¿A qué debemos el proyecto de ley de eutanasia que aprobó la pasada madrugada la cámara de diputados? ¿A qué se debe la urgencia desmedida en aprobarlo?
¿Acaso la idea surgió durante una noche de insomnio febril del redactor del proyecto original, el entonces diputado Dr. Ope Pasquet, que logró ahora contagiar su estado febril a la bancada del Frente Amplio y a la mayor parte de los diputados colorados?
No dudo de lo potentes, fértiles y contagiosos de los insomnios del Dr. Pasquet, pero hay algunas cosillas que llaman la atención.
En el año 2012, el Fondo Monetario Internacional, en un capítulo titulado “The Financial impact of longevity risk” (El impacto financiero del riesgo de longevidad), incluido en su “Informe sobre la estabilidad financiera mundial”, de ese año, expresó su preocupación (que en realidad ya venía de antes) por el impacto del aumento de la expectativa de vida de la población mundial sobre los sistemas previsionales y sobre los sistemas de salud.
La elección de las palabras nunca es inocente. Declarar a la longevidad “un riesgo” dice mucho sobre la mentalidad y la actitud de los tecnócratas económicos que redactaron el documento y de los burócratas supranacionales bien pagos que lo aprobaron.
Un riesgo es la posibilidad de que ocurra un hecho negativo. Pero comprende también la posibilidad de que ese hecho negativo no ocurra, es decir de que el riesgo sea conjurado. Por eso es un riesgo y no un hecho negativo inevitable.
Cualquiera puede advertir que lo que preocupa al FMI, al igual que a otros organismos internacionales, es el aumento de la población mundial, resultado de la entonces creciente tasa de natalidad y de la prolongación de la expectativa de vida de la población mundial.
Con ojos económicos, ese fenómeno se traduce en más consumo de recursos, mayor demanda de energía, más costos de seguridad social y mayor gasto en atención sanitaria.
Ese diagnóstico del FMI (que, reitero, no es sólo del FMI y es bastante anterior a 2012) explica gran parte de las políticas públicas y de los hechos políticos de los últimos años o décadas.
¿Qué tienen en común las reformas previsionales, las políticas de confrontación entre los sexos, las pandemias, las guerras, el aborto, la promoción de la homosexualidad, la condena de la ganadería y de la agricultura tradicional como causantes del cambio climático y la eutanasia?
Tienen dos cosas en común.
La primera es que todas conducen a reducir los nacimientos y a acrecentar y acelerar las muertes, además de reducir el costo y dificultar la vida de quienes todavía no morimos.
La segunda es que todas esas políticas reciben estímulo y financiación de los mismos organismos internacionales de crédito y de las mismas fundaciones financieras privadas.
En algunos temas, como género, cambio climático y reformas previsionales, la cosa es declarada. Los préstamos de los organismos de crédito vienen condicionados a que se apliquen políticas “de género” y de combate al cambio climático. Así como hay préstamos específicos para las reformas previsionales (Uruguay los recibió y aprobó su reforma).
De ese modo se logra alinear a los gobiernos, que pronto entienden que la única forma de obtener fondos es adoptar y ejecutar la agenda global.
Ahora, ¿los organismos internacionales y el capital financiero, que está detrás, actúan así por pura maldad, como villanos de alguna vieja película mexicana?
No, claro que no. La reducción y el sometimiento de la población mundial, ayudados por la decadencia educativa y la manipulación informativa, son necesarios para un modelo de concentración de la riqueza en el que menos del 1% de la población mundial controla la mayor parte de los recursos naturales y financieros del mundo. Avanzar en ese modelo requiere limitar el número, el consumo, la información y la libertad del resto de la población.
Si así no fuera, el planteo del FMI sería otro. En lugar de ver en la longevidad un riesgo, vería en ella el desafío de aumentar y redistribuir los recursos para sustentar a toda la población esperada. Pero, no. Lo percibe como un riesgo. Un riesgo a prevenir y a conjurar.
Reducir la población en el Uruguay es casi un chiste de mal gusto. Somos poquísimos y casi no crecemos. Es como querer desecar el océano evaporando una gota de agua. Pero las recetas globales son globales y hay que cumplirlas en todos lados. Por eso tenemos reforma previsional, políticas de género, aborto, préstamos a cambio de reducir las vacas y sus gases, tierras fértiles dedicadas a producir celulosa, y agua pura subterránea destinada a producir combustibles.
Pero volvamos a la eutanasia, porque falta la frutilla del postre. ¿Cómo implementarla en un país donde, desde hace 120 años, el propio Estado tiene prohibido matar a cualquier persona?
Y aquí aparece un aliado fundamental. ¿Acaso a las instituciones médicas no les conviene librarse de pacientes “caros”, que requieren camas de CTI, o atención domiciliaria y tratamientos costosos?
No hay que sorprenderse. La alianza entre los planes globales y los sistemas de salud ya funcionó de maravilla durante la pandemia. Las instituciones médicas cobraban por recibir o descubrir “pacientes Covid” y luego avalaron unas vacunas cuya composición desconocían por completo. Por eso las empresas médicas se frotan las manos y tantos médicos guardan silencio ante este proyecto de ley.
Como ya he dicho, no tengo objeción religiosa ni filosófica contra la eutanasia, entendida como un procedimiento excepcional, para casos de dolor intratable, con controles y garantías para la libre decisión del paciente. Todo lo que no ocurre con el proyecto aprobado en diputados.
La piedra angular del proyecto de “muerte digna” es que todo el proceso eutanásico pueda realizarse dentro de una institución médica, sin control previo de ninguna autoridad pública ni tampoco de la familia del paciente. A ello se suma que la vaguedad de los casos que pueden dar lugar a la eutanasia permite que la llamada “pendiente resbaladiza” extienda las muertes a enfermedades que no son terminales, como, por ejemplo, las mentales y otras enfermedades crónicas.
El verdadero efecto de la aprobación de este proyecto será acostumbrarnos a considerar a la muerte como un trámite técnico-administrativo, regido en los hechos por protocolos que tengan más de cálculo estadístico y contable que de impulso piadoso. O sea, una modalidad muy funcional para cualquier plan tecnocrático de prevención del “riesgo de longevidad”.
El peligro de deslizamiento hacia una dictadura sanitaria, en ancas de alertas pandémicas, vacunación obligatoria, sin controles, y eutanasia en manos de empresas médicas, se acrecienta enormemente si este proyecto se convierte en ley.
Falta todavía la aprobación del Senado, y uno no puede abandonar la esperanza de que el sentido común predomine en la población uruguaya y ésta le haga saber al sistema político que la eutanasia así, sin controles ni garantías, es ante todo un peligro para quienes queremos vivir.
Durante millones de años los partos fueron un hecho fisiológico, hasta que le progreso los convirtió en un acto médico. Cuando el progreso convierta a la muerte en otro acto médico, habrá cerrado su cerco sobre el hombre
¡Bienvenidos al futuro!
Para el 2022, los partos por cesárea en Uruguay ya alcanzaban el 52%. Entre las causas de esta anomalía, debemos contar con el temor de algunas madres a sufrir en el parto. Este camino a un parto antinatural ocurre más entre las mujeres de clase alta que, se sabe, están más disciplinadas, lo que significa que viven un diálogo más pobre con su cuerpo y sufren más restricciones autoimpuestas.
Pero hay otro factor determinante en el aumento de las cesáreas. Como ciertos días de guardia hay más cesáreas que en otros días de guardia (los días de guardia donde el ginecólogo de puerta fue en otra vida carnicero) como hay más partos en los días inmediatamente anteriores a las fiestas (el ginecólogo siente que tiene el derecho a pasar las navidades en paz) como es más expeditivo el acto médico quirúrgico que esperar los caprichosos tiempos de la naturaleza, y como si hago en mi guardia la cesárea, en vez de esperar los caprichosos ritmos de la naturaleza para que se encargue otro, gano mis 500 dólares, voy y hago el tajo en el vientre, aunque le arruine a la madre y a la criatura la experiencia más importante de sus vidas.
Son conocidos los riesgos de las cesáreas, pero apenas se habla de interferir en la vital experiencia del parto, donde la mujer vive algo tan poderoso, que en ocasiones cura una neurosis. En cuanto al niño, nada de lo que vivirá en su vida será más importante ¡Nada! ¡Nunca! ¡Jamás!
Resulta que el acto médico es mucho más que la cesárea, pues consideremos el destierro de la partera; la omnipresente episiotomía (un tajo entre la vagina y el ano); el hecho criminal de que el recién nacido, en vez de volver a los brazos de la madre, mientras llora y agita los brazos desesperado, es colocado en una mesa fría bajo una luz potente para ser inspeccionado por la ciencia; y consideremos a la mujer que hizo un descomunal esfuerzo en una posición ridícula, ya que (millones de años lo prueban) la posición humana es en cuclillas.
¿Pero cuándo comenzó esta práctica aberrante del parto en esa posición? Fue en pleno furor inquisitorial. En 1650, en París, mediante un decreto, se estableció que no fuera la comadrona arrojada a la hoguera, sino un médico, quien debía asistir al parto. De allí esta posición de la parturienta donde no serán la parturienta y su criatura los protagonistas de la escena, sino el sacerdote de la ciencia.
Mi amigo lector se habrá preguntado mil veces cuál sería la medida primera para empezar a transformar este desastre en que se ha convertido la vida moderna. Yo no tengo la menor duda: volver al parto humano.
Luego del parto criminal, el niño crecerá y vivirá una serie de exámenes, tomará una cantidad de medicamentos y recibirá una diversidad de vacunas. Antes, nada de eso era preciso, y la humanidad, lejos de extinguirse, creció y se multiplicó.
-Pero, Marcelo, vivían menos
Depende de qué período histórico analicemos, pero en el caso de que vivieran menos, con toda certeza vivían mejor, y sobre todo, eran mucho menos imbéciles que el hombre contemporáneo.
Luego de que pasemos por todos esos controles de la ciencia y de que hayamos pasado por las horcas caudinas de una educación diseñada por la ciencia, llegará la hora en que le digamos adiós a este mundo, cosa para la cual, en otros tiempos, estábamos preparados, pero en este mundo moderno, no sólo no estamos preparados, sino que estamos aterrorizados.
Toneladas de culpa acumulada empujan al hombre a esta visión terrible: en una cama, sufrirá dolores inenarrables, pero inmovilizado, no podrá avisar a nadie que deben acabar piadosamente con su vida vegetal.
La culpa, y su hijo, el miedo, impiden razonar, por lo que ni siquiera recuerda el hijo del progreso que existe la morfina, y que la genial ciencia ha inventado geniales cosas para que el hombre no sufra (¿o habéis olvidado, tontuelos, que pensabais que la vida del hombre prehistórico era un dolor de muelas irremediable?) El hijo del progreso, en el colmo del sinsentido, no razona que si se convierte en un vegetal, las funciones de consciencia y sufrimiento también se encontrarán en estado vegetal.
El hombre que ha sufrido su primera experiencia en este mundo como un acto criminal, que en sus más tiernos años ha sido doblegado en la escuela, que fue obligado a soportar todo tipo de experiencias dudosas, que vive sin fe y sin esperanza bajo la bandera del "¡Es lo que hay!", y que se encuentra desnudo de los atributos que adornaron al hombre del pasado, los atributos que nos dieron a los grandes poetas, este hombre moderno, consumido por el cáncer de la culpa, no se involucra en el nacimiento ni quiere involucrarse en la muerte.
La gran pregunta es si este hombre moderno quiere involucrarse en la vida, o al menos, en algo.
Sin embargo, algunos de mis lectores quieren involucrarse en la vida, y de hecho, aún aman y paren criaturas, ya sean espirituales, ya sean de carne y hueso. Este asunto que nos convoca, incluye el negocio de la medicina y el poder de la medicina, e incluye un plan macabro que apunta a que la ciencia diseñe la vida en laboratorios y extienda y acabe la vida del hombre cuando quiera, pero antes de eso, este asunto que nos convoca refiere a la crisis del hombre.
En algún lugar erramos el camino. Antes, la mujer esperaba el parto llena de gozo, esa experiencia mágica entre las experiencias mágicas, esa magia entre todas las magias. Antes, vivíamos con valor y esperábamos a la muerte como un correr del velo.
Hoy, la República le dará a la industria de la medicina el irrestricto derecho a matar. Ni siquiera será precisa la firma del difunto. Una firma cualquiera, alcanzará, y con alegar que el difunto no podía firmar, habrá impunidad. Así lo dice la ley, y "dura es la ley, pero es la ley".
Otra batalla habremos perdido. Bajaremos otro escalón al infierno, pero la vida y la lucha no terminan, así que haré una advertencia a quienes quieren involucrarse con la vida: si al hombre lo mueven corrientes subterráneas, nada se logra soplando en la superficie. Si queremos salir de este camino de derrota, habrá que abandonar los métodos que nos llevaron invariablemente a la derrota, y para empezar, debemos encontrar aquel punto donde erramos el camino.
Considere mi amigo lector, y en especial, aquellos que perciben el horror y la maldad que impulsan esta ley disfrazada de piedad, a estas palabras como el informe de la minoría de la minoría de la minoría.