Cultura Popular/Carlos X. Blanco
Síntesis del libro: De Covadonga a la nación española: La hispanidad en clave spengleriana
Autor: Carlos X Blanco 2019 ,978-8494959646, Editorial Eas, 158 páginas
(primera parte)
Introducción: España como problema filosófico en el contexto de la decadencia occidental
El extenso ensayo "De Covadonga a la Nación Española. La Hispanidad en clave spengleriana" de Carlos X. Blanco Martín constituye un ambicioso ejercicio de filosofía de la historia aplicada al caso español. Desde sus primeras páginas, el autor establece su propósito fundamental: contribuir a una "Filosofía de España" que aborde tanto España como problema como España como destino. Para esta tarea, recurre al marco teórico del filósofo alemán Oswald Spengler, particularmente a su magna obra "La Decadencia de Occidente", donde desarrolla su teoría morfológica de la historia según la cual las culturas son organismos vivos que nacen, crecen, florecen y finalmente decaen en civilizaciones rígidas y estériles.
La tesis central del autor es que España, desde su nacimiento simbólico en la Batalla de Covadonga (722), participó plenamente de la cultura fáustica occidental -aquella cultura expansiva, dinámica y volcada hacia el infinito que caracterizó a la Europa medieval y moderna- pero que actualmente se encuentra sumida en la fase terminal de civilización, compartiendo con el resto de Occidente síntomas evidentes de decadencia: pérdida de vitalidad espiritual, predominio del materialismo, disolución de los valores tradicionales y emergencia de lo que Spengler denominaba "oclocracia" o gobierno de la muchedumbre. El análisis se extiende desde los orígenes del Reino de Asturias hasta los desafíos contemporáneos de la España del siglo XXI, pasando por la Reconquista, el Imperio y la modernidad, siempre bajo la lente de las categorías spenglerianas.
La España fáustica: Orígenes y desarrollo de una cultura en el contexto europeo
Para comprender la posición de España en el esquema spengleriano, es necesario adentrarse primero en la distinción fundamental entre "cultura" y "civilización". Según Spengler, la cultura representa el estado de plenitud vital de un pueblo o fusión de pueblos, cuando diversos grupos humanos se dotan de una sola alma colectiva y ofrecen el máximo desarrollo de sus realizaciones históricas. La civilización, por el contrario, es la fase final, rígida y decadente de ese ciclo vital. Europa Occidental, en este esquema, sería una cultura distinta de la antigua cultura grecorromana, y lo que de grecorromano persistió en la cristiandad medieval sería mera "pseudomorfosis" -formas fosilizadas y sin vida sobre las cuales se alzó un alma nueva.
En el caso hispano, el autor sostiene que la aparición de la cristiandad gótica y fáustica se adelantó con respecto a otras latitudes europeas. La invasión musulmana del 711 interrumpió el lento proceso de integración del conglomerado de pseudomorfosis romana y tardoantigua dominado por los visigodos. El Reino de Toledo, aún muy "romano", era gobernado por una minoría germánica en alianza con una Iglesia que contenía tendencias "cueviformes" -líneas de espiritualidad levantinas y mediterráneas. Esta estructura decadente no pudo hacer frente a la savia efervescente del Islam. El verdadero elemento germánico se reorganizó en Asturias, liberado de la hez "cosmopolita" de las grandes ciudades sureñas.
En Covadonga, según el autor, no solo nació un nuevo reino sino un nuevo pueblo. Antes de la invasión musulmana, los godos habían imperado sobre los hispanorromanos con la ayuda de la Iglesia, pero ambos pueblos se mantenían separados. Después de Covadonga, la alianza celtogermánica de Asturias fue la base de una nueva federación de pueblos que fue involucrando a todos los del norte, además de los asturcántabros: galaicos, vascones, pirenaicos. Este momento representa el nacimiento de una cultura en sentido spengleriano: el cristianismo "cueviforme" de la etapa goda tardía -basado en la ascesis, la huida del mundo y la sumisión al poder divino- fue sustituido por el cristianismo "fáustico" representado por figuras como el Beato de Liébana, con su interpretación guerrera del Apocalipsis. La Reconquista inició, aún balbuceante, el mundo "gótico" de Europa: una voluntad de poder encaminada a la apropiación de tierras y la erección de un Imperium.
El profesor Villacañas, citado por el autor, subraya que en la Reconquista aún no había idea de Cruzada en sentido estricto, sino un espíritu distinto. En suelo ibérico se desarrolló por primera vez el espíritu fáustico vinculado a una escatología particular: la expulsión de los islamistas no iba unida todavía a un concepto de nación moderna, sino a la idea de un pueblo cristiano compuesto por una comunidad de nacionalidades en complejo proceso de etnoformación. Astures, cántabros, galaicos, vascones -algunas preexistentes desde la conquista romana, otras posteriores a la invasión mora- precisaron de un poder político que las consolidara: poder regio para leoneses y aragoneses, poder condal para castellanos y catalanes.
El Imperio Español en la Modernidad: De la cumbre fáustica al declive civilizatorio
Cuando los pueblos de España llegan a la modernidad, la idea del Imperium, ya esbozada por monarcas asturleoneses, pasa a manos de Castilla. Pero cuando la Castilla de los Habsburgo quiere "el mundo" entero, se encuentra con nacionalidades ya consolidadas en Europa, un feudalismo en declive, una burguesía triunfante y una rebeldía protestante. Madrid, Roma y Viena formaron el triángulo de la Contrarreforma, del Imperium teocrático y ultramontano. Según Spengler, el Imperio hispánico, subordinado a la Fe católica, encubría por su propio universalismo el mosaico nacional que una misma corona aglutinaba. El testigo del liderazgo fáustico fue recogido por Inglaterra y Prusia de manera diversa: Inglaterra con su capitalismo e imperio comercial; Prusia con su socialismo entendido como sentido del deber, obediencia y servicio a la comunidad.
El siglo XVIII fue todavía el gran siglo europeo, el siglo de la Gran Política y la Gran Diplomacia, pero trajo consigo ideas ilustradas y racionalistas que entregarían a su vez la revolución, la oclocracia y la guillotina niveladora. Este siglo dieciochesco se hizo merced al siglo XVII español: la poderosa burocracia y diplomacia de los Austrias, su corte y su consideración imperialista del orbe como tablero de ajedrez fueron lecciones aprendidas por las potencias ascendentes. Derrotada España, rota como Imperio con vocación universal, se instaura en Europa el equilibrio de potencias: ese fino juego de guerras, diplomacias y comercio, esa política de matrimonios regios y esa construcción de una "comunidad de pueblos". La nación "Europa", según Ortega, había consistido -de facto- no en una unidad política formal sino en una comunidad de potencias rivales en equilibrio.
Pero tras ese esplendor dieciochesco vino el horror de la industria. La savia del campo fue arrancada de su terruño y lanzada hacia los suburbios obreros, puesta al servicio de la máquina y del capital. Una masa ingente fue arrancada de sus raíces y se generó una nueva clase de hombres: los hombres de la ciudad, proletarios o burgueses, desprovistos por completo de todo sentido de la historia, del linaje, de la familia y de la heredad. Un individualismo feroz -incompatible con la vida agraria y el sentido familiar de la propiedad- se adueña de nuestra cultura y acelera el proceso degenerativo. Lo que Nietzsche supo ver con lucidez, Spengler lo sistematiza: una edad terrible de decadencia y putrefacción de los valores antaño sagrados se acerca con el estruendo de las nuevas máquinas y del poder de las masas vociferantes.
Para Spengler, el papel del prusianismo, o mejor, de un socialismo nacional centrado en Germania, era la propuesta regeneradora. ¿Quién ocupará ese papel en el futuro? Aquella potencia que ocupe el lugar central en el espacio de lucha de los poderes. Para Spengler, Alemania en los años 30 se situaba ante la gigantesca Rusia y la más gigantesca aún Asia. Europa -al este- siempre corría el peligro de sucumbir ante la orientalización. Al sur, nuestro filósofo se encuentra con los decadentes pueblos latinos, gastados en innumerables erosiones de la historia y prisioneros de no pocas pseudomorfosis. Tienen la impresión, dice Spengler, de que Italia ya contó con sus días de gloria imperial en la antigüedad o sus espléndidas ciudades-estado renacentistas, y que la España Imperial ya cumplió su papel conformador de Europa, en el Barroco. Cumplida su misión y experimentado ya un fuerte desgaste además de la masiva emigración hacia las Américas, estos pueblos no se van a revitalizar.
La anomalía hispana: La dualidad norte-sur y el factor oriental
El análisis spengleriano aplicado a España revela lo que el autor denomina "la anomalía hispana". En la península se reproducen muchas de las condiciones que a nivel continental señaló Spengler, pero con particularidades propias. España no posee el condicionante de lo ruso, el "peligro de asiatización", pero sí padece la fuente de orientalización desde el sur y el Levante: un Oriente que arriba veloz a nuestras costas por vía marítima.
Claudio Sánchez Albornoz presentó la invasión mora del suelo ibérico como una brusca interrupción de la evolución normal del reino godo hacia estructuras feudales homologables con las de otras realidades de la cristiandad occidental. Lejos de la tesis orteguiana según la cual los godos habían sido, de entre los pueblos germánicos que fecundaron Europa, los más débiles y degenerados, Sánchez Albornoz cifra en la invasión mora el significado de ocho siglos de duro batallar contra el invasor extranjero, contra el factor orientalizante y afrosemítico. El elemento celtogermánico se reactivó en el norte, simbólicamente en Covadonga, constituyéndose ex novo un reino, el Astur, que si bien pretendía ser una continuación institucional y simbólica del de Toledo, los datos disponibles revelan la peculiaridad indígena de sus contingentes sociales y el componente todavía más germánico (godo) del Reino Astur en comparación con el Toledano.
Donde sí vemos coincidencias entre Ortega y Sánchez Albornoz es en la tesis según la cual la guerra une a compañeros, forja alianzas y hermandades. La construcción política de España, como Imperio, como unión, no pudo ser otra que la de forjar una máquina de guerra. Cuando el espíritu guerrero fue sustituido por el espíritu industrial, por retomar la distinción de Herbert Spencer, esta unión de pueblos o nacionalidades -todavía en trámite de hacerse completa- se aflojó hasta llegar a las calamidades actuales. Mientras que la eclosión de diversas nacionalidades europeas se experimentó precisamente bajo el espíritu industrial, las nacionalidades hispánicas se fueron volviendo centrífugas o autistas. El "proyecto estimulante de vida en común", al modo de Ortega, se diluye. Y la "unión de armas" que crea lazos de hermandad se perdió ante el abandono de la guerra exterior.
El profesor José Luis Villacañas encuentra razones de por qué España es una entidad bastante anómala en Europa en un Medievo caracterizado por la Reconquista y en las distintas fases de etnogénesis. El grado de complejidad organizativa de los distintos reinos, la forma en que se operaba la etnogénesis de los pueblos norteños, en alianza y en divorcio, y la fase en que se conquistaba un territorio más o menos poblado, más o menos islamizado, son factores fundamentales para entender la diversidad regional de España. La Reconquista tuvo tantas fases y en ella intervinieron unos agentes colectivos tan heterogéneos en su capacidad política, a lo largo de ocho siglos, que el producto resultante que aparece ante los ojos de la modernidad, la Monarquía Hispana, distaba mucho de ser una nación étnicamente uniforme y consolidada.
La anomalía hispana reside en el hecho de que los territorios norteños apenas contaron con presencia musulmana y el fondo celtogermánico común a las diversas etnias, que vivían a la sazón en un campo sin apenas ciudades y en unos agrestes riscos y bosques, pudo -por la vía de las armas y por el "instinto del linaje"- unir a las élites para que el pueblo siguiera tal ejemplo. Al arribar a territorios urbanizados, con una mozarabía aculturizada, descontenta con el poder mahometano pero a la vez muy desconcertada ante los "bárbaros" conquistadores venidos del norte, las cosas cambiarán de manera drástica. Un Islam que sólo podía condenar a la aculturación o a la integración definitiva de los cristianos. Un Al-Andalus que, pese a ser tan festejado hoy en ciertos ambientes "progresistas", consistía en una sociedad altamente decadente, esclavista al más puro estilo antiguo, falta de vitalidad y heterogénea en grado sumo. Frente a una sociedad sin cuajar, un despotismo de estilo oriental sobre gentes diversas y ninguna libre, los reinos cristianos al norte iban forjando un país de campesinos libres que lo mismo araban los campos recién repoblados, que los defendían con sus propios medios.
Está de más señalar que el tal espíritu de Reconquista quedó distorsionado progresivamente con la hegemonía castellana al borde de la Edad Media. Los asuntos de Europa y de las Américas reclamaron grande atención, dejando un tanto aparcada la ocupación y recuperación para Occidente de todo el norte de África, plataforma para los ataques turcos y amenaza constante para la Cristiandad. El norte de África hubiera debido ser una nueva Andalucía, una zona de proyección militar y cultural de España, pero la energía se dispersó en otras empresas.
La oclocracia española: El gobierno de la muchedumbre en la España contemporánea
Uno de los conceptos spenglerianos que el autor aplica con mayor rigor al caso español contemporáneo es el de "oclocracia". Para Spengler, la oclocracia consiste en el poder de la hez, el poder de masas hostiles al trabajo y refractarias a todo sentido del deber y del esfuerzo. La Oclocracia es el complemento perfecto y dialéctico del capitalismo neoliberal que recorre el mundo y que sojuzga a Europa entera, frenando y desviando a sus naciones en el decurso hacia la Gran Política.
Esta Oclocracia, el poder de una chusma cada vez más embrutecida e ignorante, se garantiza por medio de los partidos políticos y los sindicatos, esto es, agencias estatales de colocación de los sectores más hostiles al trabajo y al esfuerzo. Con el dinero de los contribuyentes, con las arcas públicas, la verdadera clase trabajadora y emprendedora está sosteniendo a una masa creciente de parásitos que emplean las siglas de la organización para medrar, conseguir cargos, retribuciones y sinecuras.
La Oclocracia posee una conocida base social que Spengler describe de manera cruda: "De toda sociedad caen al fondo constantemente elementos degenerados, familias gastadas, miembros decaídos de altos linajes, fracasados e inferiores en alma y en cuerpo; véanse si no las figuras de los asistentes a los mítines, tabernas, manifestaciones y motines; en algún modo son todos abortos de la naturaleza, gentes que en vez de raza vigorosa en su cuerpo sólo llevan en su cabeza reivindicaciones de pretendidos derechos y ansia de venganza por su vida fracasada, y en los cuales es la boca la parte más importante del cuerpo. Es la hez de las grandes ciudades, el verdadero populacho, el mundo abisal en todos los sentidos, que en todas partes se forma en contraposición al gran mundo y al mundo distinguido". Deben distinguirse en todo momento los dos conceptos: el pueblo y el populacho. En estos momentos, el pueblo en el Reino de España vive tiranizado por una clase política y por una mafia sindical, patronal y académica claramente oclocrática. De ahí se deriva esta degeneración social de España en todos los órdenes, la inercia espesa, la índole vegetativa de su historia reciente, su nulidad como pueblo o alianza de pueblos con posibilidad de futuro. En España, bajo esta oclocracia no hay futuro.
La "deriva soberanista" forma parte de esta dinámica hispana que consiste en no ser dinámicos. En hacer todos los ajustes necesarios para que el poder de la hez no se apee de los resortes de la vida política y económica. Los independentismos de última hora reflejan ya mucho más que el carácter plurinacional del vetusto Reino de España: reflejan el alto grado de hermandad y parentesco existente entre las nacionalidades ibéricas, hermandad y semejanza incluso en las actitudes frívolas y poco serias con las que se quiere romper esa hermandad. Que en un futuro próximo y previsible se separen los catalanes y los vascos del "resto", justamente cuando todos los pueblos hispánicos, metidos en un mismo barco, naufragamos víctimas de agresiones financieras, de plutocracias extranjeras y de políticos ineptos y corruptos, es un fenómeno que revela el grado absoluto de miseria moral que alimenta a estos "soberanistas" vascos y catalanes, españoles a la postre, demasiado españoles.
El fracaso moral de España, lo que ha hecho de ella una nación con apariencia fallida ha consistido, a mi entender, en volver la espalda a sus más viejas tradiciones y el no haber querido encontrar los cauces hacia un moderno regionalismo que enlazara con el viejo. Como ha triunfado la España borbónica sobre la austriaca, como ha vencido el jacobinismo extranjerizante sobre los fueros y las juntas, sobre la diversidad y la tradición, el estado entero se ha enredado en una larga historia de absurdos y sinsentidos.
El igualitarismo desbordado y fanático conlleva una destrucción de la cultura, acelera la muerte de ésta en su fase de civilización: es el nihilismo, esto es, la negación decadente de los propios valores cimentadores del ser. Familia, educación, patria, conocimiento, religión. Todo llega a disolverse por la envida y el odio al valor. España estaría viviendo hoy, en el siglo XXI, los mismos procesos nihilistas y disgregadores que Spengler observó en la Europa de principios de los años treinta del siglo pasado, preanuncio de la Gran Guerra.
Recuperación de la España nórdica: Propiedad, familia y comunidad orgánica
Frente a la decadencia oclocrática, el autor propone un programa regenerador inspirado en Spengler pero adaptado a las particularidades hispánicas. Debe tenerse en cuenta que el capitalismo en su fase actual no toma como base la propiedad privada personal sino que se trata más bien de un sistema de dominación ejercido por grandes corporaciones trasnacionales, donde la ficción jurídica de una muchedumbre de accionistas-propietarios es destrozada en su esencia por el control riguroso de las mismas acciones a cargo de un reducido grupo de individuos anónimos. La propiedad familiar, comunitaria, la vida corporativa de las profesiones, la granja del campesino, la pequeña y mediana empresa basada en la familia, la vecindad, la societas creada entre quienes confían mutuamente y se tratan cara a cara...todo eso sufre y se mutila.
Europa entera se desangra como civilización al perder el sentido más íntimo y profundo de su ser, la propiedad. Y donde este sentido se conservaba sano y fresco era en el campo y en el pequeño taller. Dice Spengler: "la propiedad auténtica es alma". Pero el capitalismo especulativo y transnacional hace que todos perdamos el alma. La izquierda -no ya la bolchevique sino toda la izquierda- desconfía de la propiedad en sus proclamas, pues la base esencial de estas ideologías es la aniquilación (el nihilismo) de la propiedad, aunque esconda tal proyecto, y su casta de ideólogos y políticos sea una casta ávida en la acumulación de bienes.
Fue Adam Müller, el famoso economista y pensador romántico quien subrayó en el siglo XIX la importancia civilizadora del mayorazgo del sentido de la tierra y del concepto de la propiedad agraria. El orgullo que de su caserío y terruño posee el más humilde campesino libre es comparable y no menor al orgullo que posee de su legado el más rico aristócrata agrario. La relación que el propietario agrario posee con sus bienes es esencialmente la de un monarca o un señor feudal que, con sentido dinástico, se lanza a lo largo del tiempo desde el pasado hacia el futuro, sintiéndose él no un déspota con derecho puntual -derecho de uso y abuso- sobre hombres y bienes (acaso esta es la noción romana de propiedad privada) sino como heredero y responsable de unos bienes inmuebles e indivisibles y de unos lazos personales sobre los que actúa en el presente, pero que perdurarán tras su muerte.
Todavía en el norte de España, en la casería asturiana, por ejemplo, se detecta -en sus formas más puras- esta noción de granja no como simple "empresa familiar" agraria sino como pequeño reino. En efecto la casería tradicional posee nombre propio distinto del de su dueño presente, y que se mantiene incluso cuando es adquirida por personas ajenas al núcleo familiar original. El "heredero" es buscado generalmente en el primogénito, pero si éste falla, el heredero es buscado en el resto de la descendencia, en la parentela o incluso fuera, igual que los territorios políticos del Antiguo Reino cuando sentían que su trono legítimo se encontraba vacante.
El sentido de propiedad en el liberalismo a partir de Smith se habría desplazado hasta la distorsión. Coincidiendo con el triunfo de la ciudad y de la industria sobre el campo, con la creación de masas de capital desligado del trabajo campesino e industrial, la propiedad se vuelve progresivamente abstracta, es propiedad vinculada al capital y el capital, como decía Marx, no es otra cosa que un entramado de relaciones sociales. La propiedad burguesa, abstracta, ciudadana, racionalista, está necesariamente ligada al espectáculo. Spengler supo anticiparse a estas nuevas visiones del capitalismo: este es un sistema vinculado al espectáculo y con él regresamos al espíritu antiguo, al de la riqueza de los romanos: "...lo esencial es siempre el espectador. Todo el mundo tiene que saberlo: de otro modo no tendría sentido". Pocos espectadores había, por el contrario, en la Europa pre-industrial, en la España de castillos y casonas esparcidas por el campo. No era el lujo -la lujuria por lo material- lo que se hacía ostensible, sino el blasón y el privilegio en aquellas tierras de España aún no sojuzgadas por la ciudad y la burguesía.
Lo humano, por encima de las banderías anticuadas como la que enfrenta izquierda y derecha, estriba en una defensa de la propiedad productiva. No la propiedad como botín, como rapiña extraída del saqueo (modelo inglés) ni como oportunidad para el goce y base del rentista (modelo francés), sino la propiedad "prusiana" en el sentido spengleriano (que no es el sentido marxista). Todo empresario y todo obrero es un funcionario del Estado, un servidor de la comunidad. El caserío, la empresa, la habilidad y destreza profesional...todo ello concebido como un feudo a cuidar con amor y no como una mercancía de la que se puede usar y abusar. La verdadera "igualdad" no estriba en equiparar al funcionario, al campesino y al patrón con un obrero. El socialismo spengleriano pasa por el reconocimiento de la desigualdad de funciones que el funcionario, el campesino, el patrón y el obrero han de desempeñar buscando la excelencia en su dedicación y la promoción en el rango, no en la obtención de botines y en el saqueo recíproco. Todos hemos de ser funcionarios: he aquí un lema que hoy es muy poco correcto políticamente. No gusta ni al liberal ni al obrerista. ( fin primera parte)
Reseña del libro a cargo del profesor Gerd Morgenthaler: https://revistalarazonhistorica.wordpress.com/numero-44/
Reseña de Hipérbola Janus: https://www.hiperbolajanus.com/posts/covadonga-nacion-espanola-carlos-x-blanco/
Prólogo del libro a cargo de Robert Steuckers: https://www.geopolitika.ru/es/article/prefacio-al-libro-de-covadonga-la-nacion-espanola-la-hispanidad-en-clave-spengleriana
Información sobre el libro: https://editorialeas.com/producto/de-covadonga-la-nacion-espanola-la-hispanidad-en-clave-spengleriana/