16.MAR25 | PostaPorteña 2465

Europa descubre su inexistencia; actualidad de un año revolucionario (1793-1794)

Por Alma Bolón/extramuros

 

El Museo Carnavalet, dedicado con pasión a la ciudad de París, montó estos meses últimos una exposición sobre “París 1793-1794. Un año revolucionario”. De entrada, sorprende encontrar el término “revolucionario” en su sentido más urticante e intolerable, luego de decenios de “revolucionario método para adelgazar” o de “revolucionaria receta para fabricar ñoquis” o “para fabricar tesis doctorales” o “para lograr una convivencia respetuosa de niñeces, adulteces, vejeces y otres otrededes”

Alma Bolón eXtramuros 9/3/25

1) El viejo término “revolución”, amigo de movimientos astrales y de eterno recomenzar, en el Carnavalet vuelve por sus fueros políticos, tanto más incómodos cuanto la alcaldía de París está oficialmente embanderada con Ucrania, y su Hôtel de Ville y su Museo Carnavalet lo están literalmente. Peor todavía, el fin de “París 1793-1794. Un año revolucionario” coincidió con la decepcionante anagnórisis que hoy sufren Francia y tal vez algún otro país europeo, al reconocerse, por obra de Trump y de Putin, como Estados prescindibles, solo requeridos para seguir alimentando la industria de las armas y del miedo. Francia o Alemania, lejos de ser los Atlas que sostienen la Europa democrática repleta de derechos humanos y de libertades, solo deben dedicarse a gastar más en industria bélica. Así lo expresó Ursula von der Leyen en la reunión urgente que juntó a los políticos europeos anonadados al enterarse de que eran nada, y de que Trump los “abandonaba” (sic) y se iba con Putin.

La elegida de los mega capitales instó o intimó a los miembros de la Unión Europea a aumentar «considerablemente» sus gastos en defensa. Tan considerable debe ser el aumento que Von der Leyen, al igual que el canciller Scholz, propone para esos  montos un tratamiento presupuestal privilegiado, que permita a ese democrático gasto militar derogar los férreos (y cuán flexibles) criterios de austeridad de Maastricht. Naturalmente, la austeridad seguirá y será más severa para jubilaciones, salud, enseñanza, vivienda; en cambio, el presupuesto para “defensa” podrá expandirse y saltearse todos los cinturones presupuestales/monetarios impuestos por la Comisión Europea. «Nuestros gastos de defensa apenas pasaron de 200 mil millones de euros (200 000 000 000 de euros) antes de la guerra a más de 320 000 000 000 de euros [en 2024]. Debemos seguir aumentando esa cifra considerablemente» exigió Ursula von der Leyen el 14 de febrero pasado. En este caso, “considerablemente” significa gastar 500 000 000 000 de euros en “defensa” el decenio que viene. (A punto de publicarse este ensayo, a casi un mes de estas previsiones de gastos, en una nueva reunión en Bruselas, “los 27” (nombre de la supuesta unidad europea) decidieron llevar a 800 000 000 000 de euros el presupuesto para armamento. Previsiblemente, quienes se manifiestan en contra de la vía bélica, en el mejor de los casos son tratados de “derrotistas”, denominación de carga infamante en la historiografía francesa).

Políticos, burócratas, universitarios, periodistas y personas embebidas en medios masivos de comunicación franceses se muestran todos compungidos ante lo que llaman “el retorno de los imperialismos” y si algunos denuncian el retorno a Yalta y su reparto del mundo, para otros “la empresa de demolición, por el presidente estadounidense, del mundo construido en 1945 constituye un momento doloroso para una Europa condenada a soportar en Múnich la lección de un vicepresidente de Estados Unidos en campaña a favor de la extrema derecha”.  

Para muchos, se trata de evitar la “capitulación ante la Rusia de Putin”, en un momento en el que “los Estados Unidos de Donald Trump no pueden ser considerados ya como aliados”. Con pseudo optimismo y genuina presión, otros dicen: “no todo está perdido, porque Donald Trump todavía no descartó formar parte de un campo occidental, pero a condición de que sus socios paguen el tributo militar y financiero”.

Aunque esta anagnórisis humillante que experimenta hoy Francia se haya precipitado con la diplomacia de Trump y de Putin que claramente dejó fuera de juego a Zelensky y a sus aliados europeos, la revelación del papel europeo –“pagar el tributo militar y financiero”- sumada a la crisis que trajeron a Alemania y a Francia los tributos ya pagos durante estos tres años de guerra en Ucrania, no son una novedad. Hace tiempo que, por ejemplo, Emmanuel Todd (por no nombrar ningún izquierdista) alerta sobre el camino de auto destrucción emprendido por Europa. 

No obstante, hasta ahora, cualquier propuesta de desenganche de la OTAN es sofocada: Francia, la OTAN, la Unión Europea, la Ucrania de Zelensky, Israel, los EEUU de Biden y Kamala son las últimas empalizadas del mundo democrático. (De la “civilización” hubiera dicho el consensual discurso colonialista decimonónico, del que hasta el mismísimo Maldoror supo burlarse.)

Así, insistiendo en ese sentido común y espeso, Anne Sinclair, ex periodista televisiva y ex esposa de Dominique Strauss-Khan (ex famoso presidente del FMI) en Libération  se pregunta “¿Qué ha sido de nuestra humanidad, nuestra razón, nuestro honor?”, ilustrando esta pregunta con una imagen de israelíes esperando la llegada a Tel Aviv de los cuerpos de los dos hermanitos y la madre hechos cautivos en el kibutz lindero con Gaza el 7 de octubre de 2023. Y respondiéndola: “Luego del anuncio de las negociaciones entre Trump y Putin, Francia se encuentra abandonada por su aliado más cercano. Drama también para Europa, que se encuentra en primera línea ante un dictador burlón y feliz por el giro que va tomando el mundo”. 

2) Está claro que referirse a 1793-1794 como “año revolucionario” llama la atención porque un compacto sentido pudo imponer otro nombre: “el Terror” –“la Terreur”-, como quien dice “el Éxodo” o “el Sitio de Montevideo”, nombres (presuntamente) inescindibles de un acontecimiento histórico. Este nombre, “el Terror”, además de aludir al número de guillotinados, también funciona como explicación histórica, y como pedagógica lección transhistórica, para quien no tenga muchas ganas ni de perder la cabeza ni de rompérsela leyendo y pensando. Si toda revolución termina en el Terror, ¿para qué algo? 

Porque la aleccionadora advertencia absorbe cuanto ejemplo se le cruce: la revolución francesa y su guillotina incansable, pero también la soviética y sus purgas y sus juicios de Moscú, la china y sus luchas de camarillas y su control de la población, la cubana y su régimen agónico. ¿Cuántos espectadores de cine podríamos nombrar dos películas sobre la revolución francesa pero ajenas a “el Terror”? La mayoría de los espectadores, probablemente, solo podría nombrar dos, las dos condenatorias de “la Terreur”, y estoy refiriéndome al “Danton” (1983) de Wajda, interpretado por Gérard Depardieu y a “L’Anglaise et le Duc” (2001), de Éric Rohmer, con el imponente Jean-Claude Dreyfus en el papel del guillotinado Felipe Igualdad, Duque d’Orléans, diputado jacobino y votante de la condena a muerte de su primo el rey Luis XVI. 

Nuestra memoria de grandes momentos cinematográficos que con maestría solo aleccionan sobre “el Terror” se junta con el cultivo de una desmemoria: el gran Robespierre, en París, carece de calle, estación de metro, placita o rincón que lo nombre. Periódicamente, concejales parisinos proponen, con hartos pero insuficientes argumentos, que el nomenclátor de la ciudad vuelva a homenajear a “el Incorruptible”, como lo hizo hasta que en 1950 fue desbautizada la calle que lo nombraba. Más de 250 ciudades francesas -Arles, Bourges, Calais, Lille, Montpellier, Toulouse, etc.- lo nombran, pero en la región parisina, solo el suburbio de Montreuil, aledaño de París y bastión antaño comunista, conserva una calle y una estación de metro llamados “Robespierre”. En cuanto a Jean-Jacques Rousseau, París lo recuerda en una calle céntrica, así como dio calle y monumento céntricos a Danton; Montevideo, sin sorpresa, tiene su calle Juan Jacobo Rousseau e ignora el resto. 

Sin referir estos detalles y estas querellas, la exposición sobre 1793-1794 de entrada plantea muy sobriamente que esos años, además de haber recibido la apelación “el Terror”, también fueron nombrados como “l’an II”. (Y aquí podría encenderse la memoria cinematográfica de “Les mariés de l’an II” (1971), película de Jean-Claude Rappeneau con Jean-Paul Belmondo, Marlène Jaubert y un elenco buenísimo situado en el torbellino mortífero de la revolución.) 

Mirar esos años desde la perspectiva del año II, y no de “el Terror”, es lo que trata de hacer la exposición del Carnavalet.

3) Ese año II que duró dos años (1793-1794) trajo el propósito de revolucionar la vida revolucionando también los nombres que le dan sentido; así, 1792 no será más el cristiano año 1792, sino el republicano año I, el año I de la abolición de la monarquía y de la proclamación de la primera República francesa, gobernada por diputados electos en sufragio universal masculino. El año II dará a luz la Constitución de 1793, dotada de un Preámbulo con una nueva Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, que amplía la adoptada en 1789. Se consagran en 1793 los derechos fundamentales: igualdad, libertad, seguridad y propiedad; como consecuencia de estos, el último artículo de la Declaración afirma: “Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada porción del pueblo, el derecho más sagrado y el más indispensable de los deberes”. 

Aunque la derrota sufrida en 1794 por los jacobinos, redactores de esta Constitución, volvió imposible su aplicación, el espíritu que animó su letra perdura en el apego, no solo al derecho y al deber de insurrección, sino a un conjunto de derechos sociales y existenciales: el derecho de los extranjeros a la ciudadanía francesa (la mitad de los habitantes de París son entonces nacidos en otros lugares), el pueblo como soberano, la abolición de la esclavitud, la prohibición de la alienación del cuerpo humano, etc.

Despegándose del mito sangriento, la exposición del Carnavalet exhibe el sólido portafolios de cuero de Robespierre entre muchos documentos que dejan constancia de la labor legislativa de la Convention y del Comité de Salut. Porque la revolución no solo uniformiza pesos y medidas o reorganiza el calendario cristiano según el ritmo de los trabajos agrícolas, o funda el Museo del Louvre con obras confiscadas al clero y a la nobleza que huyeron al extranjero (tal como habían intentado huir Louis XVI y su familia en 1791 y tal como lo cuenta “La nuit de Varennes” de Ettore Scola). La revolución también vota la abolición de la esclavitud en las colonias francesas (1793), legaliza el divorcio por única voluntad de la mujer (fines de 1792; entre 60 y 70% de los divorcios obedecen a solicitudes de esposas), estipula que las escuelas de la República son públicas, gratuitas y obligatorias (1793), funda una escuela femenina de tipografía. (Y en 1794, en París, la mayor ciudad francesa y la segunda europea después de Londres, hay 13 560 alumnos, entre niñas y varones; la mitad de los maestros son maestras. Luego del verano parisino de 1794, con la caída de Robespierre y los jacobinos, esos maestros serán acusados de ser militantes y de propagar la ignorancia.) 

En ese año II no solo sucede que el abad Grégoire, diputado revolucionario que también había votado a favor de la ejecución de Luis XVI, desempolvara el viejo término romano “vandalus” para designar ahora a quienes destruyen los bienes de la nobleza y del clero, sino que se forja el concepto de “patrimonio nacional”, mientras que el abad lleva adelante la primera encuesta dialectal, para propender a la unificación lingüística y en consecuencia política del territorio. David, el monumental pintor, se dedica también a diseñar nuevos atuendos para la población que está haciendo la revolución, mientras organiza las grandes celebraciones ciudadanas: “Fiesta de la Razón” ofrecida en la catedral de Notre-Dame rebautizada “Templo de la Razón”; “Fiesta de los Mártires”; “Fiesta de la Libertad”; “Fiesta del Ser Supremo”, que culmina con Robespierre prendiendo fuego una estatua del “Ateísmo”.

Con comparable entusiasmo, la revolución pretende actuar directamente sobre la economía, imponiendo el control de precios en un conjunto de alimentos, productos de aseo y de mínimo confort (sebo para la iluminación, carbón, leña). Igualmente, se vota el castigo a los acaparadores; cuando, como en 1789, la población, en particular las mujeres, toma en sus propias manos el abastecimiento y la expropiación de los acaparadores, la Convención hace oídos sordos. Al menos, los girondinos, reacios al control de precios, defensores a ultranza del libre mercado, partidarios desde 1792 de declarar la guerra a los austríacos, quienes, ganasen o perdiesen, terminarían favoreciendo a Luis XVI, cónyuge de la austríaca María Antonieta y víctima de una revolución que bien valía la pena vencer en el campo de batalla europeo.

En otras palabras, respondiendo a su título, la exposición del Carnavalet ilustra (con mayor discreción que la aquí empleada) que la revolución no solo no es sinónimo de “el Terror”, sino que fue un acontecimiento cargado de sentidos que entonces encontraron y hoy siguen encontrando defensores y enemigos encarnecidos. Si en un primer momento los girondinos fueron expulsados de la Convención y muchos de ellos guillotinados en intensos días, los jacobinos fueron derrotados y el relato de sus enemigos hoy predomina, acaparando el sentido “terrorífico” del año II. 

En ese entonces, el periódico “Le Moniteur Universel” en sus páginas ponía lado a lado la cartelera de espectáculos parisinos y la lista de ejecutados; en algunos trazos mínimos es posible imaginar el espesor de la época y la derrota. El pintor David, luego de la caída de los jacobinos, intentando poner a salvo su pellejo y su obra, saca del bastidor y enrolla y oculta el retrato de Marat asesinado en su bañera por la girondina Charlotte Corday, pintura hasta entonces colgada en la sala de sesiones de la Convención. David hace lo mismo con otra obra anterior que había tenido similar origen y destino, puesto que retrataba el apuñalamiento del marqués Lepeletier de Saint-Fargeau, asesinato cometido por un monárquico que así castigaba al marqués de Saint-Fargeau por haber votado la ejecución de Luis XVI. Si la pintura de Marat asesinado en la bañera llegó hasta nuestros días, no así la de Lepeletier de Saint-Fargeau, comprada y destruida por su hija para así borrar la memoria del padre regicida. Y también: vencidos los jacobinos, un pintor que los había celebrado, pide a una aprendiz de su taller que elimine de una obra el retrato de Marat, que en ese lienzo acompañaba al de Rousseau. La muchacha hace desaparecer a Marat bajo una nube vaporosa, y cuenta que cumple con esa labor pensando en Charlotte Corday.  

4) Con discreción y concesiones (el plato fuerte de la exhibición es la hoja herrumbrosa de una guillotina, encastrada en una voluminosa madera petrificada, aunque del siglo XIX), el Carnavalet apostó a deshacer la equivalencia entre revolución francesa y “el Terror”, y a reivindicar el año II como momento revolucionario por sus propósitos y sus efectos, vencido por lo que se suele ser vencido, victorioso por las novedades insuperables que sigue trayéndonos. 

Cuando el antisovietismo de la guerra fría hace tiempo que volvió bajo la forma de un consenso europeo antiRusia y de una adhesión enceguecida a “Occidente” y sus otánicos valores guerreros, gargarizados por un puñado de amistades del capital que llaman al “esfuerzo de guerra”, esta exposición luce como un desafío intelectual, político, revolucionario.   

Más allá de la revolución de los astros que aseguran que el retorno es posible, con Heráclito afirmamos su imposibilidad. Sin embargo, ¿cómo resistir a la ilusión de ese mundo que vuelve, un mundo en que una minoría ínfima y deleznable hace sonar democráticos e inclusivos tambores de guerra, mientras una mayoría más o menos aplastada se sabe llamada a seguir pagando el tributo impositivo, existencial y vital que “el esfuerzo bélico” exige?


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