En alguna ocasión anterior hemos citado cierta diatriba feroz de Chesterton, donde queda muy sucinta y perspicazmente explicado que el capitalismo no es tan sólo una forma de organización económica, sino también (y sobre todo) un proyecto de devastación antropológica.
El capitalismo crea sociedades ensimismadas en el disfrute de su riqueza
En la diatriba chestertoniana se mencionan las tres vías que el capitalismo emplea en su labor corrosiva de destrucción de los vínculos humanos. Una de estas vías, consistente en «sacar a los hombres de sus casas en busca de trabajo», provocó, en tiempos de Chesterton, el éxodo del campo hacia la ciudad, e incluso la emigración a otros países más promisorios, como ocurriría con la masiva emigración de europeos al Nuevo Mundo. Hoy, cuando el capitalismo se ha hecho plenamente global, esta vasta empresa adquiere contornos todavía más monstruosos mediante los flujos migratorios que devastan continentes enteros, trastornando culturas milenarias y haciendo irrespirable la convivencia social. Para lograr esta devastación, el capitalismo crea sociedades ensimismadas en el disfrute de su riqueza que renuncian a tener hijos o los impiden nacer mediante métodos criminales; y, a continuación, el capitalismo –que, como señala el bellaco de Hayek, tiene hecho su «cálculo de vidas»– reemplaza a las generaciones que no han llegado a nacer por ejércitos de reemplazo venidos de los arrabales del atlas, a los que puede satisfacer con sueldos ínfimos, disminuyendo los costes de producción.
La segunda vía de destrucción de los vínculos humanos la logra el capitalismo suscitando «una lucha moral y una competencia comercial entre los sexos», de tal modo que su convivencia se vuelva insoportable y yerma. Para triunfar, el capitalismo necesita imponer el antinatalismo (cuantos menos hijos tiene, la gente se conforma con salarios más bajos y lucha con menos ardor por una existencia digna); y no hay mejor modo de imponer el antinatalismo que las ideologías que prometen lo que ahora llaman ‘empoderamiento’ y antaño ‘realización’ de la mujer, cuando realmente tienen como objetivo realizar los planes capitalistas, que consisten en pagar salarios bajos que no bastan para mantener una prole; y, en último término, en azuzar un individualismo que percibe la familia como un órgano execrable y claustrofóbico del que conviene desertar. Para ello, el capitalismo estimula mediante su propaganda las conductas egoístas (siempre disfrazadas de conquista de una mayor independencia liberadora), a la vez que las pasiones más torpes (siempre presentadas como expresiones emancipadoras del deseo), que facilita mediante la concesión del divorcio, el aborto y un hormiguero mareante de derechos de bragueta que ni siquiera Chesterton, en su asombrosa clarividencia, pudo llegar a atisbar. Y así impone una nueva forma de religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad.
La tercera vía a través de la cual el capitalismo completa su devastación antropológica consiste en destruir «la influencia de los padres»; o, si prefiere, en sembrar la cizaña entre las generaciones. De este modo, se tornan más difíciles las empresas comunes, pues –como señala el mismo Chesterton– «si la humanidad no se hubiera organizado en familias, no habría podido organizarse en naciones». Así que, para devastar la resistencia de las naciones, nada mejor que desorganizar los jirones de familia que todavía subsisten, fomentando la incomunicación entre las generaciones Para desarrollar esta tarea alevosa, el capitalismo se ha servido de la llamada ‘cultura pop’, que moldea sucesivas generaciones enclaustradas en sus respectivas burbujas de referentes seudoculturales, a modo de espejuelos narcisistas que expulsan a las generaciones inmediatamente anteriores y posteriores, conformando una sociedad perfectamente estratificada, en donde cada estrato –cada generación– está impermeabilizado a la tradición, absorto en sus baratijas efímeras y fungibles (que, a la vez que aseguran su aislamiento, azuzan sus ansias de consumo). Matando la natural transmisión cultural entre generaciones, se logra una auténtica disociedad, en la que cada generación vive aferrada a los pecios de su naufragio (sus musiquitas pachangueras, sus series infames de Netflix, sus bazofias sistémicas), inconsciente de su condición de náufraga, porque piensa que el naufragio inducido por el capitalismo es un triunfo de su individualidad.
No hace falta añadir que estas tres vías de devastación antropológica actúan simultáneamente, hasta completar su misión común.
Mi artículo no contenía homilías ni propagandas, sino narración de hechos que han merecido severas admoniciones hasta del embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee
El pasado lunes 21 de julio publicaba en estas páginas un artículo titulado ‘Israel también mata cristianos’, AQUÍ escrito con una prosa voluntariamente contenida e incluso átona; pues me interesaba ante todo dar a conocer estos desmanes –una gota en el océano de sangre que anega Palestina–, ocultados por la mayoría de medios. Todos los hechos expuestos en aquel artículo eran rigurosamente ciertos e incontestables. Sin embargo, este periódico decidió publicar una carta lisérgica de don Isaac Querub Caro, en la que delirantemente se calificaba mi mesurado artículo de «homilía indignada» y «sermón bizantino» con «nostalgia de los Padres de la Iglesia que veían en el pueblo judío un eterno chivo expiatorio» y de «los libelos medievales que acusaban a los judíos de deicidas y enemigos de la cristiandad». Todos estos denuestos desquiciados, tan baratos y poco querúbicos, en nada se compadecen con el tono casi notarial de mi artículo, cuya única imprecación iba dirigida precisamente… ¡contra los católicos tibios o escapistas! Pero mi ofuscado detractor se derramaba en exabruptos rabiosos y burdos sofismas, evocando «siglos de pogromos e inquisiciones». Este discurso exaltado y victimista que pretende envolver cualquier condena de las acciones criminales del Estado de Israel en retórica panfletaria que se remonta grotescamente hasta la Edad Media, los Padres de la Iglesia, la Inquisición y el súrsum corda hace un flaco favor a la causa que nuestro detractor pretende defender. Confío en que los tanquistas israelíes que dispararon contra la iglesia de la Sagrada Familia no lo hayan leído, no sea que, envenenados de acusaciones genéricas e interpretaciones torcidas de la historia y de la teología, sigan cometiendo ‘errores’ contra los cristianos palestinos.
Defenderme de la catarata de improperios proferidos por mi detractor me obligaría a injuriar mi prosa, dedicándola a tareas subalternas para las que no fue llamada. En su libelo, Querub recurre a la conocida ‘falacia del maniqueo’ o del espantapájaros, atribuyéndome una catarata de intenciones y afirmaciones que jamás he expresado (ni en aquel artículo ni en ningún otro), pero que le sirven para fabricar un monigote contra el que dispara a quemarropa, en vez de esforzarse por refutar lo que pretendiese refutar, que no me ha quedado claro. Si nuestro caro querube se hubiese tomado la molestia de leer mis novelas, empezando por la reciente y celebrada ‘Mil ojos esconde la noche’, se habría tropezado con un rechazo y denuncia constante de los antisemitismos que han florecido en Europa; y con mi admiración hacia quienes los combatieron. Pero no se nos escapa que nuestro detractor acusa sin fundamento y formula con mala fe acusaciones falsas porque sabe que se dirige a un público de fanáticos y zoquetes que nunca leen; y tal vez sea mejor así, pues si leyesen nada entenderían, puesto que han renunciado a la «funesta manía de pensar».
Mi artículo no contenía homilías ni propagandas, sino narración de hechos que han merecido severas admoniciones hasta del embajador de EEUU en Israel, Mike Huckabee, sionista a machamartillo, quien escribió una carta incendiaria al ministro Moshe Arbel, en la que podía leerse que Israel «está incurriendo en acoso y trato negativo» hacia los cristianos. Y tras visitar la localidad cisjordana de Taybeh y comprobar las profanaciones que habían sufrido su templo y cementerio cristianos, el mismo Huckabee afirmó que «profanar una iglesia, mezquita o sinagoga es un crimen contra la humanidad y contra Dios». El ataque criminal a la iglesia de la Sagrada Familia, por su parte, provocó que el bocazas de Trump exigiese al sacamantecas Netanyahu una declaración de arrepentimiento, que al final se quedó en reconocimiento de un lamentable ‘error’, presentado como un caso ‘aislado’. Tan ‘aislado’ como el bombardeo de la iglesia ortodoxa de San Porfirio, en octubre de 2023, donde las fuerzas israelíes mataron a dieciocho civiles inocentes. Tan ‘aislado’ como el bombardeo, en julio de 2024, del colegio católico de la misma parroquia de la Sagrada Familia atacada la semana pasada, con cuatro víctimas mortales. Tan ‘aislado’ como los disparos de un francotirador israelí, que mataron a dos feligresas en la iglesia de la Sagrada Familia (¡tan acribillada de casos ‘aislados’!) en diciembre de 2023.
Sostiene falsamente el señor Querub que Israel «es el único país de la región donde la población cristiana ha crecido, goza de libertad de culto, representación política y vida pública activa». De verdadera representación política y libertad de culto han disfrutado los cristianos en países hostigados por Israel, como Siria (hasta el derrocamiento de Al Assad) y el Líbano; y sobre el «crecimiento» de la población cristiana, debemos señalar que en 1948, cuando se inventa el Estado de Israel, la población cristiana componía entre el 10 y el 20 por ciento de la Palestina histórica, cifra que en 2022 se había reducido hasta el 1,9 por ciento (según datos de la propia Oficina de Estadística del Gobierno israelí). Sólo en 2024, según informa una institución interreligiosa local tan respetada como el Rossing Center, los templos cristianos en Tierra Santa sufrieron ataques, profanaciones o actos vandálicos una vez cada tres días. De este modo, se ha conseguido, por ejemplo, que la población cristiana de Belén, que en 1948 alcanzaba el 85% del total, hoy se haya reducido a un 10%. Por lo demás, cualquier persona mínimamente informada ha visto vídeos de cristianos escupidos, vejados y golpeados en las calles de Jerusalén; y no precisamente por musulmanes.
También me reprocha mi detractor que no me refiriese en mi artículo a los «túneles de Hamás bajo escuelas e iglesias, o a la Yihad Islámica, que convierte hospitales en depósitos de armas», como si esta cuestión tuviese que ver con los concretos hechos criminales que describía en mi artículo. Pero, puestos a hablar de ella, conviene recordar que la Convención de Ginebra de 1949 establece que, para poder atacar una institución civil destinada a uso militar se deben cumplir los siguientes requisitos: 1) Dicho uso debe estar completamente probado; 2) El ataque ha de ser proporcional al objetivo militar (no vale, pues, arrasar indiscriminadamente); 3) Debe haber aviso previo para que el enemigo cese el uso militar de la institución; y 4) Deben minimizarse los daños civiles. Ninguno de estos requisitos ha cumplido Israel, que nunca aporta pruebas de ninguna clase sobre la presencia de milicianos de Hamás en los hospitales o colegios bombardeados, que siempre los reduce a escombros y siempre provoca matanzas monstruosas entre civiles, incluidos mujeres y niños a porrillo.
En el colmo del delirio, el señor Querub desliza que, mientras acuso a Israel de matar cristianos, callo ante la persecución que sufren por parte de grupos islamistas. Nuestro detractor ‘olvida’ una palabra muy significativa del título de mi artículo («también»), que a la vez que resalta que también hay cristianos entre los palestinos que Israel está masacrando, señala que a los cristianos los mata no solamente Israel. Han sido decenas, acaso cientos, los artículos que hemos escrito sobre los islamistas asesinos de cristianos y de otras minorías religiosas (por ejemplo, sobre los rebanacuellos que ahora gobiernan en Siria, con apoyo de la comunidad internacional), y también sobre sus patrocinadores.
Es, en fin, una suerte que el señor Querub Caro ya no sea presidente de la Federación de Comunidades Judías de España, pues no conviene que intereses y posiciones que deben ser defendidos con equilibrio y mesura estén representados por personas que desbarran y pierden tan fácilmente el oremus.
Las acusaciones más ensañadas que desde la órbita sionista se han lanzado contra la Iglesia, para azuzar entre los católicos los complejos traumáticos, han elegido como diana a Pío XII, a quien se acusa de simpatías con el nazismo confundiendo torticeramente la naturaleza de actos o palabras guiados por un criterio prudencial
Una vieja amiga me confiesa que se queda muy turbada ante las muestras de odio furibundo y espumeante hacia mi persona que percibe en los ambientes ‘católicos’ en los que trabaja, por la posición que he mantenido desde hace años, en defensa de los palestinos que ahora están siendo masacrados en Gaza.
No me pilla por sorpresa este odio furibundo y espumeante, a fin de cuentas expresión de esa aberración llamada fariseísmo, que se sirve hipócritamente de una cáscara o fachada religiosa para encubrir los más sórdidos fanatismos ideológicos. Por los mensajes que mi vieja amiga me enseña en su móvil, donde estos ‘católicos’ profesionales que la rodean exhortan a boicotear mis novelas y a escribir a este periódico reclamando mi despido, entendí además que se trataba de fariseísmo en sus grados más extremos y diabólicos, cuando –como nos explica Leonardo Castellani– el fariseo se vuelve activamente cruel y persigue a los verdaderos creyentes con saña ciega y fanatismo implacable hasta lograr su muerte (o siquiera su muerte civil). Pero, sobrecogiéndome los mensajes de móvil que aquella amiga me enseñó (como siempre me sobrecogen las expresiones de lo preternatural adueñándose del alma humana), me sobrecogió todavía más el sionismo desaforado y energúmeno de aquellos ‘católicos’, todos ellos muy fachitas y valentones y envueltos en banderas (la rojigualda en dulce himeneo con la sionista), cuya ‘forma mentis’ ya en nada se distingue del evangelismo yanqui, que identifica con el «pueblo elegido» de la Antigua Alianza al estado de Israel (olvidando que esa Alianza ha sido renovada por la redención de Cristo) y defiende como si fuese un dogma de fe su política exterior. Sólo que el evangelismo yanqui, al actuar como cancerbero del sionismo, espera desquiciadamente que la condición de «pueblo elegido» se contagie por lazos de sangre y de pólvora a los Estados Unidos, mientras que nadie sabe qué oscuros manejos mueven a nuestros ‘católicos’ sionistas; aunque sospechamos que, siquiera entre sus elementos rectores, no sea otro sino aquel «poderoso caballero» al que Quevedo dedicó una célebre letrilla.
En cualquier caso, como señalaba Charles Péguy, el fariseísmo es a la postre un «traspaso de la mística en política», que en estos ‘católicos’ sirve para disfrazar su sionismo desgañitado con una fachada meapilas que ampara todo tipo de desvaríos, a la vez que tapa traumas notorios. Y es que, después de las matanzas de judíos perpetradas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, la maltrecha sensibilidad occidental asumió una suerte de auto-inculpación que el mundo judío azuzó hasta convertir en acusación manifiesta. Así, se ha conseguido que, ochenta años después de aquella hecatombe, Occidente arrastre un complejo de culpa que lo empuja no sólo –como es de justicia– a recordarla y execrarla, sino también a cargar con un sambenito que no cesa de golpear su conciencia. Esta acusación lanzada por el mundo judío contra Occidente se recrudece y hace más ensañada contra la Iglesia católica, a la que se dirigen anatemas delirantes y protestas de connivencia con el antisemitismo nazi. No dudo que la hubiera en algunos ‘católicos’ de la época, como ahora la hay con las matanzas sionistas en sus descendientes y discípulos fachitas (quienes, exacerbando patológicamente su sionismo, tapan las miserias de sus antepasados y maestros), pero lo cierto es que la Iglesia condenó magisterialmente el nazismo y su divinización idolátrica del pueblo y de la raza en fecha temprana, a través de la encíclica ‘Mit Brenneder Sorge’ (1937) de Pío XI; en cuya redacción, por cierto, participó activamente Eugenio Pacelli, futuro Pío XII. Para demostrar que, institucionalmente, la Iglesia católica no ha mantenido connivencias con el nazismo bastaría con señalar que más de diez mil sacerdotes y cientos de miles de seglares católicos fueron internados en prisiones y campos de concentración por el Tercer Reich, muchos de los cuales no salieron de su encierro con vida.
Pero acaso las acusaciones más ensañadas que desde la órbita sionista se han lanzado contra la Iglesia, para azuzar entre los católicos los complejos traumáticos, hayan elegido como diana al mencionado Pío XII, a quien se acusa de simpatías con el nazismo y de desapego ante la tragedia judía, confundiendo torticeramente la naturaleza de actos o palabras guiados por un criterio prudencial. El historiador y rabino David Dalin, autor del libro ‘El mito del Papa de Hitler’, desmiente tales asertos, demostrando que Pío XII se sirvió de su experiencia como nuncio apostólico en Alemania durante los años veinte, y luego como Secretario de Estado de Pío XI, para salvar infinidad de vidas judías durante la guerra. Así se explica que en Italia, donde Pío XII tuvo un mayor margen de maniobra, el 85 por ciento de los judíos sobreviviera a las deportaciones y matanzas, incluyendo el 75 por ciento de la comunidad judía de Roma, que se benefició de su ayuda directa. Los judíos fueron acogidos secretamente por indicación de Pío XII en 155 monasterios, conventos e iglesias de Italia; y hasta tres mil de ellos hallaron refugio en Castelgandolfo. El escritor judío Pinchas Lapide, en su obra ‘Tres Papas y los judíos’, cifra el número de «israelitas» (así se les llamaba entonces) salvados directamente por la diplomacia vaticana en ochocientos mil. Tales actividades las realizó Pío XII lo más discretamente posible, lo cual no fue óbice para que fuera amenazado de muerte por los nazis, que hasta llegaron a planear su secuestro.
A la muerte de Pío XII, en 1958, Golda Meir escribió: «Durante los diez años del terror nazi, cuando el pueblo sufrió los horrores del martirio, el Papa elevó su voz para condenar a los perseguidores y para compadecerse de las víctimas». Y el gran rabino de Roma durante los años de la Segunda Guerra Mundial, Israel Anton Zoller, que se había librado de la deportación gracias a las diligencias de Pío XII, se convirtió a la fe católica, adoptando como nombre de bautismo, en honor del Papa que había salvado a tantos hermanos suyos, el de Eugenio Pío. Aunque se trata de una historia sistemáticamente ocultada por la propaganda anticatólica, constituye un monumento clamoroso e incontestable a favor de Pío XII y en contra de quienes pretenden cargarle el sambenito de antisemita.
Resulta muy ilustrativa una audiencia que el papa Pío X concedió en 1904 a Theodor Herzl
Sin duda, hubo ‘católicos’ infestados de ideologías perversas que, a título particular, aplaudieron la persecución a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, como ahora hay otros ‘católicos’ que aplauden las acciones criminales de Israel contra los palestinos; pero no hay razón por la que la Iglesia deba culpabilizarse institucionalmente por aquellos hechos pretéritos.
Otra cosa distinta es que la Iglesia mantenga desde sus orígenes una tensión o conflicto religioso con el judaísmo. La existencia de la Iglesia, según el dogma católico, supone la renovación de la alianza que Dios entabla con Israel, de tal modo que el Israel bíblico subsiste en la Iglesia, que es su continuación a efectos de la Historia de la Salvación. En este sentido, resulta muy ilustrativa una audiencia que el papa Pío X concedió en 1904 a Theodor Herzl, que buscaba el apoyo de la Santa Sede al proyecto sionista. Pío X rechazó tal apoyo, declarando que la Iglesia no podía reconocer las aspiraciones sionistas en Palestina, que estaban guiadas por criterios políticos, en tanto que la respuesta del Papa se fundaba en criterios teológicos. Fue el propio Herzl quien después escribiría la crónica del encuentro, narrando la escena en primera persona y dedicando a Pío X una etopeya poco favorecedora, donde lo pinta como rústico y rudo. Las palabras que Herzl pone en boca de Pío X son netamente católicas y perfectamente razonadas, realistas e históricamente responsables, aunque Herzl trate de presentarlas como imperiosas o híspidas: «No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecer vuestras pretensiones. La tierra de Jerusalén, si no ha sido sagrada, al menos ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer vuestro movimiento»
Herzl le replica que los sionistas que acaudilla fundan su movimiento «en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas», tratando de convertir el asunto en una mera cuestión política. A lo que Pío X responde: «Bien, pero Nos, como cabeza de la Iglesia, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría que, o bien los judíos conservarán su antigua fe y continuarán esperando al Mesías (que nosotros, los cristianos, creemos que ya ha venido), en cuyo caso no los podemos ayudar, pues ustedes niegan la divinidad de Cristo; o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo».
Pío X no hacía sino formular la posición católica tradicional ante el sionismo, vigente hasta que el mundo católico se infecta de ideologías de cuño protestante que siguen viendo en Israel un pueblo elegido. ¿Y qué sucedería en la Iglesia posconciliar?
Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI fueron hombres marcados por acontecimientos históricos que explican ciertos énfasis en la proclividad judía
Sesenta años después de aquel encuentro infructuoso entre Herzl y Pío X que resumíamos en nuestro anterior artículo, la Iglesia quiso cerrar (en vano) la herida que supuraba entre católicos y judíos a través de la declaración ‘Nostra Aetate’ (nº 4). Allí se establecía que «el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham», pues «la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios»; y se ponderaba el gran patrimonio espiritual común a cristianos y judíos. También se afirmaba taxativamente que, si bien «las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, […] no puede ser imputada ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras». Además, ‘Nostra Aetate’ deploraba «los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos«.
A renglón seguido, sin embargo, ‘Nostra Aetate’ recordaba que es «deber de la Iglesia en su predicación anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia», en alusión velada a la necesidad de predicar el Evangelio también a los judíos. Pero lo cierto es que los papas posconciliares renunciaron a este mandato divino («… en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra», Act 1, 8), o siquiera lo relajaron, como muestra de ‘buena voluntad’ hacia los judíos (pero ninguna ‘buena voluntad’ puede contrariar un mandato vigente sin solución de continuidad desde los tiempos apostólicos). Indudablemente, en el polaco Juan Pablo II y el alemán Benedicto XVI la influencia del trauma al que nos hemos referido en anteriores entregas actuaba como una losa sobre sus conciencias; pues, sin haber participado en ella, ambos eran contemporáneos y testigos de la persecución nazi a los judíos, lo que se tradujo en una actitud acusadamente deferente y sensible hacia ellos que a veces desembocó en excesos retóricos o incluso en muy discutibles zurriburris teológicos. Pero, en su mayoría, fueron gestos de caridad y cordialidad sinceras, superadores de atavismos cerriles; pues, como señalaba Bloy, el odio a los judíos en un católico es «el bofetón más horrible que Nuestro Señor haya recibido jamás en su Pasión que dura siempre, el más sangriento y más imperdonable, pues lo recibe sobre el rostro de su Madre».
Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI fueron hombres marcados por acontecimientos históricos que explican ciertos énfasis en la proclividad judía, que en Francisco (quien ya no había sido contemporáneo de la persecución nazi a los judíos) resultaron también muy notorios y un pelín cargantes. Aunque –lo cortés no quita lo valiente– en los meses previos a su fallecimiento, Francisco condenó sin ambages la respuesta del ente israelí al atentado de Hamás de octubre de 2023, llegando incluso a sugerir que «lo que está sucediendo en Gaza podría tener las características de un genocidio». Y es que la superación de odios y heridas históricas no puede amparar el silencio ante la inicua actuación del ente israelí con los palestinos, desposeídos violentamente y privados contra todo derecho de una patria y un hogar; y mucho menos ante las matanzas execrables que en los últimos años se han perpetrado en Gaza, así como ante las hambrunas y éxodos obligados que se están imponiendo a los palestinos supervivientes, despojados de hogar y de medios de vida y amputados de sus diezmadas familias. Estas matanzas constituyen una piedra de escándalo que interpela gravemente a los católicos.
Desde luego, un católico debe abominar de las matanzas de judíos perpetradas durante la Segunda Guerra Mundial y debe contribuir a mantener viva su memoria, para que no se repitan; y del mismo modo debe actuar ante otras matanzas que, misteriosamente, han sido envueltas en la nebulosa del olvido, sin memoriales ni museos que las recuerden, sin prensa ni historiadores que las denuncien. Y entre esas matanzas aberrantes debe prestar especial atención, antes que a las matanzas pretéritas en las que las generaciones presentes ninguna culpa tuvieron, a las matanzas que se desarrollan en nuestro tiempo, empezando por la matanza de inocentes en el vientre de sus madres, convertida en abyecto derecho de bragueta amparado por leyes democráticas, así como las matanzas silenciosas de católicos que grupos islamistas (por lo común promovidos y hasta patrocinadas por el anglosionismo) están perpetrando en diversos arrabales del atlas. Y entre esas matanzas actualísimas que deben interpelar a los católicos mucho más que las matanzas pretéritas con las que se les trata de traumatizar se cuenta, desde luego, la matanza que están padeciendo los palestinos.
Ningún católico tiene por qué cargar sobre su conciencia con un lastre de crímenes en el que la Iglesia no estuvo institucionalmente implicada (salvo como víctima, pues muchos hijos suyos fueron masacrados), por mucho que algunos ‘católicos’ los apoyaran, como ahora otros ‘católicos’ (acaso los hijos y nietos de aquéllos, o sus discípulos) apoyan otros crímenes actualísimos que han sido notorios desde el primer día y que demandan atención y justicia perentoriamente. Y, por supuesto, un católico puede mantener firme la opinión de que la invención del estado de Israel es una iniquidad, sin que por ello se le pueda tachar de antisemita ni parecidas calumnias que tanto gustan de divulgar los ‘católicos’ que hoy apoyan y aplauden las matanzas de palestinos, como sus maestros y abuelitos aplaudieron las matanzas de judíos. Y es que el fariseísmo, en sus grados más extremos y diabólicos, siempre ha gustado de aplaudir los crímenes más aberrantes, mientras señala y persigue a los verdaderos creyentes.