, y cumpliendo casi mecánicamente lo que decíamos con sorna en la tapa de nuestra edición de enero, está acabando con el mundo. Todos los ciudadanos con alguna convicción política arraigada, con alguna creencia en las formas e ideas tradicionales de la política, están en contra de lo que hace. Sólo que no están en contra de todo: secreta o abiertamente, muchos también aplauden cierta parte de lo que hace
Recordemos, para empezar, que Trump hace dos o tres semanas iba a tomar el Canal de Panamá. Los medios del Consenso Institucional se erizaron de horror: Trump iba a ser el Violador de la Soberanía de un pequeño país que no podía defenderse. (No como Bush grande con Kuwait ni como Bush chico con dos o tres países mesoorientales, ni como Obama con Libia y Siria, sino… distinto). Los de la ‘izquierda’, en esos mismos medios, desempolvaron los manuales de antiimperialismo de la Guerra Fría, para aplicarlos al caso. El New York Times y CNN destacaron periodistas para demostrar finalmente que Trump es el patán que ellos siempre advirtieron que era, y que aún nadie acierta de veras a definir.
Hace un rato, sin embargo, Marco Rubio habló con José Raúl Mulino, el presidente de Panamá, y ahora parece que todo se reduce a no renovar una concesión de 25 años, vigente, a la empresa CK Hutchison Holdings con base en Hong Kong, y que opera una posición clave en el Canal.
Mulino dijo que todo bien con revisar ese detalle de la concesión, pero que “la soberanía de Panamá sobre el canal no estaba en discusión“. Y Trump se encogió de hombros, y ahora dijo que no creía que hiciese falta introducir militares en el asunto. Se verá cómo se sigue, pero CNN y NYT están desolados, por ahora, puesto que no hay invasión, el show sigue, y ellos siguen cada vez más a la defensiva, intentando atajar alguna de las líneas que la usina de información desbocada de la administración Trump produce.
Al mismo tiempo que Trump iba a tomar Panamá, también -quizá confundiendo la sonoridad de los nombres- anunció que iba a tomar Canadá. Rápidamente tuvimos indignación, pánico, chistes, expertos en tierras raras, y sociólogos citando encuestas que confirmarían que a los canadienses les encantaba la idea. Otros apostaron a que se trataba simplemente de tomar control de la frontera norte, y resolver de golpe el problema de todos los inmigrantes, que pasarían automáticamente a ser ciudadanos americanos. Los rusos sugirieron que Trump se estaba dando cuenta de que Rusia se convierte a toda velocidad en una Potencia Ártica, e intentaba evitarlo. Los más woke aseguraron que, dado que como aseguran los calentólogos, todo el hielo se está derritiendo, Trump estaba adelantando su control sobre rutas estratégicas de navegación que se abrirán el año que viene en el polo.
Finalmente, Trump no se ha anexado Canadá como se hubo asegurado. Por ahora al menos. La idea, de todos modos parecía bastante loca. Pero no es ni la mitad de loca que la idea anterior, que ya está bastante fría: proceder a la Conquista de Groenlandia.
La Conquista de Groenlandia fue el tema inicial de la segunda presidencia Trump, tema hoy sumergido en el olvido gracias a la velocidad de Oreshnik con la que el trumpmuskismo se desplaza por el espectro ideológico e informativo, tumbando ilusiones y muñecos de a uno. Todos los medios que cubrían la toma de mando ya venían, semanas antes, advirtiendo que Trump se proponía avanzar su anaranjada anatomía sobre la virgen tierra greenlandesa. Se rumorea que Groenlandia tiene unos 20.000 habitantes, y que el yerno de Trump fue personalmente a ofrecerle dinero a cada uno. Los voceros y diplomáticos de las “viejas democracias” europeas (s. xix como temprano) se solidarizaron de antemano con la Corona Danesa, que como se sabe es protectora -no colonizadora- de Groenlandia. El problema anticlimático es que Trump tampoco conquistó Groenlandia, y ni siquiera la compró, por ahora.
Mientras estos tres elementos de absurdo político e informativo (a lo que puede agregarse su minúscula y veloz bravuconada con el presidente Petro y Colombia, que por supuesto también terminó en una cantidad inmedible de nada) ocupaban casi toda la escena, Trump impidió por decreto la automutilación de niños y adolescentes, retiró a EEUU de la OMS, puso a un enemigo jurado de Big Pharma como Secretario de Salud y al científico negacionista líder como Jefe de los NIH, y dinamitó la principal agencia de conspiración y terrorismo globalista existente, la USAID, eliminando todos sus fondos, cerrando su comunicación oficial, y dejando en pelotas a decenas o centenares de miles de operadores por el regime change ajeno, manipuladores de elecciones y opiniones públicas distantes, empleados de ONGs,organizaciones woke de falso asistencialismo y paniaguados del fact-checking, en el globo entero
Al mismo tiempo que hacía eso, para no dejar a nadie contento y eliminar cualquier traza de alineación política tradicional, anunció que la Franja de Gaza sería una excelente tira de terreno para desarrollar condos y otros proyectos de real estate, y que la ocupará junto con su amigo Bibi, disponiendo en otra parte de la tierra de los ciudadanos palestinos que aun queden vivos. Oficiales de la administración Trump han intentado echar marcha atrás a las declaraciones, y Rubio dice que han sido malentendidas, pero que lo dijo, lo dijo. Lo asombroso es que la prensa del sistema Biden -que respaldó el genocidio hasta el día antes de bajar del poder- está ahora en la disyuntiva de si anhelar que Trump complete la limpieza étnica de Netanyahu para aprovechar ahora la veta “propaganda humanitaria” contra Trump, o anhelar que todo haya sido otra declaración de dadaísmo político sin visos de realidad, para no empeorar la condición de los palestinos.
El dadaísmo fue un movimiento artístico de vanguardia que cultivó el absurdo, se especializó en la contradicción, y tuvo una conexión festiva con las posturas políticas más violentas y revolucionarias de la época en Zúrich. Por las reuniones del dadá andaba a veces Lenin, en pleno 1916. Dadá fue, entre otras cosas, un espíritu de rechazo al nacionalismo de las burguesías europeas, y a la Gran Guerra, que habían desatado y que en ese momento estaban peleando. El aspecto fundamental del dadaísmo parece haber sido su capacidad negativa. Negar cualquier gesto anterior supuestamente “artístico”, demoler toda presuposición de que alguna forma, idea, estilo o tópico antes considerado “artístico”, lo fuese en realidad.
La acción política del trumpmuskismo, con toda su dotación de contradicción, absurdo y nuda efectividad, sigue en su negatividad fundamental el mismo principio que el dadaísmo. Se trata de un principio de demolición. El talento principal de Trump viene siendo identificar todas y cada una de las formas en las que la gente intenta “pensar políticamente” u “operar políticamente” según las tradiciones y pactos occidentales, y hacerlas puré, tomando decisiones contradictorias que nadie, en su sano juicio, puede inscribir en alguna de las ideologías existentes previamente.
Desde luego, los insumergibles de la ideología harán lo que hacen siempre: tomarán algunas cosas que hace Trump que los confirman en sus presunciones y creencias, e ignorarán lo demás. Por ejemplo, no tiene nada de derechista oponerse al lucro de Big Farma ni intentar ponerle freno a reguladoras estatales como el CDC que, junto a grandes corporaciones de alimentos, amenazan la salud de la población. Tampoco es particularmente de “ultraderecha” garantir la libertad de expresión. Y sobre todo, no es de derecha eliminar las agencias que han desplegado en el mundo la política imperialista de los Estados Unidos, que la izquierda -con razón, en mi opinión- históricamente ha combatido.
Sin embargo, los periódicos “de izquierda” (léase: los que han vivido con del dinero del estado profundo y el complejo industrial de la censura todo este tiempo) dan gritos de horror ahora por una medida indudablemente repulsiva de Trump, como es robar la tierra a los palestinos para construir condos frente al mar, legitimando del peor modo el genocidio israelí: pretendiendo hacer desaparecer no solo el crimen, sino también sus pruebas materiales, y convalidando en los hechos todo lo que Netanyahu ha hecho hasta aquí.
Pero claro, resumir a Trump como “ultraderecha” viendo unas cosas e ignorando otras, eso es lo que denunciamos siempre: querer seguir viendo el presente según las lógicas del pasado. Querer tranquilizarse escuchando los vinilos que nos dejó el abuelo. Trump no es la derecha ni la izquierda ni el medio de nada: es un poder de rechazo a las formas concretas del poder globalista, es un aliado de lo peor de la política que emana de Israel, y es una ciega voluntad de darle a los EEUU una “oportunidad” que, él cree, depende de sacar de la escena un conjunto de grupos e instituciones que vienen desde hace mucho conspirando contra el proyecto histórico norteamericano.
Al ver el slogan MAGA, sabemos que Trump cree en cosas mucho más imposibles que anexarse Canadá. Como por ejemplo hacer retroceder la Modernidad sobre sus propios rieles. Cualquiera sabe que el tren de la modernidad no tiene marcha atrás, que no hay again para los países, que la industria solo se instalará donde haya incentivos, que mudar una fábrica de semiconductores es más caro y ruinoso que ponerle una bomba, que China no quiere entrar en ninguna guerra con EEUU, aunque la ganaría seguro, y que la eliminación absoluta de la facción woke/globalista del estado profundo es más difícil que eliminar el plástico de todos los océanos
Ahora bien, en mi arriesgada opinión, todo lo que está haciendo Trump -a sabiendas o no- cumple una función histórica importante. No dije positiva: dije importante. A los partidarios de la democracia de fantasía, virtual y antirrealista que ha dominado la escena política norteamericana y europea durante los últimos años, les está dando a la vez un espejo, y les está poniendo un freno necesario. A la práctica habitual de la hipocresía generalizada desde arriba, de dictar leyes y úkases que no corresponden a nada salvo a la huida hacia adelante de una elite de gobierno que vive de imprimir moneda, imponer ideas pseudo buenistas/futuristas que en realidad son negocios de esta o aquella corporación, y regular idioteces que hacen la vida de la gente más trabajosa y arrastrada, Trump le opone la desnudez de la legitimidad que ostenta. ¿No lo ha elegido una consistente e indiscutible mayoría? Pues bien. Esta es la democracia que hemos desarrollado en Occidente: una donde la ficción de legitimidad es tan ridícula, que sólo puede terminar de dejarla clara alguien que haga, literalmente, cualquier cosa, dado que es el presidente electo.
Hacer y decir cualquier cosa legítimamente, como lo está haciendo, es exhibir que la legitimidad del sistema está desnuda. Es decir: que los gobernantes anteriores simplemente se limitaban a sus pequeños o grandes negociados, a su encubrimiento mutuo, al robo o al genocidio, haciendo como que cumplían con las reglas del sistema. Ese era un sistema con supuestas reglas visibles, pero sin contenido genuino. Las administraciones anteriores, incluyendo la primera administración Trump, se limitaban a usar el manual para seguir manteniendo en pie una legitimidad sin real fundamento.
Lo que está haciendo Trump es tirarle una inmensa bola de hierro y absurdo a las reglas, hábitos y formas de ese sistema que existió hasta aquí. Es demostrar que el rey está desnudo, que no hay gobierno legítimo, que la democracia es, por supuesto que sí, una cáscara vacía, que el sistema que hasta ayer gobernó carecía de contenido. Instituciones de miles de empleados, con presupuestos de decenas de miles de millones de dólares anuales, pueden eliminarse de un día al otro. Nadie se da cuenta, salvo los burócratas y quienes recibían su dinero de allí. La prensa sistémica pretende ahora decir que el cierre de USAID dejará miles de niños africanos sin comida, y canalladas semejantes. Ya nadie les cree. Bien pueden repetirlo todo lo que quieran. El público ha olfateado sangre de elite globalista, y quiere más.
Me río cada mañana pensando en la seriedad de los argumentos que fueron esgrimidos contra quienes criticamos la farsa cruel de 2020. Los grandes medios y quienes pasan por científicos de importancia en mi país, nos decían: “tienes que seguir la ciencia. Si las instituciones legítimas, con poderes electos y controlados democráticamente, como la OMS, los NIH o el CDC o la FDA aseguran que el Covid es tremendo, que los barbijos y el quedatentucasa son imprescindibles, que la Ivermectina es medicina de caballos, que las vacunas son seguras y efectivas, ¿quién eres tú, legitimado por nadie, para discutirlo?” Era un puro argumento de autoridad, que negaba el debate y censuró todo lo que se le movía.
Pues bien. Ahora la legitimidad democrática la tienen Jayanta Bhattacharya y Robert Kennedy Junior, que dicen exactamente lo contrario. La misma “ciencia” y las mismas “fuentes oficiales” están demostrando que sus predecesores en la legitimidad decían disparates criminales. ¿Van a cambiar, todos estos seguidores de la autoridad, sus “ideas científicas” anteriores, ahora? Me sentaré a mirar.
En cuanto a la “soberanía” europea y los EEUU como “aliados”, y la “seguridad” otánica que provee, desde luego que es también algo mucho menos real de lo que el barullo propagandístico alrededor de Ucrania hizo creer. Basta que Trump diga que se anexará Groenlandia para que todo el mundo se dé cuenta de que, si se le antojase, lo haría. Es ese el momento en el cual todos los europeos saben, a ciencia cierta, cuál es su dignidad, su soberanía, su independencia, su democracia occidental, sus instituciones, sus ejércitos, etcétera.
Acaso un día Rusia habrá terminado de imponer hasta la última de sus condiciones a Ucrania, OTAN, EEUU, y Trump, y terminará de verse de una vez que los “planes de Estados Unidos para terminar con la guerra” son parte del absurdo dadaísta -porque el perdedor de una guerra no pone condiciones. Acaso un día los datos de la farsa pandémica habrán cobrado un nivel mayor de respaldo oficial y algunos de los responsables empezarán a recibir su castigo, y todos los reales negacionistas -los negadores de lo obvio por respeto a un sistema fake, y por miedo al aislamiento social- se sentirán cómodos para admitir la verdad. Acaso un día Israel terminará de ejecutar su limpieza étnica y las playas de Gaza serán frecuentadas por turistas de todo el mundo, y luego, Israel tendrá también que pasar por su proceso de desnudamiento y, quizá, autodestrucción, porque ningún crimen de ese tamaño pasa sin consecuencias.
Y acaso ni llegando ese día los seres humanos de todas las visiones políticas y apolíticas vayamos a terminar de hacer conciencia de que el orden actual de la “democracia” moderna Occidental no tiene mucho más que darle a nadie, puesto que permite las injusticias y las brutalidades más flagrantes, al tiempo que se ampara en unos “fundamentos racionales” que de solo mirarlos dan escalofríos, y en ideologías cuya parábola histórica está siendo demolida por el absurdo.
El fenómeno trumpmuskista es una especie de espasmo del sistema, que lo único que corrobora es su decadencia, su autodemolición, el fin final de la (pos) modernidad. Como escribo en otra nota, Musk es factor de lo nuevo en este asunto, y podría señalar alguna forma de renacimiento futuro posible. Mientras tanto, tengo la impresión de que la fiesta de la demolición de legitimidades le divierte.
El proceso llevará algunos años más, tal vez, aunque la velocidad de este desnudamiento es hipersónica. No, no es Trump, no es Musk, no es Biden ni Nuland, no es Fauci ni RFK Jr.: es una civilización que se murió y ahora se descompone. Es un poco irrelevante ya si Trump completa el proceso acumulando un absurdo, un crimen y un acierto sobre los siguientes, o lo hacen otros. Lo que importa es que todo el tinglado de mentiras y mordazas que se montó para salvar la legitimidad y la racionalidad del sistema ha caído. Lo peligroso es que por ahora no hay nada que lo reemplace. Pero el dadaísmo político imperante, sumado a la ausencia de alternativas creíbles, acaso ayude a debilitar aún más la credibilidad en las fantasías seniles de la Modernidad y sus monstruosidades ideológicas, de modo que sea finalmente posible dar el siguiente paso.
En esta revista lo escribimos largamente durante casi cinco años ya. Las cosas están pasando, y falta mucho aun. Pero ahora es tarde para empezar a entender. Las cosas, instituciones, creencias y proyectos están volando por el aire como vuelan las chapas en un tornado. No hay reconstrucción posible ni para el woke ni para el liberal pasado de siglo, ni para el zurdo de la superioridad moral, luego de que se le vieron las patas a la sota del absurdo y la impostura. El derretimiento comenzó por EEUU, pero no demorará en llegar a costas tan alejadas como la mía, que en su inocencia casi completa se sienten aparte. La legitimidad es una sola, y la misma cabeza que la sostuvo es la que la hará caer.
Puede haber un relanzamiento, sí, de una nueva búsqueda. No sé si llamarla occidental, y sé que Trump no será su líder.