En el complejo universo de la rivalidad -que incluye rubros como la envidia indisimulada, la falsedad, los celos y la traición-Fructuoso Rivera y Juan Antonio Lavalleja se destacaron por sobre otros caudillos de la época. Basta un repaso de sus respectivas trayectorias -tanto en lo militar como en lo político- para entenderlo y aunque la mayoría de los hacedores de la Historia uruguaya coincidan en concederles el bronce y, por tanto, el título de héroes nacionales, las infamias cometidas por el uno y el otro resultan imposibles de soslayar.
Sin lugar a duda, el ejemplo más claro fue el de la Matanza de Salsipuedes, ocurrida el 11 de abril de 1831, cuando tropas gubernamentales orientales al mando del presidente Rivera, en su carácter de comandante en jefe del Ejército, masacraron a un desprevenido grupo de charrúas en un potrero a orillas del arroyo Salsipuedes. La razón de la convocatoria -hecha en nombre de Rivera ante los principales caciques:Venado, Juan Pedro, Polidoro y Rondeau- era que el gobierno los necesitaba para cuidar las fronteras y también se esgrimió la tentadora oferta de que hicieran parte de una celebración. Una vez arribado el contingente de nativos -que, según las estimaciones, rondaría los quinientos o más individuos, incluyendo a niños y mujeres-, uno de los oficiales del ejército soltó toda la caballada, gesto que los charrúas consideraron confiable y que, de inmediato, imitaron. Las fuentes indican que, a continuación, comenzó el “agasajo” con la distribución de abundante bebida alcohólica.
En determinado momento, Fructuoso Rivera le pidió al cacique Venado -a quien trataba de amigo- que le prestara su cuchillo para picar tabaco; el hombre desenfundó y se lo alcanzó. En el mismo instante, Rivera, pistola en mano, lo asesinó de un tiro. Era la señal para iniciar el ataque; acto seguido, los indígenas fueron rodeados por una tropa de mil doscientos soldados al mando de Bernabé Rivera-sobrino del presidente- que disparaban sin miramientos.
“Mirá Frutos, tus soldados matando amigos”-dicen que le gritó el cacique Vaimaca Perú a Fructuoso Rivera. Acostumbrados a ser tratados como iguales por Artigas, los charrúas daban por sentado que los jefes que habían secundado al caudillo exiliado también eran confiables. Por esa razón habían participado, entre otras, de la campaña dirigida por Rivera en las Misiones Orientales. Lejos estaban de suponer que aquella convocatoria en las orillas del Salsipuedes era el inicio de un plan destinado a exterminarlos.De acuerdo con el informe oficial, que el propio presidente elaboró, el saldo fue de cuarenta charrúas muertos y trescientos que fueron hechos prisioneros; por su parte, ?entre las tropas del ejército hubo nueve heridos y un muerto. Al grupo de charrúas hechos prisioneros se los trasladó a pie hasta Montevideo y, una vez allí, las mujeres y los niños fueron distribuidos entre diversas familias criollas para que fueran criados y recibieran alfabetización -dicho con otras palabras: pasaron a formar parte de la servidumbre de esos hogares caritativos-.
Mal haríamos en pensar que ese despreciable comportamiento respondía exclusivamente a la voluntad de quien fuera el primer presidente de los orientales. Sí queda claro que fue el responsable de la planificación y el principal brazo ejecutor, pero Rivera respondía a un clamor general de gran parte de la población que se sentía amenazada por esos“indios inadaptadosque ponían en riesgo la seguridad de las personas y sus haciendas”.Prueba de ello es la carta que, en febrero de 1830, Juan Antonio Lavalleja envió a Rivera recomendando adoptar «las providencias más activas y eficaces para la seguridad de los vecindarios y la garantía de las propiedades afectadas por los charrúas», a los que consideraba «malvados que no conocen freno alguno que los contenga y que no pueden dejarse librados a sus inclinaciones naturales».
Una vez consumada la traición de Salsipuedes, el presidente Fructuoso Rivera manifestó que se sentía orgulloso de la matanza pues a él le cupo“la fortuna y la gloria de acabar con una horda de salvajes que otros -españoles, portugueses y brasileros- no pudieron alcanzar a lo largo de tres siglos.” En esa misma línea, el 15 de abril de 1831, firmó un decreto por el que ordenaba a las fuerzas del Ejército “la persecución de este puñado de bandidos hasta su total exterminio”.
Estimulado por la voluntad de su tío, Bernabé Rivera se dedicó a cazar a los que habían logrado escapar. El 17 de agosto de 1831, en Mataojo-cerca de la desembocadura del río Arapey- sorprendió a otro grupo liderado por los caciques Juan Pedro y El Adivino. El ataque arrojó quince charrúas muertos y más de ochenta prisioneros. Bernabé informó que, junto al cacique Polidoro, habían conseguido escapar «dieciocho hombres, ocho muchachos de siete a doce años y cinco chinas de bastante edad».
Otro episodio -afortunadamente fatal para el sobrino del presidente- ocurrió al siguiente año después de registrarse una sublevación de indígenas en Santa Rosa-actual Bella Unión-. Bernabé marchó a reprimirla haciendo gala de su característica intolerancia, pero abocado a perseguir a los fugitivos, no prestó atención a la advertencia de uno de sus baqueanos acerca del riesgo de que le tendieran una emboscada. En efecto, el 20 de junio de 1832, un grupo de dieciséis charrúas -que habían emprendido lo que parecía una huida- liderados por el cacique Polidoro, lo atrajeron junto a sus hombres hasta la hondonada de Yacaré-Cururú. Cuando allí se encontraban, los indígenas atacaron matando a varios oficiales y soldados. Cuando Bernabé Rivera intentaba alejarse, unas boleadoras lo golpearon en la espalda, cayó de su caballo y, antes de que pudiera montar en ancas de uno de sus hombres, fue capturado. Los últimos momentos de Bernabelito -como lo llamaba cariñosamente su tío Fructuoso- fueron descriptos por el relato de Manuel Lavalleja, hermano del general Juan Antonio Lavalleja:
“… Allí entraron a hacerle cargos de los asesinatos hechos a sus familias y compañeros. El teniente Javier, indio misionero y ladino, era de opinión de que no se matara a Bernabé (...) pero los otros todos, incluso las chinas, pedían su muerte, y aquél (Bernabé) les ofrecía cuanto ellos pudieran apetecer. Les ofrecía que les haría entregar las mujeres e hijos; a esta oferta le preguntaron que quién entregaba las familias que él y Frutos habían muerto en Salsipuedes. Bernabé no tuvo qué cosa responder y entonces, un indio llamado ‘cabo Joaquín’ lo pasó de una lanzada y a su ejemplo siguieron los demás. En fin, murió; le cortaron la nariz y le sacaron las venas del brazo derecho para envolverlas en el palo de la lanza del primero que lo hirió. Lo arrastraron a una distancia donde había un pozo de agua y allí le metieron la cabeza, dejándole el cuerpo fuera.”
El cadáver de Bernabé Rivera fue hallado, tal como cuenta Manuel Lavalleja, con la cabeza metida en un charco de agua.
Hasta aquí hemos dado cuenta de una de las peores traiciones cometidas en la Banda Oriental, una que a todos los que hemos nacido en su suelo nos debiera avergonzar. Sin embargo, si no se omite, se disimula con descarada liviandad. Inusitadamente, a sus responsables se les trata con extrema benevolencia, asignándoles el lugar de abnegados próceres de una patria por la que José Gervasio Artigas nunca bregó.
Se ha expuesto anteriormente que Fructuoso Rivera respondía al clamor general de una población criolla que se mostraba intolerante con los habitantes originarios de estos territorios australes por sentir que sus intereses estaban amenazados. En definitiva y para expresarlo sin rodeos, aquellos criollos continuaban sintiendo y viendo las cosas como sus antepasados europeos, manejándose como una fuerza de ocupación que ignoraba a los pueblos que, desde mucho antes, poblaban esas tierras. No hay duda de que se desempeñaron como colonizadores crueles y utilitarios, careciendo de los valores humanitarios e integradores que supieron distinguir al general Artigas. En tanto eso ocurría y el exterminio de los pueblos originarios casi se completa, esos acriollados descendientes de europeos fueron escribiendo las páginas de una Historia Patria que, de generación en generación, se nos ha transmitido con la intención de perpetuar la admiración por tales oscuros individuos. Es como si el siniestro espíritu de los Rivera, los Lavalleja y otros tantos, continuara imperando para así contagiarnos de sus valores impregnados de racismo e intolerancia. Prueba de ello es la superabundancia de calles, rutas, avenidas, monumentos y plazas -por no hablar de escuelas, liceos u otras instituciones- que han perpetuado los nombres de unos personajes para los que el olvido sería la más justa retribución.
Sin embargo, a través del tiempo y hasta nuestros días, los voceros de aquel espíritu infame y criminal no han cesado de justificar eltratamiento aplicado por Rivera y su soldadesca a los charrúas en las orillas del arroyo Salsipuedes. Así lo demuestra el siguiente fragmento de una editorial titulada «El charruismo»,publicada por el diario El País el 19 de abril de 2009 y cuya autoría pertenece al expresidente Julio María Sanguinetti:
“No hemos heredado de ese pueblo primitivo ni una palabra de su precario idioma [...], ni aún un recuerdo benévolo de nuestros mayores, españoles, criollos, jesuitas o militares, que invariablemente los describieron como sus enemigos, en un choque que duró más de dos siglos y los enfrentó a la sociedad hispano-criolla que sacrificadamente intentaba asentar familias y modos de producción, para incorporarse a la civilización occidental, a la que pertenecemos.”
Indudablemente, Julio María Sanguinetti expresa claramente la indeseable vigencia de esa concepción supremacista que resultaba habitual en la clase dirigente de un país pergeñado para satisfacer los intereses de la Corona Británica -representados por la influyente presencia de Lord Ponsonby, en su carácter de Ministro Plenipotenciario del Reino Unido- y surgido como moneda de cambio a los efectos de poner fin a la contienda bélica que enfrentaba a las Provincias Unidas del Río de la Plata con el Imperio del Brasil. Pero acaso lo peor del enfoque de Sanguinetti sea que nos aporta la amarga sensación de que aquella traición de Rivera y los suyos, sigue gozando de la mayor impunidad para repetirse a través del tiempo y no cesar.
Tal vez sea hora de examinar con mirada crítica la veracidad de los relatos que han dado forma a la Historia de un país en el que, desde los inicios hasta hoy, han prevalecido los intereses de índole partidario. Un país en el que sus habitantes se han acostumbrado a consentir -de sus dirigentes- traiciones de todo tipo. Un país -el Uruguay- al que Artigas nunca soñó.
R. J. Benelli / 2025