06.JUN25 | PostaPorteña 2484

La democracia es el pueblo pateando el trasero del pueblo en nombre del pueblo

Por Gianni Petrosillo

 

"La democracia es el pueblo pateando el trasero del pueblo en nombre del pueblo".

Gianni Petrosillo conflitti & estrategie.it/


Carmelo Bene tenía toda la razón al formular este principio simple pero pasado por alto. Como toda verdad básica e inmediata, ésta es sistemáticamente subestimada. El pueblo, de hecho, se deja azotar con su propio consentimiento, atravesando cíclicamente fases de exaltación y decepción que se repiten puntualmente en cada plazo electoral. Sea enviado a las urnas o al matadero, el pueblo reacciona siempre del mismo modo, como en Palazzo Venezia en 1940[1], primero gritos de alegría, luego de rabia y dolor, quedando atrapado en su sumisión, expresada bajo formas nuevas y diferentes.
El pueblo es casi siempre el instrumento, rara vez el fin, de la acción política. Y no podía ser de otra manera. Su destino queda en manos de minorías que hablan en su nombre por intereses que no coinciden con su totalidad, porque su totalidad se llama nación. Son pocos y efímeros los momentos en la historia en que el pueblo ha sido al mismo tiempo protagonista y destinatario de transformaciones capaces de producir auténticas mejoras colectivas.


Hoy, en esta fase histórica, todas las sociedades occidentales están atravesadas por una distancia abismal entre el pueblo y la élite. Esta brecha ha generado un cortocircuito ideológico cada vez más evidente, que difícilmente podrá sostenerse por mucho más tiempo. Hemos desarrollado una gran capacidad para ver los defectos de los demás, pero seguimos ignorando los nuestros. Sin embargo, se acerca el momento en que tendremos que lidiar con todo un sistema de principios y valores que se muestra incompatible con los intereses reales del pueblo, sobre todo porque nuestras clases dominantes no tienen dirección o tienen muchas confundidas y desorientadas.
En el pasado, hemos observado repetidamente cómo en China la coexistencia entre el socialismo y el mercado (en la fórmula conceptual del "socialismo de mercado") era intrínsecamente contradictoria. Estaba claro que esta paradoja produciría un problema ideológico. Durante años se ha dicho que tarde o temprano China tendría que abandonar ese disfraz narrativo y adoptar una escala de representaciones más coherente, no necesariamente con la realidad actual, pero al menos con lo que pretende que sus ciudadanos perciban. Esa fórmula todavía es válida, pero no podrá hacerlo eternamente. Ese modelo de toma de decisiones, que ha asegurado la estabilidad y el desarrollo, tarde o temprano tendrá que adoptar formas más compatibles con sus situaciones internas para no derrumbarse bajo el peso de la inconsistencia.
Lo mismo ocurre en Occidente: sin brújula ni rumbo, elogia con palabras la democracia y la participación activa de los ciudadanos, pero en la realidad trabaja para vaciarlas de significado. Está empleando toda su energía para socavar las narrativas cada vez más desgastadas y centenarias con las que ha convencido al pueblo para legitimar su propia subordinación.


Después de la intoxicación por la libertad, el libre pensamiento y la hiperparticipación colectiva en nombre de la democracia, hoy empezamos a argumentar que esos valores no son infinitos, que hay que regularlos, contenerlos, a veces incluso suspenderlos. Y lo hacemos y lo escuchamos cada vez más a menudo. Si recordáis, en el pasado reciente, cada vez que los partidos y los parlamentos acordaban gobiernos técnicos, en nombre de la estabilidad y de reformas impopulares de las que nadie quería responsabilizarse, algún político se levantaba y trataba de convencernos de que para salvar la democracia debíamos evitar ir a las urnas. Lo dijeron abiertamente sin miedo a caer en el ridículo. Ahora nos dicen que hay malos enemigos ahí afuera de los cuales debemos defendernos y que por eso es necesario concentrar las decisiones en pocas manos para asegurar rapidez y cohesión decisional.

En esencia, nos están diciendo que debemos comenzar a parecernos a lo que una vez condenamos en nuestros oponentes. Todo, por supuesto, siempre en nombre de la libertad y de la democracia, incluso si esos valores, a estas alturas, no tienen nada que ver con las opciones que pretendemos tomar. Para que quede claro, así es como nuestros hipócritas politólogos, sin dar nombres, tan intercambiables son en su inutilidad servil, plantean la pregunta:

"¿Cuál es el equilibrio entre la necesidad legítima de que un gobierno electo represente la voluntad de los votantes y cumpla las promesas hechas, y la necesidad igualmente legítima de que, en nombre de la voluntad popular, no se distorsione el complejo tejido de un régimen democrático moderno?"


Parafraseándolo de otra manera para el hombre común: el gobierno del pueblo puede prescindir del pueblo, en nombre del pueblo, si a éste se le meten ideas equivocadas en la cabeza.

La democracia sin pueblo (y sin democracia) se quita la máscara y se revela como lo que es: una autocracia como todas las demás. Porque, ya sea una dictadura declarada o un régimen liberal, siempre son las élites las que deciden. Lo único que cambian son los mecanismos mediante los cuales logran arrastrar al pueblo consigo en las cuestiones nacionales. Así que después de décadas de tonterías vienen muchas contraórdenes: armémonos, apuntemos y disparemos contra los presuntos enemigos que están en las puertas incluso si el CO2 aumenta. Pero nunca te aventures a viajar a las ciudades con los antiguos coches diesel o de gasolina. Tengan cuidado cuando hablan de mujeres, de género y de sexos, pero disparen contra todos los palestinos, mujeres, ancianos y niños. Debemos salvar a los ucranianos y no importa si sus líderes son pseudonazis que persiguen a minorías de todo tipo. Aquí está el cortocircuito.


Incluso la llamada democracia, al igual que el socialismo de mercado, no puede sobrevivir durante mucho tiempo simplemente ajustando las definiciones. Tarde o temprano, se verá llamada a elegir recurriendo cada vez a menos sutilezas. Los adjetivos ya no serán suficientes para distinguir modelos y autorrepresentaciones que ya no corresponderán a todo aquello con lo que nos han mentido hasta ahora.
Por ejemplo, hablamos de democracias cada vez más iliberales, en un conflicto semántico y político cada vez más abierto. El oxímoron en sí mismo es bastante ridículo. La América de hoy, que un día era considerada el modelo democrático por excelencia, desde que Trump está en el poder, está siendo comparada con las llamadas democracias iliberales.


Pero entre estos y los regímenes autoritarios, que siempre definimos como tales, en referencia a Rusia o China, las diferencias son sobre todo procesales o terminológicas. La sustancia, en cambio, empieza a estandarizarse con diferencias cualitativas que benefician a las llamadas dictaduras donde la gente vive con mayor implicación.
El pueblo, por supuesto, difícilmente despertará. Pero cuando empiece a recibir golpes más duros incluso en las democracias "iliberales", tal vez se arrepienta de no haber elegido directamente regímenes abiertamente autoritarios, pero mejor gestionados, que no pierdan el tiempo en hacer lo contrario de lo que dicen y decir lo contrario de lo que hacen, diciendo y haciendo todo peor.

http://www.conflittiestrategie.it/la-democrazia-e-il-popolo-che-prende-a-calci-in-culo-il-popolo-su-mandato-del-popolo

Traducción: Carlos X. Blanco


[1] Sede, en Roma, del gobierno fascista de Mussolini y fecha en la cual este gobierno entra en la II Guerra Mundial del lado de Alemania (el Eje) [N. del T.].


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