No se puede combatir el sistema con las armas del sistema.
Este principio, tan simple como fundamental, ha sido enunciado muchas veces porque representa una ley de hierro del proceso histórico. Numerosos acontecimientos pasados, que podríamos definir como verdaderas regularidades que dan lugar a una legitimidad, lo confirman. Por eso, la tendencia actual a crear pequeños partidos que empiezan con tonos incendiarios y luego, lenta o incluso rápidamente, se apagan, no es más que una manera del sistema de canalizar y neutralizar las energías contrarias que se generan en su interior. En esencia, se trata de válvulas de alivio que sirven para liberar la tensión acumulada, evitando que se convierta en algo realmente disruptivo.
En Italia hemos tenido claros ejemplos de ello con partidos nacidos en la oposición con la intención de cambiarlo todo sin cambiar nunca nada, porque una vez en el gobierno se convirtieron en garantes del statu quo. Basta pensar en la Liga, en el Movimiento 5 Estrellas, hoy Hermanos de Italia, para no hablar de las innumerables siglas que han surgido como setas antes de las elecciones, que no van más allá del mero testimonio político y a menudo sólo sirven para que algún pequeño líder pueda asegurar sus propios intereses.
Entre los nuevos, los llamados "antisistémicos", cada vez más de palabra que de obra, se encuentra el general Vannacci, que no acompaña una retórica fuerte con decisiones políticas igualmente decisivas, hasta el punto de haberse unido a Salvini, que no es más que otro de esos políticos traicioneros que apagan el entusiasmo, incluso el de sus propios eslóganes, en cuanto se convierten en ministros de algo. Cuando os acerquéis a esta gente, sed como Galileo, mirad los hechos, no sus narrativas. De esta manera podrás reconocerlos inmediatamente.
El propio sistema crea estos estallidos político-sociales para demostrar que en una democracia siempre hay una oposición y que todos tienen derecho a organizarse y expresar sus pensamientos. Pero hoy, en un momento en el que el sistema es menos sólido y crece el temor de que algo pueda salirse de control, lo que ocurre raramente y sólo en la fase histórica adecuada, estamos asistiendo a un cambio en las reglas del juego. Y cuando los que están en el poder escriben las reglas, no hay posibilidad de ganar.
Hoy más que nunca, en un contexto internacional marcado por agudos conflictos e interferencias cruzadas entre potencias geopolíticas más estructuradas, ciertas “licencias” ya no se conceden. Así es como se produce la exclusión de candidatos durante la carrera, como en Rumanía; que los dirigentes políticos sean perseguidos por los tribunales, como Le Pen en Francia; que se prohíban los partidos que no sean perfectamente integrables, como ocurre con AfD en Alemania; o que simplemente se suspendan las elecciones, como en Ucrania (país que muchos de nuestros políticos consideran ahora unido a Europa).
Es cierto que los movimientos revolucionarios del pasado también utilizaron inicialmente el Parlamento, pero no era ése su objetivo. Se trataba de decisiones tácticas, esperando el momento adecuado para asestar un golpe decisivo a los que estaban en el poder. El propio Lenin advirtió a los bolcheviques que rechazaban la vía parlamentaria, pero al mismo tiempo no dudó en cerrar esa vía cuando quedó claro que ya no aportaba ventajas. Para él el objetivo era claro: “El socialismo ha admitido las luchas parlamentarias sólo con el fin de utilizar la plataforma parlamentaria con fines propagandísticos, siempre que la lucha deba tener lugar necesariamente dentro del orden burgués”. Paralelamente, los bolcheviques llevaban a cabo actividades ilegales, que representaban la verdadera razón de ser del partido.
Lo mismo puede decirse de Mussolini y Hitler, que utilizaron los parlamentos y las elecciones para llevar a cabo auténticos golpes de Estado, contando con milicias organizadas, dispuestas a todo. Hoy en día no existe nada parecido, las llamadas fuerzas “antisistema” son en realidad funcionales al orden establecido. Y cuando no lo son, o no son como deberían, simplemente se cancelan, se ilegalizan, sin ningún reparo por parte de los poderes oficiales. Esto se debe a que no cuentan con estructuras propias ni con el apoyo, ni siquiera parcial, de sectores de las fuerzas armadas o de fuerzas especiales del Estado. Éste es el punto central: con la democracia no se puede dar vuelta al Estado como si fuera un calcetín ni abrirlo como si fuera una lata de atún.
De hecho, participar en el juego electoral significa a menudo someterse a un sistema que puede cambiar las reglas a voluntad, excluyendo ciertas fuerzas o anulándolas a través del laberinto de procedimientos institucionales que se convierten en fuente de neutralización de cualquier instinto no conforme.
Por eso es que debemos debilitar los instrumentos de oposición creados o tolerados por el sistema. Son parte del propio sistema y cuando los utilizamos tácticamente debemos ser conscientes de sus limitaciones. Cuando veas surgir una fuerza verdaderamente hostil al orden establecido, la reconocerás: marchará al unísono como una legión romana, con líderes dispuestos a afrontar el arresto, el exilio o incluso la muerte. La historia nos lo enseña claramente, pero somos demasiado olvidadizos para recordarlo.
http://www.conflittiestrategie.it/non-si-puo-combattere-il-sistema-con-le-armi-del-sistema
Traducción: Carlos X. Blanco