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Columna de Juan Manuel de Prada, España

Por Juan Manuel de Prada/ABC

 

La religión climática 

 

Nos instilan el pánico a un apocalipsis climático inventado, en un experimento de biopolítica sin precedentes, para succionar la riqueza que aún no controlan

J. M. de Prada, 22/08/2025 Copyright © DIARIO ABC

.Hubo un tiempo en que los apóstoles de la religión climática se conformaban con predicciones histéricas que auguraban en unas pocas décadas el deshielo de los casquetes polares, la desaparición de islas y regiones enteras por efecto de la subida del nivel de las aguas, etcétera. Pero estas predicciones resultaron fallidas (resulta tronchante leer hoy las desquiciadas noticias que hace veinte años publicaba la prensa sistémica, para instilar el miedo entre zoquetes y fanáticos); y se corría el riesgo de que la gente menos cretinizada empezase a pisparse del embeleco. Así que los apóstoles de la religión climática cambiaron su estrategia y decidieron aprovechar la atención mediática que suscitan las catástrofes naturales para alimentar el fraude. Esta ligazón turulata entre catástrofes naturales y ‘cambio climático’ resulta un cebo infalible para la prensa sistémica, que cuanto más se inclina al sensacionalismo en este asunto más generoso unte recibe. Y, además, se trata de una ligazón pintiparada para políticos baldragas y bellacos que, echando al ‘cambio climático’ las culpas de las catástrofes naturales, consiguen que nadie señale su incompetencia o falta de previsión.

No debe extrañarnos, pues, que el doctor Sánchez haya achacado la culpa de los recientes incendios (como antes hizo con las inundaciones levantinas) al ‘cambio climático’, aunque mientras repetía su cantinela estuviesen siendo detenidos decenas de incendiarios. El doctor Sánchez utiliza incendios e inundaciones para difundir la religión climática porque sabe que, ante imágenes de catástrofes, se activa nuestro cerebro reptiliano, que genera respuestas instintivas y no razonadas. Y, además, cuenta con la complicidad de la prensa sistémica, que en lugar de investigar los móviles de esas decenas de incendiaros detenidos, se dedica a propalar bulos grotescos, atribuyendo a la ‘ola de calor’ una pavorosa mortandad (que lo mismo se podría atribuir a las desavenencias conyugales o al reguetón, pues en su mayoría es mortandad de personas moribundas o de salud muy delicada), o exhibiendo en los telediarios mapas dantescos de España, con una escala cromática que evoluciona desde el bermellón al más cárdeno granate.

A esta misión de activar los cerebros reptilianos contribuyen también las agencias meteorológicas, convertidas en oficinas de propaganda al servicio de la agenda climática que no contextualizan los datos que proporcionan. Así, por ejemplo, cuando miden las temperaturas y las comparan con otras de tiempos pretéritos, nunca aluden al afecto ‘isla de calor urbano’; y jamás comparan temperaturas pretéritas del medio rural con la actuales, pues se percibiría (salvo allá donde haya parques solares, que crean microclimas infernales) que apenas se han producido variaciones durante las últimas décadas. También realizan mediciones superferolíticas de la ‘temperatura de los mares’, como si una masa ingente de agua ondulante, expuesta a corrientes internas de muy diversas procedencia, sometida a pleamares y bajamares por el efecto gravitatorio y zarandeada por el viento pudiese tener una ‘temperatura’ uniforme. Si la temperatura de nuestra boca y la de nuestro sobaco son distintas, ¿cómo se puede pretender que sea la misma la ‘temperatura de los mares’?

La ciencia meteorológica seria se halla todavía en pañales. Tan en pañales como que sus pronósticos nunca se pueden extender más allá de cuatro o cinco días (y aún así los errores, a veces garrafales, son frecuentes). Cuando se hacen pronósticos a más largo plazo (no digamos cuando se habla de años o décadas), nos hallamos ante engañifas burdas y especulaciones arbitrarias, por muy envueltas que se presenten en jerigonza cientificista. No debemos olvidar que fenómenos naturales como la erupción del volcán de La Palma o las inundaciones de Valencia provocadas por la última gota fría no fueron predichos ni siquiera veinticuatro horas antes de que ocurrieran. Y los tipos que fueron incapaces de anticipar aquellas catástrofes son los mismos que nos acongojan con lo que ocurrirá dentro de una década o un siglo.

Pero toda la alfalfa de la religión climática es comulgada con unción por hordas de zoquetes y fanáticos, que –como señalaba Unamuno– «apenas sospechan el mar desconocido que se extiende por todas partes en torno al islote de la ciencia, ni sospechan que a medida que ascendemos por la montaña que corona al islote, ese mar crece y se ensancha a nuestros ojos, que por cada problema resuelto surgen veinte problemas por resolver». En efecto, no hay conocimiento posible sin conciencia de las muchas realidades naturales que ignoramos. Sólo sabemos que nunca ha habido un clima estable sobre la faz de la Tierra; siempre el clima ha estado variando, como nos demuestran los más serios estudios geológicos: a épocas cálidas, incluso tórridas, se han sucedido épocas frías, incluso gélidas. Providencialmente, nosotros vivimos en una era interglaciar que lleva durando, con sus altibajos, más de diez mil años, y es la que ha propiciado el florecimiento de una civilización admirable que ahora los apóstoles de la religión climática están dispuestos a derruir, para enriquecerse a mansalva. Desean imponer una tiranía maltusiana que, mientras siembra el pánico en nuestros cerebros reptilianos, arrasa nuestra economía productiva e impone formas alternativas y costosísimas de energía que sólo sirven para disparar los precios y así engordar el reinado plutocrático mundial. Nos instilan el pánico a un apocalipsis climático inventado, en un experimento de biopolítica sin precedentes, para succionar la riqueza que aún no controlan, mientras nos convierten en chatarra humana resignada al expolio espiritual y a una pobreza creciente. Si no nos rebelamos, lo conseguirán muy pronto.

 

Metástasis cientificista

 

J. M. de Prada, 22/08/2025 Copyright © DIARIO ABC

En su obra El puesto del hombre en el cosmos, Max Scheler elige a Galileo como encarnación de la nefasta visión reduccionista y tecnocrática de la ciencia moderna, que conduce a una pérdida de la visión holística del ser humano y a una cosificación del mundo, convirtiéndose a la postre en fuerza destructiva. La elección de Galileo como encarnación de esta degeneración resulta sumamente provocadora, pues no hay en el mundo zoquete ni lorito sistémico que no elija a Galileo como prototipo de la ciencia en combate con el oscurantismo. Pero Scheler considera que la condena a Galileo estaba dictada por un instinto oscuro pero certero de que la ciencia se estaba hipertrofiando o desmadrando, olvidando su función primera de comprensión integradora de la naturaleza y el ser humano.

Más o menos por la misma época que Max Scheler, Gregorio Marañón escribía que «todas las lacras de nuestra medicina pueden reunirse en las dos grandes manifestaciones del dogmatismo: una práctica, el profesionalismo; y otra teórica, el cientificismo. Por cientificismo se entiende, en el caso mejor, la fe excesiva en todo lo que viene de la ciencia; y, en el caso peor, se llama así al manejo intencionado de todo lo que no lo es, para pasar por hombre de ciencia y aprovechar indebidamente la prerrogativa que este título supone ante la gente vulgar». Los males que hace un siglo avizoraban estos dos sabios egregios se han hecho realidad en nuestro tiempo mediante lo que podríamos denominar ‘metástasis del cientificismo’. Convertido en una religión de obligado cumplimiento, el cientificismo está imponiendo entre la ‘gente vulgar’ una serie de dogmas desquiciados que una patulea de falsos científicos a las órdenes del reinado plutocrático mundial se encarga de promulgar, aprovechándose de esa prerrogativa a la que se refería Marañón; y que una jarca de charlatanes y pícaros medioletrados se encarga de propalar a través de los medios de cretinización de masas.

Pero, como todas las idolatrías que en el mundo han sido, esta religión cientificista empieza a delatar sus embelecos e imposturas, que en ocasiones recientes resultaron en exceso burdos (pensemos, por ejemplo, en todas las paparruchas criminales que se divulgaron durante la plaga coronavírica). Y, entretanto, la metástasis del cientificismo alcanza cúspides esperpénticas. La ingente ‘producción’ científica propicia las picarescas más delirantes, con ‘investigadores’ que llegan a evacuar un centenar de ‘estudios’ anuales (los celebérrimos papers), que convenientemente publicados en ‘prestigiosas’ revistas les sirven para encaramarse en las primeras posiciones del escalafón científico. Por supuesto, tales ‘estudios’ no son sino refritos aliñados por la ‘inteligencia artificial’, o bien charlatanerías confeccionadas por ‘macrogranjas’ de papers que han convertido el fraude científico en una industria global opíparamente remunerada y remuneradora.

Un informe elaborado por la revista científica PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) advierte de la existencia de redes perfectamente organizadas que producen ‘investigaciones’ a gran escala y cuentan con financiación, logística y contactos suficientes para infiltrarse en los foros científicos. El informe citado identifica 32.700 ‘estudios’ fraudulentos publicados entre 2016 y 2020, muchos de los cuales están siendo divulgados por los medios de cretinización de masas, muchos de los cuales están alimentando los viveros de la inteligencia artificial, muchos de los cuales están siendo incorporados a guías y protocolos clínicos. Aunque las revistas y editoriales que han publicado dichos ‘estudios’ anuncian constantemente retractaciones, confiesan que combatir la plaga es como «vaciar una bañera desbordada con una cuchara». Y esta metástasis monstruosa sólo se refiere a ‘estudios’ que no gozan de las prebendas y privilegios del reinado plutocrático mundial. Pues los ‘estudios’ encargados de consolidar todos los paradigmas cientificistas que interesan al reinado plutocrático mundial –desde el impulso a las ‘energías alternativas’ hasta los falsos remedios impulsados por la industria farmacéutica– de inmediato se convierten en dogmas de obligado cumplimiento que nadie puede denunciar, que nadie puede ni siquiera discutir, si no desea convertirse en un réprobo. Aquellas premoniciones funestas de Scheler y Marañón se han hecho hoy realidad, de forma monstruosa y alevosamente dañina, aunque no exenta de ribetes chuscos. A la postre, la fase terminal del cientificismo será de naturaleza tragicómica.


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