EEUU está poniendo en marcha una guerra comercial contra los BRICS. En una publicación en Truth Social, el presidente Donald Trump declaró: “Cualquier país que se alinee con las políticas antiamericanas de los BRICS se verá afectado por un arancel ADICIONAL del 10%. No habrá excepciones a esta política”.
Mientras los mercados financieros respiraban aliviados por el aplazamiento de los nuevos aranceles del 9 de julio al 1 de agosto, estas nuevas amenazas provocaron más turbulencias. Si Trump impone nuevos aranceles a los países BRICS, las consecuencias para la política comercial y la influencia global de EEUU podrían ser profundas, y no tan positivas como cree Trump.
Para empezar, los nuevos aranceles a los miembros y socios de los BRICS no debilitarán gravemente las economías de Rusia e Irán. Una escalada de las tensiones comerciales entre EEUU y China beneficia a Rusia, ya que puede sustituir fácilmente los suministros estadounidenses de petróleo, gas natural licuado y carbón a China. Dado que el volumen comercial entre Rusia y China alcanzó los 244.800 millones de dólares y el comercio entre Rusia y la India los 70.600 millones, la economía rusa puede apoyarse en el comercio entre los países BRICS para cubrir las deficiencias en la cadena de suministro.
El aumento de los precios de los bienes suministrados por los miembros y socios de los BRICS simplemente acelerará los objetivos de producción nacional de Rusia. El presidente Vladimir Putin ha instado a Rusia a reducir al 17% el porcentaje de importaciones del PIB para 2030, y el aumento de los costos de los productos extranjeros dará ventaja a los productores nacionales de bienes manufacturados.
Si bien la indignación de Trump hacia los BRICS se relaciona en parte con su solidaridad con Irán contra los ataques estadounidenses e israelíes, estos nuevos aranceles tendrán un impacto insignificante en la economía iraní. En todo caso, podrían convencer a Rusia y China de profundizar sus lazos económicos con Irán y dar un nuevo impulso al acuerdo alcanzado con la India en mayo de 2024 para operar el puerto iraní de Chabahar.
La imposición impulsiva de aranceles a los miembros y socios del BRICS también anulará los avances logrados para reducir las tensiones comerciales entre EEUU y China. Gracias a los acuerdos de Londres y Ginebra, EEUU ha acordado flexibilizar las restricciones a las exportaciones de motores de aeronaves, software de diseño de semiconductores y etano a China.
A cambio, China ha tomado medidas para flexibilizar las barreras no arancelarias que dificultan el suministro de tierras raras. Estos nuevos aranceles no solo podrían paralizar las negociaciones comerciales, sino también reavivar los cuellos de botella en la cadena de suministro industrial que se habían mitigado tras meses de incansables negociaciones.
Además de deteriorar los lazos comerciales bilaterales de EEUU con socios clave, los nuevos aranceles dañan aún más su imagen global. Los países del BRICS están ampliando el Acuerdo de Reserva Contingente (Contingent Reserve Arrangement, CRA), que les permitirá obtener préstamos en monedas locales en lugar del dólar estadounidense. El Sistema de Transferencia de Mensajes Financieros (SPFS) de Rusia y el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos (CIPS) de China están diluyendo progresivamente el dominio que tenía el sistema SWIFT.
Estos nuevos aranceles intensificarán el debate sobre la desdolarización, ya que los países del Sur Global buscan aislarse de las barreras comerciales y sanciones estadounidenses. Además, impulsarán la cruzada del presidente chino, Xi Jinping, contra la "intimidación unilateral", cuyo objetivo es formar una coalición antiarancelaria integrada por los estados miembros de la UE, las potencias regionales de Oriente Medio y las economías africanas emergentes. En lugar de ser una demostración de fuerza que refuerce la hegemonía estadounidense frente al desafío chino, los aranceles de Trump podrían acabar siendo un regalo para Pekín.
La guerra comercial de EEUU contra los BRICS es comprensible dada su frustración con las políticas antioccidentales de sus estados miembros. Ceder a estas frustraciones con aranceles impulsivos podría perjudicar a EEUU más que beneficiarlo.
Se suponía que la crisis de 2008 auguraba el fin del capitalismo financiero ultra especulativo. Sin embargo, los actores financieros salieron fortalecidos y el capital ficticio supone una amenaza mayor que nunca para la estabilidad económica mundial.
Algunos autores tomaron el período posterior a la crisis del capitalismo financiero de 2008 como el «fin del neoliberalismo» o el advenimiento del «pos-neoliberalismo». Otros lo describieron como una versión «mutante» o «zombi» de un neoliberalismo que, en realidad, está «medio muerto, medio vivo».
En una era de creciente proteccionismo, ideologías derechistas y desglobalización, las ideologías neoliberales sin duda sufrieron un revés. Pero también se rearticularon forjando nuevas alianzas y adoptando formas novedosas. Cabe destacar tres dimensiones de la situación actual.
La política del dinero
Hoy, como en la década de 1960, hay un enorme interés por la forma que adopta el dinero como factor central en la política y la vida social. La política monetaria es hoy más que nunca una cuestión política que preocupa seriamente incluso a quienes no se interesan por su lógica extraña. Hay motivos para pensar que el sistema global de dinero y finanzas se está acercando a un umbral disruptivo de importancia histórica, con el potencial de transformar la manera en que las sociedades invierten, se aseguran y comercian.
Por supuesto, la forma del dinero —esencialmente la «promesa de pago» construida social y políticamente— siempre ha fluctuado. Lo que distingue la transformación del dinero en los primeros años del siglo XXI es, sobre todo, la proliferación de las monedas y token digitales. Al operar en las sombras de los sistemas monetarios hegemónicos, no pueden considerarse simplemente como herramientas de emancipación desde abajo contra los bancos centrales autoritarios y las políticas monetarias de austeridad, como a veces afirman sus defensores.
Más bien, los tokens no fungibles, la Web3, la tecnología blockchain, las criptomonedas y las organizaciones autónomas descentralizadas están a la vanguardia de una revolución financiera impulsada cada vez más por plataformas transnacionales y los propios bancos centrales. En nombre de la flexibilidad y la eficiencia, anticipan el fin del dinero en efectivo, poniendo así en riesgo la privacidad y debilitando aún más la democracia. Estos desarrollos indican que se está agotando el régimen de flexibilización cuantitativa (QE) vigente desde 2019
Aunque son demasiado complejos para analizarlos en detalle aquí, representan una perspectiva para el llamado orden pos-neoliberal, cuyas características no pueden entenderse como progresistas, ya que en algunos casos prometen ceder aún más autoridad a los propios señores de las finanzas, potencialmente de forma directa por medios administrativos.
Los términos en que se discute esta nueva arquitectura monetaria recuerdan debates anteriores. En el campo de las monedas digitales, por ejemplo, la lógica fuertemente restrictiva, limitada y orientada a disciplinar el mercado propia de Bitcoin remite a la escasez incorporada del oro —y, si se generalizara su uso, podría reproducir la lógica del patrón oro—, mientras que la proliferación aparentemente interminable de dinero privado con nombres absurdos durante la década de la QE se asemeja a la especulación desenfrenada que habilitaron los tipos de cambio flotantes.
A esta oposición familiar se le puede añadir un tercer polo: la moneda digital del banco central, emitida formalmente por los propios bancos centrales o, lo que es funcionalmente equivalente, por los bancos privados más grandes. Esta nueva forma de dinero se distingue por introducir la posibilidad de imponer directamente condiciones sociopolíticas a las transacciones o penalizar a los ahorradores mediante tipos de interés muy bajos.
Quizás sea por esta razón que los neoliberales con más principios han sumado sus voces de alarma en lo que respecta a algunas de estas innovaciones. Como sugirió el historiador Adam Tooze, parafraseando a Antonio Gramsci, «las criptomonedas son el síntoma moribundo de un periodo intermedio en el que el patrón oro ha muerto, pero aún no ha nacido un dinero plenamente político que se atreva a decir su nombre».
Privilegio exorbitante
Otra cuestión candente en los debates contemporáneos es el estatus del dólar como moneda de reserva mundial, un «privilegio exorbitante» ratificado por el paso a los tipos de cambio flotantes. Los efectos de esta fatídica decisión, como recoge un libro publicado en su quincuagésimo aniversario, «fueron mucho más allá del sistema monetario internacional y tuvieron repercusiones geopolíticas y políticas, así como económicas y financieras, de gran importancia» (Douglas A. Irwin y Maurice Obstfeld (2024): Floating Exchange Rates at Fifty).
Hoy en día, si bien la hegemonía del dólar sigue intacta, cada vez son más las voces que cuestionan su permanencia y, con ella, la capacidad de Estados Unidos para mantener su posición geopolítica sin rival. En este sentido, el momento actual se asemeja al de la década de 1970, cuando la política monetaria reflejaba las luchas entre las potencias mundiales y la gestión de las relaciones entre aliados. Con la introducción de la canasta de monedas BRICS y la perspectiva de desdolarización que sugiere, tras el Brexit y la crisis de la zona euro, las previsiones de regionalización suelen girar en torno a la política monetaria.
Aun así, en medio de los rumores sobre la desglobalización y las pruebas de una caída de los flujos de capital, la proporción de transacciones realizadas en dólares se mantuvo relativamente estable en las últimas décadas. No obstante, la «creditocracia del dólar» estadounidense se ve amenazada por las contradicciones internas de la expansión cuantitativa, y los déficits por cuenta corriente y presupuestario de Estados Unidos siguen ejerciendo una presión a la baja sobre el dólar, lo que exacerba el resentimiento hacia el unilateralismo estadounidense.
Por último, la liberalización de los movimientos de capital en la década de 1970 debe considerarse como una cara del agotamiento del crecimiento económico en los países industrializados avanzados; ambos son efectos de la sobreacumulación y del descenso del crecimiento de la productividad y adoptaron la forma de un estancamiento secular. El período posterior fue testigo de una enorme explosión del capital ficticio, es decir, de activos financieros que son, en esencia, expectativas de cara a la producción y los beneficios futuros.
La financiarización de la era postfordista ha producido una economía desequilibrada, en la que este tipo de activos supera ampliamente el tamaño de la economía real subyacente. Su lógica es la de un casino sin crecimiento, basado en la transferencia y apropiación de valor en gran medida desvinculada de los valores de uso del mundo real. Esta dinámica desproporcionada fue precisamente la que generó el sobreendeudamiento responsable del colapso de 2008.
Capital ficticio
A pesar de las promesas de volver a regular y frenar el poder de las finanzas, la metástasis del capital ficticio continuó a buen ritmo. Si bien el uso de algunos activos —esos instrumentos complejos que se encuentran en el centro de la crisis inmobiliaria y financiera, como los CDO (Obligaciones de Deuda Colateralizada) — disminuyó, la cantidad total de capital ficticio siguió aumentando. Esta dinámica se pone de manifiesto en la enorme importancia del sector financiero, de los seguros y del sector inmobiliario (FIRE, por sus siglas en inglés) y en el aumento de los precios de la vivienda y de los objetos de arte como activos financiarizados.
El comercio en los mercados mundiales de divisas —el mercado que determina el tipo de cambio de las monedas mundiales y que tiene su origen moderno en la abolición del sistema de Bretton Woods— se disparó desde niveles insignificantes en la década de 1970 hasta alcanzar un valor nominal de 620.000 millones de dólares en 1989 y de 4,5 billones de dólares en 2008; para pasar a situarse en 7,5 billones de dólares en 2022. Estos flujos masivos de dinero, que alimentan lo que algunos definieron como una clase rentista «tecnofeudal», plantean un problema potencialmente sistémico, dada la presión que conllevan para buscar su realización en la economía real.
En la era del exceso climático, el estancamiento secular y la policrisis, estas pretensiones sobre la producción futura —ahora muy superiores al PIB mundial— crean un dilema fundamental. Dadas las crecientes pruebas que ponen en tela de juicio la ambición de ecologizar el crecimiento económico, los esfuerzos por obtener beneficios futuros del capital ficticio conducirán a un crecimiento insostenible que desestabilizará peligrosamente la vida planetaria o a un escenario alternativo de poscrecimiento, en el que las sociedades recuperarán el control democrático y convertirán el capital ficticio en activos varados.
{Este es un extracto de Libertad para el capital, no para las personas: la sociedad de Mont Pèlerin y los orígenes del orden monetario neoliberal}
*Matthias Schmelzer es profesor de transformación socioecológica en la Universidad de Flensburg y director del Centro Norbert Elias para la Transformación, Diseño e Investigación. Es autor de The Hegemony of Growth: The OECD and the Making of the Growth Paradigm
El brusco giro del presidente estadounidense de presidente de paz a belicista tiene, además de la presión del lobby israelí, también razones económicas: Estados Unidos está en bancarrota.
El principal problema de EEUU no es la deuda en sí (actualmente 37 billones de billones de dólares), que estaba en el centro de la disputa entre Donald Trump y Elon Musk: este último quería recortar de manera decisiva, el primero frenó.
Más bien, el principal problema es la llamada deuda externa neta, es decir, la diferencia entre la deuda con los países extranjeros menos sus propios derechos sobre los países extranjeros: para los EEUU, esto ya fue de 18 billones de dólares en 2021, lo que corresponde a casi el 80 por ciento de la producción económica anual. En comparación, en 1989 se consideró que la RDA estaba en bancarrota porque su deuda con Occidente ascendía al 16 por ciento de la producción económica anual. De hecho, ya ningún inversor responsable quería prestar nada al Estado obrero y campesino. Pero en el caso de EEUU, la deuda nacional y el déficit comercial no son razón para que los multimillonarios y los fondos de todo el mundo dejen de invertir su buen dinero en USA. Lo que parece una locura tiene una razón plausible: el gobierno de USA., a diferencia del gobierno de cualquier otro estado deudor, puede prometer a los compradores de sus títulos gubernamentales el uso de la fuerza militar para obligar a cualquiera, en cualquier momento y en cualquier lugar, a cambiar los inútiles trozos de papel nominados en dólares por bienes.
Países como Irak bajo Saddam Hussein o Libia bajo Gadafi, que amenazaron con facturar sus ventas de petróleo y gas en monedas competidoras en lugar de dólares, fueron declarados estados canallas y liquidados militarmente. Lo mismo amenaza actualmente a Irán, que se asienta sobre las mayores reservas de petróleo y gas del mundo y también suministra estos combustibles fósiles a gran escala a China, el principal rival de EEUU. La protección de Israel, las armas de destrucción masiva, todo es propaganda. Cuando los angloamericanos hablan de derechos humanos, se refieren a los derechos mineros.
El imperialismo del papel moneda
La política exterior de EEUU se encuentra en un dilema: el billete verde ya no está respaldado por el oro o la producción económica real, sino sólo por la fuerza militar desnuda. Cuanto más se hunde la economía estadounidense en números rojos, más agresivamente tiene que actuar la política exterior de USA, sacar provecho de los deudores y silenciar a los acreedores. Al mismo tiempo, sin embargo, este comportamiento cada vez más agresivo ha llevado a un cambio en la estructura de acreedores de los EEUU: los bancos estatales de China y Japón, que compraron la mayor parte de los pagarés de EEUU hace 15 años, desde entonces han vendido gradualmente sus títulos en dólares. Han sido reemplazados por clientes no estatales: los súper ricos de todo el mundo y fondos de riqueza como BlackRock. La Fed puede seguir construyendo sobre la Roca Negra. Pero muchos inversores del Sur Global y de la esfera de los BRICS se han puesto nerviosos después de que Estados Unidos (así como la UE) congelara los activos de los rusos ricos (y no sólo del Estado ruso). Este tipo de expropiación de grandes inversores sólo se había producido anteriormente en los Estados socialistas. Desde entonces, los bonos del gobierno de EEUU ya no han sido un refugio seguro para los magnates financieros, lo que priva de su base a la máquina de movimiento perpetuo de la acumulación de dinero de EEUU
Ya escribí sobre este tema en la revista COMPACT 12/2024. Mi artículo en ese momento terminaba con una mirada a las alternativas de Trump:
La salida de la trampa de la deuda lleva a Trump a un dilema: debe restaurar la credibilidad militar de EEUU (y, por lo tanto, el respaldo extraeconómico del dólar) después de la debacle en Afganistán, lo que, contra su voluntad, podría llevarlo a aventuras: si no contra Rusia, entonces contra Irán o China. O puede atraer a los multimillonarios extranjeros de vuelta acercándose a los supuestos estados canallas de los BRICS, poniendo fin a la congelación ilegal de activos rusos e intentando una especie de Gran Acuerdo con Moscú y Pekín. Pero luego tiene a Wall Street, la City de Londres y BlackRock en su contra.
Desde la perspectiva actual, es obvio que Trump se ha decidido en contra de la segunda alternativa y a favor de la guerra.