A Marine Le Pen se le ha prohibido presentarse a las elecciones presidenciales francesas de 2027.
Ese es el titular: sin metáforas, sin matices, solo la dura espada que cae. No la han derrotado en el terreno del debate o la visión. Simplemente han cerrado las puertas. La reina es retirada del tablero mientras el juego continúa, amañado, temblando de miedo ante su regreso. Esto no es solo un tribunal. Es un teatro de ejecución ritual donde ella es condenada. Se desarrolla un drama, despojado de la honestidad de la tragedia. La víctima es más que una figura política. Ella encarna la revuelta de una nación. Los tribunales franceses, actuando como instrumentos de una entidad supranacional, han declarado su veredicto: Marine Le Pen, culpable de atreverse a resistir. Alegaron que entre 2004 y 2016, ella «malversó» aproximadamente 4,5 millones de euros al contratar asistentes que supuestamente servían a su partido, Agrupación Nacional, en lugar de dedicarse a «trabajo parlamentario legítimo». Sin embargo, el verdadero espectro que acecha este procedimiento es la propia soberanía.
La privación de sus derechos de voto pasivo no es una nota a pie de página legal menor. Es el desmantelamiento deliberado del derecho del pueblo a elegir a su líder. El momento revela un acto calculado de sabotaje, dirigido a quienes desafían la ortodoxia liberal-izquierdista imperante. El poder judicial interviene precisamente cuando hay mucho en juego a nivel nacional y el opositor articula la voz del pueblo. Le Pen sangra donde las reliquias permanecen inertes. Su apelación es anticipada, pero tales apelaciones a menudo resuenan como jadeos inútiles en las cámaras donde los veredictos están predeterminados.
Ya hemos sido testigos de este patrón antes. El nombre de Georgescu permanece como humo en los anales de la traición política. Recordemos a este patriota rumano que se atrevió a utilizar el lenguaje del pueblo, exigiendo que Bruselas se inclinara ante Bucarest. Y más allá de Georgescu, la imagen de Codreanu, el Capitán, se agita en las sombras, un mártir cuyo recuerdo todavía infunde miedo en el corazón del imperio burocrático. Georgescu, como Codreanu antes que él, se negó a arrodillarse, y por este desafío fue exiliado de la ilusión democrática. Estuvo al borde de la victoria hasta que la maquinaria de la Unión Europea se volvió contra él. Se manipularon instrumentos legales, se invocaron párrafos burocráticos y de la noche a la mañana fue borrado de unas elecciones que estaba a punto de ganar. Ningún tanque recorrió las calles. La UE solo necesitó pergaminos y astucia procesal. Bruselas permaneció indiferente. Europa consume a su progenie sin remordimientos. El llamamiento de Georgescu también quedó en nada, ya que todo está manipulado y es falso.
A esto lo llaman «el imperio de la ley». Sin embargo, en una Unión donde la ley se pliega a los caprichos ideológicos, se convierte en un garrote cubierto de terciopelo. A los eurócratas no les preocupa la corrupción, pero sí la pureza, la que habla de herencia, linaje y una Europa forjada a través de siglos, no de tendencias fugaces. Le Pen, como Georgescu, transgrede al afirmar que la identidad perdura. Que Francia existe más allá de la mera retórica: como tierra, como piedras fronterizas, como monumentos de guerra, como el aroma del pan recién horneado al amanecer en un pueblo al margen de las perversiones de la modernidad.
El verdadero juicio se desarrolla ahora, en todas partes. ¿Nos sometemos a la tiranía de los documentos, los magistrados sin rostro y las directivas escritas en un lenguaje aséptico? ¿O nos alzamos como herejes contra su dogma global? Le Pen es más que un nombre tachado de una papeleta. Se ha convertido en un símbolo, magullado y desafiante. Declarar sus objetivos inelegibles pretende hacerla impensable. Sin embargo, el pensamiento lucha contra la represión. Si Europa va a experimentar un renacimiento, su latido resonará a través de la angustia y la verdad sin adornos.
Puede que hayan conseguido una presidencia, pero el alma del continente sigue estando fuera de su alcance. Esa esencia no puede ser perseguida. No será silenciada por decretos legales. El patriota europeo, como el ave fénix que resurge de las cenizas ancestrales, asciende. Cada voto prohibido, cada candidato silenciado, aviva el fuego. La llamada «muerte política» de Le Pen marca la primera estrofa del próximo himno. Esta epopeya no se emitirá. Se contará en catacumbas metafóricas, iluminadas por la luz parpadeante de las velas, y se hablará en códigos descifrables solo por antiguas líneas de sangre.
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¡Y van…! Empezaron con Rumanía, donde anularon simple y llanamente la segunda vuelta de las elecciones que iba a ganar Calin Georgescu, el candidato de la derecha patriótica (vulgo extrema derecha fascista y racista). Primero detuvieron a Georgescu y luego anularon su candidatura en las próximas elecciones de mayo. Ahora le ha tocado el turno a Francia, donde tres jueces han decidido excluir de las elecciones presidenciales de 2027 a Marine Le Pen, a quien el pueblo, con un 37% de intenciones de voto, estaba aupando a la cabeza de los sondeos, muy por delante de todos los demás candidatos. Añadamos el caso de Alemania, Austria y Países Bajos, donde la voluntad popular ha sido pisoteada por las triquiñuelas parlamentarias (¡perfectamente sí; lo jurídico y lo leguleyo está a salvo!) que han desplegado los partidos de la oligarquía liberal (tanto «popular» como sociata). Los partidos del Sistema han levantado su habitual «cordón sanitario» gracias al cual no ha servido de nada que las fuerzas social-patriotas hubieran conseguido el apoyo de la mayoría (mayoría no absoluta, pero mayoría). Unidos, conchabados todos los globalistas y biempensantes, los partidos patriotas se han visto apartados de cualquier participación en el poder (o sólo se les han concedido algunas migajas, como en los Países Bajos).
¿Qué conclusión sacar?
La conclusión salta a la vista. Eso en lo que vivimos, de democracia sólo tiene el nombre. Y es la propia oligarquía liberal la que, con medidas como las que acabamos de enumerar, lo pone al descubierto, lo deja expuesto a la meridiana luz del día. Es tal el miedo que los agarrota que...
Pero ¿de qué tienen miedo, vamos a ver? ¿Acaso tienen miedo de que vuelvan «los días más oscuros de nuestra historia», como afirman mientras agitan el espantapájaros con el que tratan de espantar a la plebe? ¿Tal vez tienen miedo de que Putin acabe llegando un día hasta Lisboa? ¡Por favor, tales estupideces no se las creen ni ellos mismos! Y, sin embargo, no cabe duda de que un miedo cerval los ciega y les hace quitarse la máscara de la soberanía popular y del engaño democrático que desde hace tantas décadas ha sido el gran refugio en el que se han amparado.
Pero ¿de qué tienen miedo entonces? Tienen miedo —y uno los comprende— de que cambie el régimen, de que pierdan sus privilegios, chanchullos y poderes mil. Porque el día en que las fuerzas patrióticas tomen el poder, ese día no se va a establecer, desde luego, el régimen totalitario que los biempensantes dicen temer; pero ese día —si las fuerzas patrióticas son consecuentes con todo lo que prometen, si no vuelven a engañarnos a su vez— no será un mero Gobierno lo que caerá. Será todo un régimen, todo un sistema, todo un mundo.
Y eso que a nosotros nos hace jubilar, eso mismo — ¡pobrecitos!— les hace desesperarse. Y, para intentar frenarlo, los biempensantes de toda Europa han preferido quitarse la careta democrática, y se han puesto a encarcelar, como en Gran Bretaña, a los europeos blancos; y se han dedicado a anular elecciones cuyo resultado no les gustaba y a destituir a candidatos que despreciaban. En una palabra, no les han dolido prendas en que su régimen se convierta en una descarada autocracia, en un totalitarismo… blando, es cierto; pero más insidioso, más sutil, que el totalitarismo puro y duro.
Caídas definitivamente las máscaras, acabado el engaño de la democracia liberal con la que han tapado sus vergüenzas durante tanto tiempo, ¿se abrirán por fin los ojos de los pueblos que hasta ahora tragaban toda la bazofia que se les daba? Esperemos que sí, deseemos que el tiro, a nuestros mangantes, les salga por la culata; pero andemos con tiento, porque el poder de la oligarquía es tan grande, y es tan poderosa la fuerza de los medios de cretinizar a las masas, que la cosa ni será fácil ni estará ganada de inmediato.
Pero un paso importante, un paso inmenso se ha dado a partir del momento en que, a ojos de todo el mundo —salvo los de quienes mantengan sus anteojeras—, ha quedado claro que el rey está desnudo, en cueros vivos.