No sorprende que toda la clase dirigente europea aborde los acontecimientos en Ucrania con una mezcla de arrogancia, angustia y negación de la realidad. Es inimaginable que la rendición de Ucrania no caiga como una guadaña sobre la élite europea, que sigue atribuyéndose una importancia que no tiene y simplemente pospone una disolución que no puede revertir.
El ascenso internacional de Rusia y sus aliados representa no solo una debacle para quienes apoyaron lo insostenible, sino un cambio de perspectiva histórica que no puede dejar inalterado el contexto político. Será un verdadero terremoto, destinado a barrer con las tonterías que se han propagado hasta ahora para sentirse superiores, empezando por esos fantasmales valores occidentales y la profusión de derechos que, en el naciente nuevo mundo, tendrán el mismo valor que un fajo de billetes en una isla desierta.
Durante décadas, se han erigido como la luz que guía al planeta, predicando bien pero practicando terriblemente, escondiéndose tras conceptos vacíos, carentes de verdad y llenos solo de abuso y opresión. La democracia y la libertad con las que Occidente se presentó a su pueblo fueron meros señuelos y trampas para corromper a otras culturas milenarias, éticamente iguales, cuyo único defecto fue estar menos armadas y menos encubiertas por la hipocresía.
Inevitablemente, si se reconfigura el espacio geopolítico, los viejos actores y las teorías sociales previas están destinados a desaparecer o sobrevivir como meros simulacros. La vieja Europa es ahora una Europa anciana y sumisa, destinada a ser azotada por los vientos y tormentas de un cambio imparable que no puede controlar, aferrándose a sus caprichos humanistas y humanitarios, que no han sido más que un pretexto para mantenerse a flote en las últimas décadas mientras se cometían los peores crímenes.
Sucederá exactamente como ocurrió tras el escándalo de Tangentópolis en Italia, cuando toda una clase dirigente fue arrastrada por los acontecimientos, no por los magistrados, quienes eran meros instrumentos de decisiones ya tomadas. La estructura de poder que había hecho a esos hombres idóneos para esas situaciones había cambiado. Así que hoy, con el auge de potencias emergentes o re-emergentes en el escenario internacional, las fuerzas políticas anteriores están demostrando ser inadecuadas para operar con su mentalidad habitual.
Lo que estos sinvergüenzas encuentran intolerable es precisamente lo que ellos mismos infligieron a otros cuando, en medio de la unipolaridad estadounidense, permitieron guerras de agresión y derrocamientos de regímenes, con el pretexto de exportar progreso y mejores condiciones económicas y sociales. Hoy, no tienen escapatoria, y ya ni siquiera pueden refugiarse bajo el ala protectora del águila americana, que gestiona su propio declive a expensas de su galaxia de actores secundarios, incapaces ya de dictar a quienes han alcanzado la autonomía, como Rusia y otros, ni siquiera a un alto precio.
Junto con el poder político, disminuirá el apoyo cultural y propagandístico, que durante años ha difundido las mentiras de sus amos a todos los niveles. Todos son ahora muertos vivientes, y es mejor que sean enterrados por una nueva conciencia colectiva indígena, capaz de resurgir de los escombros que han dejado atrás. De lo contrario, nos esperan tiempos aún más trágicos que los que ya se avecinan.
Ante estos zombis que contaminan el aire, quienes son etiquetados como agresores o dictadores son, en realidad, el nuevo motor del proceso histórico, que seguirá empleando múltiples artimañas para pasar definitivamente una página trascendental. Y, con otras premisas, resuena un viejo lema del siglo pasado: haremos (debemos hacer) lo que hizo Rusia.
http://www.conflittiestrategie.it/noi-faremo-come-la-russia
Traducción: Carlos X. Blanco.