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El odio a sí mismo: Genealogía de la Endofobia

Por DiegoAndrésDíaz

 

Las teorías historiográficas sobre el auge o decadencia de una civilización, tienen una larga y rica historia en nuestra tradición, y no me son ajenas. De todos los marcos de análisis para comprender los procesos de larga duración, las civilizaciones como ámbito general tienen la valiosa condición de exponer de forma menos histérica o interesada las peripecias que las sociedades viven en el tiempo. Tampoco señalo nada novedoso al referirme a la idea bastante presente -y con elementos de peso para ser tomada en serio- de la decadencia que vive la civilización occidental…

Diego Andrés Díaz eXtramuros 22/1/26

Pero esa mirada crítica y analítica suele mezclarse, en ocasiones, con la estrategia intelectual de la endofobia u odio a sí mismo. Esta característica tan “occidental” y moderna, tan presente como presuntuosa superioridad moral auto atribuida, esta verdadera “idea prestigiosa” para unas élites académicas devenidas en funcionarios intocables, transforma una sana y valiosa costumbre civilizatoria -la de cuestionarse a sí mismo- en una ideología, un berrinche presuntuoso. 

La endofobia es una actitud cultural caracterizada por la deslegitimación sistemática de la propia tradición histórica y civilizatoria, combinada con una indulgencia moral asimétrica hacia lo ajeno. Esta asimetría moral estructural no es autocrítica sana: la autocrítica busca comprender, tiende a ser simétrica, propone alternativas propias como caminos deseables, parte de la pertenencia consciente y real -no imaginada, ni idealizada- corroborable en la vida diaria, pero la endofobia busca condenar, es selectiva, solo busca disolver y corroer, y parte del rechazo y odio a sí mismo. Tiene notorias implicaciones psicológicas y es una especie de manía por la genuflexión “estructural” que deben tener las sociedades occidentales.

Esta tendencia, además, posee una notable capacidad de adaptación a las culturas locales y regionales que deben ser objeto de desprecio dentro de Occidente. No adopta la misma forma en todos los contextos nacionales, sino que se traduce en retóricas específicas de autodenigración cultural, combinando lugares comunes globales con culpas históricas y símbolos locales. De este modo, la endofobia no opera como un discurso uniforme, sino como un repertorio flexible de acusaciones que se ajusta a cada tradición particular, reforzando su eficacia y su capacidad de penetración cultural.

El Progresismo y las Ideas prestigiosas en Occidente

La endofobia representa un capítulo más de la larga lista de “ideas prestigiosas” que ciertas élites occidentales dejan derramar sobre amplios sectores de la sociedad, como catecismo obligatorio. Entiéndase como “idea prestigiosa” al conjunto de construcciones ideológicas  y conceptos que, dentro de un campo cultural o político, opera como marcador de estatus moral: no se verifica por evidencia o evaluación crítica, sino que otorga automáticamente prestigio, autoridad o legitimidad a quien lo adopta. Funciona como capital simbólico y, con frecuencia, como criterio de inclusión/exclusión en comunidades discursivas. Es una obsesión de ciertas élites occidentales -políticas, académicas, culturales- y la prueba de fuego de su condición de “idea prestigiosa” es que los ciudadanos de a pie no son receptivos de esas ideas, a pesar de la presión mediática que existe por adquirirlas como reacción automática.

La persona que vive en Occidente suele verse envuelto en la constante exigencia de pedir perdón de forma atemporal y anacrónica por el  imperialismo, por el colonialismo y por el racismo que se venden como sistémicos y consustanciales a la esencia de la civilización, así como pedir perdón de rodillas – incluyendo rituales públicos de expiación simbólica que se volvieron frecuentes en ciertos espacios institucionales hacia fines de la década de 2010- por ser “sociedades blancas patriarcal y heteronormativas” por sus “cánones de belleza”, su “filosofía y literatura homófoba”, por su “falta de cultura ecológica”, su “depredación”, por su arte y música, por sus éxitos materiales y sus fracasos. 

Las élites que promueven estas ideas prestigiosas suelen hacerlo desde posiciones que exhiben una marcada disociación entre discurso y práctica. Mientras estas nociones funcionan como marcadores de superioridad moral en el plano simbólico, en la vida social efectiva rara vez se traducen en renuncias personales o restricciones reales para quienes las enuncian.

En contraste, la mayoría de las sociedades no organiza su experiencia cotidiana en torno a este tipo de autodenigración cultural. Ocupadas en resolver los problemas concretos de la vida diaria y en construir formas elementales de bienestar, perciben estas exigencias morales permanentes como ajenas, abstractas o incluso incomprensibles. No obstante, dichas exigencias reaparecen de forma recurrente como demandas de regulación, prohibición o control sobre prácticas que quienes las impulsan no están dispuestos a abandonar en su propia vida.

Pero no nos engañemos: la endofobia es una especie de narcisismo de la autodenigración, que busca manifestar una ostentación de virtud y supremacismo moral. Estas “funciones” de la endofobia son bastante visibles en manos de los “odiadores de sí mismos” ya que proporciona superioridad moral barata, exime de responsabilidad política real al que la pronuncia, le permite ejercer poder sin asumirlo (una de las especialidades del progresismo universalista que parece acompañar al endófobo) y convierte la crítica en una especie de identidad, que busca usar al pasado y presente de las culturas y sociedades occidentales como fuente permanente de acusación.

El doble estándar seguramente representa una de las características analíticas del fenómeno endofóbico: la concepción estructuralista es llamada en estos casos para presentar las acciones occidentales como “estructuralmente” violentas y malvadas, mientras que cualquier otra sociedad es tamizada por el deseable filtro de la contextualización y la comprensión complejizante. Este vaciamiento de toda valoración positiva de la tradición occidental crea sociedades donde la educación se transforma en una tribuna moral, y fomenta estructuras gubernamentales culturalmente débiles, pero moralmente arrogantes.  

Una genealogía posible

Cuando se intenta profundizar sobre los orígenes de esta tendencia al masoquismo propio, hay ciertas trampas que creo yo, hay que intentar evitar: la de evadir el hecho que la endofobia es un arma política de ciertos grupos de inspiración centralista y colectivista, promotoras de “ingenierías sociales” formadoras de “Hombres nuevos”,  que creen en una especie de “civilización universal cosmopolita” integradora y superadora de todas las demás pre existentes, en el contexto de la idea “progresista” de la Historia, y en el contexto por el cual este tipo de ideas -como las “leyendas negras”- operan en el corto plazo y en el largo plazo.

Una genealogía tentativa plausible es encontrar algunas bases filosóficas que han inspirado a la endofobia actual, en la propia tradición occidental. En este sentido, el proceso de secularización del cristianismo ha creado un subproducto que introduce la idea de culpa, pero disolviendo -en la medida que se transforma en una moral materialista no trascendente- el encuadre redentor del perdón, y su proceso histórico en Occidente (confesión, penitencia, perdón, reconciliación). En su obra Meaning in History, Karl Löwith planea este proceso de la filosofía moderna de la historia como “secularización” de la tradición escatológica cristiana, transformando a la “idea de progreso” como sustituto del fin último civilizatorio. Pero este desplazamiento de la culpa; de ser principalmente teológica, a histórico-política, la transforma en colectiva; heredable como una deuda permanente, la configura como  penitencia sin término, que disuelve los mecanismos de perdón,  de absolución, y de reconciliación.

En este plano, la Ilustración produjo necesariamente por un lado una valiosa crítica racional frente a diversos abusos, supersticiones y privilegios. Pero en una deriva posterior, la crítica se vuelve procedimiento total: no hay institución, tradición o lealtad que no sea sospechosa; la crítica ya no corrige: desautoriza. En vez de “reforma”, aparece el impulso de “desnudar” todo como una dominación. Hay también, cierta especie de deformación del “Romanticismo”, donde, al impulso de autenticidad como sinónimo de lo lo orgánico, lo “puro”, se fue consagrando una especie de inversión conceptual donde la autenticidad se atribuye a lo ajeno, mientras lo propio aparece como artificial, opresivo o corrupto. Hay ciertas lecturas simplificadas de Rousseau -pero culturalmente influyentes- donde lo “exótico” y “natural” representa algo mejor que el “civilizado” y propio, y ese exotismo que se presenta como idealizante e ingenuo proyecta en lo que “no es uno” una especie de virtuosismo artificioso. Ante la pérdida de sentido y trascendencia en buena parte de Occidente -que es un fenómeno real y problemático- se antepone una idealización forzada de las demás civilizaciones, siempre en el contexto de presentarlas sobre “abstracciones totalizantes”, jugando a las trampas de ponderar su “profundidad espiritual” o sus “éxitos materiales y de bienestar para toda la comunidad” dependiendo el contexto discursivo, donde el “otro” se vuelve instrumento moral para acusar a los propios. Así, los móviles de sociedades, individuos o estados occidentales son siempre espurios y siniestros, mientras que los de las demás civilizaciones son virtuosos y pacíficos, ubicados siempre en el papel de víctimas, de débiles. Todo dato comparativo que proyecte una mirada no endofóbica es “propaganda occidental” desechable, que no aporta al debate.

La tendencia creciente es usar la tentación negativa del etnocentrismo como coartada para la proliferación de los discursos que hacen de la tradición occidental un veneno. Es a partir de 1945 en Europa occidental, y después en todo el mundo Atlántico, donde se incorporan experiencias extremas propias del mundo moderno como variables demostrativas de su condición de civilización maldita, promoviendo este modelo de resentimiento dirigido hacia la propia civilización como una forma de “crítica aguda” intelectualmente superior. Esta tendencia se acentúa cuando va sumando, en todo el proceso de los últimos dos siglos, a legiones de comentaristas que asocian sin mayor distinción, la idea de Occidente con la de Capitalismo. Así, la endofobia no es, entonces, una crítica radical al poder o a características oscuras y deleznables de una tradición, sino una forma sofisticada de ejercer ese mismo poder: mediante la deslegitimación moral permanente de la propia tradición. Hay una deliberada intención de tirar al niño con el agua sucia.


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