Ninguna esperanza en que el olmo dé peras, tampoco esta vez, desde luego. Pero lo que quizá esté en juego es si hay alguna apertura a una sociedad futura que aún esté ligada al terremoto político norteamericano, o si solo veremos más de lo mismo. ¿Hay, entonces, dos trumpismos antagónicos?
La asunción de Trump trajo una tormenta de órdenes ejecutivas. Algunas -como darle la espalda a la OMS, o liberar la información sobre los asesinatos de los hermanos Kennedy- son espectaculares, aunque no tan sorprendentes como la ideología globalista/woke quisiera pintarlas. Todo esto, junto al absurdo rechazo de la definición oficial de géneros del mundo LGTBIQ+ (definir la sexualidad por ley es imposible; por ende, cuál sea la definición que se elija es irrelevante), la bienvenida prohibición de que adolescentes y niños puedan decidir automutilarse, la denuncia de las mentiras calentológicas, o el rechazo a los aspectos totalitarios de la ideología woke -como el de censurar toda opinión o información disidente-, estaban claramente dentro del programa y en las convicciones de los votantes que hicieron que Trump ganase las elecciones.
Esas cosas pueden hacerse, porque el globalismo-wokismo ha muerto. Soros, Davos, y sus secuaces de múltiples ONG globales, que han promovido su agenda ultra de disolución de regímenes que se resistiesen al proyecto de la elite corporativa financiera, han estado dando sus últimos discursos, cada uno más ridículo que el otro, en Davos estos días. Ese proyecto, “socialista” centralista y totalitario en su fondo, proyecto que viene, en sus definiciones más actuales, de por lo menos los tiempos de la alianza entre el Foro de Sao Paulo (progresismo) y la cumbre ONU de 1992 (nuevo orden mundial globalista), ha recibido un rechazo decisivo en aquellos lugares donde las cosas se juegan. En Estados Unidos, perdió el poder, ante un realineamiento de una parte del estado profundo con el proyecto trumpista. En Europa, tiene las horas contadas, una vez que, en un par de semanas, se realicen las elecciones anticipadas en Alemania. Lo probable allí es que se ponga también de manifiesto, electoralmente, el rechazo de los alemanes a las políticas del grupo globalista y europeísta que, con Scholz y Baerbock a la cabeza, ha llevado a Alemania a su mayor desastre económico, político y social desde la Segunda Guerra Mundial. Si esto ocurre, las políticas europeas respecto de Rusia podrían cambiar radicalmente, aislando y dejando sin opciones a los regímenes y relatos rusófobos. Inglaterra, Francia, son otros gobiernos que están en la lista de derribo por parte de una población europea que de pronto parece estarse dando cuenta de que lo que sus minorías lúcidas les advirtieron todos estos años, sobre la mentira de la pandemia, la farsa cruel de la supuesta “victoria de Ucrania”, y la falsa perspectiva que se les vendía, de un futuro woke, a los sones de la “Intelligentsia” europea de los últimos años y su prensa tradicional. Todo eso va camino a la debacle, junto a la OTAN probablemente. Las ilusiones que todavía agitan los mandamases europeos soristas terminarán de caer con estrépito. Para que eso sea claro, es preciso que la victoria rusa en Ucrania sea clara también. Cualquier solución intermedia dejará sin decisión el asunto fundamental, que no es solo el multipolarismo -ya jugado y decidido y admitido implícitamente por el trumpismo-, sino la mucho más importante batalla respecto del contenido y forma que tendrá el futuro humano.
En cuanto a Estados Unidos, hay dos alas de la nueva ideología en el poder actualmente que se van dibujando. Podríamos sintetizarlas en la antipatía entre Elon Musk y Steve Bannon, dos pesos pesados detrás de la trayectoria política de Trump desde 2016. Mientras que Bannon fue el ideólogo oficial del primer trumpismo, con su énfasis en recuperar valores del pasado, Musk en cambio es, desde que se declaró contrario a la farsa pandémica en 2020, la principal figura de un mundo ‘futuro’, contrario tanto al retrogradismo de Bannon como al burocratismo socio-centralista y globalista woke. Musk aparece ahora como el hombre que señala hacia eso, junto al realineamiento de Zuckerberg y Bezos, que abandonaron el campo woke apenas vieron que ese tren no les convenía más, y que podían obtener mayores márgenes de libertad para sus respectivos proyectos tecnológicos bajo el “muskismo“. Tesla, X, Meta, Amazon, y otros, aparecen como una alternativa que retoma la filosofía original del proyecto tecnológico de los años 90. En cambio, Bannon se alinea con un proyecto que, prima facie, da la impresión de ser el relevo que el estado profundo intenta, para contraponer una vez más su centralismo controlador a las posibilidades de un resurgimiento de una internet verdaderamente libre. Me refiero al enfrentamiento reciente entre Bannon y Musk, cuando la administración Trump lanzó la idea de invertir 500 mil millones de dólares en infraestructura de IA por parte de OpenAI, Oracle and SoftBank. Estos últimos son gigantes claramente alineados con la zona anteriormente dominante del estado profundo. Musk se opone a eso, pues, no solo por razones empresariales y de competencia, sino por razones filosóficas. Todas las manifestaciones políticas e ideológicas de Musk apuntan a liquidar el woke en el mundo occidental, tanto en EEUU como en Europa y sus satélites canadiense y australiano.
La presencia de Musk es el punto decisivo en el futuro de este cambio político. Es Musk, no Trump, quien tiene la perspectiva y el control empresarial y técnico sobre los elementos que pueden volcar a los menores de 40 años a abandonar el wokismo, que se les ha vendido como descripción única del mundo futuro. Y esa es una cuestión importante: ¿cuál futuro, el de Musk, o el del woke? Porque Bannon no tiene, para el futuro, ninguna idea, salvo volver todo atrás. Lo cual es plenamente irrealizable.
Un indicio importante de que este es el diagnóstico correcto, para mí, es el rechazo visceral que los ‘progresistas’ de todo el mundo sienten hacia Musk. Han exigido, alineándose junto a mastodontes de la censura y el totalitarismo como Alexandre de Moraes y Lula, y junto a la expresión académica del progresismo globalista como Shoshanna Zuboff, que se prohíba X y Telegram, simplemente porque en esas redes no hay censura y se puede escuchar la voz de los otros. Han aplaudido todas y cada una de las políticas represivas tanto en Europa como en USA, como en sus satélites. Se han dedicado a denunciar todas las expresiones de ideas contrarias a su dogma. Han hecho la guerra, a nivel académico, a todos quienes no se hayan agachado frente a la hegemonía transitoria de su proyecto mental y político. Y en cada una de esas instancias, han visto a Musk y a su red X sin censura, como el enemigo principal.
Hay en ese rechazo dos elementos al menos. Primero, ven a Elon Musk como a un “millonario” -de hecho, es el hombre más rico del mundo-. Siguen así reaccionando en base a su distinción fundamental, “capitalismo vs. socialismo”, que como tal ha dejado de funcionar hace muchísimo, pues todos los socialistas que conozco son capitalistas hasta la médula. Por otro lado, tienen una suerte de envidia de Musk, porque tiene en sí tanto la popularidad que ellos anhelarían, como la mejor versión de rechazo cool a todas las nociones ideológicas que el progresismo ha enarbolado desde los años 90, y sigue enarbolando. Esto muestra que siguen viviendo en el universo de capitalismo versus socialismo, guerra fría, e izquierda versus derecha, de hace al menos 40 años. Pese a que las viejas categorías no sirven más para entender el presente y el futuro, prefirieron mantenerse fieles a ellas. Estuvieron cómodos hasta ahora en ese nido cálido de autoconfirmación. Pero ese espacio autoconfirmatorio es lo contrario al pensamiento, y es incluso lo contrario a las autoproclamadas intenciones del progresismo, de cuya sinceridad no hay por qué dudar. Su ideología, y el hecho notable de que -como grupo- han dejado de consumir lectura desafiante y practicar el intelecto -salvo leerse entre sí- desde al menos comienzos de siglo, entregándose en cambio de pies y manos a la propaganda del woke y a los juegos de poder del desierto mental académico occidental, les ha vedado reconocer y acompañar los cambios que están abriendo el futuro. Su intelectualidad se reduce a llamar de “fascista” y “ultraderechista” a todo aquel que no canta en su coro, lleno de telarañas mentales. Solo la gente menor a 30 o incluso a 25 años está ahora en condiciones de tomar un nuevo rumbo.
En la nueva situación que el cambio de régimen ha traído, Trump podría ser la fachada histriónica que englobe, bajo su doble y mercurial naturaleza (repulsivo apoyo al genocidio de Netanyahu y, a la vez, disolución de USAID), el pasado y el futuro. Bannon le habla a los nostálgicos de los Estados Unidos del western, a la violencia y el rito jerárquico frente al otro y la naturaleza. Bannon es bien capaz de reconocer y denunciar la mentira en el campo político ajeno, pero para el futuro no tiene plan. Es el “again” de MAGA, la imposible remake de una modernidad extinguida. Musk, en cambio, muestra una sensibilidad totalmente distinta. Si bien defiende valores que el woke toma hoy por conservadores -defender la competencia y la libertad de expresión-, su foco me parece centrado en un mundo futuro de tecnología liberadora. No le veo el perfil autoritario que subyace obviamente tanto a Bannon como a otros del equipo Trump. El futuro debería ser, en cierto modo, el resultado de este enfrentamiento Esto hace que no Trump, sino Musk, sea el eslabón débil en la cadena hacia un futuro no-woke y no globalista. En el enfrentamiento interno a Occidente que se está agudizando estos días, Musk sería el objetivo principal de cualquier woke que comprenda lo que está en juego. La desaparición de Trump sería relativamente fácil de superar para todo ese movimiento. La de Musk sería irreparable.
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