Importantes repercusiones, como es lógico, suscitó la muerte del ex Presidente de la República, José Mujica. Para la cultura impermeable y perenne de la tradición republicano- reformista, incluso para esta misma tradición en su última versión aggiornada -la reformulación sanguinettista– las reacciones al fallecimiento del popular “Pepe” -difícilmente un político nacional de las últimas décadas haya atraído para sí tanto arraigo en los sectores populares urbanos, arraigo no necesariamente político, sino más bien personal y simbólico, nos guste o no- resultaron asombrosamente radicales, para una cultura hegemónica que esperaba un trato más ecuménico, suavizado, celebratorio.
Es que para esta tradición, las respuestas radicalizadas, las posiciones antagónicas, los panegíricos desmedidos y las condenas absolutas sobre la figura histórica de José Mujica parecen significar una especie de “amarga sorpresa” frente al plácido e inmutable estanque de la tradición reformista. Pero esta grieta, que tuvo en el caso de las repercusiones del fallecimiento de José Mújica una de las tantas manifestaciones de acentuación, ha sido señalada desde hace años y en reiteración real, desde estas páginas: por ejemplo, en enero de este mismo año (“El retorno de la cuestión cultural. Apuntes para una interpretación de la coyuntura”, publicado el 2 de enero de 2025) explicamos las causas por las que consideramos un proceso inevitable, resultado de la estrategia política de la izquierda cultural: “…Ha surgido a partir de la última elección voces -casi siempre relacionadas con la izquierda cultural, aunque también desde posiciones políticas- que señalan con preocupación la existencia de un ambiente de crispación nacional, una “grieta” instalada en la sociedad, que “radicalizará” las posiciones políticas de los ciudadanos y dañaría una especie de sana convivencia política en Uruguay. Más allá de cierta falsedad autocomplaciente de esta idea que se tiene de nuestra sociedad, partamos de la base de creer en las buenas intenciones detrás de esta idea. El problema es otro, porque esto no nace a partir de la elección del 2024. Como ha sucedido en varios países de occidente, las “grietas” en la convivencia política en un contexto de hegemonía cultural son el resultado del hartazgo de que, los “indeseables” del sistema son “demasiados” ya para ser neutralizados con los esquemas torpes que el “consenso socialdemócrata” solía utilizar para mantener dominado el ambiente político. Los ejemplos de varios países en occidente son demasiado evidentes para que el mainstream pueda esconderlos. La hegemonía cultural de la izquierda resultó tan notoria en Uruguay que se dio un proceso donde se ha naturalizado la violencia y desprecio verbal de los izquierdistas a los demás, donde se esperaba como respuesta el silencio. Es claro que esto está cambiando y la contestación es más fuerte y agresiva…”
Pero ya en el lejano 2020 señalamos el proceso creciente de exacerbación de las posiciones sociales frente a la tendencia histórica “amortiguadora” de la sociedad uruguaya, resultado objetivo de la transformación del debate público en un proceso de identificación identitaria, exclusión ambiental del adversario ideológico y criminalización creciente de cualquier pensamiento disidente al consenso socialdemócrata, tanto por izquierdas como por derechas. Señalamos en el artículo titulado ¿Grieta o Abismo? del 7 de noviembre de 2020 que “…la existencia de una “grieta” entendida como un proceso de erosión del “cuerpo social”, se ha extendido mucha más allá que el que refiere a un enfrentamiento ideológico o político en los sistemas pluripartidistas, alcanzando de forma creciente, a referirse a divergencias en aspectos relacionados a un “sentido común” de los individuos, a lo que Gramsci llamaba el “agregado desordenado de concepciones filosóficas”, de diferente naturaleza e intensidad en la disidencia planteada. Este factor parece incorporar nuevas dimensiones que superan la “grieta política”, y, en última instancia, incorporan a ese espacio de desencuentro los elementos típicos del espíritu de época: las identidades, la vida privada y la conciencia de los individuos…”. Y como advertimos en aquel entonces, la constante insistencia en ostentar una superioridad moral identitaria por parte de la izquierda cultural y sus aliados políticos conducía inexorablemente a un abismo sin solución La conciencia y existencia del otro como elemento de división es un factor que construye distancias abismales, no grietas. El identitarismo que se multiplica como elemento movilizador en la política del siglo XXI -a caballo de su promoción global- parece ir varios pasos más allá… como ha sido el tono en estos días donde algunos de los agentes de segundo o tercer orden de esta izquierda cultural que han exigido la creación de “cercos sanitarios” a las ideas emergentes que cuestionan el relato dominante de la propia izquierda cultural, así como algunos analistas de la tradición republicano – reformista que reclaman “moderación” en las “formas” y en los “tonos”.
En este nuevo capítulo de un proceso que tiene como protagonistas a dos de las fuerzas políticas más poderosas y decisivas de Uruguay -la izquierda cultural, y la tradición republicano-reformista-, las reacciones radicales al fallecimiento de Mujica emergen como una especie de “mugre abajo de la alfombra” que yacía, escondida, en el contexto del ecumenismo sanguinettista con respecto a la mirada pseudo conciliatoria de las últimas décadas. Lo novedoso es que el rechazo -en ocasiones crudo, total, visceral- a la figura de Mujica no tiene solamente, como hace décadas, los perfiles característicos de su condena por su participación en la guerrilla socialista tupamara, o en sus contradicciones, mentiras y embustes políticos, sino que se manifestó como pocas veces como condena a lo que representa como proyecto de sociedad: gran parte de los rechazos mediáticos se manifestaron en tono condenatorio como líder espiritual y político de la izquierda socialista latinoamericana.
Más allá de estas consideraciones, lo interesante del fenómeno de la muerte de Mujica es que por lo menos, representa una manifestación del tono social y político del país, en por lo menos tres dimensiones:
La lenta desaparición física de las figuras históricas que animaron la política nacional durante los últimos setenta años (70!!!!!!!!!!) vienen arrojando luz sobre lo que ha sido el proceso cultural y valoración simbólica que ha vivido nuestra sociedad. Esa generación, como pocas en nuestra historia, han acaparado el debate público, década tras década, con sus pasiones y bajezas, sus periplos personales, sus acciones, sus agendas y temas, eclipsando con notoria evidencia a las que le siguieron, que tuvieron que ver una y otra vez como sus agendas generacionales se hundían en el olvido frente al protagonismo excluyente de una generación que se dedicó a crear un mito propio de ribetes apologéticos. Y como siempre, cuanto más pase el tiempo y más cuestionado se vea ese relato sobre su accionar histórico, más agresivos y autoritarios se manifestarán sus defensores, más exigirán el bronce institucional y laudatorio, para preservar ese legado.
Harían bien en dejar descansar en paz a toda esa generación, bastante daño hizo.