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Hoy en día, el resentimiento fabricado por los multimillonarios tiene la sartén por el mango: Jacques Rancière, filósofo

Por N.Truong/J.Rancière

 

En una entrevista concedida al diario Le Monde, el pensador de la emancipación analiza los resortes de la ofensiva reaccionaria en curso. En las pequeñas comunidades utópicas contemporáneas, percibe formas de «vivir en igualdad»

Entrevista a Jacques Rancière, realizada por Nicolas Truong, publicada por Le Monde 25/8/25

Nacido en 1940 en Argel, Jacques Rancière es un filósofo de la emancipación. Alumno de Louis Althusser (1918-1990), maestro de toda una generación intelectual en la Escuela Normal Superior, imparte clases en la Universidad de Vincennes a partir de 1969 y rompe con el marxismo científico en La lección de Althusser (Gallimard, 1974).

Su inmersión en los archivos de la historia y el pensamiento obreros en Francia lo llevó a escribir La Nuit des prolétaires. Archives du rêve ouvrier (Fayard, 1981), que orientará gran parte de su obra: la emancipación de los oprimidos no se basa en la revelación del orden que los oprime, sino en la ruptura con los roles asignados y con la oposición entre manuales e intelectuales.

Entre la política y la estética, la literatura y el cine, Jacques Rancière forja un pensamiento de democracia radical, del que dan testimonio La Haine de la démocratie (La Fabrique, 2005) y La Mésentente (Galilée, 1995, reeditado en agosto por La Fabrique).

Pregunta: El momento político que atravesamos parece dominado por el auge del nacionalismo identitario. ¿Cómo percibe un filósofo que se vio impulsado por los movimientos de emancipación de los años 1960-1970 el advenimiento de esta contrarrevolución mundial?

J. R.: Mi pensamiento se formó efectivamente en aquellos años en los que todo parecía posible: reinventar el marxismo con Louis Althusser, contribuir a un mundo nuevo de libertad e igualdad en la dinámica creada por Mayo del 68, resucitar toda una historia de la emancipación con Les Révoltes logiques entre 1975 y 1981, revista que cofundé con los filósofos Jean Borreil y Geneviève Fraisse.

Por eso me cuesta respirar la atmósfera actual de desigualdad y servidumbre. No es una cuestión de ilusiones perdidas. Es una degradación efectiva de las posibilidades de vivir, experimentar, pensar y crear. El impulso permanece, pero le cuesta adaptarse a una época en la que se trata más de resistir que de inventar.

Pregunta: ¿Por qué los progresistas no vieron venir este movimiento?

J.R.: De hecho, la contrarrevolución se ha producido lentamente, por etapas. Se ha tardado un poco en ver cómo encajaban las piezas del rompecabezas: la financiarización de la economía, la deslocalización de las empresas, la destrucción de las formas de solidaridad social y la captación de vidas, privatizadas en las nuevas formas de sumisión dictadas por la llamada economía «inmaterial».

No se percibió el movimiento por el cual la lógica capitalista de la globalización se convertía en voluntad de dominación absoluta de los cuerpos y las mentes, y la búsqueda de la reducción de costos convergía con las ideologías identitarias y la pasión por eliminar a los indeseables.

Esta convergencia ha quedado oculta tras diversas pantallas: la imagen de una economía «liberal» regida por el beneficio capitalista, pero acordada con la libertad de las formas de vida; el papel desempeñado en estas transformaciones por los partidos supuestamente «socialistas», en los que era más difícil reconocer el rostro del enemigo; las campañas de los intelectuales «de izquierda», que atribuyeron los avances de la dominación capitalista a los apetitos desenfrenados del hombre democrático.

Pregunta: En Francia, esta reacción adopta, según usted, la forma de una especie de republicanismo, cuyas luchas se centran en la defensa de la laicidad, que usted califica, en «Les Trente Inglorieuses. Scènes politiques» (La Fabrique, 2022), de «extrema derecha de izquierda». ¿Cuál es la responsabilidad de una parte de los intelectuales en este auge de los extremos?

J.R.: En Francia, su responsabilidad es muy grande en el colapso o el cambio de rumbo del pensamiento de izquierda. Mientras la dominación no dejaba de crear nuevas armas, ellos nos explicaban que el peligro mortal que nos amenazaba se debía al progreso ilimitado de la igualdad. También inventaron de la nada una laicidad inédita, que se imputaba a los individuos y se identificaba con cuestiones de vestimenta, mientras que la laicidad histórica real se definía simplemente por la neutralidad del Estado y de su enseñanza.

Así, han confeccionado a medida los nuevos trajes del racismo y la islamofobia para las nuevas fuerzas de la reacción, han contribuido al desarrollo de una cultura del odio que les ha allanado el camino y han construido la retórica que permite condenar como antisemita e «islamoizquierdista» cualquier intento de resistencia a esta ofensiva reaccionaria.

Pregunta: ¿Por qué cree que los modelos explicativos de la «razón progresista» ya no sirven para comprender lo que está sucediendo?

J.R.: Para la razón progresista, los fenómenos que la contradicen siempre provienen de las poblaciones atrasadas, que son los rezagados o los olvidados del progreso. Por lo tanto, el mal siempre viene de abajo: para ella, el fascismo es una reacción de campesinos atrasados, de pequeños burgueses superados por el curso de la historia o de obreros abandonados por el progreso técnico; Hitler fue llamado al poder por la masa de desempleados que inundaban las calles, Trump es el representante de la «basura blanca» [los blancos desfavorecidos] de las regiones desindustrializadas, etc.

Pero Hitler fue llamado al poder por los círculos dirigentes alemanes, y la actual ola fascista ha sido orquestada por multimillonarios deseosos de eliminar todos los obstáculos a su dominio y que, con los medios de comunicación que han creado o comprado, han forjado al pueblo que los aclama a cambio.

Porque «el pueblo» no existe como una realidad en sí misma. Hay multitud de formas de crear pueblo que se enfrentan entre sí: nos constituimos en pueblo mediante luchas comunes o actos de solidaridad, pero también mediante resentimientos compartidos y opiniones manipuladas. Y hoy en día, es el pueblo del resentimiento fabricado por los multimillonarios el que lleva la voz cantante.

Pregunta: En una conferencia impartida en la Maison de la poésie, en París, titulada «La fuerza de los sentimientos», el 14 de mayo, usted defendió que los supuestos de las ciencias sociales son solidarios con el orden desigualitario del mundo. ¿Son el trumpismo y lo que los conservadores llaman «wokismo» las dos caras de una misma moneda?

J.R.: Evidentemente, no me refería a las dos caras de una misma moneda. Simplemente señalaba la evolución históricamente observable de las ciencias sociales. Antiguamente, proponían un análisis de los fenómenos sociales que no solo denunciaba las desigualdades, sino que ofrecía los medios para combatirlas, ya fueran revolucionarios o reformistas.

Pero lo cierto es que, aunque se declara abiertamente crítica, ha abandonado progresivamente esa ambición. Describe todos los aspectos de la dominación. Eventualmente los denuncia. Pero ahí se acaba su poder. En el mejor de los casos, se contenta con proporcionar una sensación de saber que no es más que la sensación de ser superior a los que no saben. Y ahí es donde las personas que se burlan de la ignorancia y las torpezas de Trump ponen en práctica el mismo sentimiento de superioridad que Trump tiene hacia los imbéciles que no saben ganar dinero.

En cierto sentido, es un punto de convergencia muy concreto. Pero quizá también sea un punto decisivo: partimos de la presuposición de la igualdad o de la desigualdad. Y la ciencia social dominante parte claramente de la segunda: no de lo que la gente común puede, sino de lo que no puede.

Pregunta: ¿Es por eso que la literatura, como los relatos de Chéjov, a los que ha dedicado una obra reciente, «Au loin la liberté » (La Fabrique, 2024), es tan importante? ¿Y por qué permite escapar de lo que usted llama la «tristeza del saber»?

J.R.: La «tristeza del saber» es la consecuencia de la fe cientificista. Sabemos todo sobre cómo funciona la dominación. Pero este conocimiento ya no nos proporciona ninguna arma contra ella. Más bien nos incita a someternos a la necesidad de las cosas, con el único consuelo de saber lo que ignoran los ignorantes y despreciar a los poderosos que nos desprecian.

Los relatos de Chéjov pueden ayudarnos a salir de esta lógica de sumisión. De hecho, rechaza las grandes cadenas causales que dan las razones de la servidumbre y las teorías que dicen que podremos ser libres cuando cambie la base misma de la sociedad. En contra de la corriente cientificista de su época, cree que la servidumbre es causa de sí misma. Es, ante todo, el miedo al territorio desconocido de la libertad, la aceptación de un curso del tiempo en el que ya sabemos lo que tenemos que hacer.

Chéjov nos dice que la libertad puede estar lejos, pero que, desde esa lejanía, nos hace señas y nos llama a cambiar de vida. Por eso pinta personajes en circunstancias en las que su vida podría dar un vuelco si dieran el paso. Y, aunque rehúyan de esta llamada a la libertad, él sigue acompañándolos, tratándolos como individuos que podrían ser libres. En esto se opone radicalmente al estado de ánimo de desprecio que, hoy más que nunca, va de la mano del miedo. Nos ayuda a comprender que el poder de cambiar la vida siempre comienza con una cierta negativa a saber.

Pregunta: ¿No estamos viviendo también un momento de creatividad intelectual y de experimentos igualitarios, especialmente en el ámbito del movimiento ecologista?

J.R.: De hecho, el activismo ecológico ha tomado el relevo y reforzado la tradición alternativa de crear nuevas formas de vivir, trabajar y habitar, de cultivar la tierra y alimentarse, de compartir las riquezas y las responsabilidades. Y la reflexión se ha extendido a todos los ámbitos para repensar las formas de dominación y emancipación.

Pero no creo que los análisis parciales que han surgido hayan permitido repensar una inteligencia global de lo que nos está sucediendo y una capacidad colectiva para forjar otro futuro. Y las grandes síntesis que, como la de Bruno Latour [1947-2022], han sustituido a la síntesis marxista, no han creado ninguna dinámica política capaz de combatir la dominación.

Hoy asistimos a un cambio significativo. Las luchas de los dos siglos anteriores habían llevado a la conclusión de que las pequeñas comunidades utópicas que querían cambiar la vida de inmediato estaban condenadas al fracaso y que solo era realista la perspectiva de una transformación global. Hoy en día, se tiene más bien la sensación de que solo las pequeñas comunidades ofrecen posibilidades reales de cambio y que la idea de una transformación global se ha convertido en una utopía.

Pregunta: ¿Qué pueden esperar quienes desean oponerse hoy a esta regresión nacionalista e identitaria, cuando el horizonte parece bloqueado?

J.R.: Siempre he dicho que la esperanza depende menos de una imagen del objetivo a alcanzar que de la confianza que nace de las energías del presente. Solo veo horror cuando considero las palabras y las acciones de los actuales amos del mundo, pero también veo por todas partes hombres y mujeres que desean vivir en igualdad, que afirman el derecho igualitario de todos los seres humanos a la consideración y que, al mismo tiempo, se preocupan por luchar contra la injusticia dominante, socorrer a sus víctimas y velar por que la Tierra siga siendo habitable para las generaciones futuras.

Veo generosidad, inventiva y valentía, que se manifiestan de mil formas. El pensador de la emancipación intelectual Joseph Jacotot [1770-1840] creía que la mecánica social estaba abocada a la desigualdad, pero que era posible que todos los individuos de esa sociedad desigual vivieran en igualdad. No hago ningún pronóstico sobre el futuro de la sociedad, pero creo que esta paradoja de la emancipación es más actual que nunca.

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