01.AGO25 | PostaPorteña 2497

Uruguay independiente, la doble cuestión de una identidad de intereses, y de una imposibilidad política, o simbólica

Por Aldo Mazzucchelli

 

1825-28 / 2025-28

“en una situación semejante a la de las ciudades hanseáticas de Europa”

La historia sigue esperando

 

Puede ser oportuno decirlo ahora que, en un mes más o menos, da comienzo el ciclo de los “doscientos años”: la independencia del Uruguay, todo el negocio del Uruguay independiente, puede ser representado como la doble cuestión de una identidad de intereses, y de una imposibilidad política, o simbólica. Ha sido, sobre todo, la cuestión de la secuela de esos intereses y esa imposibilidad. Esa secuela ha sido, para bien y para mal, el Uruguay, y siempre es posible comenzar a cambiarla, ajustando cuentas primero con los hechos, más allá de los mitos románticos que cada administración -cada vez más pobremente- renueva

 

ALDO MAZZUCCHELLI  eXtramuros 31/07/25

La unidad de intereses era la de la política británica para la región, con los intereses del puerto de Montevideo, explotando sentimientos antiporteños en el paisanaje. Y la imposibilidad simbólica era la de representar y generar victoriosamente una unión que reconstruyese la de los reinos españoles en América; o al menos la del Virreinato; o al menos-menos, la de la Liga Federal artiguista. El Uruguay ha sido el resultado de esa coyuntura. Su mito histórico es, también, el resultado -todos los mitos son verdaderamente falsos- de aquella renguera. Los mitos ocultan tanto como revelan, y cuando su función positiva ha caducado, es tiempo de demolerlos, sin daño de otra cosa que una falsa sensación de soberanía.

Demasiados intereses contrarios, con demasiada capacidad simbólica ellos mismos, se oponían a los paisanos orientales, y a sus hermanos “por los mas sagrados vínculos que la humanidad conoce”, los pueblos del viejo virreinato. Esos intereses contrarios manipularon, entonces como ahora, la opinión pública, ya existente y poderosa en la región. Esos intereses representaron la rebeldía de los orientales, que tenían buena memoria de dos traiciones anteriores de Buenos Aires, como “sentimiento indómito de libertad”; representaron, ante un sector influyente de caballeros porteños sensibles a la prensa, a los orientales como díscolos e ingobernables desde siempre y para siempre, según el modelo de Artigas procesado en el libelo de Berra. Es verdad, como respondió en su momento Artigas, que “mis paisanos no saben leer”. Pero casi diez años más tarde, la prédica constante y el cansancio de la miseria de la guerra -y el acostumbramiento al orden cisplatino- había hecho mella. A los orientales, decía el gran manipulador diplomático Manuel José García (pintado por Trápani como el mejor amigo de los orientales, según consejo de Ponsomby), es mejor dejarlos solos, que se arreglen. Su independencia es asunto de ellos.

Esos mismos intereses representaban al Brasil (bajo una monarquía claramente liberal) como encarnación del Antiguo Régimen en una América supuestamente moderna y liberada. Y a los ingleses, dominadores reales y muy aliados de esa monarquía brasileña, como liberales amantes de la libertad. Demasiados inconvenientes simbólicos llevaron a la imposibilidad. De nada valió que la Asamblea en Canelones respaldase el intento rivadaviano de constitución. De todos modos es verdad que era un engendro centralista y también anglófilo todo él, que iba a contrapelo de lo que querían las provincias históricamente aliadas de la Provincia Oriental. Lavalleja estuvo en su hora cuando la hizo caer, sacó a un hombre de honor como Joaquín Suárez, y de hecho dio el primer golpe de estado de la historia -antes del estado-, y asumió todo el poder. Ahora su “plenipotenciario” Trápani, alabado como monje gris tras la independencia tanto por Blanco Acevedo como por Luis A. Herrera, podía hacer su tarea sin el molesto obstáculo de representantes asambleístas, acaso a veces sensibles a voces discordantes en los pagos y en la gente.

Esa imposibilidad simbólica estaba pues, desde luego, mucho más allá del control de Lavalleja, financiado por fortunas como la de los Anchorena, Costa, Castro, y por el gran comercio porteño o montevideano, vinculados a Inglaterra antes que nada. Era imposibilidad también de Rivera, que siendo el mayor táctico que dieron los territorios de la Banda Oriental, no estaba en condiciones él solo de articular una solución americana, ‘argentina’ como decía él mismo, quizá ‘federal’, más amplia. Rivera actuaba aun desde una posición secundaria -aun acusado de cisplatino y traidor- intentando aportar a una causa más afín a la vieja lógica provincial. Pero su exitosa aventura de las Misiones, con apoyo de Santa Fe, fue liquidada en un par de cartas que Tomás Guido le envió desde Rio, ya cocido el acuerdo que lo superaba. No tuvo más remedio que volverse con miles de indios tapes fieles que se integrarían a la nueva república. Lavalleja, por su lado, era quien mandaba, y sabía a quién se debía. Leer su correspondencia con Trápani, y observar en conjunto cada giro de los acontecimientos en el terreno, genera la incómoda sensación de un paisano honesto y valiente que está siendo manejado a control remoto, frase a frase, al tiempo que Trápani es la pieza clave, y única significativa, en el contacto de Ponsomby con la fuerza armada de los orientales. Los ingleses, y todos, saben bien que teniendo de su lado las armas, lo demás es meramente descartable como “opinión”.

La imposibilidad simbólica era también de las provincias argentinas. Salvo Buenos Aires y su proyecto centralista, que siempre estuvo dispuesto a sacrificar la Banda Oriental, y de hecho lo hizo en reiteración real. E incluso lo de generar una unidad mayor estaba más allá de Buenos Aires cuando, luego de haber dejado por un breve tiempo de ser provincia, volvió a serlo, y bajo Dorrego tuvo que ceder en una coyuntura imposible, presionado por los ingleses, por los comerciantes perjudicados por el bloqueo, todo ello oportunamente coordinado por la presión política y financiera británica. 

Dorrego lo intentó. Lo intentó cuando al final mismo del proceso, Rivera había tomado las Misiones, estaban por llegar los nuevos buques comprados por Buenos Aires para fortalecer su armada, a Dom Pedro sus conflictos sucesorios con su hermano Miguel se habían complicado a niveles serios, y el motín de los alemanes e irlandeses había incendiado Rio por unas horas, sobre el trasfondo de una supuesta amenaza -muy inflada por la inteligencia ponsombysta- de un inventado complot de republicanismo generalizado que amenazaría la supervivencia misma de la Casa de Braganza. Fue entonces que el coronel Manuel Dorrego pensó que había aun una chance para un proyecto que no fuese el británico, ni el de los doctores porteños, ni quizá el atribuido de fuera a los orientales. Los tres distintos, pero los tres convergentes y de hecho pareciendo, en esa coyuntura de la negociación de Río, uno solo y el mismo. Pero sus delegados Tomás Guido -secretario de San Martín y viejo hombre de las logias- y Juan Ramón Balcarce no le hicieron caso. Ya habían zarpado. Con Ponsomby ahora en Rio junto a ellos, no iba a haber cambios de rumbo. Y cuando las bases del acuerdo llegaron a Buenos Aires, Dorrego ya había comprendido que no iba a haber margen para ninguna maniobra, y aceptó la entrega total de la Banda Oriental -sorpresiva y casi inexplicablemente-, en el acto. Sus símbolos, su política, podían jugar -y aun eso a nivel muy limitado- en las calles de Buenos Aires, pero la gran política le era ajena. Como ajena le era desde el primer instante a Lavalleja, y como imposible le era a Rivera, a Lucas Obes, a Santiago Vázquez, y a los demás que fueran capaces de articular cierto pensamiento estratégico en la Banda Oriental. 

La suerte de Dorrego luego de ese serio amague de desplante ante el Señor Británico estaba jugada, y poco se demoró en mover a “la espada sin cabeza” de Juan Lavalle, cobrarse su vida, y desatar el caos en la región por 20 años más -40 si sumamos la Triple Alianza. Caos que no hizo otra cosa que consolidar la estrategia británica, debilitando aun más a las partes hispanoablantes que podrían haberse, al fin, reunido.

***

Esa cuestión de la identidad de intereses entre el poder británico y el “patriotismo” de Trápani y Manuel José García es la que falta poner en el centro. Y esa es la cuestión más dura. La historiografía nacionalista uruguaya, de todos los tiempos, pareciera sentir que reconocer algunos hechos le quita agencia y le quita voluntad al país, en sus representantes más elementales, y desde el origen. Pablo Blanco Acevedo lo dice en 1922 con una frase sintética: acusa a Juan Carlos Gómez, a Lamas y a otros, de “haber dudado del país“. Creo, respetuosamente, que no es eso, sino lo contrario.

Últimamente he intentado ver por dónde irán los intentos que la historiografía política actual está haciendo, y hará, para aportar su grano de sentido a la cuestión de los doscientos años del “proceso independentista”. Me temo que, al igual que todos quienes les precedieron en el poder del estado, el tabú del origen los atrapará también. Entre medias verdades, “investigaciones actualizadas” que dicen que están haciendo, y una perenne satisfacción autoconfirmada, que es lo que le pasa a la gente cuando asume el poder, hay una frase que me llamó la atención, dicha por alguien en una entrevista hecha por La Diaria. Aunque no debiera llamarme la atención, porque es la que ha repetido el Uruguay desde tiempos de Carlos María Ramírez, sino antes. Esa frase dice algo así: “no, no es que los ingleses tenían de antemano la obsesión de crear un ‘estado tapón’. Fue algo que se dio, algo a lo que se llegó por la presión de los orientales, como le dice Hood a Ponsomby…”

¿Así que los británicos no tenían, como única, absoluta, y clara decisión tomada a priori, mucho, pero mucho antes de que Lavalleja se subiera al bote, que había que “llamar a la vida” a las inexistentes por entonces “naciones” americanas, garantizando la fragmentación de la costa atlántica y asegurando por cualquier medio la libre penetración y dominio, vía “comercio libre e igualitario” (entre un gigante y un pigmeo, como es costumbre del liberal cuando tiene la sartén por el mango), y que la forma mejor de hacerlo era propiciar la creación de una separación entre Montevideo y Buenos Aires, de modo que el Río de la Plata jamás fuese un “río interior” de nadie? Cómo que no. Está escrito, declarado, en cartas privadas y en testimonios públicos de los actores más importantes. 

Ni siquiera entro en antecedentes más espesos, como el Plan Maitland y todo lo que hoy se sabe bien sobre las conexiones de San Martín con él -conexiones que, contrariamente a una especie de interdicción religiosa al respecto, no implican en absoluto que San Martín, al proceder según ese plan británico, no estuviese a su vez haciendo lo que consideraba mejor para su conciencia y la vida de los americanos.

Sin necesidad pues de remontarse al siglo xviii, podemos comenzar, como se comienza a menudo, con las Invasiones Inglesas. Pues bien, es elocuente el insospechable testimonio del Gral. Enrique Martínez acerca de los propósitos de las logias de comerciantes ingleses para montar la aventura -sin sanción oficial de Pitt el Joven- de 1806. Principios que fueron comunicados a los hermanos Rodríguez Peña y otros ya entonces, y siguieron su camino desde entonces en el centro mismo del poder de Buenos Aires. Dice así el benemérito general, testigo presencial de las cosas, cuando Andrés Lamas lo interroga en el año 1853: “Vino la invasión de los Ingleses, y prisionero Berresford, se le trasladó a la guardia de Luján, y allí se hizo conocer por los signos masónicos del señor D.D.P [Don Saturnino Rodríguez Peña], y en sus ratos de sociedad le indicó que su expedición no había tenido otro objeto que promover y proteger la Independencia de esta parte de la América Española. S.P. [S. Rodríguez Peña] comunicó el pensamiento a N.P. [Nicolás Rodríguez Peña], H.V. [Hipólito Vieytes], a C. [Castelli], D. [Donado], B. [Berruti], M.B. [Manuel Belgrano]“. La aclaración de las iniciales está hecha por el propio Lamas al editar este importante documento. 

Ese antecedente, que es muy elocuente respecto de cuál era la voluntad de los comerciantes ingleses expresado y articulado en sus diversas logias, con directa y profunda llegada al gobierno de Londres, es solo uno de los testimonios primeros. La cosa siguió de modo muy claro. Por ejemplo, sabemos que Lord Strangford envía a Francisco Javier Curado a proponer a Liniers que le entregue a los portugueses, aliados históricos y sólidos de Inglaterra, la margen oriental del Río de la Plata, amenazando en caso contrario con una alianza militar Portugal-Inglaterra. El rechazo de Liniers no puede hacer olvidar que, una vez el poder en manos de las diversas logias (a veces discrepantes en sus métodos y énfasis) en Buenos Aires, no una, sino tres veces la dirigencia porteña insistió en impulsar esa política, y las tres veces entregó la Banda Oriental a los portugueses o a la nada, cada vez con diversas justificaciones. 

¿Quién actuaba en Buenos Aires proponiendo una y otra vez abandonar a los orientales a su suerte, entregándolos a Portugal, y al fin a una “existencia independiente” que era exactamente lo que los británicos declaradamente querían e impulsaron? 

¿Quién empujó a la Junta a abandonar el Sitio, quién a Manuel José García cuando negoció la entrega en Río en 1816, quién a Rivadavia, al mismo García, y a Tomás Guido y a Balcarce, en 1827 y 1828? 

¿Cómo es que a la “historia patria” no le llama la atención conectar esas aparentemente distintas voluntades constantes de entrega, que alguien en Buenos Aires volvía una y otra vez a reflotar? No fueron entregas “contra Artigas y la voluntad independiente de los orientales”, invento proyectado al pasado que ni Artigas refrendó: fueron contra la incorporación de la Banda Oriental al proyecto porteño, porque a Londres no le servía.

Es muy conocido como García llegó a la audacia de firmar en Río la entrega directa de la provincia Oriental en 1827, contra sus órdenes expresas, causando a su vuelta la caída del gobierno de Rivadavia que lo había enviado, y debe refugiarse en los ingleses del odio popular en Buenos Aires (y luego, renovado como si nada hubiese nunca ocurrido, reaparece como ministro de Rosas!!!). 

Que hubo otras fuerzas, que hubo una voluntad de unión, una identificación entre los orientales y las demás provincias del antiguo virreinato incluyendo a mucha gente porteña, no hay ninguna duda. Y que se puso sangre, alma y épica para mantenerse libre de los portugueses y brasileños, no es cosa de dudar. Pero que, en lo que hace a la independencia oriental, la diplomacia británica operó por la vía de la conexión Ponsomby-Trápani directamente sobre Lavalleja, y mucho más directamente por encima de él, de forma programada y coordinada, mezclando la zanahoria y el palo según conviniese, en Buenos Aires (Ponsomby) y Río (Gordon), es algo difícil de ignorar. 

Sin embargo, nos la hemos ingeniado para, en general, seguirlo ignorando. El resultado final es cosa juzgada hace muchísimo: el triunfo de la decidida, clara y largamente elaborada voluntad del Reino Unido. No paró hasta conseguirla. Esto puede rastrearse incluso de boca oficial, en declaraciones muy directas. Incluyendo en la instrucción fundamental de Canning a Ponsomby el 28 de febrero de 1826, donde le indica que hay “dos maneras por las cuales considera el gobierno de S.M. que se puede llegar a una feliz terminación del asunto”. Una es que la provincia pase a depender de Buenos Aires previo pago a los brasileños (una opción de antemano completa y absolutamente inviable, pues hubiera sido imposible convencer a los brasileños de entonces de esa entrega); y la otra (la única verosímil), “Que la ciudad y territorio de Montevideo se hicieran y permanecieran independientes de cualquier otro país, en una situación semejante a la de las ciudades hanseáticas de Europa“.  Para esto había que enfrentar Buenos Aires a Rio, lograr una situación de empate técnico insostenible, y así surgir con una mediación victoriosa, cuya forma se había decidido de antemano.

Ya Canning había dicho, en 1824 que el Reino Unido se compensará de eventuales accidentes menores en su política europea, con América: “Contemplando a España tal como la conocieron nuestros antecesores, resolví que, si Francia dominaba a España, no sería a España con sus Indias: llamé a la existencia al Nuevo Mundo para restablecer el equilibrio del antiguo“. 

Que el patriotismo historizado oriental no podía admitir la voluntad inglesa como parte de la propia, es comprensible. No podía sino cegarse ante semejantes declaraciones de unilateral disposición a la anexión y uso, en el caso, de la Banda Oriental. E incluso considerarlo algo maravilloso para su futuro. Es algo que da pasmo, pero que ha sido el rumbo elegido, por encima de banderías partidarias. La “historia patria” nunca encontró que decirse la verdad a este respecto la fortaleciese. Así, ante la citada declaración de Canning, comenta exaltado Luis A. de Herrera que la frase “da la definición de una gran política, de luminosa huella, que se iniciara con Pitt“. Efectivamente, también el nacionalista Herrera había aplaudido “la visión certera de sus estadistas [los ingleses] se adelanta a los tiempos y adivina las inmensas posibilidades que la emancipación sudamericana, episodio enorme, ofrece al trabajo y a la ambición del naciente industrialismo europeo“. Es decir, el mejor rumbo para los orientales era vivir a merced de la ambición del industrialismo europeo. Esta curiosa acepción del nacionalismo consta en La Misión Ponsomby, página 42.

De alguna manera, los historiadores uruguayos que elaboraron el discurso de la independencia patria como destino manifiesto -proyectando un estado de cosas presente a un pasado que parecía pensar muy distinto- creen haber visto y saber cosas que los propios actores no vieron. Aquellos dijeron las cosas de formas más cándidas y sencillas: «Lo que yo había predicho se cumple: se trata nada menos que de la erección de un gobierno independiente y neutral en la Banda Oriental, bajo la garantía de Gran Bretaña... es decir sólo se trata de crear una colonia británica disfrazada» (eso dijo el cónsul norteamericano en Buenos Aires, Forbes, en mensaje de junio de 1826 a su gobierno). O si usted quiere otro ejemplo, tenga este otro: «O verdadero auxiliar de Buenos Aires é Inglaterra»… quien «quer dar a Montevideo a forma de cidade hanseatica sub a sua proteccao para ter a ella a chave do Río da Plata como tem a do Mediterráneo e Báltico» (el representante brasileño en Londres, vizconde de Itabayana, en oficios secretos a su gobierno el 18 de marzo y 15 de abril de 1826). Y Canning mismo le dijo, agrega Itabayana, que para realizarlo quiere ser mediador «y quiere serlo tan a toda fuerza que me intimó que si el Brasil no hiciese la paz con Buenos Aires dentro de un plazo de seis meses, es decir, si no cede la Banda Oriental, la Inglaterra se declarará a favor de Buenos Aires y contra el Brasil».

Esto puede seguirse. No estoy aquí sino rejuntando declaraciones más o menos soslayadas por la historiografìa oficial, pero perfectamente disponibles y conocidas al investigador. ¿Cuál es el problema ante la constante renuencia a reconocer cómo fueron en realidad los hechos? ¿Por qué sigue habiendo una parte constitutiva de la autoconciencia del Uruguay para la que esto no se puede admitir? A lo sumo, se da cuenta de ello a regañadientes, a los rincones, y solo si no hay más remedio, pero no se integra seriamente en ningún relato. ¿Por qué? Porque temen que integrarlo hiciera reconocer el rostro de la legitimidad del poder local. Temen que haría más patente aunque los intereses del Uruguay coincidieron, desde antes aun de su fundación como entidad social, política y jurídica, con los intereses del orden mundial establecido por Gran Bretaña y heredado por Estados Unidos después de la Segunda Guerra. Esto parece ser algo que todo el mundo ha admitido siempre. Pero se lo admite los lunes, y los martes se lo elimina de la conciencia a todos los efectos prácticos. Podrá haber todos los “unionistas” que se quiera entre los historiadores -como bien observó Barrán, con excelentes argumentos-, pero ninguno de ellos, ni siquiera el gran Eduardo Acevedo, ha logrado el milagro de que el imaginario salga del mapa romántico de los héroes trazado por los “independentistas”. La tragedia simbólica de la necesaria separación, largamente urdida de fuera, se puede decir y hasta lamentar en abstracto, pero no se puede mirar los hechos de gobierno, los hechos geopolíticos y los alineamientos criollos, teniéndolo en cuenta. Pues si se lo admitiese en serio, el rol que jugarían los patriotas habría sido muy otro, distinto a aquel en que han sido inventados. Sería ahora un rol dentro de un esquema secundario. Para dar lustre a los antecedentes, es preciso, por tanto que el Uruguay sea primario en la narrativa, y que Gran Bretaña, Brasil y Buenos Aires, que son los que realmente conversaron y firmaron, secundarios.
Esa me parece una ejemplar instancia de la general desmesura histórica en que ha vivido el país, según la cual nuestros 33 gauchos le dictaron la política exterior a Londres- Desmesura que, en bien no del realismo, sino de una equilibrada conciencia de sí, el Uruguay haría bien en renunciar.

Pero no, la historiografía uruguaya en cada una de sus versiones apegadas al poder de turno, por más fragmentada y diversa que parezca ser, sigue sin admitirlo. Esa historiografía admite el rol británico de un modo rarísimo: disfrazado de honda voluntad patriótica propia… Sin embargo, la cosa es penosamente sencilla: Gran Bretaña le forzó el Uruguay a cualquiera de los proyectos argentinos explícitos, y se lo forzó, como no, también a sus “aliados” subalternos, el Brasil, la Casa de Braganza, porque esa era la solución que a los británicos convenía.

Y si todo esto se admite, no es tanto que el orgullo nacional de los orientales sufriría una mella insoportable, no. A ese respecto, aun la mayor parte de la gente uruguaya repetirá sin inmutarse lo que le digan sus líderes partidarios. Lo que pasaría si se admite, es que se podría releer la “historia patria”, de cabo a rabo, según la lógica de una entrega -voluntaria e ideológicamente bien fundada en su momento- a los intereses y el orden mundial moderno creado por los anglosajones. Eso hoy, en tiempos de decadencia y finalización de ese orden, adquiere un valor desestabilizador particular.

Esa parte del mundo anglosajón hecha de inteligencia, capacidad de manipulación mental y espiritual de otros, y férrea y muy cruel conciencia estratégica respecto del propio interés, que se conoce por “Londres”, organizó el mapa geopolítico del Atlántico sur con Montevideo como pieza clave y garante del nuevo orden. Reconociéndose eso, no habrá más que reconocer que los límites del Uruguay no habrán estado ya por 200 años en el Cuareim, sino ahí donde le haya convenido cada vez a ese orden mundial moderno y anglo. O a lo sumo, donde haya convergido el interés de los que mandaron en el Uruguay, con el interés británico. Es mi convicción que hoy, leerlo así, sería un bien, una bocanada de verdad histórica que entraría por una de las rotas ventanas del edificio de Occidente, y serviría para renovar el pensamiento, hacerlo más sólido, más realista, y más maduro.

Eso es lo que la conciencia uruguaya nunca ha podido admitir, porque admitirlo le ha parecido incompatible con el resto de las proposiciones de un nacionalismo uruguayo fundacional. Sin embargo, si se admitiese, se vería que no pasa nada, salvo una adecuación mayor de nuestra autoconciencia a las realidades de la historia y del presente. No se pierde patriotismo, ni virtud de los paisanos viejos, sino simplemente se ganará la humanidad de sus circunstancias, que al fin y al cabo es la nuestra también.

Admitir estas cosas, contrariamente a lo que parecen creer, cuando están en funciones oficiales, los historiadores progre, los historiadores colorados, los historiadores blancos, y hasta a algunos entre los historiadores de verdad, no destruiría el Uruguay. Porque a esta altura el Uruguay es indestructible y porque a esta altura el Uruguay en tanto proyecto soberano está destruido. Cualquiera de las dos que usted tome confirma la otra. No se puede destruir lo que ya está destruido. Y por ya estar destruido, pero seguir funcionando, existiendo y a su modo mejorando, el Uruguay es indestructible a esta altura. Puede argumentarse que el Uruguay, en tanto proyecto soberano, nunca existió como tal. Pero la ilusión de eso dio margen y lugar a algunas modestas ventajas. Éstas ya no son aparentes. 

No se alarme ante la aparente contradicción. Una cosa es postular patria e identidad, y otra que las haya. Los mejores discutidores del problema de la “identidad nacional” se concentran en su existencia o inexistencia en el pasado, pero son pocos o ninguno los que no dan por sentada la identidad actual de, digamos, los uruguayos. No les parece problemática. Yo, sin embargo, observo que es bien posible que no seamos ni tengamos una identidad nacional hoy, sino un conjunto compuesto de creencias dispares, cuya única esperanza de supervivencia es que nunca sean puestas bajo examen, reveladas, o hechas explícitas. Las grandes escalas han sido beneficiosas a los nacionalismos y al poder central, y nefastas para el sentido en la vida de la gente. Sospecho que la renuencia de las autoridades a celebrar las “fechas patrias” tiene en su base una intuición política, o mejor dicho un miedo cerval, a que si se junta la gente y se la fuerza a hacer explícita de alguna manera la “comunidad imaginaria” de lo que se dice patria, se note un gran agujero. Los problemas filosóficos de la identidad, solo por mencionarlo al pasar, son abismales. Se discute cuáles son los criterios para asignar identidad entre dos elementos, personas u objetos. Se discute si puede afirmarse que la identidad sobrevive a lo largo del tiempo -no solo si yo soy el mismo que ayer, sino si los uruguayos somos los mismos que los de otro año cualquiera. Y no hace falta ir muy lejos: para mi podría argumentarse bastante bien que los uruguayos de 1985 y los de hoy no tienen nada en común, salvo un conjunto de palabras vacías (“Montevideo”, “capital”, “interior”, “izquierda”, “derecha”, “Artigas”, “los Treinta y Tres”, etc.), de uso equívoco tanto entonces como ahora, pero siempre gratas a la manipulación de poderes centralizados en cascada. 

No pienso ni por un momento que la ciudadanía uruguaya esté reclamando sinceramientos históricos de ninguna clase. Me temo que, en esto como en todo, el abandono de la lectura y el aun más agudo abandono del mínimo saber histórico, hace que cualquier cosa que cualquiera salga a decir en los programas de la mañana sea recibido como “sabiduría histórica” por una muchedumbre atónita cada vez que alguien le revela hechos básicos y de manual. Pero aunque nadie lo pida, reconocer estas cosas no quitaría nada al Uruguay de hoy, ni mucho menos al de mañana. Sería simplemente dejar de usar, para la política actual, una telaraña de héroes imprecisos, y poner en cambio en primer plano tanto el valor y humanidad real, como también los inevitables límites de aquellos paisanos nuestros. ¿No es posible que ese paso, el paso del reconocimiento de datos elementales, contrario al discurso romántico de una “nacionalidad” misteriosa que todos habrían sentido avant la lettre al alborear los 1800 y aun antes -ver Pivel Devoto, “Orígenes...”- fuese un primer paso en la construcción de una forma posible de ir ganando trocitos de soberanía? Sospecho que ese asunto inevitablemente sigue pasando por la formación de unidades mayores, y una correcta orientación geopolítica de las mismas ante una coyuntura totalmente nueva, de la que los orientales de 1828 no disfrutaban.


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