Le Grand Continent 14/2/26
Tras el fracaso de J. D. Vance hace un año, un nuevo procónsul se presentó en Múnich con un discurso radicalmente diferente. Como el vicepresidente de EEUU, Marco Rubio apenas habló de seguridad, defensa o incluso guerra. En su lugar, el secretario de Estado pronunció un discurso extremadamente ambicioso, entretejiendo su historia personal («Y, sin embargo, aquí estoy, recordado por mi propia historia, que nuestras historias y nuestros destinos siempre estarán vinculados») con la de USA («Siempre seremos un hijo de Europa») para fijarse «la tarea de la renovación y la restauración» de «la civilización occidental».
El storytelling ( narración) casi académico de este discurso, que evoca «las bóvedas de la Capilla Sixtina y las majestuosas agujas de la catedral de Colonia» como un operador turístico que propone recorrer Europa en un fin de semana, o que cita con una ironía pop francamente anticuada a Dante, los Beatles y los Rolling Stones en el mismo plano, resulta especialmente sorprendente si recordamos que proviene de una figura influyente que se supone que está directamente bajo la autoridad de Trump.
En realidad, al leer este discurso, que publicamos aquí en su versión íntegra, se percibe menos la voz del jefe de la diplomacia trumpista que la de un candidato en campaña, deseoso de presentarse como una figura tranquilizadora para las élites europeas y transatlánticas con el fin de proyectarse más allá de la coyuntura política inmediata.
Un dato especialmente revelador: el secretario de Estado sólo mencionó el nombre de Trump cuatro veces en su discurso. Este evidente contraste con las embarazosas alabanzas de Marco Rubio y otros miembros del Gobierno estadounidense durante las reuniones televisadas del gabinete lo dice todo.
Su visión de una Europa que «puede sobrevivir» e incluso «hacerse fuerte» contrasta claramente con el unilateralismo brutal y asimétrico de la doctrina europea de la Casa Blanca, así como con las declaraciones del presidente estadounidense. Mientras Trump afirmaba anoche que «Europa está acabada» y que la doctrina estadounidense enunciada en la Estrategia de Seguridad Nacional sigue teniendo como objetivo provocar un cambio de régimen y la desintegración de las instituciones europeas, al tiempo que converge con la Rusia de Putin, Rubio habla con un discurso al estilo de Kennedy de un entrelazamiento de las dos orillas del Atlántico, de una «frontera» y de un destino común, lo que resulta especialmente aberrante si se compara con la realidad del poder estadounidense: «Aquí, en Europa, nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad y cambiaron el mundo. Aquí surgieron el Estado de derecho, las universidades y la revolución científica».
La sala acogió con entusiasmo este nuevo posicionamiento y el discurso concluyó con una ovación de pie. Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich, evocó un «suspiro de alivio» visible ante este mensaje de «tranquilidad» que le recordaba «los discursos pronunciados hace años ».
¿Qué hay que entender ante esta extrema discrepancia entre las palabras de Rubio y los actos de su administración? ¿Hay que ver en ello la aparición de una mecánica bien engrasada de bad cop / good cop, poli malo/poli bueno, un aggiornamento tremendamente más eficaz de un discurso de un vasallaje feliz «vasallización feliz» envuelto en una doctrina de liderazgo indiscutible, pero supuestamente capaz de ofrecer a los aliados una trayectoria para la fuerza? O bien, como confió esta semana a la revista una fuente estadounidense de primer orden, ¿este discurso marca de manera definitivamente explícita el inicio de la carrera para la era post-Trump? En Washington, algunos, incluso en el círculo más cercano a Trump, apuestan ahora porque, a pocos meses de las elecciones de mitad de mandato, imposibles de ganar, la era del Partido Republicano se está preparando desde ahora mismo, y que Marco Rubio está trabajando para construir una síntesis inédita entre el movimiento MAGA y el GOP(partido republicano), aprovechando su prestigio internacional para encarnar —él, hijo de inmigrantes cubanos— una figura de transición.
Discurso completo
Hoy nos reunimos como miembros de una alianza histórica, una alianza que salvó y cambió el mundo. Como saben, cuando esta conferencia comenzó en 1963, se celebraba en una nación —de hecho, en un continente— dividido contra sí misma. La línea que separaba el comunismo de la libertad atravesaba el corazón de Alemania. Las primeras barreras de alambre de púas del Muro de Berlín se habían erigido apenas dos años antes. Y sólo unos meses antes de esa primera conferencia, antes de que nuestros predecesores se reunieran aquí por primera vez, en Múnich, la crisis de los misiles en Cuba había llevado al mundo al borde de la destrucción nuclear.
Mientras la Segunda Guerra Mundial seguía viva en la memoria de estadounidenses y europeos, nos enfrentábamos a una nueva catástrofe mundial, portadora de un tipo de destrucción sin precedentes, más apocalíptica y definitiva que todo lo que la humanidad había conocido hasta entonces.
En el momento de este primer encuentro, el comunismo soviético estaba en plena expansión. Miles de años de civilización occidental estaban en juego. La victoria estaba lejos de estar asegurada, pero nos animaba un objetivo común.
No sólo nos unía aquello contra lo que luchábamos, sino también aquello por lo que luchábamos.
Juntos, Europa y América triunfaron, y se reconstruyó un continente. Nuestros pueblos prosperaron. Con el tiempo, los bloques del Este y del Oeste se reunificaron. Una civilización volvió a ser completa.
El infame muro que había dividido a esta nación en dos cayó, y con él un imperio del mal, y el Este y el Oeste se convirtieron en uno.
Pero la euforia de esta victoria nos llevó a una peligrosa ilusión: la de que habíamos entrado, según la expresión consagrada, en el «fin de la historia», que a partir de entonces todas las naciones se convertirían en democracias liberales, que los vínculos creados por el comercio sustituirían a la propia idea de nación, que el orden mundial basado en normas —una expresión manida— suplantaría al interés nacional y que viviríamos en un mundo sin fronteras en el que todos seríamos ciudadanos del mundo.
Era una idea necia y descabellada, que ignoraba la naturaleza humana y las lecciones de más de 5000 años de historia escrita. Y nos ha costado muy caro. En esta ilusión, adoptamos una visión dogmática del libre comercio sin restricciones, mientras que algunas naciones protegían sus economías y subvencionaban a sus empresas para socavar sistemáticamente las nuestras, cerrar nuestras fábricas, desindustrializar amplios sectores de nuestras sociedades, deslocalizar millones de puestos de trabajo de la clase media y trabajadora, y confiar el control de cadenas de suministro críticas a adversarios y rivales.
Hemos externalizado cada vez más nuestra soberanía a instituciones internacionales, mientras que muchos países invertían en Estados del bienestar masivos en detrimento de su capacidad de defenderse. Y esto mientras otras naciones lanzaban el rearme militar más rápido de la historia de la humanidad, sin dudar en utilizar la fuerza para perseguir sus propios intereses.
Para complacer a un culto climático, nos hemos impuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestros pueblos, mientras que nuestros competidores explotan el petróleo, el carbón, el gas natural y muchos otros recursos, no sólo para alimentar sus economías, sino también para utilizarlos como palanca contra las nuestras.
Y, en nombre de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola sin precedentes de migración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestros pueblos. Hemos cometido estos errores juntos, y juntos debemos ahora a nuestros pueblos mirar la verdad de frente y seguir adelante para reconstruir.
Bajo la presidencia de Trump, los Estados Unidos de América emprenderán de nuevo la tarea de la renovación y la restauración, guiados por una visión del futuro tan orgullosa, soberana y vital como el pasado de nuestra civilización.
Y aunque estamos dispuestos, si es necesario, a actuar solos, nuestra preferencia y nuestra esperanza es hacerlo con ustedes, nuestros amigos aquí en Europa.
USA y Europa están unidas por lazos indisolubles.
América se fundó hace 250 años, pero sus raíces existen desde hace mucho más tiempo en este continente. Los hombres que construyeron la nación en la que nací llegaron a nuestras costas portando los recuerdos, las tradiciones y la fe cristiana de sus antepasados, un legado sagrado y un vínculo inquebrantable entre el Viejo y el Nuevo Mundo.
Pertenecemos a una misma civilización: la civilización occidental.
Estamos unidos por los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, forjados por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y por los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización que hemos heredado. Por eso, a veces, los estadounidenses podemos parecer un poco directos y presionadores en nuestros consejos.
Por eso el presidente Trump exige seriedad y reciprocidad a nuestros amigos europeos: porque nos preocupamos profundamente por su futuro como por el nuestro. Y si a veces discrepamos, esas discrepancias nacen de nuestra profunda preocupación por una Europa a la que estamos vinculados no sólo económica y militarmente, sino también espiritual y culturalmente.
Queremos una Europa fuerte. Creemos que Europa debe sobrevivir, porque las dos grandes guerras del siglo pasado nos recuerdan constantemente que nuestros destinos están y seguirán estando indisolublemente unidos.
Porque sabemos que el destino de Europa nunca dejará de tener consecuencias para nuestra propia seguridad nacional. Y esta conferencia, que se centra en gran medida en estas cuestiones, no se limita a consideraciones técnicas: cuánto gastamos en defensa, dónde y cómo la desplegamos. Estas cuestiones son importantes, sin duda, pero no son fundamentales.
La cuestión fundamental es: ¿qué defendemos exactamente?
Los ejércitos no luchan por abstracciones. Luchan por un pueblo, por una nación, por un modo de vida.
Eso es lo que defendemos: una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, confiada en su futuro y decidida a seguir siendo dueña de su destino económico y político.
Aquí, en Europa, nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad y cambiaron el mundo.
Aquí surgieron el Estado de derecho, las universidades y la revolución científica.
Este continente ha dado a luz a genios como Mozart y Beethoven, Dante y Shakespeare, Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, los Beatles y los Rolling Stones.
Y es aquí donde las bóvedas de la Capilla Sixtina y las majestuosas agujas de la catedral de Colonia no sólo dan testimonio de la grandeza de nuestro pasado y de la fe en Dios que inspiró estas maravillas, sino que también anuncian las maravillas que nos esperan en el futuro.
Pero sólo asumiendo plenamente nuestro legado y estando orgullosos de este legado común podremos empezar a imaginar y a forjar juntos nuestro futuro económico y político.
La desindustrialización no era inevitable.
Fue una elección política deliberada, un proyecto económico de varias décadas que privó a nuestras naciones de su riqueza, su capacidad productiva y su independencia.
Y la pérdida de nuestra soberanía sobre las cadenas de suministro no fue el resultado de un sistema comercial sano y próspero: fue una transformación deliberada y sin sentido de nuestras economías, que nos hizo dependientes de otros y peligrosamente vulnerables a las crisis.
La migración masiva no es, ni ha sido nunca, una preocupación marginal. Es una crisis que está transformando y desestabilizando las sociedades de todo Occidente.
Juntos podemos reindustrializar nuestras economías y reconstruir nuestra capacidad para defender a nuestros pueblos. Pero el trabajo de esta nueva alianza no debe limitarse a la cooperación militar o a la reconquista de las industrias del pasado: también debe aspirar a promover juntos nuestros intereses comunes y nuevas fronteras, a liberar nuestro ingenio, nuestra creatividad y nuestro espíritu emprendedor para construir un nuevo siglo occidental.
Viajes espaciales comerciales, inteligencia artificial de vanguardia, automatización industrial, producción flexible, cadenas de suministro occidentales para minerales críticos, no vulnerables al chantaje de otras potencias, y un esfuerzo conjunto para conquistar cuotas de mercado en las economías del Sur global.
Juntos, podemos recuperar el control de nuestras industrias y cadenas de suministro y prosperar en los ámbitos que definirán el siglo XXI. Pero también debemos recuperar el control de nuestras fronteras nacionales, controlando quién entra en nuestros países y en qué cantidad. No se trata de xenofobia ni de odio: es un acto fundamental de soberanía nacional. No hacerlo no sólo supone abandonar una de nuestras obligaciones más básicas para con nuestros pueblos, sino que también supone una amenaza urgente para el tejido mismo de nuestras sociedades y para la supervivencia de nuestra civilización.
Por último, no podemos seguir anteponiendo el supuesto orden mundial a los intereses vitales de nuestros pueblos y naciones.
No necesitamos abandonar el sistema de cooperación internacional, el llamado “orden global” que hemos creado, ni desmantelar las instituciones mundiales del antiguo orden que hemos construido juntos. Pero estas deben reformarse. Deben reconstruirse.
Por ejemplo, la ONU sigue teniendo un enorme potencial para ser una herramienta al servicio del bien en el mundo.
Pero no podemos ignorar que, hoy, en las cuestiones más urgentes que se nos plantean, no aportan ninguna respuesta y prácticamente no desempeñan ningún papel.
No han podido resolver la guerra en Gaza. Ha sido más bien el liderazgo estadounidense el que ha liberado a los cautivos de los bárbaros y ha permitido una frágil tregua.
No han resuelto la guerra en Ucrania. Ha sido necesario el liderazgo estadounidense, en colaboración con muchos de los países aquí presentes hoy, para llevar a ambas partes a la mesa de negociaciones en busca de una paz aún esquiva.
Se han mostrado impotentes para frenar el programa nuclear de los radicales chiítas de Teherán. Para ello fueron necesarias 14 bombas lanzadas con precisión por bombarderos estadounidenses B-2.
Y no han sido capaces de hacer frente a la amenaza que supone para nuestra seguridad un dictador narcoterrorista en Venezuela. Fueron las fuerzas especiales estadounidenses las que tuvieron que intervenir para llevar a este fugitivo ante la justicia.
En un mundo ideal, todos estos problemas y muchos otros se resolverían con diplomáticos y resoluciones firmes. Pero no vivimos en un mundo ideal y no podemos seguir permitiendo que quienes amenazan abierta y descaradamente a nuestros ciudadanos y a la estabilidad mundial se escuden tras abstracciones del derecho internacional que ellos mismos violan regularmente.
Este es el camino que han tomado el presidente Trump y los Estados Unidos.
Este es el camino que les pedimos, aquí en Europa, que sigan con nosotros. Es un camino que ya hemos recorrido juntos y que esperamos volver a recorrer juntos.
Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente no dejó de expandirse. Sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores abandonaron sus costas para cruzar los océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios en todo el mundo.
Pero en 1945, por primera vez desde la época de Cristóbal Colón, comenzó a contraerse. Europa estaba en ruinas. La mitad de su territorio vivía tras un telón de acero, y el resto parecía estar a punto de seguirle. Los grandes imperios occidentales habían entrado en una fase de declive irreversible. Este declive se vio acelerado por las revoluciones comunistas ateas y los levantamientos anticolonialistas que transformarían el mundo y cubrirían con la hoz y el martillo rojos vastas zonas del mapa en los años venideros.
En este contexto, tanto entonces como ahora, muchos llegaron a creer que la era de dominio occidental había llegado a su fin y que nuestro futuro estaba condenado a ser un débil y pálido eco de nuestro pasado.
Pero juntos, nuestros predecesores reconocieron que el declive era una elección, y era una elección que se negaban a hacer. Eso es lo que hicimos juntos en el pasado, y eso es lo que el presidente Trump y USA quieren volver a hacer hoy, con ustedes. Y por eso no queremos que nuestros aliados sean débiles.
Porque eso nos debilita. Queremos aliados capaces de defenderse para que ningún adversario se sienta tentado a poner a prueba nuestra fuerza colectiva.
Por eso no queremos que nuestros aliados se vean obstaculizados por la culpa y la vergüenza. Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y su legado, que comprendan que somos herederos de una misma civilización grande y noble, y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla.
Y por eso no queremos que nuestros aliados racionalicen el statu quo fallido en lugar de reconocer lo que es necesario para remediarlo.
Porque nosotros, los estadounidenses, no tenemos ningún interés en ser los guardianes educados y ordenados del declive controlado de Occidente. No buscamos separarnos, sino revitalizar una vieja amistad y renovar la mayor civilización de la historia de la humanidad.
Lo que queremos es una alianza revitalizada que reconozca que lo que aflige a nuestras sociedades no es sólo un conjunto de malas políticas, sino un malestar relacionado con la desesperanza y la complacencia.
La alianza que queremos es una alianza que no esté paralizada por el miedo. El miedo al cambio climático, el miedo a la guerra, el miedo a la tecnología.
Por el contrario, queremos una alianza que se lance con audacia hacia el futuro, y el único miedo que tenemos es el de no dejar a nuestros hijos naciones más orgullosas, más fuertes y más ricas.
Una alianza dispuesta a defender a nuestros pueblos, a proteger nuestros intereses y a preservar la libertad de acción que nos permite forjar nuestro propio destino. No una alianza que exista para gestionar un estado del bienestar mundial y expiar los supuestos pecados de generaciones pasadas.
Una alianza que no permite que su poder sea externalizado, coaccionado o subordinado a sistemas que escapan a su control, que no depende de otros para las necesidades esenciales de su vida nacional y que no mantiene la cortés pretensión de que nuestro modo de vida es sólo uno entre muchos y que pide permiso antes de actuar.
Y, sobre todo, una alianza basada en el reconocimiento de que nosotros, Occidente, lo que hemos heredado juntos es único, distintivo e irremplazable. Porque ese es, después de todo, el fundamento mismo del vínculo transatlántico.
Al actuar así juntos, no sólo contribuiremos a restablecer una política exterior sensata. Nos devolverá una imagen clara de nosotros mismos. Nos devolverá un lugar en el mundo.
Y, al hacerlo, reprenderemos y disuadiremos a las fuerzas que hoy amenazan con hacer desaparecer la civilización, tanto en América como en Europa. Ahora que los titulares anuncian el fin de la era transatlántica, que quede claro para todos que ese no es nuestro objetivo ni nuestro deseo.
Porque para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa.
Nuestra historia comenzó con un explorador italiano cuya aventura hacia lo desconocido para descubrir un nuevo mundo llevó el cristianismo a América y se convirtió en la leyenda que definió el imaginario de nuestra nación pionera.
Nuestras primeras colonias fueron fundadas por colonos ingleses, a quienes debemos no sólo el idioma que hablamos, sino también todo nuestro sistema político y jurídico.
Nuestras fronteras fueron moldeadas por los escoceses-irlandeses, ese clan orgulloso y robusto originario de las colinas de Ulster que nos dio a Davy Crockett, Mark Twain, Teddy Roosevelt y Neil Armstrong.
El gran corazón del Medio Oeste fue construido por agricultores y artesanos alemanes. Estos transformaron las llanuras vacías en una potencia agrícola mundial. Y, por cierto, mejoraron considerablemente la calidad de la cerveza estadounidense.
Nuestra expansión hacia el interior siguió los pasos de los comerciantes de pieles y exploradores franceses cuyos nombres aún adornan las señales de tráfico y los nombres de las ciudades de todo el valle del Misisipi.
Nuestros caballos, nuestros ranchos, nuestros rodeos, todo el romanticismo del arquetipo del vaquero, que se ha convertido en sinónimo del oeste americano, nacieron en España. Y nuestra ciudad más grande y emblemática se llamaba Nueva Ámsterdam antes de tomar el nombre de Nueva York.
El año en que se fundó mi país, Lorenzo y Catalina Giraldi vivían en Casal Monferrato, en el reino de Piamonte-Cerdeña. José y Manuela Reina vivían en Sevilla, España. No sé qué sabían ellos de las 13 colonias que habían obtenido su independencia del Imperio Británico. Pero hay algo de lo que estoy seguro: nunca hubieran imaginado que, 250 años después, uno de sus descendientes directos volvería a este continente como jefe de la diplomacia de esta joven nación.
Y, sin embargo, aquí estoy, recordando mi propia historia, que nuestras historias y nuestros destinos siempre estarán entrelazados. Juntos reconstruimos un continente destrozado tras dos devastadoras guerras mundiales.
Cuando nos volvimos a ver divididos por el telón de acero, el Occidente libre se unió a los valientes disidentes que luchaban contra la tiranía en el Este. Para derrotar al comunismo soviético. Luchamos unos contra otros, luego nos reconciliamos, luego luchamos, luego nos reconciliamos de nuevo.
Y derramamos nuestra sangre y morimos codo con codo en los campos de batalla, desde Pyongyang hasta Kandahar.
Hoy estoy aquí para afirmar claramente que EEUU está trazando el camino hacia un nuevo siglo de prosperidad. Y que, una vez más, queremos hacerlo con ustedes, nuestros valiosos aliados y nuestros más antiguos amigos.
Queremos hacerlo con ustedes, con una Europa orgullosa de su legado y su historia.
Con una Europa que posee el espíritu de creación y libertad que envió barcos a mares desconocidos y dio origen a nuestra civilización.
Con una Europa que tiene los medios para defenderse y la voluntad de sobrevivir.
Debemos estar orgullosos de lo que hemos logrado juntos durante el último siglo, pero ahora debemos afrontar y aprovechar las oportunidades de un nuevo siglo.
Porque el ayer ha pasado, el futuro es inevitable y nuestro destino común nos espera.
Washington Abdala infobae 16/2/26
El secretario de Estado pronunció un discurso demoledor: cuestionó el multilateralismo, defendió la civilización occidental y exigió a Europa que asuma sus responsabilidades. Sin estridencias, con franqueza quirúrgica, se perfila como el doctrinario pragmático que el mundo necesitaba escuchar
Marco Rubio acaba de pronunciar, acaso, el discurso más impresionante de la era Trump que hayamos presenciado. Con aplomo y una serenidad poco frecuente en estos tiempos, construyó una pieza oratoria propia que marca un antes y un después en la política internacional. No abundan intervenciones de esta naturaleza: discursos que, en lugar de esquivar los hechos, intentan explicar el sentido de lo que nos ocurre. Y discursos que destacan un sentido de pertenencia tan elocuente
El escenario de Múnich no es un dato menor. La ciudad, la conferencia, la palabra “seguridad” flotando en el aire: todo sumó densidad simbólica. Y las tres interrupciones de aplausos -en un auditorio más inclinado a detectar errores que a celebrarlos- revelan que el mensaje tocó nervios precisos. Rubio entendió los engranajes del momento.
Es cierto: no se trata de un improvisado. Rubio es un político experimentado, que ha crecido minuto a minuto al frente del Departamento de Estado pero viene de una carrera parlamentaria de larga data. Del precandidato republicano al que Donald Trump caricaturizaba por el tamaño de sus orejas, al pivot diplomático de Estados Unidos frente al mundo, hay un trayecto largo y en superación permanente. Hijo de cubanos, con raíces italianas y españolas -detalle que recordó ante el foro-, su biografía también es parte del relato que construye.
Sin citarlo de manera explícita, pero evocando el “fin de la historia” de Francis Fukuyama, en aquel tiempo en que parecía que la democracia liberal había ganado la partida, Rubio se plantó sobre esa promesa incumplida para afirmar, con calma quirúrgica, que “abrazamos un engaño”. Nadie quería -dijo- la desindustrialización, la deslocalización, la fragilidad de las cadenas de suministros en manos de adversarios. Sin embargo, ocurrió. Y ocurrió, además, bajo sistemas de protección y subsidios que distorsionaron el juego. Imputación sin rodeos.
No nombró a China en ese momento, pero la sombra estuvo allí en esa parte de su oratoria. Mientras el gigante asiático irrumpía en el comercio global a una velocidad que desarmó la caja de cambios del sistema, utilizaba instrumentos propios de un capitalismo dirigido, jugando simultáneamente en la cancha abierta y en la cerrada. Rubio lo expuso entonces con elegancia, sin estridencias. Y cuando le preguntaron, fue claro: con China hay que entenderse, sí, pero desde la conciencia de que existen intereses nacionales y visiones diferentes. Nunca eludiendo la respuesta, siempre en un sincericidio que no existe en la diplomacia internacional.
Acá está uno de los ejes de su relato: no habla de forma irrelevante, no llena los espacios del tiempo con retóricas vanas o frases de efecto, afirma lo que entiende pertinente, organiza sus ideas y posee una convicción que no es frecuente en demasiados políticos profesionales que apestan a individualismo extremo y a vericuetos orales inconducentes.
Hace tiempo que los foros internacionales se llenan de discursos vacíos, cargados de cinismo diplomático. El público lo percibe, todos lo percibimos y por eso aburre ver y leer lo que se declara. Por eso Rubio empieza a ocupar un lugar central: se perfila como un doctrinario pragmático del pensamiento norteamericano en el mundo, alguien que intenta ofrecer una arquitectura conceptual a la geopolítica contemporánea y una acción superviniente. Trump es la estridencia dentro del caos, Rubio es la respuesta al sonido y la ruta de salida. No hacen mal equipo, mal que le pese a muchos.
Impactó su franqueza al admitir que la desindustrialización no era inevitable, que la pérdida de soberanía en las cadenas de suministros fue, lisa y llanamente, “una tontería”. El golpe fue seco, al mentón, knockout. Duele porque es cierto y porque pocos se animaron a decirlo en voz alta. Y resultó semióticamente impactante la tranquilidad con la que habló de semejantes asuntos, algo que si se observa el video impacta aún más que leer su discurso.
En Múnich también reformuló la pregunta esencial: cuando hablamos de defensa, ¿qué defendemos? Y allí situó el eje en la civilización occidental, en una tradición que -sostuvo- tiene razones para sentirse orgullosa. La interpelación a Europa fue directa: no se trata solo de presupuestos militares, sino de conciencia histórica.
Con sinceridad cuestionó además la ineficacia del multilateralismo. El dardo rozó el corazón mismo de las Naciones Unidas, hoy un actor desdibujado y vacío en su derrotero límbico. Pasó revista a Gaza, Venezuela e Irán. No ocultó discrepancias, pero afirmó que, en esos frentes, la situación es mejor que ayer por la acción estadounidense, no por la cooperación internacional. Y todo dicho -repito- con la máxima tranquilidad como si se tratara de un discurso ante el cierre de año de una universidad.
También se permitió criticar a la “secta climática”, a la que reprochó imponer cargas fiscales sin mérito suficiente. Y reconoció la magnitud de la crisis migratoria -difícil de ignorar para alguien de raíces latinoamericanas- como un fenómeno central del tiempo que vivimos. No le faltó nada, y no voy a agregar los temas de agenda planetaria porque los abordó todos. Impactante.
Cuando alude a una civilización de más de cinco mil años, Rubio no habla en términos confesionales, sino culturales. La religión aparece como matriz identitaria, no como dogma teológico. Es una defensa del constructo occidental como estructura histórica. ¿Cuánto hace que era necesario oír esto sin miedo en el planeta? ¿O hay que quedarse impavido ante las oleadas de intolerancia por estos asuntos mientras la violencia planetaria aumenta?
En el fondo, su planteo es que EEUU no puede perder la batalla por la libertad, por sus valores, por su identidad, que es la batalla del mundo occidental. Se puede disentir con estilos de Donald Trump, será más difícil desoír este diagnóstico de Marco Rubio sin admitir que acierta. Porque parte de una premisa incómoda: el conflicto existe. Y no se supera con cócteles ni con diálogos congelados en el formato del siglo pasado. Eso salió mal.
Esa escuela -la del consenso automático- parece agotada. Súper agotada. Y volver a insistir en ella sin reformatearla es más burocratismo planetario que seguirán pagando los impuestos de la gente a una élite absurda que no resuelve casi nada. No es por allí la cosa.
La identidad basada en valores es una construcción occidental. Y conviene recordarlo: cuando el mundo arde, es EEUU quien suele involucrarse. Otros actores juegan partidas distintas. No siempre lo hace bien Estados Unidos, es cierto, pero más de una vez ha sacado las castañas del fuego cuando todo parecía perdido.
El mensaje a Europa fue inequívoco: la libertad que hoy disfruta solo se preserva en alianza, pero una alianza fundada en valores compartidos y responsabilidades recíprocas. No en la expectativa permanente de que “papá USA” resuelva entuertos ajenos. Por eso al ser interrogado sobre Rusia tampoco se anduvo con rodeos al considerar que el camino de la resolución del conflicto está planteado.
Si Europa despierta de su ensimismamiento y su negación de la realidad, tiene una oportunidad junto a EEUU. Pero deberá invertir más en defensa, asumir costos y comprender que mirar hacia otro lado no es una estrategia. Con una edad promedio de 44 años, baja natalidad y migraciones crecientes en su territorio -que no logran integrarse- el interrogante demográfico no es menor y la ecuación de paz todo un desafío. ¿Qué Europa se está gestando? ¿Recordamos que es la misma Europa que hasta hace unos años dependía para su calefacción de Rusia? ¿Europa ahora entiende quienes son sus amigos? ¿Hace falta alguna lección más?
Si las palabras “renovación” y “restauración” parecían fuera de moda, Rubio las devuelve al centro del debate. Como observó Simón Levy, no se trata de moral como sentimentalismo, sino como estructura civilizatoria: si Kissinger buscaba el equilibrio entre potencias, Rubio apunta a la cohesión interna de Occidente. Marco Rubio no va a escribir el mejor libro de Diplomacia del mundo, está ejerciendo una diplomacia que está cambiando el mundo.
La política está llena de ambición, pero también, a veces, de sentido del destino. No es maniqueísmo infantil afirmar que hay una disputa entre modelos: de un lado, las democracias con sus valores y creencias culturales; del otro, proyectos alternativos.
Marco Rubio incomoda. Y quizá por eso resulta relevante. No promete concesiones gratuitas a Europa. Ofrece respaldo a quien asuma el presente. América Latina, por su parte, haría bien en comprender que Estados Unidos no juega por migajas. La apuesta es estratégica. Quien no entienda el tablero quedará al margen.
Ajusten los cinturones: vienen turbulencias.