23.JUN25 | PostaPorteña 2488

COMO DOS GOTAS DE AGUA

Por Ricardo Benelli

 

“Aleaiacta est” (los dados están echados); Cayo Julio César.

Y aquí me encuentro, como Julio César, a punto de cruzar el Rubicón. No como aquel general brillante conduciendo a sus legiones, sino armado apenas con mis certezas y un ejército de palabras que, una vez cruzado ese límite, me acompañarán en el tránsito por un territorio prohibido. A manera de estandarte, he elegido otra sentencia de César: “Los hombres casi siempre están dispuestos a creer lo que desean”.

Como llovizna que no cesa, las mentiras han ido inundando la trama del acontecer diario en el Uruguay. Empapada y cubierta de fango, la verdad yace herida pugnando por sobrevivir a esa lenta y pertinaz garúa que ha trastocado la realidad. De esa manera, la mitología que nos nutre proviene del lodo y, como tal, tiene de barro los pies, el torso, las manos, el rostro y el corazón. Todo ocurre, entonces, como en un cuento de ciencia ficción; lo que es cierto se desdibuja o, incluso peor, se olvida y se reverencia lo que no sucedió. Es el burdo teatrillo de la infamia, cuyos intérpretes se renuevan -una y otra vez- para poner en cartel la misma obra siniestra cuyo argumento se pergeñó para gloria de unos pocos y deshonra de uno solo, en 1972. Una trama cuyo autor principal urdió en tono de afrenta y con vil oportunismo para mancillar a un hombre que, al igual que él, se encontraba preso en las tenebrosas dependencias de un agitado cuartel. Dos personas -dos historias- cuyos objetivos y trayectorias, por algún lapso, fueron coincidentes y tanto como dos gotas de agua pueden parecerse.

Hablé antes de incursionar en lo prohibido, que equivale a transgredir o marchar a contramano, desandando el sinuoso camino de lo establecido. Como dijo el poeta, no persigo la gloriay no me creo más que nadie -tampoco menos-, pero me sobran las vivencias y los almanaques como para dar por buenas esas antiguas patrañas que han nutrido hasta ahora el imaginario popular. Vengo de un tiempo viejo que supo tener gusto a nuevo y, en el trayecto, a fuerza de desilusiones, se me encogieron los sueños y mejoré el discernimiento.

A lo largo de más de cinco décadas, a los uruguayos se les ha inducido a creer una historia plagada de inexactitudes -por no decir falsedades- tendiente a glorificar la imagen y actuación de algunos individuos que, con el paso del tiempo, llegaron a detentar los cargos públicos más relevantes del país. Mucho antes de que esto último sucediera y tras la derrota militar del MLN Tupamaros -1972-, ya en cautiverio y en tanto colaboraban de todas las formas posibles con sus captores, estos personajes se vieron en la necesidad de elaborar un relato que justificara ante el resto de sus compañeros -estuviesen estos presos o aún en libertad- el enorme fracaso y sus propias claudicaciones. Así fue como eligieron a otro tupamaro, Héctor Amodio Pérez, como máximo responsable de la estrepitosa debacle, culpándolo -entre otras acusaciones- por la entrega de “la cárcel del pueblo”, aun a sabiendas que la autoría de ese acto correspondía a Adolfo Wassen Alaniz y Rodolfo “Mojarra” Wolf. Este último, por ser el responsable de las cárceles de la organización, era quien conocía la ubicación en la que funcionaba la rudimentaria prisión y, a su vez, de Wassen -en ese momento preso en el Batallón de Infantería N° 13- fue la iniciativa.

Guiado por la certeza de que los militares estaban muy cerca de localizar la cárcel y de que, si lo hacían, los guerrilleros que custodiaban a los secuestrados, seguramente, procederían a ejecutarlos -algo que agravaría las condiciones de quienes estaban presos- Wassen pidió ser trasladado al Florida para exponer la situación ante Wolf y Amodio Pérez, en quien tenía plena confianza y, además, respetaba por su trayectoria dentro de la organización. Conscientes de que esa reunión podía tener consecuencias importantes, los jerarcas militares permitieron que los detenidos deliberaran a solas en una oficina del cuartel. Una vez que Wassen explicó a sus compañeros que, por la información que manejaban sus captores, la caída de la cárcel era inminente, los tres acordaron que Wolf revelara la ubicación del local. Ya en poder de esa trascendente revelación, los militares desplegaron un impresionante operativo que culminó con el rescate de los rehenes y la detención de los guerrilleros que allí estaban. Para evitar una confrontación que hubiese sido sangrienta, Amodio y Wassen fueron trasladados en una unidad militar a los efectos de intermediar con quienes oficiaban de guardianes y convencerlos de que se entregasen sin ajusticiar a los cautivos ni oponer resistencia. Esos hechos sucedieron el 27 de junio de 1972; unas dos semanas después, Adolfo Wassen Alaniz fue trasladado al Batallón Florida y, una vez allí, solicitó que se le permitiera una entrevista con Amodio. En el curso de esa reunión, le explicó que había informado a sus compañeros todo lo ocurrido;Yo asumí la mía”, le dijo, “pero vos sos el cabeza de turco, Negro” haciendo referencia a la decisión tomada por la organización de adjudicarle a Amodio la exclusiva responsabilidad por la caída de la cárcel. Eso significaba que se le había condenado a muerte.

Hasta aquí, un relato de los hechos que desmienten la extendida versión de que fue Amodio Pérez quien entregó el local de la calle Juan Paullier 1192, en el que funcionaba esa “cárcel del pueblo”. No fue él quien tuvo la iniciativa de hacerlo ni tampoco conocía la ubicación, pero, sin embargo, hasta hoy, toda la militancia de izquierda y buena parte de la ciudadanía lo señala como el responsable y lo tilda de traidor. Y esto a pesar de que, en el año 2009, el mismísimo Julio Marenales -reafirmando lo que había dicho antes en un programa de televisión-, durante una entrevista radial que concedió al periodista Gerardo Tagliaferro- expresó claramente que el responsable de la caída de la cárcel había sido Wassen Alaniz y no Amodio Pérez.

Se puede inferir que el proceder de Wassen -al revelarle al “Negro” Amodio lo decidido por sus compañeros- fue un último acto de lealtad motivado por el afecto que ambos se profesaban como resultado de haber compartido diversas experiencias en la clandestinidad. Pero hay más, pues en esa oportunidad le aconsejó que aceptase un acuerdo similar al que había hechoel Tino” Píriz Budes con las autoridades del cuartel -propuesta de la que había sido informado por el propio Amodio, que la había rechazado-. También corresponde decir que, por verse beneficiado en la adjudicación de responsabilidades, Wassen se acomodó a los acontecimientos sin contradecir la versión adoptada por “la orga”.

Eran horas difíciles, del MLN poco quedaba y mientras Sendic -el fugitivo más buscado por las Fuerzas Conjuntas- advertía a los pocos militantes que aún funcionaban en la clandestinidad que la dirección estaba colaborando, el “Ñato”, Eleuterio Fernández Huidobro, junto a su guardia de hierro, no tenía reparos en presentar ante los militares pactos de todo tipo, que iban desde operar en conjunto para castigar los delitos financieros, hasta una rendición a cambio de penas livianas para los guerrilleros que no tuvieran “delitos de sangre -y, a tales efectos, en un acto de infamia sin parangón, presentó un listado de quienes sí los tenían-.

Así se presentaban los acontecimientos dentro del Batallón Florida, con salidas diarias de este grupo de presos negociadores para tratar de hacer contacto con quienes aún no habían caído con el propósito de convencerlos de que aceptasen la rendición.  Como ellos, el ya condenado -y aislado del resto-, Amodio Pérez,se encontraba detenido en el mismo lugar y, dada su relevancia en la organización, al igual que ellos, mantenía contactos frecuentes con las autoridades responsables de esa unidad militar. Estaba al tanto de todas las propuestas y negociaciones que Fernández Huidobro y los suyos propiciaban; le habían dado a leer las declaraciones de Píriz Budes, las del “Ñato” y otros “cuadros” de relevancia, que habían revelado todo lo que conocían en lo relativo a la estructura y el funcionamiento del MLN; sabía que a él lo señalaban como traidor y que estaba condenado a muerte, ¿qué otra salida tenía que no fuera la de aceptar el acuerdo que el Teniente de Segunda Méndez le había ofrecido en una primera instancia -a poco de ser detenido- y que había rechazado?

Un acuerdo similar al del “Tino” Píriz Budes quien, a cambio de declarar lo mucho que conocía del movimiento guerrillero, había sido liberado y ya se encontraba fuera del país. Ahora bien, una y otra vez, Amodio ha referido que su acuerdo se limitó a ordenar los papeles-algo que debe interpretarse como organizar y/o descifrar la información que estaba en poder de los militares-, lo que supone -a mi entender- colaboración. Y aquí me quiero detener pues, en eso de colaborar, como dice el bíblico refrán, “que tire la primera piedra quien esté libre de culpa”. Culpa o pecado, uno u otro vocablo significan la misma cosa; en cuanto a colaborar, el verbo es concreto y, a la vez, abre un universo de posibilidades o interpretaciones, pero debo expresar con énfasis que, antes o al mismo tiempo que Amodio, la enorme mayoría de los jerarcas tupamaros colaboraron abiertamente. Surge entonces una serie de interrogantes: si a Héctor Amodio Pérez se lo tildó de traidor, ¿qué decir del resto? Me refiero al “Tino” Píriz, a Manera Lluberas, al “Ñato” Fernández Huidobro, al “Ruso” Rosencof, a José Mujica, a Wassen y Wolf -por la entrega de la “cárcel del pueblo”- y a tantos más. ¿Por qué uno cargó con todas las culpas y los demás no?

Todo aquel que investigue con objetividad la historia de la organización guerrillera, debe concluir que la elección de Amodio Pérez como “chivo expiatorio” o “cabeza de turco”, se fue gestando con anterioridad a la etapa de su cautiverio en el Batallón Florida, siendo el resultado de discrepancias internas en la conducción tupamara que se venían dando, al menos, desde 1970. No fue el único en disentir con la línea que, al final, se impuso -esa que llevó a abrir otro frente de combate en el interior del país, trasladando gran parte de la infraestructura y recursos humanos desde la capital-. Otros destacados militantes de la Columna 15 -sin dudas, la más efectiva del MLN- como Donato Marrero, Henry Engler, Alicia Rey Morales o Mario Píriz Budes, también expresaron profundas discrepancias con los drásticos cambios que la dirección impulsaba, pero fue Amodio quien quedó más expuesto -acaso por expresar con mayor vehemencia sus posturas-. De esa manera y como resultado de sobrevalorar su capacidad militar -en tanto subestimaba la de sus adversarios-, la organización, a la vez que pasaba a priorizar la lucha en el medio rural, decidió endurecer su accionar en la capital implementando una serie de operativos y atentados que propiciaron su rápida derrota.

Mientras se imponía la línea dura, que implicaba pasar a la ofensiva, los que disentían, como Amodio, proponían un repliegue estratégico y continuar con la etapa de la propaganda armada. A estas alturas, resulta evidente que quienes impulsaron aquel cambio operacional estaban equivocados. Haberse planteado desarrollar una guerrilla rural en el Uruguay -cuya geografía se repite en llanuras casi despobladas y carece de sierras o zonas selváticas que favorezcan un accionar rápido y eficiente-, de por sí, aporta la magnitud de ese trascendental error y explica la contundente derrota de la organización.

El caso Amodio terminó siendo una especie de implementación práctica de la más icónica de las obras de George Orwell -que el escritor inglés tituló “1984”- en la que, por contrapartida a la figura del Gran Hermano -iluminado líder del Partido, al que todos los ciudadanos debían obedecer y amar- acechaba, desde las sombras, Emmanuel Goldstein, el traidor por excelencia y enemigo público número uno.

Así fue cómo esa figura -necesaria a los efectos de justificar la debacle y direccionar el repudio- nuestro Goldstein, Amodio, se convirtió en la explicación de todos los errores tácticos y estratégicos de una organización que fue derrotada sin levante.

“El pasado y el presente se parecen como dos gotas de agua”.  Lo escribió Ibn Khaldoun (o Ibn Jaldún, también llamado Abenjaldún por los españoles), quien fuera uno de los más grandes historiadores de todos los tiempos, además de sociólogo, economista, geógrafo, demógrafo y estadista. Nacido en lo que hoy es Túnez, en el año 1332, su obra magna, “al-Mugad dima” -en castellano, “Los prolegómenos a la Historia Universal-, constituye un ensayo filosófico de la Historia y de la Sociología, disciplina de la que es considerado el antecesor. Presente y Pasado, similares como dos gotas de agua, destinados a repetirse. Algunos que, en los años setenta, echaron a correr la voz y otros que, a lo largo de cinco décadas y como focas que aplauden de cara al sol, oficiaron -y aún lo hacen- de caja de resonancia. Gotas de agua que puedo imaginar deslizándose por el cristal de una ventana; cada una con un recorrido particular, pero que, por su origen y orientación descendente, nos parecen similares. Lo mismo ocurre con la ficción y lo cierto, gotas de agua que, en sus respectivos trayectos, de tan parecidas, pueden confundir distorsionando la realidad.

De aquel pasado -al que, para definirlo, llaman reciente- hasta nuestros días, una y otra vez, se ha repetido la misma versión o condena. Sabido es quiénes fueron los primeros en instalarla y, de inmediato -como coro que repite el mismo estribillo-, otros actores de aquellos años se sumaron con oportuna rapidez. Luego, con el transcurso del tiempo, ese coro se fue renovando para continuar recitando el mismo estribillo con absoluta liviandad. Como las gotas de agua de aquella sentencia de Ibn Khaldoun, la infamia instalada hace ya medio siglo, más que parecida, resulta similar en la actualidad. A ello han contribuido varios factores: a saber, por un lado, la falsa mitología tupamara que inventaron y propagaron viles personajes como Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof; por otro lado, las afirmaciones de una serie de militantes -si no periféricos, de segundo o tercer orden en el MLN- que dieron por buena la versión que definía a Héctor Amodio Pérez como traidor y que sin siquiera haberlo visto alguna vez, se convirtieron en sus acusadores.

¡Por supuesto que hubo otras contribuciones! Las de los complacientes historiadores, por ejemplo, que jamás se ocuparon de investigar a fondo todo lo que había sucedido y aceptaron de buena gana los aportes escritos y orales del “Nato” Fernández Huidobro y sus compinches. Lo mismo aplica para una gran parte del periodismo y la mayoría de los politólogos, muchos de los cuales -con indisimulada soberbia- se jactaron de ser especialistas en aquel pasado reciente”.

Para sorpresa de todos ellos y también de quienes lo habían condenado, un buen día del año 2015 Amodio regresó al país. Obviamente, a nadie le dio la nafta para ejecutar aquella condena a muerte y tampoco para enfrentarlo públicamente cuando a todos los desafió. En cambio, desde sus cargos jerárquicos maniobraron para complicarle la existencia -por entonces, el gran filósofo de pacotilla, José “Pepe” Mujica, se desempeñaba como presidente de la nación, en tanto “el Ñato” era su ministro de Defensa y “el bicho” Bonomi, conducía el Ministerio del Interior-. Valiéndose de sus influencias, por lo bajo, obtuvieron la dócil colaboración de algunos -y algunas- integrantes del Poder Judicial para enjuiciarlo y hacerle perder su libertad. Una vez más actuaron con cobardía, pero la jugada no les salió.

Nueve años han transcurrido y el “Negro” Amodio continúa luchando por limpiar su nombre. De a poco, con mucha paciencia y dedicación, ha hecho escuchar su voz y ya no son pocos los que acreditan su versión. En lo particular, me cuento entre ellos y por eso es que, al inicio de este artículo, me referí a incursionar en un territorio prohibido. Es un terreno arduo, que supone andar a contramano de lo que la mayoría tiene por cierto y lo mismo ocurre cuando contradigo a los que veneran a Mujica.

En mi caso, lo peculiar es que lo proclamo abiertamente, a diferencia de otros ex tupamaros que se le han acercado -algo de lo que he sido testigo en más de una ocasión- reconociendo la injusticia que se ha cometido, pero prefiriendo el anonimato para no quedar expuestos por vincularse con él. Por otra parte, no han sido pocos los integrantes de otras organizaciones de aquella época que han mantenido encuentros con “el Negro” y aún le dispensan un respetuoso trato exento de prejuicios.

Para finalizar y es algo que atañe a lo personal, he construido un sólido vínculo amistoso con “el Negro” Amodio, quien ha probado ser un amigo leal, que no falla en las instancias difíciles, uno de esos con los que uno siempre quiere contar.

 

Benelli -2025

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