Un comentario rápido sobre el vídeo surrealista que apareció en la página dirigida por Donald Trump (en los comentarios).
Confieso que, incluso después de verlo varias veces, no conseguía hacerme a la idea.
Mi primera suposición fue que se trataba de un vídeo satírico y mordaz, movido por algún ingenioso crítico para provocar indignación.
Pero ahora parece confirmado que se trata de un vídeo colgado, si no por el propio Trump, sí por su entorno, es decir, con su aprobación.
En este punto surge una segunda hipótesis. Lo que habría sido una sátira mordaz en un atentado es en cambio, a los ojos del entorno trumpiano, un anuncio irónico, incluso autodespreciativo, divertido, en resumen, uno de los miles de productos audiovisuales tecnológicamente refinados que la maquinaria bélica estadounidense utiliza para ejercer su poder blando: un entretenimiento que transmite oblicuamente los mensajes deseados.
Que el vídeo pretende ser irónico y autodespreciativo es evidente: el niño con el globo en forma de Trump, las bailarinas barbudas de la danza del vientre, Trump y Netanyahu bebiendo mojito en las reposeras, etc.
El tono es de troleo, queriendo provocar y al mismo tiempo afirmando que puede permitirse cualquier troleo.
Y funcionará.
Se hablará sin duda del vídeo (primer éxito), se verá en todas partes y las imágenes de la Costa Azul se instalarán en las conciencias (segundo éxito), y ante la polémica irritada Trump tendrá buen juego para decir que sus críticos carecen de humor, convirtiendo una acusación en una contraacusación (tercer éxito).
Aquí, en verdad, creo que la operación ha sido cuidadosamente pensada y básicamente ha tenido éxito.
Sin embargo, hay una pregunta que me atenaza y para la que no tengo respuesta, salvo una trágica.
El verdadero problema es que la posibilidad de producir un vídeo así como herramienta de propaganda nunca se le habría pasado por la cabeza al escritor, pero sí a la inmensa mayoría de la población del planeta.
¿Por qué?
Porque hay un punto en el que la ética y la estética se tocan, y en el que el mal gusto no es «provocación kitsch», sino obscenidad manifiesta, algo que sencillamente ni siquiera te permites imaginar porque mancillaría tu alma.
La obscenidad aquí reside en tu evidente incapacidad (¿mental? ¿espiritual?) para comprender que, sean cuales sean tus convicciones sobre el bien y el mal, hacer brillantes ocurrencias sobre decenas de miles de cadáveres aún calientes es sencillamente infrahumano.
Pero creo que aquí opera en profundidad un rasgo cultural que sólo puede entenderse con un bagaje cultural estadounidense. El proceso de insensibilización y desacralización que caracteriza la parábola histórica de la cultura liberal ha tenido siempre su punta de lanza en EEUU.
Esto conlleva dos instancias: a) que el fin siempre justifica los medios (cualquier medio), y b) que el fin económico reabsorbe cualquier otro fin.
El primer pasaje, a saber, la legitimidad de esclavizar instrumentalmente cualquier cosa, es lo que repugna al ser humano medio cuando percibe el contraste entre la película irónicamente brillante y la realidad de muerte y sufrimiento en los lugares representados. («Si me sirve, todo vale la pena»)
El segundo pasaje es intrínseco a la imagen de sí mismo que se exhibe y que es ejemplar y digna de perseguir. Así, la imagen de un multimillonario bronceado y sonriente engullendo cosas en la playa, la imagen de lustrosas mansiones al estilo de Las Vegas, la imagen de duchas de dólares, la imagen de un mundo plastificado, de una Disneylandia para estadounidenses obesos y sus emuladores se presenta como un modo de vida rico y, por tanto, deseable.
Sin darse cuenta de que, fuera de sus fronteras, despierta sobre todo la náusea.
Aquí, lo que francamente no me escandaliza, sino que me asusta, es comprender el abismo de gusto primario, de estética que es la ética, que separa esa forma de vida -equipada con bombas atómicas- de todo lo que ha tenido sentido en la historia y sigue teniéndolo para gran parte del mundo.
traducción posta porteña