J. M. de Prada, 29/08/2025 Copyright © DIARIO ABC
Basta estudiar la evolución de las ideologías modernas, completamente turulata y delirante, para confirmar que son una engañifa completa. Reparemos, por ejemplo, en la evolución de la llamada ‘izquierda’, que en otro tiempo se distinguía –incluso cuando no se proclamaba marxista– por una interpretación de la historia humana a través de las condiciones materiales de vida, especialmente a través de las relaciones económicas y de producción. Para un izquierdista, el cambio político –revolucionario o reformista– era siempre resultado de conflictos de clase que permitían transformar las relaciones económicas. Por supuesto, esta visión materialista admite muchas críticas, pues la realidad humana no es puramente material y las decisiones humanas no están guiadas tan sólo por los medios de producción. En el fondo de la filosofía materialista hay un ciego determinismo que parece prescindir de lo que Graham Greene llamaba «factor humano» (y que, a la postre, no es otra cosa sino libre albedrío); pues son muchas las decisiones que adoptamos, las ideas que concebimos, las actitudes que adoptamos, que sólo se explican porque somos seres espirituales.
El materialismo que durante mucho tiempo vertebró a las izquierdas era muy beligerante contra la religión porque la consideraba –erróneamente– una forma de alienación humana que desvincula a las personas de las realidades materiales que moldean sus vidas. Y, desde luego, abominaba de toda forma de idealismo, por ignorar las condiciones concretas de la existencia humana (la lucha de clases, las desigualdades económicas, etcétera), fomentando un escapismo incompatible con el impulso revolucionario. Para Marx, todo idealismo se convierte, tarde o temprano, en «opio del pueblo», porque prioriza las ideas que nos formamos de las cosas sobre las condiciones materiales de opresión en las que vivimos; lo cual suele desembocar en un cierto conformismo ante las desigualdades. Especialmente crítico se mostraba Marx con el idealismo de Berkeley, que sostenía que la realidad de las cosas depende de la percepción del sujeto («ser es ser percibido»); ocurrencia que se le antojaba aberrante, pues a su juicio fiar las realidades materiales de la vida a nuestra ‘percepción’ conducía a un ensimismamiento individualista que incapacitaba para la lucha de clases.
Pronto, los principios materialistas de la izquierda se vieron contaminados por un excesivo ‘utopismo’. Y, con el tiempo, ese ‘utopismo’ adquiriría ribetes furiosamente berkeleyanos, de tal modo que la realidad de las cosas empezó a depender de la percepción del sujeto. Esta aberración del pensamiento, profundamente solipsista, ha hallado su plasmación más desquiciada en el transgenerismo, que aboga por que una persona puede ‘elegir’ su sexo, en confrontación con la realidad biológica. Pero, junto a esa plasmación desquiciada, existen otras muchas plasmaciones mucho más discretas, mas no por ello menos destructivas y negadoras del materialismo que fue bandera de la izquierda. Así, por ejemplo, la entronización del nefasto concepto de ‘resiliencia’ (puesto en órbita por el ‘izquierdista’ Obama), que hace realidad las premoniciones más funestas de Marx; pues, en efecto, el ‘resiliente’ acaba aceptando que las injusticias derivadas de unas relaciones económicas injustas son ineluctables y que, por lo tanto, corresponde a quien las sufre habituarse a convivir con ellas. La fluidez de género que predica el transgenerismo no es, en realidad, sino una expresión complementaria de la fluidez laboral, familiar o habitacional que se exige al ‘resiliente’: eres tú quien debe cambiar, eres tú quien debe sacrificarse, eres tú quien debe rebanarse la polla o las tetas, ante una realidad que no podemos cambiar. También es la misma idea que subyace en las hipótesis cientificistas del ‘cambio climático’: eres tú quien debe ‘optar’ por la pobreza si deseas que el mundo no se vaya al garete.
Así, abrazada al idealismo, la ‘izquierda’ se ha convertido en una fuerza que va más allá de la derecha (una fuerza ultraderechista, por lo tanto) en su aceptación de las relaciones económicas existentes y, por tanto, conviene mucho más al capitalismo. Pues la ‘izquierda’, con su desaforado idealismo berkeleyano, ha logrado que sus alienados adeptos se conformen con cambiar ellos, sin cambiar las relaciones económicas injustas; los ha convertido en seres lobotomizados que, a la vez que creen en las quimeras más rocambolescas, asumen que los gobernantes nada pueden hacer para detener el alza de los precios o para combatir la precariedad laboral. Así, esta ‘izquierda’ ultraderechista se ha convertido en la más eficaz fuerza al servicio del capital.
El rechazo hacia los pueblos de la América hispánica es la mayor vileza en la que un español puede incurrir
J. M. de Prada, 31/08/2025 Copyright © DIARIO ABC
Entre las generaciones más jóvenes aflora un malestar que se desagua de las formas más variopintas, desde la flojera y pesadumbre de vivir hasta la rabia más feroz; expresiones todas ellas propias de pueblos sin futuro. Y entre estas expresiones se cuenta un rechazo creciente a los «panchitos», que es como ahora llaman a las gentes procedentes de la América hispánica. En ese rechazo se entremezclan en zurriburri todos los detritos del pensamiento antiespañol y anticatólico, desde el «supremacismo» racial más abyecto hasta el europeísmo más servil; y, para denigrar el concepto de Hispanidad, se ha acuñado el parónimo burlesco de «Hispanchidad». Curiosamente, este rechazo a los «panchitos» está aflorando sobre todo en ámbitos derechoides, donde en apariencia más se promueve la idea de Hispanidad. ¿O será que en realidad se promueven sucedáneos?
Hace algún tiempo un líder de la derecha autóctona, invitado por un lobi gringo, remató su lamentable discurso con un grotesco «God bless America and Hispanicity». Donde por «América» no se refería al continente americano, sino a los Estados Unidos, según la abusiva sinécdoque que los yanquis han convertido en lema de su imperialismo rapaz. Pero pedir a Dios que bendiga de una tacada a Estados Unidos y a la Hispanidad es tan delirante (y maligno) como pedir que bendiga a la vez la gonorrea y el amor conyugal. Esta misma confusión se ha naturalizado en Madrid, donde se engalanan las calles y se disponen recursos públicos para que diversas comunidades hispanoamericanas celebren ignominiosamente las «independencias» de sus respectivos países. Permitir que se celebren esas festividades antiespañolas (sufragándolas, para más inri, a costa del erario) nada tiene que ver con la Hispanidad; como tampoco tiene nada que ver con la Hispanidad contratar por cifras millonarias a cantantes «latinas» más viejas que la Tana que han probado su servilismo a los Estados Unidos. Desde la derecha se está promoviendo desnortadamente una «Hispanchidad» que acabará convirtiendo nuestras capitales en imitaciones casposas de la muy casposa Miami, donde las sectas protestantes hacen su agosto entre los hispanoamericanos más pobres, mientras los más ricos acaparan los pisos de los barrios pijos, inflando el mercado inmobiliario, y nos advierten de los peligros de las dictaduras bolivarianas fumándose un puro. La derecha española, en fin, está promoviendo una «Hispanchidad» colonizada mentalmente por los Estados Unidos que es la antítesis de la Hispanidad. Frente a la unidad civilizadora y orgánica de la Hispanidad, bajo el fundente de una fe común, se promueve la unidad de hormiguero que interesa al mundialismo, con pueblos hispánicos convertidos en masa colectánea degradada por los subproductos culturales gringos.
Y esa «Hispanchidad», en una sociedad desnortada, está engendrando rechazo hacia los pueblos de la América hispánica, que es la mayor vileza en la que un español puede incurrir.
J. M. de Prada, 12/09/2025 Copyright © DIARIO ABC
Este verano que ya claudica causó gran escándalo que un famoso escritor sistémico y de izquierdas proclamase: «Si hay una salvación posible para este mundo es recuperar la idea de escasez». La frase, como suele suceder con los titulares de prensa, estaba descontextualizada; pero al personal le molestó que diese estos consejos alguien que nadaba en la abundancia.
A mí la frase me pareció desafortunada por otra razón muy diversa. El concepto de ‘escasez’, referido a nuestro mundo y a nuestra época, se me antoja una burla; pues ni los recursos del planeta son ‘escasos’ (aunque, desde luego, sean finitos) ni me parece serio referirse a la ‘escasez’ cuando la actividad económica de los países capitalistas se orienta obsesivamente hacia el crecimiento, olvidando que su finalidad fundamental no es el mero incremento de la producción, ni el beneficio, sino la atención de las necesidades materiales y espirituales de la comunidad (poniéndoles, por supuesto, unos límites y un orden jerárquico, como conviene a la consecución del bien común).
La salvación del mundo no se cifra en recuperar la «idea de escasez», sino la de justicia, que consiste en dar a cada uno lo suyo. Otra cosa es que, una vez satisfechas sus necesidades, una persona virtuosa deba amar la pobreza, entendida no como lacra (que siempre debemos combatir), sino como virtud que nos ayuda a desprendernos de los bienes materiales. Pues, en efecto, la posesión de bienes materiales influye en la persona de modo nefasto: el hombre no sólo ‘posee’ las cosas, sino que estas, al estar unidas a su propia existencia, acaban ‘penetrando’ en su interior, acaban adueñándose de su alma, como la célula cancerosa se adueña de nuestro organismo. Pero la virtud de la pobreza no se cultiva desde la ‘escasez’, sino desde el desapego o desprendimiento.
En realidad, recuperar la «idea de la escasez» sólo salva al reinado plutocrático mundial y a los gobernantes malignos que lo sostienen. A ellos les conviene que hagamos de la ‘escasez’ un acto heroico: cambiemos el aceite de oliva por el aceite de girasol, cambiemos el filete por la pizza recalentada, cambiemos el piso en propiedad por el cuchitril alquilado y compartido, cambiemos la prole por la mascota, etcétera; y de este modo salvaremos el mundo. Pero haciendo tales cosas no estamos salvando el mundo; estamos salvando el reinado plutocrático mundial que desea concentrar la riqueza en muy pocas manos (en España, sin ir más lejos, el uno por ciento más rico de la población concentra una cantidad de riqueza superior a la del ochenta por ciento más pobre) y a los gobernantes malignos que actúan a sus órdenes. La invitación a recuperar la «idea de escasez» que nos hacía el escritor sistémico concuerda con esos reportajes que asiduamente publican los medios de cretinización de masas, presentando como modelos sociales a esos pobres diablos que, para reducir gastos, ponen la lavadora en el conticinio; o popularizando anglicismos repugnantes como staycation (vacaciones en casa) o coliving (compartir vivienda). No hay ‘escasez’ de fluido eléctrico, como no la hay de plazas hoteleras o de viviendas; lo que hay es gente que carece de recursos para permitírselos. Pero el reinado plutocrático mundial pretende que esa gente ‘perciba’ la lacra de la pobreza que los aflige como una tendencia cool o una elección creativa y solidaria con el planeta.
En el planeta no hay ‘escasez’, sino acaparamiento. Y más que la «idea de la escasez» habría que recuperar la idea de una ‘economía’ que no sea ‘crematística’ (según la distinción clásica de Aristóteles) y permita que la abundancia existente se reparta más equitativamente, atendiendo a las necesidades y a los méritos de cada uno, sin permitir desigualdades abusivas y sin imponer un igualitarismo abusivo, sino atendiendo a la contribución que cada uno hace al bien de la comunidad. Asumir la «idea de la escasez» me parece más bien una forma de conformismo peligrosa, una variante de aquella «servidumbre voluntaria» a la que se refería La Boétie en su clásico discurso; sólo que con la habilidad de hacer creer quiméricamente al siervo que está salvando el mundo, para que su pobreza tenga un efecto euforizante.
Curiosamente, la izquierda nunca abogó por la escasez mientras fue materialista, sino que aspiraba a crear riqueza suficiente para que nadie la padeciese, combatiendo la injusticia (otra cosa es que esa aspiración la lograse). Ahora la izquierda se ha tornado idealista y asume la injusticia, invitando a quienes la sufren a ‘superarla’, pues se trata de una fatalidad que no podemos cambiar y a la que debemos adaptarnos.