Recientemente he releído algunas de mis lecturas de juventud. Me refiero a los estudios, ahora clásicos, que anunciaron la plena americanización de la izquierda y que, en las décadas de 1990 y 2000, ya describían a la perfección los grotescos resultados actuales. Al final del artículo encontrará una breve lista de estos textos.
Si los activistas actuales de los diversos carnavales transfeministas, inmigracionistas y otros descubrieran que su hegemonía cultural había sido perfectamente predicha veinte años antes, quién sabe si se harían alguna pregunta.
Si supiera que existen análisis capaces de predecir lo que pensaría dentro de 20 años, y luego, dentro de 20 años, pensara exactamente eso, me sentiría como una marioneta sin mente. Quién sabe, quizá estemos hablando de marionetas sin mente.
Obviamente, estos analistas no eran brujos, pero estudiaban la coyuntura estructural de la lucha de clases en su evolución histórica, y por tanto eran capaces de predecir con razonable precisión la superestructura ideológica que la sustentaría en el futuro.
Es decir, precisamente: el actual corpus de dogmas ético-políticos compartidos por la izquierda liberal y radical, la policía del pensamiento progresista de los aperitivos burgueses y las veladas hippies.
El pensamiento del conformista es tan científicamente predecible como un eclipse, como cualquier acontecimiento inanimado de la naturaleza, porque carece de ese grado de libertad misteriosa que define al humano.
Podemos afirmar que el error fundamental de la izquierda occidental reside en haber invertido la relación entre estructura y superestructura. Los antiguos partidos socialistas y comunistas tenían claro que la emancipación económica y social de la clase trabajadora es lo primero, seguida de su emancipación cultural y su eventual sensibilidad a ciertas cuestiones.
El individuo explotado típico, incluso si era rudo y retrógrado, era visto como el votante "estructural", independientemente de su visión del mundo. Hoy, se ha convertido prácticamente en el enemigo número uno de la izquierda, juzgado y condenado a nivel cultural y superestructural.
Cabe señalar, como siempre, que no se trata de cuestionar ciertos supuestos adolescentes como: un tunecino no es una raza inferior; el feminismo ha sido históricamente portador de un auténtico contenido emancipador; una persona trans tiene derecho al reconocimiento social, etc.
La cuestión es entender hasta qué punto una versión anticientífica, intolerante y demente de estas luchas culturales históricas ha dominado la izquierda actual, desempeñando un papel específico dentro del equilibrio de poder concreto y saturando todo espacio alternativo posible para el disenso.
De nuevo, no es la pizca de verdad en estas teorías lo que se cuestiona, sino su funcionalidad. Pero cuando un conjunto de teorías sirve al statu quo, esa pizca de verdad está rodeada de innumerables falsedades funcionales.
La tarea de la izquierda, entonces, era distinguir la verdad de esas luchas de la falsedad de la propaganda que las explotaba. Algunos lo hicieron, y por eso se les llamó "rojipardos". La izquierda que no es "rojiparda" es la que aceptó acríticamente tanto la verdad como la falsedad de esas narrativas.
La funcionalidad de clase de estas narrativas (culpar a las clases bajas, secuestrar el conflicto social, saturar el discurso público, etc.) está acompañada de una funcionalidad geopolítica.
Se trata sobre todo de una retórica imperial de Estados Unidos, con la que este país consolida el frente occidental contra sus enemigos (las mujeres pobres de Irán, los homosexuales pobres de Rusia, la pobre comunidad LGBTQ de Hungría, etc.).
Hace años, cuando di la voz de alarma sobre las reivindicaciones progresistas "sacrosantas", muchos (antiguos) amigos me miraron como si fuera un parafascista desquiciado. Donde ellos veían arcoíris, yo veía el engranaje de una vasta maquinaria de guerra y control social.
Ahora que las cosas están volviendo a su sitio, ahora que se nos pide que movilicemos nuestras sociedades para defender los desfiles del orgullo gay israelí de la "Edad Media" iraní (o rusa, húngara, china, etc.), tal vez algunos de esos (ex) amigos estén empezando a entender (y es un quizás muy grande).
Los chinos llaman "Baizuo" (izquierda blanca) a esos típicos conformistas progresistas occidentales con títulos en estudios de género o culturales, convencidos de que pueden criticar a Occidente en nombre del resto del mundo, de los tercermundistas desde fuera y de los colonialistas desde dentro, obviamente inconscientes de ello. Conformistas porque, como ya se mencionó, repiten los dogmas conocidos sin distinguir entre la verdad y la falsedad.
El Baizuo respondería a esto diciendo que existen reflexiones críticas en su campo, capaces de distinguir la verdad de la propaganda. Y diría que el poder, para limpiar su imagen, se apropia de las batallas justas, pero eso no las hace menos justas. No, claro que no, pero las convierte en batallas de poder, y someterlas a la crítica te vuelve "rojipardo".
El Baizuo no comprende que cualquier activismo que luche contra el "patriarcado" en lugar de la propaganda alarmista al respecto, o contra el "racismo" en lugar de la propaganda alarmista al respecto, sirve a los intereses del poder. Este es el punto clave.
Cuando el Pentágono cambie su retórica imperial, tal vez porque hará falta un lenguaje más "masculino" para reclutar carne de cañón para la guerra, o porque la corrección política habrá perdido definitivamente su atractivo, de repente desaparecerán los pedagogos que explican el patriarcado a atónitos niños de doce años, desaparecerán las becas doctorales sobre interseccionalidad, desaparecerán las campañas de concienciación en las escuelas, desaparecerán los recuentos televisados de "femicidios", desaparecerán los hijos fluidos de las celebridades, desaparecerán los shows trans en los clubes Arci (Asociación Recreativa y Cultural Italiana, N. del T.) de provincia.
Todas estas cosas no existían hace diez años. Aparecieron de la nada y desaparecerán en la nada. Porque el conformista es tan científicamente predecible como un eclipse, como cualquier evento inanimado de la naturaleza.
[Aquí están los textos que, hace ya veinte años, habían predicho la producción industrial en masa de baizuo:
Marco Revelli – Los dos derechos (1996)
Noam Chomsky – El nuevo humanismo militar (1999)
Danilo Zolo – ¿Quién dice humanidad? (2000)
Badiale&Bontempelli – La izquierda al descubierto (2007)
Costanzo Preve – Elementos de corrección política (2008)
Las revistas: "Eretica", "Comunismo y Comunidad", "Comunidad y Resistencia" (2008)]