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Columna de Juan Manuel de Prada, España

Por Juan Manuel de Prada/ABC

 

Manifiestos

 

Si en general los manifiestos me dan grima, el último de apoyo a Sánchez me produjo incluso repugnancia moral

 

Juan Manuel de Prada, 10/08/2025 Copyright © DIARIO ABC

Siempre me ha parecido despreciable –tal vez porque desconfío instintivamente de las comanditas y las opiniones al alimón– la querencia irrefrenable que muestran algunas personas del gremio «intelectual» o artístico, siempre dispuestas a firmar manifiestos en defensa de causas variopintas. Tal vez porque llevo más de treinta años escribiendo a pecho descubierto, arrostrando las consecuencias poco gratas de la disidencia, que se sustancian en una soledad creciente; pero el buey suelto, aunque sea un buey apestado, bien se lame. Además, considero que Dios nos hizo a todos distintos; por lo tanto, no creo que pueda haber un mogollón de personas que opinan lo mismo sobre un asunto, por muy afines que sean. Y, en fin, la adhesión a un manifiesto diluye la responsabilidad de los firmantes: no es lo mismo firmar personalmente una diatriba denostando a tal o cual gobernante que suscribir un manifiesto en el que los denuestos se reparten entre doscientos; tampoco es lo mismo actuar de turiferario de tal o cual gobernante a título personal que fundirse en la nube de incienso que prodigan en comandita doscientos turiferarios. Firmar manifiestos, a la postre, es un oficio de cobardes, arrimadizos y gregarios.

El mes pasado se publicaba un manifiesto de apoyo al doctor Sánchez en el que, junto a chupópteros varios de su negociado ideológico, figuraban unos cuantos «intelectuales» y artistas entre los que no faltaba algún comisario político; pero donde también firmaban personalidades indiscutiblemente eminentes. Si en general los manifiestos me dan grima, aquel manifiesto me produjo incluso repugnancia moral, pues creo que para mostrar apoyo a alguien tan inescrupuloso como el doctor Sánchez hacen falta un sectarismo y unas tragaderas del tamaño del túnel del Guadarrama. Muchas de las personalidades eminentes que firmaban aquel manifiesto son millonarias y en edad provecta, de manera que no creo que lo firmaran por arrimarse a una teta próvida.

Comentando este asunto con un puñado de jóvenes, descubrí con sorpresa que no conocían a muchos de los firmantes del manifiesto; y, cuando los conocían, era de refilón o pasada, como conocemos a las estantiguas de otra época. Uno de aquellos jóvenes, tal vez el más perspicaz, me brindó esa explicación: «Yo creo que la razón por la que esos intelectuales y artistas firmaron ese manifiesto tiene que ver, precisamente, con la conciencia dolorosa de que su obra nos importa una mierda a los jóvenes. Saben que detrás de ellos viene un mundo que los ignora y los mandará al basurero de la Historia. Así que, aferrándose a Sánchez, creen que pueden coagular el paso inexorable del tiempo, prolongar su vigencia marchita y apuntalar al statu quo cultural que los mantiene en el machito. Saben que después viene el olvido, por eso se aferran al mundo caduco que los encumbró«.

Me pareció una explicación tan lúcida como cruel y, desde un punto de vista psicológico, terriblemente perspicaz.

 

 En manos de alimañas

 

Han promulgado una desquiciada ley ecolojeta de 'Restauración de la Naturaleza' que pretende devolver a un «estado salvaje»

Juan Manuel de Prada, 15/08/2025 Copyright © DIARIO ABC

Escribo estas líneas desde mi patria chica, una vez más abrasada por los incendios. «Zamora lleva por nombre, / Zamora la bien quemada. / De un lado arde Sayago, / del otro se quema Tábara, / Culebra, Valles y Aliste, / y a nadie le importa nada. / Zamora lleva por nombre / Zamora la bien callada. / Durante años herida / y ahora abandonada». Ha sido una maestra zamorana, Paula González, quien ha escrito este desgarrador romance que los zamoranos recitamos, entre la rabia y el desaliento, cada vez que el fuego vuelve a abrasar nuestra tierra moribunda, víctima de la desidia y el abandono de las alimañas que nos gobiernan, que en estos días, mientras España se achicharra, vuelven a echarse las culpas los unos a los otros, como en noviembre hicieron con las inundaciones valencianas, como hacen siempre que su inepcia e irresponsabilidad siembran dolor y muerte entre el pueblo sufrido y esquilmado.

Las alimañas que nos gobiernan saben bien que, para mantener su fortaleza, necesitan debilitarnos azuzando el cainismo, necesitan enviscarnos y encizañarnos hasta atraparnos en una agotadora demogresca que nos incapacita para las empresas comunes. Así, han logrado crear una masa envilecida por el odio y el resentimiento, que miserablemente se consuela de sus desgracias culpando al adversario, como si las alimañas que nos gobiernan no formaran parte todas del mismo embolado. Y, mientras nos expolian, mientras nos desangran y calcinan, las alimañas se enzarzan socarronamente en rifirrafes tuiteros o en banales trifulcas sobre el reparto de competencias, sabedoras de que el llamado «Estado autonómico» es el más sibilino mecanismo de evasión de responsabilidades jamás urdido, una suerte de juego de birlibirloque o escamoteo político en el que todas estas alimañas pueden lavarse las manos, endosando la responsabilidad al que está por encima o por debajo, para de este modo ninguna hacer nada, o hacerlo torpemente y a destiempo. Así, mientras alimentan la demogresca, pueden dejar tranquilamente que las infraestructuras se degraden, pueden dejar que las inundaciones y los incendios nos destruyan.

Y si todavía a alguien se le ocurriera recordarles su responsabilidad, pueden echar la culpa al «cambio climático», convertido en la panacea universal que tapa su incompetencia y su malignidad. Si se queman los montes, la culpa la tiene el «cambio climático»; si la gota fría inunda las ciudades del Levante, la culpa la tiene el «cambio climático»; si sube el precio de la luz o de los alimentos, la culpa la tiene el «cambio climático»; si aumentan los cánceres, los ictus o los infartos, la culpa la tiene el «cambio climático»; hasta de las avalanchas inmigratorias tiene la culpa el «cambio climático», que se erige –¡en reñida competencia con Putin!– en responsable de todas nuestras calamidades. De nada sirve que, día tras día, se demuestre que todos los incendios declarados en estos días han sido provocados por gentuza con las más turbias motivaciones; las alimañas que nos gobiernan siguen invocando (se lo hemos escuchado a varios ministrillos y ministrillas) el «cambio climático» como discos rayados. Y es que su propósito no es tan sólo engañar burdamente a las masas cretinizadas; desean además disciplinarlas, desean intimidarlas, desean convertirlas en loritos lobotomizados que repiten sus consignas grotescas hasta convertirlas en dogmas de obligado cumplimiento que los exoneran de responsabilidad; y desean, por supuesto, convertir en apestados y réprobos a quienes osen discutirlas.

Así, mientras disciplinan e intimidan a la población obligándola a comulgar la rueda de molino del «cambio climático», las alimañas que nos gobiernan pueden ocultar que han promulgado una desquiciada ley ecolojeta de ‘Restauración de la Naturaleza’ que pretende devolver a un «estado salvaje» territorios antaño dedicados a la labranza o el pastoreo, prohibiendo el desbrozamiento de las malezas que pronto los invaden y convirtiéndolos de este modo en la mejor yesca para las llamas. Así, pueden ocultar que han recortado drásticamente el presupuesto destinado a la prevención de incendios, que a la sazón es apenas un tercio del que dedican a sus abyectas «políticas de igualdad». Así, pueden ocultar que, mientras reducen su flota de helicópteros e hidroaviones para combatir los incendios, destinan miles de millones a sufragar lejanas guerras y engordar la industria armamentística gringa. Así, pueden ocultar que han convertido España en un Estado fallido, en un país sin soberanía, en una colonia genuflexa que ordeña y desangra y achicharra a su pueblo hasta calcinarlo, mientras engorda a sus amos.

Y mientras las alimañas que nos gobiernan nos ocultan estos hechos palmarios y nos obligan a convertir en dogmas indiscutibles las consignas más delirantes, pueden permitirse el lujo de mearnos en la jeta; pues no se conforman con ordeñarnos, con desangrarnos y achicharrarnos, necesitan también humillarnos, mientras nos ven agonizar. Así lo acaba de hacer, mientras su jefezuelo se esconde ratonilmente en Lanzarote, el ministrillo Buñuelos que, sin rubor alguno, ha ensalzado la actuación del Gobierno en la erupción del volcán de La Palma, en las inundaciones valencianas o en el reciente apagón, para concluir con ese sarcasmo melifluo que lo caracteriza, digno del acólito más aplicado y repipi de la cofradía del mandil: «A nosotros las emergencias siempre nos pillan trabajando. Por este motivo, a los ciudadanos les interesa que el Gobierno siga presidido por Sánchez y el PSOE». Así se orinan estas alimañas sobre nuestro cuerpo abrasado, mientras disfrutan viéndonos agonizar

 

Tareas para un periodismo no degradado

 

No debería conformarse con narrar los inanes rifirrafes de nuestras oligarquías partitocráticas

Juan Manuel de Prada, 17/08/2025 Copyright © DIARIO ABC

A  nadie se le escapa que las oligarquías partitocráticas utilizan las desgracias colectivas –lo vimos en las recientes inundaciones causadas por la gota fría en Levante, lo vemos ahora con los incendios estivales– para azuzar la demogresca que garantiza su fortaleza. Echándose las culpas los unos a los otros, disputando sobre la rapidez o lentitud con que han interrumpido sus vacaciones, logran enardecer y disciplinar a los fanáticos y zoquetes de sus respetivos negociados ideológicos. Además, desgracias como las inundaciones del pasado año o los incendios de esta semana permiten a la chusma que nos tiraniza imponer los dogmas de la religión climática, que a la vez que enriquecen a sus amos y empobrecen a los pueblos tiranizados resultan fundamentales para pastorear a las masas cretinizadas y estigmatizar a los disidentes. Por supuesto, pasados unos días, la chusma que nos tiraniza pasa del tema y cambia de tercio, en busca de nuevos banderines de enganche que permitan excitar la demogresca e imponer dogmas. Y el periodismo degradado, por supuesto, se dedica ancilarmente a brindar a la chusma la gasolina que requiere para fortalecer sus respectivos negociados ideológicos. Pero, ¿qué debería hacer el periodismo todavía no degradado?

Un periodismo no degradado no debería conformarse con narrar los inanes rifirrafes de nuestras oligarquías partitocráticas; ni tampoco debería limitarse a relatar los estragos causados por los incendios (aunque, desde luego, deberá esforzarse en que los damnificados obtengan resarcimiento). Un periodismo no degradado debería esforzarse por mostrar a los españoles que los incendios no fueron causados por el «cambio climático», sino que fueron en su inmensa mayoría provocados por personas concretas (treinta de las cuales, además, han resultado detenidas), que por causar mayor daño multiplicaron los focos y aprovecharon simultáneamente el momento del año con temperaturas más cálidas. Un periodismo no degradado trataría de conocer las razones que llevaron a esos tipejos a actuar de forma simultánea y con el mismo modus operandi; trataría de descubrir si los impulsaban móviles variopintos o si, por el contrario, trabajaron de forma coordinada e impulsados por el mismo móvil. Un periodismo no degradado trataría de indagar si ese móvil era lucrativo, si los incendiarios eran en realidad sicarios a sueldo. Un periodismo no degradado seguiría tirando del hilo hasta averiguar si esos sicarios estaban al servicio de alguna sórdida causa o entramado empresarial. Y, desde luego, un periodismo no degradado seguiría durante años la pista de los terrenos calcinados, para averiguar si se les destina a usos renovados (¿renovables?), alegando falsas razones de «interés público».

De todo esto debería encargarse un periodismo no degradado, si es que tan raro unicornio aún sigue existiendo, en lugar de servir de altavoz de los falsos dogmas y las inanes trifulcas de la chusma que nos tiraniza.


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