transcripción de una conferencia celebrada en Budapest, Hungría, a principios de abril, en el Várkert Bazár , en el marco de la Conferencia Eötvös organizada por el Institut du XXIe Siècle . Como este viaje no pasó desapercibido, quise hacerlo lo más público posible, para que cada uno pudiera formarse su propia opinión. En una época en la que es fácil enfrentarse a calumnias y fantasías, creo que es importante garantizar que la información pueda circular libre y transparentemente en Europa
Mi deuda con Hungría
Gracias por esta introducción tan amable y halagadora. Debo confesar desde ya que me siento muy emocionado de estar en Budapest para hablar de la derrota, de la dislocación del mundo occidental, porque mi carrera como autor comenzó después de un viaje a Hungría. Tenía 25 años, fui allí en 1975, entré en contacto con estudiantes húngaros, hablamos y me di cuenta de que el comunismo estaba muerto en la mente de la gente. Tuve una visión intuitiva del fin del comunismo en Budapest en 1975. Luego regresé a París y, un poco por casualidad, en las estadísticas del Instituto Nacional de Estudios Demográficos encontré datos sobre el aumento de las tasas de mortalidad infantil en Rusia y Ucrania, en la parte central de la URSS, y tuve una intuición del colapso inminente del sistema soviético. Acaban de ver la portada de mi primer libro (La chute finale: Essai sur la décomposition de la sphère soviétique). Todo empezó en Budapest y siento que le debo a Hungría una gran gratitud. Es conmovedor e impresionante estar en esta bella sala, después de haberme reunido ayer con su Primer Ministro, y dar una conferencia cuando, hace medio siglo, llegué aquí en tren, al albergue juvenil, como un miserable estudiante que no sabía lo que encontraría en Budapest.
La humildad necesaria
La experiencia de este primer libro y el colapso del comunismo me hicieron ser cauteloso. Por supuesto que mi predicción era correcta, estaba muy seguro de mí mismo: el aumento de la mortalidad infantil es un indicador muy, muy seguro. Pero luego, unos 15 años después, cuando el sistema soviético se derrumbó, debo admitir humildemente que no entendí del todo lo que estaba sucediendo. Nunca podría haber imaginado los efectos que esta desintegración tendría en la esfera soviética en su conjunto. No me sorprendió demasiado la fácil adaptación de las antiguas democracias populares. En mi libro La caída final señalé las enormes diferencias de dinamismo que existían entre Hungría, Polonia y Checoslovaquia, por ejemplo, y la propia Unión Soviética.
Pero el colapso de Rusia en los años 90 fue algo que nunca podría haber predicho. La razón fundamental de mi incapacidad para comprender o anticipar el colapso de la propia Rusia fue que no entendí que el comunismo no era sólo una organización económica para Rusia, sino también una especie de religión. Fue el credo lo que permitió que el sistema existiera y, por supuesto, su disolución representó algo al menos tan grave como el colapso del sistema económico.
Todo esto tiene que ver con el presente. En mi discurso hablaré de dos cosas. Hablaré de la derrota de Occidente, que es una cuestión bastante técnica, no muy difícil y que no me sorprendió, que había previsto y que ya está sucediendo en cierta medida en Ucrania. Pero ahora estamos en la siguiente fase, que es la dislocación de Occidente, y tengo que decir, al igual que con la dislocación del comunismo, del sistema soviético, no puedo entender en absoluto lo que está sucediendo.
La actitud fundamental que debemos tener ahora es, diría yo, la humildad. Todo lo que está sucediendo, especialmente después de la elección de Trump, me sorprende. Me sorprende la violencia con la que Trump ha arremetido contra sus aliados y súbditos ucranianos y europeos. Incluso la determinación de los europeos de continuar o reanudar la guerra (cuando Europa es sin duda la región del mundo que más se beneficiaría de la paz) me resulta una enorme sorpresa. Debemos partir de estas sorpresas para reflexionar sobre lo que está sucediendo.
Comenzaré explicando hasta qué punto la derrota de Occidente nunca ha sido un problema para mí, y luego intentaré expresar mis dudas y avanzar algunas hipótesis. Pero por favor disculpen mi falta de certeza en esta etapa. Presentarse como seguro de lo que sucederá sería, sencillamente, un signo de locura megalómana.
Me han definido como investigador (en la presentación), y me gustaría decir qué tipo de persona soy intelectualmente: no soy un ideólogo. Tengo ideas políticas, soy liberal de izquierda, no importa, ese no es el punto. Estoy aquí como historiador, como futurista, como alguien que intenta comprender qué está pasando. Creo que soy capaz, o intento serlo, de detectar tendencias históricas incluso aunque no me gusten. Intento estar “fuera” de la historia, nunca es del todo posible, pero eso es lo que intento hacer.
En primer lugar, voy a repasar brevemente las tesis de mi libro que, debo confesar, me dio el placer de hacer una predicción vertiginosa. Tuve que esperar otros 15 años para que mi predicción sobre el colapso del sistema soviético se hiciera realidad. En el caso de la derrota militar y económica de EEUU, Europa y Ucrania por parte de Rusia, tuve que esperar sólo un año.
Recuerdo muy bien que escribí mi libro en el verano de 2023, en un momento en el que, en todas las cadenas de televisión francesas y, sin duda, occidentales, los periodistas se devanaban los sesos pensando en la información de inteligencia sobre la contraofensiva ucraniana organizada por el Pentágono estadounidense. En aquel momento no me preocupaba en absoluto escribir, con absoluta tranquilidad, que la derrota de Occidente era segura. ¿Por qué estaba tan seguro? Porque estaba trabajando con un modelo histórico completo de la situación.
Estabilidad rusa
Sabía que Rusia era una potencia estabilizada. Yo era consciente de las enormes dificultades y del sufrimiento del pueblo ruso en la década de 1990, pero en el período 2000-2020, mientras todo el mundo decía que Putin era un monstruo, mientras la gente decía que los rusos eran sumisos o estúpidos, vi cómo se desarrollaban o aparecían datos que demostraban que Rusia se estaba estabilizando. En Francia se ha publicado un excelente libro de David Teurtrie, Russie: le retour de la puissance, en el que Teurtrie (que apareció brevemente en pantalla hace un momento, en una discusión que tuve con él) mostraba la estabilización de la economía rusa, la autonomía del sistema bancario ruso, la forma en que los rusos han sabido protegerse de las medidas de represalia en el ámbito de la electrónica y de la tecnología de la información, de todas las sanciones que los europeos pudieran imponer. Su libro describe el regreso de la eficiencia rusa en la producción agrícola, así como en la producción y exportación de plantas de energía nuclear.
Tenía una visión razonable de Rusia. Tenía mis indicadores. Continúo monitoreando la mortalidad infantil, el indicador que me permitió predecir el colapso del sistema soviético. Pero la mortalidad infantil está disminuyendo rápidamente en Rusia. En 2022, y esto sigue siendo así, la mortalidad infantil rusa había caído por debajo de la de USA. Lamento un poco decir esto, pero creo que este año (tendré que comprobarlo) la mortalidad infantil rusa ha caído por debajo del nivel de la mortalidad infantil francesa. También se ha observado un descenso en la tasa de suicidios en Rusia y un descenso en la tasa de homicidios. Así que tenía todos los indicadores que necesitaba para ver que Rusia se estaba estabilizando. Y luego también tuve mi trabajo como antropólogo. Mi verdadera especialidad es el análisis de los sistemas familiares, que eran muy diferentes en el pasado campesino, y la relación de estos sistemas familiares con las estructuras sociales y la forma de las naciones. El sistema familiar ruso era un sistema comunal. En la familia campesina rusa estaba el padre, sus hijos, los valores de autoridad e igualdad, algo que alimentaba un sentimiento colectivo y un sentimiento nacional muy fuerte. Y si bien no pude anticipar el sufrimiento ruso de los años 90, gracias a este análisis de un sistema familiar ruso específico, pude anticipar el resurgimiento de una Rusia estable y sólida que no sería una democracia occidental. Su sistema aceptaría las reglas del mercado, pero el Estado seguiría siendo fuerte, al igual que el deseo de soberanía nacional. No tenía dudas sobre la solidez de Rusia.
Occidente: un colapso a largo plazo
También vi Occidente de una manera inusual. Yo había trabajado mucho tiempo sobre EEUU y sabía de antemano que la expansión americana hacia Europa del Este, la expansión de la OTAN hacia Europa del Este, se había producido por el hundimiento del comunismo y la caída temporal de Rusia, pero que no correspondía a una verdadera dinámica americana.
Desde 1965, el nivel educativo ha disminuido en USA, y por supuesto también desde los años 1970 y 1980. Desde principios de la década de 2000, el libre comercio elegido por EEUU y Occidente ha llevado a la destrucción de gran parte del aparato industrial estadounidense. Así que comencé con la visión de un sistema occidental que se estaba expandiendo, pero que implosionaba en su núcleo. Podría haber predicho que la industria estadounidense no sería suficiente para producir suficientes armas para los ucranianos, para alimentar su guerra contra los rusos.
Pero más allá de eso, me encontré con un indicador muy importante que describe las capacidades respectivas de Rusia y USA para producir y formar ingenieros. Me di cuenta de que Rusia, a pesar de tener una población dos veces y media menor que la de USA, era capaz de producir más ingenieros y, sin duda, más técnicos y trabajadores cualificados que USA. Simplemente porque en USA el 7% de los estudiantes estudia ingeniería, mientras que en Rusia el porcentaje debe rondar el 25%. Más allá de eso, llegué a comprender la profundidad de la crisis estadounidense: detrás del fracaso en la formación de ingenieros, o antes de ese fracaso, detrás de la caída de los estándares educativos, estaba el colapso de lo que había hecho fuerte a USA: la tradición educativa protestante. Max Weber vio en el ascenso de Occidente (y no sólo Max Weber) el ascenso del mundo protestante. El mundo protestante era muy fuerte en términos de educación. El protestantismo exigía que los creyentes tuvieran acceso a las Sagradas Escrituras. El éxito de los países protestantes en la revolución industrial, el éxito de Inglaterra, el éxito de Alemania, que era dos tercios protestante, y por supuesto el éxito de los EEUU, fue el ascenso de los países protestantes.
En este y otros libros he analizado la evolución de la religión, desde la etapa de una religión activa, con poblaciones creyentes practicando los valores sociales de su religión, hasta una etapa que llamo religión zombi, en la que ha desaparecido la creencia pero quedan los valores sociales –y morales–, hasta una etapa cero de la religión, en la que no sólo ha desaparecido la creencia, sino también los valores sociales y morales, el potencial de orientación, de educación.
En el caso de USA, para aceptar la hipótesis de una religión cero, hay que entender que las nuevas religiones norteamericanas, en particular el evangelicalismo (potestantismo evangélico) ya no son la religión que eran, ya no son restrictivas y se han convertido en otra cosa.
Tuve esta visión de Occidente. No me gusta hablar de decadencia, pero los escritores estadounidenses han hablado de decadencia. Tenía toda esta secuencia, así que tenía mucha confianza.
En La derrota de Occidente también hablé de la violencia estadounidense, de la preferencia estadounidense por la guerra y de las interminables guerras de USA. Expliqué esta preferencia por un vacío religioso que alimenta la angustia y conduce a una divinización del vacío. En mi libro utilizo la palabra nihilismo varias veces. ¿Qué es el nihilismo?
Surge de un vacío moral, de la aspiración de destruir las cosas, de destruir a los individuos y de destruir la realidad. Detrás de las ideologías un tanto locas que han aparecido en EEUU y en parte del resto de Occidente –pienso en particular en las ideologías transgénero, en el cambio de sexo como posibilidad– he visto una expresión (no necesariamente la más grave) pero sin embargo una expresión de nihilismo, un impulso a destruir la realidad.
No tuve ningún problema en predecir la derrota estadounidense. Llegó un poco más rápido de lo esperado. Y la guerra no ha terminado. Yo plantearía la posibilidad de una reanudación de la guerra, pero está claro que en la administración Trump está con conciencia de la derrota es bastante aguda.
Derrota militar y revolución
Y aquí os invito a que intentéis ver las cosas un poco al revés. No puedo demostrarlo, pero esto es lo que creo profundamente: la victoria electoral de Trump debe entenderse como una consecuencia de una derrota militar.
Estamos en lo que pronto se llamará, o ya se está llamando, una revolución de Trump, una revolución del trumpismo. Pero una revolución que sigue a una derrota militar es un fenómeno histórico clásico. Esto no quiere decir que la revolución no tuviera causas internas dentro de la sociedad. Pero la derrota militar produjo una deslegitimación de las clases altas que allanó el camino para agitaciones políticas.
Hay numerosos ejemplos históricos. La más simple y obvia es la de las revoluciones rusas. La Revolución rusa de 1905 siguió a la derrota de Japón. La Revolución rusa de 1917 siguió a la derrota de Alemania. La Revolución alemana de 1918 siguió a la derrota de Alemania en la guerra de 1914-1918. Incluso una revolución como la francesa, que parece tener causas más endógenas, fue seguida pocos años después por la muy significativa derrota del Antiguo Régimen francés en la Guerra de los Siete Años, al final de la cual Francia perdió gran parte de su imperio colonial.
Y ni siquiera vale la pena ir tan lejos. La caída del comunismo fue sin duda producto de los acontecimientos internos y del estancamiento de la economía soviética, pero se produjo al final de una derrota en la carrera armamentista y una derrota militar en Afganistán.
Nos encontramos en tal situación. Es una hipótesis que estoy haciendo, pero si quieres entender la violencia, el derrocamiento, la multiplicidad de acciones más o menos contradictorias del gobierno de Trump, tienes que ver la victoria de Trump como el resultado de una derrota. Estoy convencido de que si la guerra la hubieran ganado USA y su ejército ucraniano, los demócratas habrían ganado las elecciones y estaríamos en un período histórico diferente.
Podemos divertirnos haciendo otros paralelos. La guerra no ha terminado. El dilema de Trump se parece al del gobierno revolucionario ruso en 1917. Se podría decir que Trump tiene una opción menchevique y una opción bolchevique. La opción menchevique: intentar continuar de todos modos la guerra con los aliados de Europa occidental. La opción bolchevique: dedicarse a la revolución interna y abandonar la guerra internacional lo más rápidamente posible. Si quisiera ser irónico, diría que la elección fundamental para la administración Trump es: ¿preferimos la guerra internacional o la guerra civil? La idea de que una derrota militar abre el camino a la revolución ya nos permite comprender la brecha que existe entre estadounidenses y europeos.
Los estadounidenses han comprendido su derrota. Los informes del Pentágono incluyeron esta derrota. El vice estadounidense JD Vance, en sus conversaciones con líderes políticos, tanto occidentales como no occidentales, admite esta derrota. Es normal, USA está en el centro de la guerra. Fue el sistema de inteligencia y el armamento estadounidenses los que alimentaron la guerra en Ucrania. Los europeos no están en ese nivel de conciencia porque, aunque participaron en la guerra a través de sanciones económicas, no fueron agentes autónomos. No fueron ellos quienes tomaron las decisiones, y como no tomaron las decisiones y no entendieron completamente lo que estaba sucediendo de un extremo a otro, son incapaces de comprender la magnitud de la derrota. Por eso nos encontramos en la absurda situación de que los gobiernos europeos –pienso en el inglés y el francés– que no lograron ganar la guerra con los estadounidenses, se imaginan que pueden ganarla sin ellos.
Hay un elemento de absurdo. Pero creo que en sus mentes los gobiernos europeos todavía esperan la derrota. Creo también que piensan que admitir la derrota producirá en Europa, como en USA, una deslegitimación de las clases altas, una deslegitimación de lo que yo mismo llamo las oligarquías occidentales, y que la derrota podría, en Europa, como en EEUU, abrir el camino a un cierto tipo de proceso revolucionario El tipo de crisis revolucionaria del que hablo será el resultado de una contradicción que existe en todas partes.
Crisis de la democracia: elitismo y populismo
En todo el mundo occidental estamos asistiendo (centenares de autores han escrito sobre el tema) al debilitamiento de la democracia, a su desaparición, a una oposición estructural entre las élites y el pueblo.
Tengo una explicación sencilla para este fenómeno. La era de la democracia fue una época en la que toda la población sabía leer y escribir, había alcanzado la etapa de alfabetización masiva, pero muy pocas personas tenían educación superior. Las élites, que eran muy pocas, tuvieron que apelar a toda la población para poder existir social y políticamente en un sistema de sufragio universal. Lo que surgió en el mundo desarrollado después de la Segunda Guerra Mundial fue un desarrollo de la educación superior que condujo a una nueva ratificación de las sociedades avanzadas. Hemos visto aparecer por todas partes masas de personas con educación superior; En las generaciones más jóvenes, en los países avanzados, habrá un 30%, un 40%, a veces un 50% de personas con educación superior.
El problema no es sólo que esta masa de personas altamente educadas ha llegado a creer que son verdaderamente superiores (a pesar de que el nivel de educación superior está disminuyendo casi en todas partes). El verdadero problema es que las personas que han recibido educación superior, que ahora son muy numerosas, son capaces de vivir entre sí y piensan que pueden separarse del resto de la población. Con la perspectiva añadida de que, en todo el mundo desarrollado, la gente de clase alta –en USA, Inglaterra, Francia, Alemania, Hungría, sin duda– se siente más cerca entre sí que de su propia gente.
Lo que intento evocar es la globalización, no en términos económicos, sino como un sueño cultural. Personalmente, siempre he encontrado este sueño absurdo. Como sabéis, hice parte de mi formación universitaria en Cambridge. Siempre he pensado que las élites de los distintos países no se parecen en nada. Es una farsa la idea de que las personas con un alto nivel educativo en todos los países son iguales. Pero es un mito colectivo. Es cierto que cuando analizamos el proceso de fragmentación de las sociedades avanzadas y las amenazas a la democracia, los encuestadores siempre encuentran lo mismo. Miden una separación entre las categorías más educadas y las personas que sólo han tenido educación primaria o secundaria. Así pues, en el electorado de Trump veremos a los menos educados. Si nos fijamos en el electorado del Rassemblement National en Francia, la mejor manera de describirlo es diciendo que tiene una educación deficiente. Lo mismo ocurre con los británicos, o mejor dicho, los ingleses, que votaron a favor del Brexit. Veremos el mismo tipo de estructuración para la AfD en Alemania. Veremos lo mismo con la base de votantes de los Demócratas de Suecia (perdón, doy el nombre en inglés, no lo tengo en francés ni en sueco). Hay algo universal en esta tensión dentro de las democracias.
Choque de realidad
Este es un momento muy especial. La derrota a manos de Rusia es un shock para la realidad. En la omnipotencia de la ideología globalizada había una enorme dimensión de fantasía: las cifras del producto interno bruto eran ficciones que no revelaban las capacidades productivas reales de los distintos países. Es por eso que terminamos en la increíble situación en que Rusia, cuyo producto interno bruto era el 3% del de todo el mundo occidental, se encontró produciendo más equipo militar que todo el mundo occidental.
La derrota es un choque de realidad que produce un colapso, no sólo económico, sino un colapso general de la creencia en la superioridad de Occidente. Es por esto que las ideologías sexuales más avanzadas, la creencia en el libre comercio y todo tipo de otras creencias están derrumbándose al mismo tiempo. El concepto correcto para entender lo que está sucediendo es el de dislocación.
La divergencia de los populismos
Cuando hay una revolución, cuando se rompe un sistema unificado, surgen todo tipo de cosas, y es muy difícil decir cuál será la más importante. De una cosa estoy seguro, sin embargo, es que la aparente solidaridad actual de los populistas que desafían el orden globalizado es un fenómeno transitorio.
Por supuesto, la gente que desafía a las élites en Francia, que desafía a las élites en Alemania, que desafía a las élites en Suecia simpatizará con el experimento de Trump. Pero se trata de un fenómeno temporal, vinculado a la dislocación del sistema globalizado. La ideología globalizada en su versión estadounidense, como en la de la Unión Europea, nos decía que los pueblos ya no existen, que las naciones ya no existen. Lo que está por resurgir son naciones y pueblos, pero todos estos pueblos son diferentes, todos estos pueblos tienen intereses nacionales diferentes. Lo que está surgiendo es un mundo que no es simplemente el mundo multipolar de Putin, compuesto sólo por unos pocos grandes polos estratégicos, sino un mundo múltiple de naciones, cada una con su propia historia, sus propias tradiciones familiares, sus propias tradiciones religiosas, o lo que queda de ellas, y todas diferentes entre sí. Nos encontramos pues sólo al principio de la dislocación.
La primera dislocación, que podría definirse como transatlántica, es la que se produce entre EEUU y Europa. Pero ante nosotros tenemos la desintegración de la Unión Europea y el resurgimiento en todos los países europeos de tradiciones nacionales muy diferentes, un resurgimiento de las naciones.
Sería absurdo tomar todas las naciones europeas, una tras otra, y empezar a decir: “Bueno, en tal o cual país, oigo que aparecerá tal o cual cosa”. En un momento dado, tuve la tentación de oponerme a una nueva polaridad. En geopolítica, se percibe una sensibilidad compartida entre los países católicos del sur de Europa. Se puede decir que los italianos, los españoles y los portugueses no están interesados ??en la guerra en Ucrania. Había intuido en La derrota de Occidente el surgimiento de un eje protestante o posprotestante que se extendería desde América hasta Estonia y Letonia, los dos países bálticos protestantes, pasando por Gran Bretaña y Escandinavia, a los que, sin embargo, habría que añadir, por razones específicas, Polonia y Lituania católicas.
Pero mi tiempo es limitado. Estamos en una situación de cambio constante. Prepararme para esta conferencia, lo admito, fue una pesadilla para mí. Concedo entrevistas a la prensa japonesa con gran regularidad. Doy conferencias en Francia. Cada conferencia es diferente a la anterior porque cada día aporta elementos nuevos. Trump, el corazón de la revolución, es una sorpresa constante. Temo que sea una sorpresa permanente, incluso para él mismo. Lo que digo hoy es algo digamos mínimo. Para intentar tener una idea del futuro, me centraré en los tres países, las tres naciones que me parecen más importantes para el futuro.
Hablaré de Rusia, Alemania y USA y trataré de entender hacia dónde se dirigen estos países.
Rusia como punto fijo
En lo que respecta a Rusia, todo sigue igual. Claro, soy francés, no hablo ruso y sólo he visitado Rusia dos veces en los años 90, pero es el único país que me parece completamente predecible. Hay momentos en que, en un ataque de megalomanía geopolítica, siento que puedo leer la mente de Putin o Lavrov, porque la política rusa me parece fundamentalmente racional, coherente y limitada.
En Rusia, la soberanía nacional es un imperativo. Rusia se sintió amenazada por el avance de la OTAN. El problema de Rusia es que ya no puede negociar con Occidente –ni con los europeos ni con los estadounidenses– porque los considera completamente poco fiables a la hora de negociar acuerdos o tratados.
Trump es más favorable a Rusia. Está motivado por tantas fobias y resentimientos, contra los europeos, contra los negros, etc…, que está claro que la rusofobia no es su motivación fundamental. Pero sus incesantes cambios de actitud hacen que él mismo sea una caricatura poco fiable de Estados Unidos para los rusos.
Así que la única opción práctica para los rusos es lograr sus objetivos militares sobre el terreno, tomar el territorio que necesitan en Ucrania para estar seguros y luego detenerse. No es cierto que quieran o puedan llegar más lejos en Europa. Luego dejarán que las cosas se calmen y volverán a la paz sin mucha negociación.
Por supuesto, la política de Putin hacia Trump es extremadamente elegante. Él no intenta provocar. Está involucrado en las negociaciones. Pero esto es lo que creo que son los objetivos rusos. Esta es mi opinión personal, no está en las letras, pero está empezando a aparecer en las discusiones. Creo que los rusos no pueden detenerse en las regiones que actualmente controlan en Ucrania. Los ataques con drones navales desde Odessa han demostrado que la flota rusa no está segura en Sebastopol. Creo que Odessa también está entre los objetivos rusos. No tengo información personal. Es una hipótesis puramente lógica y especulativa, pero para mí los rusos detendrán la guerra cuando tomen la región de Odessa. Esta es mi predicción, tal vez me equivoque, tal vez no. Veremos. Veremos.
Lo que me aterroriza en la vida es no tener opiniones ideológicas equivocadas. Lo que me aterroriza es cometer errores como futurista. Así que aquí estoy, tomando un riesgo. Pero es un pequeño riesgo. Obviamente, todo lo que se dice sobre que Rusia ataca a Europa es ridículo. Rusia, con 145 millones de habitantes y 17 millones de kilómetros cuadrados, no es expansionista. Está contenta de no tener que tratar más con los polacos.
Personalmente (y esto es una preferencia), espero que Putin tenga la sutileza de no tocar siquiera a los países bálticos para demostrar a los europeos lo absurda que es su idea de que Rusia es una potencia amenazante.
¿Buena o mala elección para Alemania?
Pasemos ahora a Alemania, que para mí es la mayor incógnita en el sistema internacional, en el sistema geopolítico y en cuanto al resultado de la guerra.
Hablando de Alemania, me salgo de la mitología europea, porque cuando hablamos de neoguerra europea, estamos hablando de toda una Europa que quiere reunirse y organizarse para continuar la guerra contra los rusos. Pero los ingleses ya no tienen ejército, los franceses tienen un ejército muy pequeño y ni los franceses ni los ingleses tienen una industria potente. Las capacidades bélicas francesas o británicas son cuantitativamente ridículas.
Sólo una nación, sólo un país puede hacer algo, cuya movilización industrial podría introducir un nuevo elemento en la guerra. Y esto, por supuesto, es Alemania con su industria. Y la industria alemana no es sólo Alemania, es Alemania más la industria integrada de Austria y la Suiza germanoparlante. Se trata también de la reorganización de la industria alemana en todas las antiguas democracias populares.
Pienso que hay algo muy amenazante. No creo en absoluto que Alemania sea un país belicista. Los alemanes se deshicieron de su ejército. Naturalmente, en Alemania sigue existiendo un afán de poder económico, alimentado por una inmigración extremadamente elevada, a veces más allá de lo razonable. Pero yo diría que Alemania encontró su nueva identidad de posguerra en la eficiencia económica, como una especie de sociedad maquinista cuyo único objetivo sería la eficiencia económica.
Llegar a fin de mes, ser económicamente eficiente, dar un buen nivel de vida a la población, exportar, funcionar bien. Éstos han sido los principios rectores de la historia alemana desde la Segunda Guerra Mundial. Europa y la economía alemana están sufriendo ahora mucho por estas sanciones, que se suponía debían destruir a Rusia. Ahora veo surgir en Alemania la idea de que el rearme, una economía de guerra, sería una solución técnica para la industria alemana. Ésta es la amenaza.
Soy perfectamente capaz de imaginar a Alemania rearmándose para resolver un problema económico, no para una agresión real. Pero el problema es que si la industria militar estadounidense ya no es una amenaza para los rusos, una movilización de la industria armamentística alemana sería un serio problema para ellos. Esta amenaza a la industria militar alemana, si surgiera, podría llevar a los rusos a implementar su nueva doctrina militar.
Rusia siempre ha sido muy clara, y espero que nuestros dirigentes sean conscientes de ello: los rusos saben que son menos poderosos que Occidente, que la OTAN, debido a su pequeña población. Por eso advirtieron que si el Estado ruso se veía amenazado, se reservarían el derecho de utilizar ataques nucleares tácticos para eliminar la amenaza. Lo repito una vez más, porque el irrealismo europeo en esta cuestión es un riesgo.
En Francia, a los periodistas les gusta hablar de estas palabras rusas como si fueran jactancias y amenazas vacías. Pero una de las características de los rusos es que hacen lo que dicen que harán. Repito: si Alemania emergiera como un jugador importante en la esfera militar-industrial, Europa correría el riesgo de descarrilarse dramática y completamente.
Éste es el principal elemento de incertidumbre en la situación actual. Me gustaría añadir una preocupación personal. Alemania puede elegir entre la paz y la guerra, entre una buena elección y una mala. Como historiador, no recuerdo que Alemania haya tomado jamás la decisión correcta.
Pero esto es un comentario personal. Paso ahora al que para mí sigue siendo el tema más importante: la experiencia. Triunfo.
Estados Unidos: ¿El pozo sin fondo?
La experiencia de Trump es fascinante, y quiero dejar claro que no soy una de esas élites occidentales que odian a Trump y que en 2016 pensaban que Trump no podía ser elegido. Estaba dando una charla en ese momento y decía que Trump tenía una visión correcta del sufrimiento en el corazón de USA, en las regiones industriales devastadas, con tasas de suicidio y de uso de opioides en aumento, en esta América destruida por el sueño imperial. (Al final del sistema soviético, Rusia también tenía más dificultades en el centro que en la periferia). Siempre he pensado que había un diagnóstico razonable y elementos razonables en el trumpismo.
Os recuerdo los principales. El proteccionismo, la idea de proteger la industria estadounidense o reconstruirla, es una buena idea. Tuve la oportunidad, hace 4 años, de escribir una reseña muy favorable del libro de un intelectual norteamericano llamado Oren Cass, The Once and Future Worker, que describí como la versión civilizada y elegante del trumpismo y el proteccionismo. Es un hombre cuyo nombre se escucha cada vez con más frecuencia en estos días. Es una persona muy estimable e interesante, mucho más estimable e interesante que muchos intelectuales o políticos franceses.
También creo que el control migratorio que quiere Trump, aunque lo exprese de forma demasiado violenta, es legítimo.
Y para terminar con una nota alegremente positiva (sin juego de palabras), diría que la idea de Trump de que sólo hay dos sexos en la raza humana, hombres y mujeres, me parece perfectamente razonable y, de hecho, compartida por toda la humanidad desde sus orígenes, con la reciente excepción de algunos segmentos culturales del mundo occidental.
Eso es lo positivo, pero ahora intentaré explicar rápidamente por qué no creo que el experimento de Trump pueda tener éxito. El experimento de Trump combina una escala razonable con elementos de nihilismo que ya había percibido en la administración Biden. No serán los mismos elementos del nihilismo, sino otras tendencias, impulsos de autodestrucción, sin propósito, que encuentran su fuente en un desorden muy profundo de la sociedad norteamericana.
No creo que la política proteccionista de Trump esté bien pensada. No me sorprende la idea de aumentar bruscamente los tipos en un 25%. (Hemos recorrido un largo camino desde que comenzó esta conferencia.) Podríamos llamarlo terapia de choque. Si queremos salir del mundo globalizado, tenemos que hacerlo violentamente. Pero no se ha pensado, no se ha pensado en los sectores afectados, y a veces me pregunto si este aumento de tarifas es un proyecto positivo o un deseo de destruir todo, lo cual sería nihilista.
Trabajé en el proteccionismo. He hecho reeditar en Francia la obra clásica sobre el proteccionismo, El sistema nacional de economía política, de Friedrich List, el gran autor alemán de la primera mitad del siglo XIX. Una política proteccionista debe dar al Estado un papel que contribuya al desarrollo de las industrias que queremos lanzar o relanzar. Pero en la política de Trump hay un ataque al Estado federal, un ataque a las inversiones federales. Todo esto va en contra de la idea de un proteccionismo eficaz o inteligente.
Además, cuando los republicanos hablan de luchar contra el estado federal, cuando veo a Elon Musk queriendo purgar el estado federal, no veo cosas fundamentalmente económicas.
Cuando piensas en EEUU, en las pasiones estadounidenses, cuando no entiendes lo que pasa en USA, siempre tienes que pensar en la cuestión racial, la obsesión con los negros. La lucha contra el Estado federal en USA no es una política económica, es una lucha contra las llamadas políticas DIE, “diversidad, inclusión, igualdad”. Es una lucha contra los negros: despedir a agentes federales significa despedir a un número proporcionalmente mayor de negros. El estado federal protegió a los negros y les garantizó empleo. El trumpismo de Musk también es un intento de destruir a la clase media negra.
Más allá de esto, uno de los problemas del proteccionismo de Trump y su intento de volver a centrarse en la nación es la ausencia en USA de una nación en el sentido europeo.
Es un tema muy fácil de tratar en Budapest. Si hay alguien que sabe lo que es una nación, esos son los húngaros. El sentimiento nacional húngaro es el más claro e inequívoco que he visto jamás en Europa, y se puede percibir hoy en la política muy independiente del gobierno húngaro hacia la Unión Europea.
Pero incluso los franceses, con sus élites que se consideran globales y desencarnadas, son fundamentalmente una nación étnica. Hay una forma de ser francés que se remonta a cientos o miles de años.
Lo mismo ocurre con los alemanes, lo mismo ocurre con cada uno de los pueblos escandinavos. Las naciones europeas tienen una profundidad histórica y moral que las hace naciones capaces de resurgir.
EEUU es diferente. USA era una nación cívica. Había un núcleo dirigente central que le daba coherencia, que era el núcleo de los WASP, es decir los protestantes blancos anglosajones, que, incluso cuando ya no eran mayoría, dirigían el país. Pero una de las características de los últimos 30 o 40 años ha sido la desaparición de este núcleo central y la transformación de USA en una sociedad altamente fragmentada.
Me describo como un patriota pacífico y nada agresivo. Un patriotismo arraigado en la historia es un recurso económico para una sociedad en dificultades. Es algo a lo que obviamente tienen acceso los húngaros, los alemanes, los franceses, pero no estoy seguro de que EEUU disponga de ese recurso.
Concluyo este examen pesimista de las posibilidades de Trump con algo menos metafísico, menos antropológico: la capacidad productiva. Si quieres reconstruir una industria detrás de barreras arancelarias, tienes que ser capaz de construir máquinas-herramientas. Las máquinas-herramientas son la industria de la industria. Hoy hablaríamos menos de máquinas-herramientas y más de robots industriales. Pero para USA ya es demasiado tarde. En 2018, el 25% de las máquinas-herramienta se produjeron en China, el 21% en el mundo de habla alemana en general, es decir, Alemania, Suiza germanoparlante y Austria, y el 26% en el bloque de Asia Oriental, es decir, Japón, Corea y Taiwán. USA, con el 7% de la producción de máquinas-herramientas, estaba a la par de Italia. No quiero ser antiamericano, pero Francia está aún más abajo. No puedo decir cuál será el destino de Francia a este respecto.
Creo que es un poco tarde y si tuviera que apostar por el experimento de Trump, diría que fracasará.
Podemos, por lo tanto, imaginarnos a unos EEUU desconcertados volviendo a la guerra porque Alemania parece dispuesta a hacer su parte en la producción de bienes militares y porque los rusos parecen demasiado intratables. Creo que el deseo de Trump de salir de la guerra es sincero. Creo que Trump preferiría la guerra civil a la guerra internacional, si fuera su elección. Pero USA no tiene los recursos necesarios para volver a ser una potencia industrial normal. USA era un imperio, y toda la producción industrial importante estaba ubicada en la periferia del imperio, en el este de Asia, Alemania y Europa del Este. El corazón industrial de USA está vacío, y no creo que con los pocos ingenieros que produce, con las pocas máquinas-herramientas que produce, Estados Unidos pueda recuperarse.
Veo que he excedido mis minutos, pero me gustaría decir una última palabra que es muy importante para mí y que expresa una angustia personal. Algo que no puedo justificar, pero que me preocupa, que me atormenta.
USA era la parte más avanzada del mundo. Estoy muy consciente de esto. La familia de mi madre estuvo refugiada en los EEUU durante la guerra. USA fue un refugio seguro para mi familia, ya que parte de mi familia era de origen judío. El padre de mi padre se hizo ciudadano americano: era un judío vienés, cuyo padre era un judío de Budapest.
USA fue la cúspide de la civilización y veo que esa cúspide de la civilización se está derrumbando. Veo que se producen fenómenos de una brutalidad y de una vulgaridad que a mí, hijo de la burguesía parisina, me resulta difícil aceptar. Pienso en el abominable espectáculo de Trump delante de Zelenski... Veo un colapso moral.
Pero ésta es la segunda vez en la historia que el mundo occidental asiste al colapso moral del país que es su componente más avanzado.
A principios del siglo XX, Alemania era el país más avanzado del mundo occidental. Las universidades alemanas estaban a la vanguardia de la investigación. Y vimos a Alemania caer en el nazismo. Y una de las razones por las que no pudimos evitar el nazismo es que era inimaginable que el país más avanzado de Occidente produjera semejante abominación.
Mi verdadero temor en este momento, más allá de todos los elementos racionales (y reconozco que no tengo pruebas, dije que hoy hay que ser humildes frente a la historia, que todo lo que estoy diciendo puede estar equivocado en dos meses, en una semana), mi verdadero temor en este momento es que USA esté a punto de producir cosas inimaginables para nosotros, amenazas terribles, que serán abominables porque ni siquiera podemos imaginarlas. Mil gracias.
https://italiaeilmondo.com/?s=todd
traducción , adaptación y destaques PostaPortenia