06.ABR25 | PostaPorteña 2470

INTELECTUALES OPOSITORES A LA GUERRA DE MALVINAS

Por Vanina Soledad López

 

 Análisis de “¿La verdad o la mística nacional?”

 Vanina Soledad López - Universidad Nacional de Quilmes /  Universidad Nacional de San Martín (Argentina)

Question– Vol. 1, N.° 33 (verano 2012)

Distintas  ramas  de  las  ciencias  sociales  señalaron la  Guerra  de  Malvinas  como  la causa  desencadenante  del  fin  de  la  última  dictadura  militar  y  un  factor  clave  en  la  transición democrática.  Aunque  minoritaria,  la  historia  de  la oposición  a  la  guerra  ha  sido  contada  de manera dispersa ocupando espacios reducidos en los artículos y libros editados. La Guerra de Malvinas tuvo un ingreso reciente en los estudios de historia y memoria, por lo que la reflexión sobre los sentidos construidos, y el silencio sostenido, en torno a las distintas voces opositoras que se manifestaron durante el conflicto armado, se encuentra aún vacante.

 Con el propósito de aportar en ese sentido, el presente artículo emprende un recorrido exploratorio  por  las  voces  disidentes  que  se  oyeron  en  la  inmediatez  del  desembarco  militar argentino  en  las  islas  el  2  de  abril  de  1982.  Luego se detiene en el análisis del texto “¿La verdad o la mística nacional?”, haciendo hincapié en la crítica al desembarco enunciada desde la figura intelectual. Si bien el texto fue publicado de manera anónima en el semanario Nueva Presencia, además de circular en mano bajo el formato folleto, es de público conocimiento que su redacción estuvo a cargo de un grupo integrado, entre otros, por Carlos Alberto Brocato (1) y Jorge Jaroslavsky.

Malvinas, causa nacional y oposición

 Desde  la  tercera  década  del  siglo XX  el  reclamo  diplomático  sobre  las  Islas  Malvinas constituye  para  los  argentinos  una causa  nacional.  Éste  no  se  había  interrumpido  desde  la ocupación inglesa en 1833, y alcanzó uno de sus puntos más alto en la década del 70 cuando la  diplomacia  argentina  fortaleció  la  política  de  acercamiento  con  los  isleños,  mientras  se afianzaban  las  relaciones  bilaterales  que  posibilitaron  acuerdos  como  la  entrada  y  salida  de personas a partir del uso de una “white card” otorgada por Cancillería.

 A  comienzos  de  los  años  ochenta,  en  plena  crisis  económica  y  social  de  la  última dictadura  militar,  la  Junta  decidió  emprender  una  hazaña  “histórica”  y  embarcarse  en  la recuperación  territorial  de  las  Islas.  Según explica el historiador Federico Lorenz la decisión respondía al encuentro de los tiempos cortos y los tiempos largos de la dictadura militar. Por un lado,  la  necesidad  urgente  de  dar  respuesta  a  la  creciente  crisis  interna  marcada  por  huelgas sindicales,  los  reclamos  ante  las  violaciones  de  derechos  humanos,  la  reorganización  de  los partidos  políticos  (agrupados  en  la  Multipartidaria)  y  la  desconfianza  de  gran  parte  de  la sociedad ante el  alza de precios  y el congelamiento  de los salarios.  Por otro lado, la prisa por cumplir el objetivo de recuperar la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas antes del 3 de enero de 1983, aniversario número 150 de la ocupación británica. En este sentido los primeros pasos  fueron  dados  al  designar  a  Nicanor  Costa  Méndez  como  canciller  argentino,  con  el propósito  de  profundizar  el  reclamo  internacional, mientras  un  grupo  reducido  de  oficiales, liderados  por  Jorge  Isaac  Anaya,  planificaba  un  “operativo  sorpresivo,  rápido  e  incruento”  con el  fin  de  producir  “un  hecho  diplomático  que  obligara  a  Gran  Bretaña  a  negociar”  (Lorenz, 2009).

Suele  afirmarse  que  la  decisión  por  la  vía  armada  en  la  recuperación  de  las  Islas  fue una apresurada “corrida hacia adelante” de parte de la Junta; mientras que Lorenz propone que la decisión fue tomada ante el aumento de la presión ejercida por el Reino Unido, en respuesta a acciones previas de los militares argentinos en  las  islas del sur.  El  16 de marzo de 1982  un grupo  de  obreros,  trasladados  por  un  buque  de  la  armada,  izaron  la  bandera  argentina  y dispararon  al  aire  en  las  Islas  Georgia.  Esta  acción  secreta,  llamada  Operación  Alfa,  fue realizada  en  contra  de  las  órdenes  del  comandante  en  jefe.  El reclamo de Gran Bretaña ante estos hechos suscitó el posterior desembarco de un grupo militar liderado por Alfredo Astiz. La decisión  del  desembarco  en  Malvinas  ya  estaba  tomada  desde  la  asunción  de Galtieri  como comandante en jefe aunque, dado el contexto antes mencionado, se adelantó la fecha a fin de acortar los tiempos de los británicos para reforzar su defensa.

El proyecto bélico “antiimperialista” tuvo eco favorable en la mayor parte de la sociedad argentina.  En  tanto causa  nacional  la  recuperación  de  las  islas  funcionaba  como  marca identitaria  y  era  parte  de  los  programas  escolares,  al  mismo  tiempo  que  “se  inscribía  en  un relato  histórico  en  el  que  para  ser  completa  (...)  la  grandeza  nacional  requería  de  la recuperación  de  ese  territorio”  (Lorenz,  2009).  El apoyo  a  la  guerra  llegó  desde  amplios  y diversos sectores de la sociedad; como el ofrecimiento de voluntarios para viajar a las islas, la colaboración  cómplice  y  optimista  de  la  prensa,  y  las  donaciones  reunidas  en  diversos encuentros públicos. 

Las  lecturas  elaboradas  en  los  casi  treinta  años  que  nos  distancian  del  desembarco tienden  a  minimizar  y  repudiar  aquel  apoyo  en  tanto  motivado  por  la  inmediata  euforia colectiva.  Estudios  recientes  proponen  una  vuelta  desde  el  presente  sobre  esas  memorias construidas  para  problematizarlas,  marcando  las  diferencias  y  los  puntos  de  contacto  entre  la plaza del 30 de marzo (marcha de la CGT contra el régimen militar)  y la marcha del 2 de abril (en  apoyo  al  desembarco  en  Malvinas).  Luego  de  siete  años  de  estado  de  sitio  se  daba  la posibilidad de volver a manifestarse en el espacio público a través de movilizaciones callejeras masivas.  La  reconstrucción  de  las  distintas  memorias  regionales  también  complejizaría  las lecturas,  ya  que  la  experiencia  porteña  dista  de  la  vivida  en  zonas  fronterizas  y  en  el  sur patagónico.

Los  partidos  políticos  también  apoyaron  el  desembarco;  tanto  los  tradicionales  (Unión Cívica  Radical,  Partido  Justicialista,  Partido  Intransigente,  Partido  Demócrata  Cristiano  y  el Movimiento de Integración y Desarrollo) asociados en la Multipartidaria, como el abanico de las izquierdas.  Entusiasmados  ante  la  proclamada  lucha antiimperialista  y  el  carácter  anticolonial de  la  invasión (2)  los  partidos  de  izquierda  dieron  su  apoyo  al  emprendimiento  y  postularon desde la búsqueda de la solidaridad soviética para negociar ante la ONU (Partido Comunista), hasta la movilización de masas y sanciones económicas para el Reino Unido (Partido Socialista de los Trabajadores y Política Obrera), pasando por el llamado a unirse en un “frente nacional antiimperialista”   (Partido   Comunista   Revolucionario).   Paradójico   es   el   caso   de   algunos integrantes  de  Montoneros;  quienes  antes  fueron  perseguidos,  secuestrados  y  torturados, ahora   desde   el   exilio   y   en   proceso   de   disgregación de   la   agrupación,   ofrecían   sus conocimientos provenientes de la lucha armada (Tarcus, 2007)

Lo  que  visto  a  la  distancia  puede  entenderse  en  términos  de  “traición”  puesto  en contexto  podría  justificarse  en  la  doctrina  internacionalista  de  izquierda (3). Tal como señala Horacio Tarcus resulta entendible que la izquierda nacionalista llamase a “malvinizar la política” aunque no era tan esperable la actitud del resto de la izquierda. En el caso de los trotskistas su posicionamiento  entusiasta  pudo  haber  estado  emparentado  a  la  postura  expresada  por Trotsky  desde  México,  quien  manifestó  en  una  entrevista  que  ante  una  guerra  entre  la dictadura  de  Vargas,  en  Brasil,  contra  Inglaterra, los  revolucionarios  deberían  apoyar  al  país sudamericano dando prioridad a la lucha contra la opresión estructural, relegando la oposición fascismo-democracia.  “En  suma,  mientras  la  sensibilidad  y  la  experiencia  de  los  militantes  de izquierda  bajo  la  dictadura  los  impulsaba  a  rechazar  cualquier  ‘causa  nacional’  común  con  los militares  genocidas,  la  estrategia  política  nacida en  la  Tercera  Internacional  los  empujaba  en sentido  contrario:  a  apoyar  en  un  sentido  antiimperialista  una  guerra  que  habían  iniciado  los militares, creyendo que la movilización de masas dejaría a la  dictadura en  el camino” (Tarcus, 2007).

Pocas  fueron  las  voces  intelectuales  que  se  pronunciaron  contra  Malvinas  en  la inmediatez  del  desembarco,  mayores  fueron  las  que  dieron  su  apoyo  a  la  recuperación territorial,  considerándola  una  causa  justa  aunque tomando  los  recaudos  del  caso.  Los documentos  de  la  época  señalan  la  encrucijada  intrínseca  en  la  opinión  sobre  la  soberanía argentina  en  las  Islas  y  la  guerra.  Al  mismo  tiempo  dichos  documentos  abren  el  interrogante sobre  cómo  separar  “un  hecho  festejado  y  considerado  legítimo  del  poder  que  lo  había producido” (Lorenz, 2009).

Esa  contradicción  intrínseca  se  expresa  en  el  manifiesto  publicado  por  el  Grupo Discusión  Socialista,  integrado  entre  otros  por  José  Aricó,  Emilio  de  Ípola,  Néstor  García Canclini y Juan Carlos Portantiero, quienes desde el exilio mexicano se manifestaron dando su apoyo  “crítico”  con  la  sutil  esperanza  que  una  derrota  en  las  Islas  se  tradujera  en  el  fin  de la dictadura  sangrienta.  De  este  modo  marcaron  su  coincidencia  con  el  reconocimiento  de  la “soberanía  argentina  en  las  Malvinas”  y  la  oposición  al  régimen  dictatorial  remarcando  el repudio  a  la  política  de  represión  brutal  y  opresión  económica  ejercida  desde  1976.  El  grupo hizo  pública su posición a  más de un mes del desembarco solicitando el apoyo  colectivo para impedir  la  prolongación  del  enfrentamiento:  “Llamamos  a  todas  las  fuerzas  progresistas  del mundo  para  que  se  movilicen  por  el  inmediato  cese  de  la  agresión  imperialista  en  Malvinas: debe  negociarse  de  inmediato  la  paz,  con  el  retiro de  las  fuerzas  colonialistas  inglesas  y  el mantenimiento de la recuperada soberanía sobre las Islas”.

Uno  de  los  primeros  libros  de  análisis  crítico  del conflicto  fue  el  de  Alejandro  Dabat  y Luis  Lorenzano  “Conflicto  Malvinense  y  crisis  nacional”,  escrito  también  desde  el  exilio mexicano  y  publicado  al  fin  de  la  guerra.  En  el  primer  número  del  año  1983  de  la  revista mexicana Cuadernos  Políticos  se  publicó  el  texto  “Las  Malvinas,  una  guerra  del capital”  de Adolfo  Gilly.  En  él,  Gilly  cuestionó  el  carácter  anticolonial  y  antiimperialista  de  la  aventura  y remarcó que “Ni crítica ni limitadamente, ni bajo ninguna condición convenía a los intereses de la clase obrera,  ni a  los  intereses nacional  dar apoyo a esta operación” (Gilly,  1983).  Mientras León  Rozitchner  escribía  desde  Caracas  un  libro  que  sería  publicado  tres  años  después; “Malvinas:  de  la  guerra  ‘sucia’  a  la  guerra  ‘limpia’”.  Allí remarcó su “subjetividad antibélica y anticolonial” oponiéndola al cientificismo de otras posiciones de exiliados de izquierda (Tarcus, 2007). El cambio de la guerra sucia a la guerra limpia designaba el pasaje de una lucha contra un “enemigo interno” desde 1976 a un enemigo externo colonial e imperialista

En Argentina algunos escritores se permitieron usar su humor ácido para dar cuenta de lo absurdo que les parecía el conflicto bélico en un contexto de recepción poco favorable, dado el apoyo mayoritario al emprendimiento militar ya mencionado. Conocido y polémico es el caso de  Jorge  Luis  Borges,  quien  propuso  ceder  las  islas  a  Bolivia  y  posibilitarles  así  una  salida  al mar.  Un  poco  menos  nombrado  es  el  artículo  de  Néstor  Perlongher  publicado  bajo  el pseudónimo  de  Víctor  Bosh  en  la  revista  feminista Persona,  en  el  cual  se  compadeció  de  los kelpers  recientemente  afectados  por  el  “estado   de  sitio”  de  la  dictadura  “fascistante   y sanguinaria”, y propuso darle “Todo el poder a Lady Di” para que “la ridiculez del poder que un coro  de  suicidas  legítima,  quede  al  descubierto”  (Perlongher,  2008:  177).  En  Buenos  Aires  se emitieron  y  circularon  dos  folletos  políticos  claramente  opositores  a  la  guerra;  uno  editado  por el grupo libertario Emancipación Nacional y otro por el Círculo Espacio Independiente.

“¿La verdad o la mística nacional?”

 A  continuación  se  analiza  el  folleto  emitido  por  el  Círculo  Espacio  Independiente, titulado  “¿La  verdad  o  la  mística  nacional?”  en  torno  a  la  cuestión  Malvinas,  que  vio  la  luz pocos  días  después  del  desembarco  de  las  tropas  argentinas  en  las  islas.  Es  de  público conocimiento  que  el  folleto  fue  escrito  por  Carlos Alberto  Brocato,  junto  a  algunos  amigos suyos, aunque dadas las circunstancias históricas circuló de manera anónima o con referencia al grupo.  El análisis aquí propuesto parte de preguntarse ¿qué figura de intelectual se delinea en el folleto? ¿Qué funciones intelectuales asume? ¿qué valores defiende y de dónde proviene la  autoridad  que  el  folleto  se  adjudica  para  enunciar  la  denuncia?  ¿A quién se dirige?  y  ¿qué marcas  particulares  imprimieron  los  cambios  en  el  formato  de  circulación?  Son  preguntas  que interpelan  el  texto  desde  la  tradición  normativa  (4)  de  los  estudios  de  la  sociología  de  los intelectuales  y  que  podrían  reformularse  en  términos  del  compromiso  sartreano  preguntando ¿qué  marcas,  exigencias  y  limitaciones,  impone  la  situación  al  compromiso  intelectual  ante  el conflicto por Malvinas?

El centro del campo intelectual argentino en los años 60, 70 y 80 estuvo marcado por el pasaje, en la izquierda, del intelectual comprometido al revolucionario entre los años 60 y 70 (5) (Terán, 1994  y Sigal, 2002), a un modelo de intelectual de compromiso democrático en los 80 (De  Diego,  2001).  Mientras  que  la  figura  del  intelectual  será  cuestionada  en  los  90,  bajo  el clima postmoderno y posthistórico que anunció su ocaso (Sarlo, 1994). La figura intelectual de Brocato se compuso en tensión con cada uno de esos modelos.  Este trabajo sostiene que puede rastrearse en el folleto la disidencia con otras posturas ante la guerra de Malvinas.

El folleto comienza con la cita de un testimonio de Roger Fry, pintor y crítico inglés del grupo  Bloomsbury,  quién  ante el  comienzo de la Primera Guerra Mundial se  muestra desilusionado  y  ofuscado  por  la  posición  de  los  intelectuales  ante  la  guerra.  Los acusa de haberse dejado llevar por las pasiones y de “seguir la masa al precipicio”. Dice Fry, citado por Brocato, “Supe de una vez por todas que los estudiosos, aquellos cuya ocupación parece que debiera  consistir  en  mantener  encendida  la  luz  de  la  verdad  en  medio  de  la  tormenta,  eran  al igual que los demás hombres, ciegamente patrióticos, ferozmente alertas, cobardes y falsos tan pronto como la opinión pública empieza a pisar fuerte (...) toda discusión, toda búsqueda de la verdad quedó suspendida por ensalmo”.

Desde  el  mito  de  origen,  el  affaire  Dreyfus,  las  existencia  de  posiciones  enfrentadas contribuyó a la “invención de los intelectuales” a fines del siglo XIX. Tanto dreyfusards como anti dreyfusards   enunciaron   el   sustantivo calificativo, que pasó de ser insulto a categoría sociopolítica, y lo hicieron acompañados por el crecimiento de la prensa. Esta definición que a simple vista puede postular un moralista por intelectual, puede también leerse como la defensa de  la  autonomía  del  intelectual  del  partido  político,  al  mismo  tiempo  que  marca  la  inseparable relación de la acción intelectual con la impresión mediática.

 En  el  texto  de  Brocato  la  cita  aparece  como  un  lugar  de  encuentro  entre  el  escritor argentino  y  el  escritor  inglés  que  a  la  distancia, temporal  y  espacial,  sienten  parecido.  Ambos sienten la traición de “aquellos que habrían debido ser los dirigentes”, a pesar de la diferencia entre la realidad inglesa de principio de siglo XX y el contexto dictatorial de escritura del folleto. Ambos se encuentran en esa soledad compartida a la distancia, enunciando la desilusión. Esa soledad fue remarcada por   Alejandro  Kaufman (2007), quien veinticinco años después recupera  el  texto, en  lo  que  denomina  “un  regreso  crítico  a  los  años  80”,  para  quien  el anonimato del folleto no se funda solamente en la protección de los autores ante los represores bajo  la  situación  de  riesgo  y  vulnerabilidad  del  contexto  dictatorial,  sino  en  la  protección  de  la sociedad toda que apoyaba la causa Malvinas.

De esa soledad parte para convocar al razonamiento, marcando que quien escribe no pierde de vista  el asesinato y desaparición  sistemática de personas a partir del 76,  pero también  desde  los  años  previos  tanto  desde  la  “guerrilla  urbana”  como  de  las  bandas “parapoliciales”. Las funciones intelectuales remarcadas son la de la memoria, el razonamiento, la  defensa de la verdad y la denuncia  (con  algún  tinte de esperanza de encontrar  un  lector amigo).  “No  nos  sujetamos  ni  nos  sujetaremos  a  las visiones  ideológicas  de  las  distintas corrientes y sus intereses; razonamos. E invitamos a otros argentinos que también razonen (...) que no acepten sustituir el razonamiento por slogans doctrinarios (...) Que defiendan la verdad por encima de toda adhesión programática”.

Sin  embargo  el  anuncio  de  esas  funciones no es en términos de establecimiento  de reglas, sino que se condice con el modelo normativo del intelectual comprometido sartreano de 1945,  que  toma  posición  en  cada  caso  y  postula  que “El  escritor  tiene  una  situación  en  su época;  cada  palabra  suya  repercute.  Y cada silencio también” (6) (Sartre, 1950: 10).  En  este modelo  la  tarea  intelectual  es  la  escritura  y  Brocato  escribe  para  desarmar  la  mistificación construida  en  torno  a  la  cuestión  Malvinas,  mistificación  que  justifica  una  guerra  en  tanto antiimperialista,  anticolonialista  y  urgente.  La  mistificación  no  es  falsa  aunque  tampoco  es verdadera,  se  trata  en  todo  caso  de  una  combinación  dosificada  de  ambas  en  la  construcción de  opinión  pública  para  la  búsqueda  del  consenso  (7)  unánime,  requerido  en  algunas ocasiones.

Tres son los núcleos centrales de esa mistificación ejercida desde la Junta militar, con amplia aceptación  en la sociedad  y  los partidos políticos: la postulación de la recuperación de la  soberanía  nacional  sobre  las  Islas,  la  usurpación  colonial  inglesa  y  la  falta  de  alternativas junto al fin de la paciencia.

 Ante  la  primera  mistificación  puede  leerse  en  el  folleto  la  exposición  detallada  de  una contradicción  conceptual  en  el  reclamo  de  soberanía  nacional  sobre  las  Islas  por  parte  del régimen dictatorial conducido por Galtieri. La soberanía nacional es de carácter democrático  y se  define  como  el  ejercicio  del  poder  del  pueblo,  lo  cual  se  contradice  con  el  ejercicio  del gobierno en manos militares que sojuzgaban al pueblo argentino desde 1976. Brocato plantea que se confunde “soberanía   nacional” por  “integridad  territorial”, y se procede  en el establecimiento de una  sinonimia práctica.  La segunda  falacia  es la  de  la usurpación colonial, que  aunque  real, ello no implica que la soberanía  argentina  esté usurpada  por  Inglaterra (8). Brocato  postula  que  la  forma  de  usurpación  territorial  no  justifica  la  aventura  bélica,  mientras que considera al reclamo legítimo y sostiene que debe continuar por los canales diplomáticos. La desmitificación de la tercera falacia construida en torno al “fin de la paciencia” y “no se podía hacer otra cosa” es un problema del temperamento nacionalista: de honor nacional y de razón geopolítica.  Ni  el  honor  nacional  ni  la  razón  geopolítica  merecen  la  salida  armada,  ni  la “paciencia”  puede  dirigir  un  país.  El  “fin  de  la  paciencia  proclamado”  da  inicio  a  la  cruzada nacionalista   que   se   emprendió   para   reforzar   un   “frente   interno”   resquebrajado   por   los problemas económicos, la política asfixiante y las voces disidentes que sonaban cada vez más fuerte y unidas.

Ahora bien ¿de dónde proviene la autoridad que legitima la desmitificación? y ¿a quién se dirige?  Como  señalábamos  más  arriba  no  se  trata de  un  proceso  de  develamiento  de  la verdad  sino  de  un  proceso  desmitificador,  que  complejiza  el  valor  de  la  verdad.  Ya no es una decisión dicotómica; ya que la verdad puede aparecer junto a la mentira y mezclarse con ella. Sin embargo en la desmitificación Brocato no relativiza el carácter superior de la defensa de la verdad  (a  la  que  también  se  apela  como  marcamos  en el  llamado  “por  encima  de  toda adhesión  programática”)  sino  que  la  enmarca  en  términos  humanistas;  “basamos  nuestras opiniones en principios de  filosofía social u  política, no en  apreciaciones tácticas o transitorias de  los  regímenes”.  El  argumento  central  de  la  denuncia  contra  la  guerra  de  Malvinas  no  se sustentaba  únicamente  en  que  se  trataba  de  un  régimen  militar.  Dos de las desmitificaciones podrían haberse sostenido en un gobierno democrático (colonialismo y fin de la paciencia). De este modo el carácter  trascendente  de  ese  conocimiento  de  la  filosofía  política,  y  en  ella  el recorte  de  un  cuerpo  de  conceptos  modernos  de  reflexión  humanista,  autoriza  y  afirma  la autonomía del intelectual (autónomo del partido y del régimen).

En el folleto aparece la descripción del compromiso intelectual en la Argentina de abril del  82  asociada,  limitado  por  la  censura  dictatorial,  su  aparato  represivo, y  la  soledad  ante  el apoyo mayoritario de la sociedad  a  la  causa  Malvinas.  Sin  decirlo,  al  asumir  la  elección  del compromiso  de  decir  verdades  inaudibles,  Brocato  duplica  la  crítica  a  la  tercera  falacia  que enunciaba que “no se podía hacer otra cosa” (9) demostrando que se podía. Esta nueva crítica no  se  dirige  tanto  al  gobierno  militar  como  a  sus  pares  intelectuales  de  partido  y  en  el  exilio. Que  incluso  él  estaba  haciendo  otra  cosa:  correr  un  discurso  en  sus  propios  términos, denunciar una práctica en sus propias leyes.

El texto fue escrito a comienzos de abril y apareció primero como folleto de distribución pública editado y distribuido por sus actores.  Pocos  después  de  una  semana  del  desembarco en Malvinas fue publicado en el semanario judío Nueva Presencia (10) el 11 de abril de 1982, como  producción  del  “Círculo  de  Investigadores  independientes en  Ciencias  Sociales”,  “un grupo  de  sociólogos”,  con  el  siguiente  distanciamiento  de  la  línea  editorial  “no  significa  que compartamos  sus  conceptos,  pero  la  característica  de  nuestra  publicación  es  posibilitarle  al lector  el  acceso  a  toda  la  información  posible.  Naturalmente  estás  páginas  se  encuentran abiertas  para  las  réplicas  que  pudieran  surgir”  (Nueva  Presencia,  1982).  El  semanario  llegó  a tener  una  tirada  de  20  mil  ejemplares  y  su  alcance superó  los  límites  de  la  colectividad  judía, sin  embargo  estaba  lejos  de  ser  una  de  las  publicaciones  de  mayor  tirada  e  influencia.  En  el número  258,  el  texto  de  Brocato  ocupa  3  páginas  completas  de  las  20  que  componían  la publicación.  El  tema  de  tapa  es  Malvinas  y  al  interior  varias  notas  más  versan  sobre  el desembarco,  convirtiéndolo  en  el  tema  central.  El  texto  aquí  analizado  luego  fue  reeditado  y nuevamente  distribuido  por  el  “Círculo  de  Estudios Independientes”  en  octubre  de  1982,  ya finalizado el conflicto armado, acompañado de un prólogo (11).

Por un lado esta nueva edición prologada incluye los datos de la imprenta, entre ellos la dirección (una remota línea de contacto con los autores, pero posible al fin). Por otro, el prólogo explicita  lo  que  el  folleto  enunciaba;  define  Malvinas  como  una  “aventura  criminal”.  También nombra las “otras madres”, las de los conscriptos muertos y heridos en las islas, acercándolas a las víctimas de la dictadura militar. Al mismo tiempo radicaliza  la  descripción  de  la sociedad argentina,  expresándola  en  un  términos  de  diagnóstico  clínico;  “sociedad  invadida  por  la irracionalidad” y “este enfermo que es la sociedad argentina”. El prólogo de la edición posterior explicita la crítica a la posición de intelectuales frente al conflicto bélico declarando que “de 50 reportajes (...) no se salvan cinco” y los acusa de aspirar a las ideas mistificadores directrices fabricadas por las usinas ideológicas.  Perfila la mirada crítica y un espacio posible para el pensamiento democrático en las ocho organizaciones de defensa de Derechos Humanos.

Con respecto a la pregunta por los destinatarios, en el folleto de primera circulación se apelaba  al  razonamiento:  “Invitaríamos  a  que  todo  argentino  que  razona  se  convierta  así  en objetor de conciencia si es llamado a esta carnicería” sin distinción de su participación política. “Solo si crece la cantidad de argentinos dispuestos a pensar con independencia y críticamente, a  resistirse  a  toda  mistificación,  formen  parte  o  no  de  una  corriente  política  determinada,  será factible impulsar esa confianza” en que la sociedad argentina esté forjando hombres y métodos nuevos.  Mientras  que  en  el  prólogo  de  la  versión  de  octubre  la  distancia  con  los  partidos políticos  es  radical  y  se  apela  a  la  construcción  de  un  pensamiento  independiente  de  largo plazo,  un  espacio  minoritario  y  hasta  marginal.  Incluso se valora la tarea de abril como la defensa de la verdad y la racionalidad en tanto “pudimos decir lo que dijimos porque no somos un grupo, un partido o una corriente”.

Al final de ambos folletos de distribución personal, el de abril y el de octubre, aunque no en  la  versión  del  publicado  por Nueva  Presencia,  una  frase  en  negrita  sirve  de  llamado imperativo  y  apelación  a  lectores  que  piensan  parecido,  pero  no   necesariamente  son intelectuales  u  artistas.  “Analice esta declaración, critíquela, hágala circular, reprodúzcala por cualquier medio.  En  algún  lugar  de  este  país  mañana  tal  vez  nos  encontraremos” (12).  Es también  llamativo  observar,  en  el  prólogo  de  octubre,  que  mientras  se  clarifican  y  reafirman deberes  de  carácter  reflexivo  (13)  y  sin  ninguna  mención  a  la  praxis,  la  denominación “intelectual” solo refiere despectivamente a aquel profesor de letras que promulga la supresión del  inglés  del  currículum  universitario  y  a  esos  50  entrevistados  de  los  que  no  se  rescatan cinco

Notas

 (1) Carlos Alberto Brocato nació en Buenos aires en 1932 y falleció en la misma ciudad 64 años después. Vivió en ella casi  toda  su  vida  con  un  breve  exilio  en  1980,  en  el  que  residió  en  Barcelona,  y  del  cual  volvió  un  año  más  tarde. Horacio  Tarcus  lo  definió  como  un  “intelectual  independiente”  y  un  autodidacta,  mientras  que  en  un  homenaje despedida,  publicado  tras  su  muerte  en La  Ciudad  Futura,  Javier  Franzé  lo  emparentó  con  el  republicano  español, destacando la escritura y distribución “mano en mano” del folleto “¿La verdad o la mística nacional?” como una de sus acciones anarquistas. En los sesenta, cuando el debate giraba entre “la pluma y el fusil” fue expulsado del partido en el cual  había  militado  por  mucho  tiempo,  tras  editar  dentro  del  Frente  cultural  y  juvenil  del  PC  el  primer  número  de  la revista  La  Rosa Blindada.  Para  entonces,  hacía  dos  años  que  había  lanzado  su  emprendimiento  editorial,  del mismo nombre,  junto  a  José  Luis  Mangieri  y  con  el  apoyo  del  poeta  Raúl  González  Tuñón.  Participó  de  la  revista  y  de  la editorial  hasta  1966,  cuando se  alejó  “por  la  creciente  orientación de  colectivo  en  favor  de  la  lucha armada”  (Tarcus, 2007 b). En los años de La Rosa publicó sus dos primeros libros de poesía; La sonrisa del tiempo (1962) y Mundo de la sucia lágrima (1970). Bajo el seudónimo de Cayetano Bollini escribió una columna semanal de humor en el periódico Avanzada  Socialista  entre  1974  y  1976  y  publicó  dos  libros  en  la  década  del  70; Testimonios  marginales  (1982), Manual del buen argentino (1972), y un tercero a fines de los 80 ¿Quién incendió la iglesia? (1988). Rompió con el PST en  1977,  tras  haber  estado  vinculado  a  él  durante  los  primeros  setentas.  Tras  su  regreso  del  breve  exilio  español, donde  se  vinculó  a  la  Liga  Comunista  Revolucionaria,  no  participó  en  ningún  partido  político,  aunque  realizó  varios intentos de reagrupamiento de debate y reflexión de izquierda independiente como el ya nombrado Círculo de Estudio Independiente, y  en  sus  últimos  años  una  serie  de  reuniones  en  el  local  de  la  calle  Sarmiento  de  “Unión  e Benevolenza”. Su mirada al pasado de la izquierda aparece en su libro La argentina que quiso, que fue publicado en Argentina en 1985 aunque la redacción se realizó en gran parte desde el exilio en 1980. Sus reflexiones en torno a la  lucha  armada  le  valieron  críticas  desde  la  izquierda  y  acusaciones  de  “estar  haciéndole  el  juego  al  enemigo”.  Su segundo libro de esa década, El exilio es el nuestro, dialoga con las posiciones de los intelectuales que retornaron del exilio entre 1983 y 1986, en los años de la primavera democrática

 (2) Alberto Bonnet define “la aventura de las Malvinas” como una “guerra reaccionaria” marcada por intereses en juego para la dictadura de corto y largo plazo (la restauración de las condiciones de dominación internas, en peligro tras la incipiente aunque creciente reorganización del movimiento obrero, y un mejor posicionamiento geopolítico) e interpreta la posición de los partidos de izquierda ante la guerra en dos variantes: nacionalista y populista (Montoneros y el PC) y anticolonialista o antiimperialista (PST y PO). En ambos casos para el autor se trata de posturas erróneas que hacen un  uso dogmático de  los  términos,  sustentadas  en  las  posibles  aristas  favorables  de  la  resolución  del conflicto  para cada partido

 (3)  Incluso  Fidel  Castro  recibió  y  dio  su  apoyo  diplomático  al  canciller  de  la  dictadura  Costa  Méndez,  entendiendo Malvinas como una guerra de liberación nacional, sin cuestionar la doctrina de seguridad nacional a partir de la cual la dictadura “combatió” contra un “enemigo interno”

 (4) Según Carlos Altamirano son los propios intelectuales quienes más se inclinan en la descripciones normativas de su papel en la sociedad.  Adosado  a  la  pregunta  por  el qué  de  un  intelectual  viene  el  interrogante  por  el deber  ser.  “El razonamiento  cobra  entonces  un  sentido  moral  y  los intelectuales  son  representados  como  integrantes  de  un  grupo aparte, dotado de cualidades inusuales, una “clase ética” asociada con una misión, sea la de guiar a su sociedad, la de cuestionarla o adelantarse” (Altamirano, 2006: pp. 21). De este modo el punto de vista normativo encarna una tradición con  diversas  versiones  que  se  dirimen  entre  dos  tipos  de  intelectuales;  los  verdaderos,  fieles  a  la  verdad,  y  los impostores,  quienes  la  traicionan.  En  esta  línea  se  inscriben  tanto La  traición  de  los  intelectuales,  de  Julien  Benda, como ¿Qué es la literatura?, de Jean Paul Sartre y algunos escritos de Edward Said compilados en Representaciones del intelectual, entre otros

(5)  Son  recurrentes  los  estudios  sobre  la  resistencia  intelectual  de  izquierda  en  los  70,  un  trabajo  que  se  aleja  de  la recurrencia  es  el  de  Emiliano  Álvarez Intelectuales  del  Proceso.  Una  aproximación  a  la  trama intelectual  de  la  última dictadura militar”,  donde  explora  tres  distintas  aristas  del  pensamiento  intelectual  de  derecha;  el  “Grupo  Azcuénaga”, los últimos días de Victoria Ocampo y la revista Carta Política, publicado en Políticas de la Memoria 6/7

(6) Brocato lamenta el apoyo de Sábato a la guerra diciendo “la declaración de Sábato es desafortunada; cuánto más preferible hubiera sido su silencio”

 (7)  Es  llamativo  que  refiera  al  “consenso  unánime” en  un  contexto  de  dominio  (en  términos  de  diferenciación  de Williams  entre  forma  de  poder  por  coerción  directa;  dominación  y  forma  de  poder  por  consenso,  en  un  complejo entrelazamiento  de  fuerzas  políticas,  sociales  y  culturales;  hegemonía).  Esta  apelación  se  debe,  tal  como  está señalado en el texto, a un momento de crisis de la dictadura militar donde el desembarco en Malvinas funcionó como un  “zarpazo  aventurero  para  restañar  el  frente  interno  peligrosamente  resquebrajado  por  la  situación  económica  y política asfixiante y los últimos acontecimientos de protesta”

 (8)  Una  de  las  justificaciones  que  aparece  en  el  folleto  para  explicar  la  falacia  del  tipo  de  colonialismo  mistificado enumera la ausencia de establecimiento de una base militar en el territorio usurpado, cuestión que se modifica luego de la  guerra  del  82.  Otras  de  las  explicaciones  de  Brocato  demuestran  incomparable  Malvinas  con  los  procesos  de descolonización  de  Asia  y  África.  Postula  que  de  ser  ese  el  caso malvinense  se  trataría  de  una  mistificación sino  de una verdad digna de las armas

(9)  El  folleto  señala  el  avanzado  estado  de  las  negociaciones  diplomáticas  y  que  el  gobierno  inglés  había  aceptado iniciar los trámites para la devolución de las Islas aunque no se atrevió a asumir el costo político y el posterior cambio de gobierno, con su viraje más conservador, negó esa posibilidad

(10)  “Nueva  Presencia”  fue  una  publicación  semanal,  dossier  del  periódico Di  Presse,  que  se  publicó  desde  julio  de 1977  a  julio  de  1987  bajo  la  dirección  de  Herman  Schiller.  Son  recurrentes  las  apelaciones  al  semanario  como  un espacio  de  resistencia  y  combate  al  régimen militar  junto  al  periódico Buenos Aires  Herald  y  la  revista HUMOR (que ante la  Guerra  de  Malvinas  se  posicionó  explícitamente  del  lado  de  la  Junta  en  lo  que  consideró  “un  hecho  de indiscutible equidad” y una “bien entendida defensa de lo nacional”). Disidente a esta línea de estudios es el trabajo de Emmanuel  Kahan  quien  relativiza  el  carácter  combativo  de  Nueva  Presencia  a  partir  de  un  estudio  sistemático  de indización  de  las  noticias  y  editoriales.  El  propósito  del  estudio  de  Kahan  es  resaltar  otras  cualidades  positivas  del medio, que fueron opacadas por la sobrevaloración de las denuncias de violación de los derechos humanos. Aunque valioso  el  aporte  del  análisis  cuantitativo  de  Kahan,  corre  el  riesgo  de  perder  de  vista  la  densidad  cualitativa excepcional que adquirió la publicación ante la cuestión Malvinas

(11)  La  versión  aquí  citada  de  “¿La  verdad  o  la  mística  nacional?”  corresponde  a  una  cuarta  edición  publicada  en  la revista Pensamiento  de  los  Confines  en  diciembre  de  2007  en  un  dossier  titulado  “Los  años  80  dictatoriales”. Posteriormente  una  versión  reducida  fue  también  editada  como  documento  de  trabajo  en  el  dossier  elaborado  por Federico Lorenz, “Memorias en las aulas. La guerra de Malvinas y después”, y editado por la Comisión Provincial por la Memoria

 (12) Este llamado recuerda a la frase de Rodolfo Walsh que acompañaba los partes anónimos de Cadena Informativa, emprendimiento paralelo a ANCLA, Agencia de Noticias Clandestina; “Reproduzca esta información, hágala circular por los  medios  a  su  alcance:  a  mano,  a  máquina,  a  mimeógrafo.  Mande  copias  a  sus  amigos:  nueve  de  cada  diez  las estarán  esperando.  Millones quieren ser informados.  El terror se basa en la incomunicación.  Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. DERROTE AL TERROR. HAGA CIRCULAR ESTA INFORMACIÓN”

(13)  “Construir  este  espacio  (del  pensamiento  independiente)  es  una  necesidad  humano  social  para  cada uno  de nosotros  y  constituye  a  la  vez  la  más  responsable  acción  política  ante  la  sociedad  nacional  a  la  que  estamos vinculados”

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