Programa El Cernidor 04.08.2025
Lunes y Jueves 19.30 hs. https://www.youtube.com/@elpulsometrotv
Horacio Lampariello, Héctor Amodio Pérez y Álvaro Alfonso
La liberación del juez Pereira Manelli, comunicado N° 5 plantea canje Mitrione y Dias Gomide, lectura de el capítulo la Selva de cemento, del libro El Che quiere verte, de Ciro Bustos.
https://www.youtube.com/live/CXlMPVRA7Xw?si=tMQToWKxHL3fBuAq
Cernidor 216, correspondiente al día 4 de agosto de 2025
Palabras de Amodio: El 4 de agosto de 1970, fue liberado por el MLN el juez Pereira Manelli, que había sido secuestrado el 28 de julio. Pereira Manelli, que en su juventud había sido socialista, entendía en la casi totalidad de los procedimientos contra tupamaros, era acusado por el MLN de actuar con arbitrariedad. Era además acusado de llegar a acuerdos con delincuentes de alto vuelo, siempre y cuando estos pagaran las coimas estipuladas.
Los objetivos eran conocer los medios por los cuales el Poder Ejecutivo presionaba al Poder Judicial, impidiendo la liberación de varios procesados por causas menores; conocer las razones de por qué dicho juez había condenado por delitos exagerados a algunos militantes y en de?nitiva, advertir al Poder judicial de que el MLN seguía su actuación con gran atención. Según el MLN esos objetivos se cumplieron en su totalidad y fueron muy esclarecedores acerca de la independencia del Poder Judicial. El MLN divulgó el Comunicado número 5, exponiendo todo lo anterior.
El día 5 de agosto, se divulgó el comunicado en que el MLN daba plazo hasta el día 7 para aceptar el canje por Mitrione y Dias Gomide, y pasado ese plazo sin concretarse el canje, se hará justicia. Este comunicado será la causa de la muerte de Mitrione.
Como les dije en el programa pasado, vamos a leer el capítulo la Selva de cemento, del libro El Che quiere verte, de Ciro Bustos.
A los pocos días de pasar la primera vez por Roma, en junio de 1963, murió el Papa Juan XXIII, el Papa Rojo, como lo llamaban con cierta inquina los escribas del sistema, que no veían con buenos ojos el intento de aggiornamiento de la vieja y caduca estructura ideológica de la Iglesia Católica. La segunda vez, pasé por Roma en compañía de Pancho Aricó, unos días después de la muerte de otro Papa, esta vez realmente comunista: Palmiro Togliatti, jefe del partido más fuerte y más independiente del mundo no socialista. Todavía quedaban los carteles con su fotografía pegados en las paredes y los banderines rojos enlutados en los balcones de prácticamente toda la ciudad, exceptuando, claro, las ruinas históricas de aquellas épocas, tras las cuales los poderosos Césares derivaron en Papas, no menos poderosos. Parafraseando a Clausewitz, la iglesia es la continuación del dominio por otros medios.
Pancho Aricó tenía entre ceja y ceja a Enaudi, la editorial de gran parte del pensamiento marxista más actualizado, de la que él solía traducir artículos que publicaban en Pasado y Presente. El paseo por la bella ciudad alcanzó para comprar directamente en la sucursal de Minox el equipo completo de espionaje semi profesional, empaquetado en su cartón original, con abierto llamado publicitario y de tamaño menor que una caja de zapatos. Alitalia nos dejó en Montevideo, donde recuperó Pancho su identidad cordobesa. Yo me quedé unos días, atendiendo nuestra pequeña colonia de exilados.
El petiso Bellomo había alquilado un departamento de soltero, lo que nos permitía eludir hoteles. Quedaba en la calle Yi, a media cuadra de la central de policía. Bellomo ya se había hecho de amigos en el ambiente periodístico y en el café Sorocabana de la Plaza Cagancha. Era un magnífico café al estilo madrileño, con un sector de mullidos sillones bajo los amplios ventanales para sentarse a leer el diario, escribir o atender negocios. Años antes, en 1957, yo había sido habitué suyo, en ocasión de una permanencia de tres o cuatro meses en Montevideo, destinados a pintar un mural en una empresa maderera, la Oro Verde, situada a pocos metros del café, sobre la avenida 18 de Julio, con un amigo catalán, Miguel Capuz. Por intermedio de su padre, un periodista español emigrado de la Guerra Civil Española, que trabajaba para la agencia de noticias France Press, cuyo director era, a su vez, presidente de Oro Verde S.A., le habían encargado dos murales para decorar el enorme salón de la firma. Miguel y yo vivíamos en el local, dedicados en exclusividad a la tarea, sobre dos muros en ángulo, cada uno con su tema. El mío, casi abstracto: un bosque de troncos de árboles desde el primer plano hasta el infinito; el suyo recordaba un Brueghel lleno de figuras, en una especie de escena campestre.
Nos acostumbramos a ir cada mañana al Sorocabana a desayunar y, por las noches, a tomar su rico café, antes de irnos a dormir o a una peña nocturna. Al anochecer de cada día, los infaltables grupos de conocidos ocupaban las mesas del café. Se pasaba rápida revista cultural y política de la actualidad por el costo de una tacita de café, cuanto más, de un coñac, intercambiando miradas y opiniones con las mesas vecinas. Las miradas humeaban como el café, pero eran más persistentes. Sobre todo, las de una mujer, de esplendoroso pelo negro, trenzado en una sola cascada que le llegaba por debajo de la cintura, casi hasta las bellas pantorrillas, donde terminaba su ancha falda. Detalles que yo observé la primera noche que la vi al retirarse del local.
Entre las amistades de Bellomo, figuraba un joven periodista: Eduardo Galeano. Miembro del equipo redactor de Marcha, era un contacto garantizado con la izquierda más radicalizada, procubana. Galeano les presentó a otros socialistas, Andrés Cultelli y Javier Guridi, un viejo administrador del periódico del partido, El Sol. Este último planteó a Bellomo el interés del dirigente de los cañeros azucareros, Raúl Sendic. Joven abogado, ya había cobrado renombre internacional al frente de las marchas agrarias, marchas que avanzaron desde los departamentos norteños de Artigas y Paysandú, reclamado la reforma agraria al grito de Por la tierra y con Sendic. Según Guridi, Sendic manifestó interés por encontrarse con el único sobreviviente de la guerrilla salteña, el teniente Laureano, prueba de la permanencia organizativa del grupo armado argentino. Estudiamos la propuesta y acepté, finalmente, un encuentro a solas con Sendic. Se produjo un domingo, a la hora de la siesta, en la playa solitaria del Cerro, zona industrial marginal. La operación, sencilla pero segura, congregó una serie de paseantes, normales en día domingo. Bellomo, que pasó en una dirección como uno de ellos, recibió el dato sobre el lugar que se encontraba Sendic y me lo transmitió al cruzarse conmigo al extremo de la bahía. Omar, Emilio Jouvé, el hermano del Cordobés, llegó a la playa y se puso a tomar sol a unos cincuenta metros de unas rocas que entraban al agua, donde estaba un pescador solitario. Yo recorrí el borde playero buscando lajas que lanzaba al agua haciendo patitos, y dejé atrás a Omar sin mirarlo, hasta llegar al lugar en que un aparente pobre hombre de raído traje oscuro, arrugada camisa sin corbata y deformado sombrero de fieltro negro, hacía como que pescaba con una improvisada caña, sentado en las piedras más próximas al río. ¿Pican?, pregunté con mi escaso lenguaje deportivo y me contestó, hay mucho viento, pero si usted quiere podemos charlar y matear.
Sendic era una personalidad muy fuerte. A los pocos minutos tuve la sensación de estar ante un hombre importante. Años más tarde comprendí que había hablado con un hombre extraordinario. En tono campechano y amistoso, después de sostener con unas piedras la caña y preparar un mate que cambió de mano hasta que se acabó el agua del termo, preguntó por la experiencia fallida de Salta, en forma muy ordenada y sistemática, eludiendo de hecho los detalles secretos, aunque el origen y la dirección inmanente del proyecto flotaba con naturalidad entre nosotros, como el olor del río.
Las horas transcurrieron plácidas. Más allá, jóvenes pescadores, su gente, alternaban la pesca con juegos de pelota. Detrás de mí, por su parte, el gordo Emilio se mantenía alejado también, inmóvil en su sitio. El centro de las preguntas de Sendic fueron los fallos cometidos, a lo que yo oponía el fallo fundamental: el aislamiento. Fuimos la negación de la consigna maoísta, le decía: el pez fuera del agua. No recuerdo completa una conversación que duró unas horas, pero sé que destacamos el crecimiento organizativo en la ciudad y la receptividad implícita a la propuesta de lucha, lograda en un ámbito lejano a nuestros esfuerzos: el de obreros y estudiantes y no el de los monos. Según dejó entender, ellos se encontraban en pleno desarrollo de una alianza obrero-campesina, clasista, que integrarían también estudiantes y profesionales, en un gran frente decidido a iniciar la lucha armada, aunque sin tener claro aún con cuáles características. Lo cierto era que la miseria del interior empujaba más a la rebeldía, tal vez porque tenían menos que perder. Las vacas vivían mejor que los humanos.
Nos ofrecimos mutuamente servirnos en lo que fuera posible y él, sin vueltas, pidió recibir algunas armas y entrenar en conocimientos básicos de seguridad e inteligencia a un hombre de su confianza. Eso significaba para mí volver a Montevideo una vez completado el viaje, ya que solo había permanecido en la ciudad para tomar distancia del ingreso de Pancho a la Argentina. Portador de dólares y equipos secretos, debía planear mi propia entrada al país. Pero le adelanté que teníamos algunas armas que no habíamos alcanzado a entrar y que estarían mejor en sus manos. Hasta que yo pudiera regresar, se podría organizar el traspaso y elegir el alumno.
El proceso judicial por los luctuosos hechos de Salta se estaba armando sobre la base de la actuación de la Gendarmería Nacional como parte acusatoria, y de la defensa civil unificada a cargo de los abogados cordobeses Antonio Horacio Lonatti y Gustavo Roca, a quienes nuestra dirección, salvados los costos legales, consiguió gratis, con el apoyo de otros amigos y representantes de familiares de presos. La intención era sustraer el juicio del ámbito criminal en que se quería mantener, y tornarlo en un proceso político que permitiera poner en evidencia las causas sociales de fondo y el agotamiento de la credulidad y la paciencia de las jóvenes generaciones ante la claudicación de la clase política. El camino sería lento y sin salida. Rodear a los detenidos de conciencia y apoyo popular era lo máximo que se podía hacer en favor de un mejor trato, con el status de “presos políticos” y la reivindicación de su lucha y sus nombres. La salida de la prisión dependería de los vaivenes de la política nacional o de nuestra capacidad militar futura.
La confusa trama de las políticas de la izquierda está siempre integrada por hilos de madejas ajenas. Así, la práctica política es una actividad de élites profesionales, intelectuales, económicas o religiosas, que responden a sí mismas y que pretenden manipular a las masas trabajadoras. Sólo los atípicos “revolucionarios” rompen la geometría del círculo cerrado con éxito, hasta caer víctimas del mismo ordenamiento riguroso del juego político. Hecha la ley, hecha la trampa. Una gran parte de la juventud pasaba por las filas de los partidos marxistas, impregnándose del anhelo socializante, para abandonarlos y terminar al descampado, agotados por teorías alejadas de la realidad cotidiana de la fábrica y hartos del comportamiento arribista de sus líderes.
La secretaría provisional o la directiva nacional de la organización se reunía donde y cuando podía, lo que significaba mi desplazamiento periódico de Buenos Aires a las ciudades de provincia, donde se llevaban a cabo los encuentros. Mientras tanto, habíamos regularizado nuestra vida civil y de pareja con Ana María, estableciéndose en la capital del país por un tiempo, hasta que, tras la caída de Bellomo y otros sucesos, se nos aconsejó respirar aires de Córdoba.
El Cholo se trasladó a Buenos Aires, al volante de la poderosa camioneta “contrabandista”, que resultaba desproporcionada para las necesidades reales de la clandestinidad, con sus inconvenientes de estacionamiento y consumo, por lo que fue reducida a un manuable Auto Unión de bajo costo, que agilizaba los desplazamientos y aligeraba los gastos. Decidimos invertir el excedente en un negocio en auge en esos tiempos: los intercomunicadores electrónicos. Esto debía ayudarnos a estirar el tiempo y proporcionar un trabajo de cobertura. El Cholo, recurriendo a sus contactos antiguos y compañeros de partido, uno de ellos infiltrado en el Departamento de Policía de Mendoza, había obtenido mi legajo personal, en el que no aparecía ninguna vinculación con la guerrilla, por lo que se me consiguió un juego de documentos, cédula de identidad y carnet de conducir legítimos, que me permitían la libre circulación y mi participación más o menos abierta en nuestras reuniones. La mesa directiva se amplió con el ingreso de Tiefemberg y de un dirigente de base petrolero, el Petiso Zárate, quienes aportaron mayor capacidad de contactos políticos de superficie y gremiales.
Regresé con Ana María a Montevideo para cumplir el compromiso contraído y nos instalamos en el apartamento de la calle Yi. Bellomo, que se trasladó a casa de una amiga, hizo los contactos y obtuvo la forma adecuada para que yo pudiera encontrarme con el hombre designado por Sendic para el curso de seguridad. Habíamos establecido la necesidad de terminar con este asunto antes de abordar el traspaso de armas.
Durante un par de semanas trabajé con el alumno a solas en el departamento, mientras Ana María se iba a pasear, a almorzar, al cine o al café. Hicimos también algunas prácticas exteriores sobre las calles de la ciudad, simulando seguimientos, rupturas, chequeos, contra chequeos, buzones, señales operativas para contactos, planes de emergencia, seguridad personal y colectiva. Si algo había aprendido, era que la compartimentación extrema, reforzada por una práctica rigurosa individual, también compartimentada, aseguraba la propia supervivencia además de la del grupo. Fatalmente, el militante siempre cree tener una persona de su absoluta confianza; quien confía absolutamente en alguien de la familia, que por su parte tiene un mejor amigo, etc., etc., hasta llegar a una zona enrarecida, alejada de la exigencia primordial, en la que la seguridad se quiebra en boca de terceros. La lucha armada no declarada es una conspiración que se desarrolla al margen de la ley y las normas de la sociedad como tal, la cual se opondrá por todos los medios represivos a su alcance, legales o no, ejerciendo el monopolio de la violencia sin pruritos éticos, como siempre. Únicamente utilizando la “inteligencia” como método y sirviendo a una causa justa, puede sobrellevarse con éxito. La espontaneidad y el exceso de confianza conducen directamente a la catástrofe.
El alumno era muy serio, capaz y responsable. Estudiante de economía metódico, captó de inmediato que las enseñanzas serían menos que humo sin una práctica intensa y rigurosa. Se llamaba Jorge Notaro y, al menos a él, le resultarían provechosas, según me contaron veinte años después.( Notaro el economista no era del MLN sino de la FAU (dice Amodio)
Emilio Jouvé, Omar, el hermano del Cordobés, instaló un quiosco de revistas, tabaco y golosinas. El contacto con el embajador cubano nos había hecho entrega de un bulto de armas remanentes, meses antes de abandonar el país y regresar a Cuba, rotas ya las relaciones cubano-uruguayas. Dado un urgente clima rupturista que sobrevino debido a las presiones de la OEA, no se pudo cuidar la operación en detalle y las armas fueron a parar al piso entarimado del quiosco, donde Omar había descubierto un semisótano, un agujero en realidad, antecesor insospechado de los berretines tupamaros futuros. La situación era de emergencia y el Gordo no podía estar parado cada día encima de semejante volcán, por más alfombra raída que disimulara la trampa. Cerrado 24 horas el quiosco por reformas, fuimos juntos a pintar el local un día y, de paso, inspeccionar el paquete. Había una media docena de pistolas P38, dos o tres metralletas UZI, depósitos y parque abundante. También había una cantidad apreciable de petacas incendiarias, made in CIA, que los cubanos de la contrainteligencia cosechaban de los envíos aéreos arrojados cada semana sobre la isla para los contrarrevolucionarios, desde las avionetas que operaban con base en Miami y que el programa del Departamento de América de la Revolución redistribuía a lo largo del continente. La cosa era equitativa: los yanquis fomentaban la contrarrevolución y los cubanos, la revolución. Nada que discutir. Me quedé con la mitad de las pistolas y petacas y traspasamos a la gente de Sendic el resto.
Se hizo el contacto en una esquina alejada del quiosco, controlada por Bellomo, a bordo de un taxi que llevaba en su asiento posterior el bolso con las armas, invitando al emisario a subir para dejarlo en otro barrio, ya portando el bolso. Todo bien. Ana María partió hacia Buenos Aires para organizar con Rafael el traslado de las armas retenidas. Finalmente, un alegre grupo de jóvenes parejas atravesó el Río de la Plata con el cargamento. Las petacas, una suerte de cigarreras diabólicas de una gelatina gris, inflamable, necesitaban solo una fuerte presión con los dedos para romper en el centro para romper un recipiente de cristal que ponía en libertad una porción de ácido sulfúrico que, luego de corroer por horas regulables otro compartimento, entraba en una furiosa combustión, similar a u diminuto lanzallamas, capaz de incendiar una estantería de madera gruesa, de un almacén o depósito. Nosotros no llegamos a usarlas, pero fueron transferidas un par de años después a un naciente grupo que con el tiempo, llegaría a constituir una organización armada, las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), que debutaría de manera incendiaria en 1974, destruyendo sin víctimas, horas después del cierre, la primer cadena -una docena de locales- de supermercados Minimax, propiedad de una empresa del magnate norteamericano Rockefeller