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Irán y el problema de la escalera

Por Salvador Gómez

 

Lejos del ruido mediático y las reacciones emocionales, el verdadero rumbo del conflicto en Medio Oriente se define por un concepto estratégico: la capacidad de escalar, y los riesgos que escalar conlleva, bien conocidos en teoría de conflictos. Quien tiene la ventaja táctica no necesita subir la apuesta; quien recurre a la escalada, a menudo revela debilidad, y puede llevarse a sí mismo y a su enemigo juntos al abismo. Un análisis descarnado sobre las verdaderas cartas de Irán, EEUU e Israel, y el riesgo de detonar la mayor crisis energética de la historia

SALVADOR GÓMEZ /eXtramuros 17/3/26

Quiero hacer una actualización del análisis en Medio Oriente para los lectores de eXtramuros que permita pensar y entender el conflicto, en lugar de reaccionar emocionalmente a él. Esa reacción es natural, pero hace imposible comprender qué está pasando y cuáles serían las posibles salidas

Voy a saltear las explicaciones sobre lo obvio, lo que el lector de eXtramuros conoce muy bien. No profundizaremos de nuevo en los documentos del Estado norteamericano como el National Security Strategy (NSS) de hace un año, último ejemplo de una línea que ya lleva décadas en el Estado profundo explicitando por qué Irán es un objetivo obsesivo en los cálculos de control estratégico de Occidente. No repetiremos por qué China puede verse afectada. No ahondaremos en las consecuencias previsibles para la resistencia al globalismo dentro de EEUU, luego de que el movimiento MAGA haya sido traicionado por Trump —eso ya se hizo en otra nota de esta edición—. Tampoco repetiremos que Trump ve comprometidas al extremo sus ya tenues posibilidades de retener mayoría en ambas cámaras en las elecciones de medio término de noviembre. En fin, todo lo que todo el mundo sabe y ha dicho hace mucho.

En cambio, vayamos a un enfoque que limpie el conflicto de su casuística y su información inútil —y aun morbosa, que convierte el crimen en entertainment—, que es la inmensa mayoría de la que se ofrece. El problema con los análisis que vemos de la guerra en Irán es el mismo que en todas las situaciones actuales: la propaganda y la desinformación predominan sobre el análisis inteligente. Esta guerra está siendo interpretada desde parámetros ideológicos que, por definición, son unilaterales y normalmente falsos, o medio ciertos, lo que es lo mismo. La ideología y la propaganda están ahí para ocultar. La mayor parte del material periodístico tradicional se limita a repetir esquemas mentales y estructuras rutinarias de representación de un «Estados Unidos e Israel» todopoderosos contra una teocracia atrasada.

Propongamos, pues, un ángulo de lectura que nos parece mejor para esta fase del conflicto.

La ilusión de la fuerza y la lógica de la escalada

La pregunta más pertinente respecto de esta guerra —y cualquier otro conflicto— suele tener que ver con la capacidad de escalar, es decir, de aumentar el alcance y la gravedad de las acciones bélicas. ¿Quién tiene más capacidad de escalar? Y si no lo hace, ¿por qué? La respuesta simple y equivocada pasa por evaluaciones emocionales, atribuciones falsas de poder al bando que escala o críticas al liderazgo. Para esta visión, escalar es siempre señal de fuerza y favorece al que sube el nivel de agresión. La respuesta correcta, en cambio, suele ser: quien tiene ventaja no precisa escalar.

La teoría de conflictos de Friedrich Glasl -por ejemplo- plantea un esquema de nueve pasos, en tres grupos de a tres. En la primer fase, «win-win», ambos contendientes aun pueden ganar. En la segunda, solo uno gana y el otro pierde, y en la tercera, ambos pierden. El quinto escalón, el punto clave en el giro hacia el abismo, se llama «Loss of face», es decir, humillación. Cuando uno de los contendientes siente que está siendo humillado, puede agudizar el escalamiento, lo cual termina, en las últimas fases, con «Aniquilación total» (8vo paso) y «Juntos al abismo» (9no paso). En fin, el poder de escalar un conflicto actúa como una dinámica que se refuerza a sí mismo, a menudo destructivamente, y que transforma una disputa en una lucha de «pierde-pierde», donde el objetivo primario se vuelve dañar al oponente más que obtener un resultado positivo para uno mismo.

Que un país tenga la capacidad final de escalada —un armamento y recursos que el otro no tiene— es una gran carta para predecir el fin de un conflicto en caso de que se vaya de las manos, lo cual raramente ocurre. Pero esa capacidad no alcanza. Un líder militar no escala salvo que se vea obligado, porque el costo puede ser demasiado grande y volverse en su contra. Por ende, una larga guerra de desgaste (o «atrición», como dicen ahora) es normalmente señal de fortaleza. En cambio, una agresión histérica y desproporcionada que luego no sabe cómo seguir adelante, desata una respuesta durísima del enemigo, e invita a un espiral fuera de control, es una clara señal de debilidad.

Teniendo esto en cuenta, deberíamos fijarnos con todo detalle en qué objetivos está atacando cada uno en este conflicto en Medio Oriente, y cuáles podría atacar. Ese cálculo —lo que uno puede hacer y las posibles respuestas del otro— es elemental en toda discusión estratégica.

Sin embargo, de eso no se habla mucho. La propaganda crea la niebla de la guerra al inducir a la opinión pública a concentrarse en aspectos particulares, casuística y espectacularidad, perdiendo de vista la esencia de los acontecimientos y lo que determinará su rumbo. Así, Trump hace alarde del hundimiento de algunos buques de guerra iraníes que estaban en puerto, o de uno que volvía desarmado de ejercicios conjuntos con India. Esto es irrelevante: Irán no tiene una marina que pueda entrar en combate con alguna chance, y por eso sus buques destruidos estaban atracados o fuera del área de conflicto. La marina persa no tiene utilidad para el objetivo inmediato de Irán, que es mantener cerrado o carísimo el estrecho de Ormuz. Eso se logra con drones y misiles contra petroleros que navegan indefensos.

Pero mostrar una «destrucción de la marina iraní» sirve al discurso de furia nacionalista de Trump, particularmente histérico en estos días. O se muestran bombardeos filmados profesionalmente por los propios norteamericanos o israelíes, complementados por imágenes de teléfonos celulares de los ataques iraníes, que escapan a cuentagotas de la censura que Israel y los estados del Golfo aplican a esas filtraciones.

Sea como sea, este tipo de información centra el asunto en cuestiones de espectacularidad y contingencia, cuyo impacto es muy difícil de medir.

¿Qué es, pues, lo que debería interesarnos para entender el rumbo real de las cosas? Lo primero es observar el nivel en el cual el conflicto ha escalado o no, porque esto muestra la necesidad de cada bando. Quien escala normalmente lo hace porque se encuentra en una mala situación estratégica y piensa que subiendo un nivel mejorará su perspectiva. Al mismo tiempo, sabe que se expone a un éxito o derrota más caros, porque lo que se pone en juego en cada paso es mayor.

Petróleo, agua y la disuasión mutua

¿A qué me refiero con «escalar»? Tomemos la cuestión fundamental de la producción de petróleo en la región y su impacto sobre China y la economía mundial, incluyendo sobre todo a los aliados europeos de EEUU ¿Qué hemos visto hasta ahora al respecto?

Hasta ahora, si bien EEUU ha atacado alguna infraestructura energética iraní -especialmente algunas bien espectaculares en Teherán- no ha liquidado —ni siquiera debilitado significativamente— la capacidad iraní de producción de crudo y gas. A primera vista, no tiene sentido. La economía de Irán depende fortísimamente de ese producto. Si Washington liquidara la capacidad de venderlo (destruyendo la infraestructura de depósito y embarque en la isla Kharg y en la costa del mar de Omán), dejaría lisiada la economía iraní por mucho tiempo.

No lo ha hecho por una razón elemental: sabe que Irán respondería atacando la infraestructura petrolera del golfo entero, incluidos Arabia Saudita y todos sus demás aliados regionales. Una escalada petrolera de ambos lados llevaría a una situación desesperada a los 90 millones de iraníes, sin duda, pero crearía una crisis global sin precedentes. Toda la estrategia estadounidense de inventar Kuwait desde 1992 e instalar su base fundamental de la 5ta Flota en ese punto para controlar el tráfico de los hidrocarburos mundiales, iría a la papelera: simplemente no habría hidrocarburos que controlar ni traficar por un buen tiempo. O peor, Irán quedaría en el control del Golfo -como explica muy bien el análisis de Alastair Crooke 

Entonces, pese a poseer la fuerza para obliterar la exportación marítima iraní, EEUU debe evaluar mucho antes de actuar, porque sabe que Irán conserva intactas las herramientas para vengar el golpe dañando a niveles inauditos la economía mundial entera.

El lector informado sabe que en los últimos días EEUU atacó la isla de Kharg —el pequeño punto en el Golfo, cerca del delta del Éufrates y el Tigris, donde Irán concentra su expedición de crudo— e hizo circular las imágenes. Sin embargo, esos bombardeos se dirigieron a las instalaciones militares de defensa de la isla, no a la infraestructura industrial ni al puerto.

¿Por qué? Queda explicado en los párrafos anteriores.

Otro ejemplo de escalada son las plantas desalinizadoras que proveen de agua potable a la región. EEUU podría haber destruido las de Irán, lo que significaría una crisis humanitaria sin igual para millones de iraníes. Pero antes de desaparecer, Irán es perfectamente capaz de destruir las desalinizadoras de Israel, los Emiratos y Arabia Saudita. Al igual que el petróleo, son objetivos fáciles de atacar, difíciles de defender y vitales para la supervivencia humana en Medio Oriente.

¿Cómo puede EEUU controlar una guerra que desde el comienzo luce incontrolable debido a la capacidad de Irán para dañar a todos los aliados occidentales en la región? Washington y Tel Aviv tienen cartas de agresión importantes, pero Teherán tiene cartas de respuesta tan o más determinantes, pues su accionar puede afectar la economía del globo entero por un período prolongado y con consecuencias impredecibles.

Ahora se habla de una fuerza expedicionaria de marines dirigiéndose al Golfo para poner boots on the ground en la citada y minúscula isla Kharg. Los detalles sobre esta operación saldrían del foco de esta nota (aunque puede verse un excelente informe aquí). Baste decir que si el fin de EEUU fuese liquidar la producción petrolera iraní, ya habría obliterado esa isla. Que no lo haya hecho es la muestra más clara de nuestro ángulo de evaluación.

EEUU puede estar dirigido por idiotas desinformados, por criminales o por cínicos y helados estrategas enfocados en su «gran confrontación con China». Pero no está dirigido por seres irracionales que no entienden las consecuencias de la guerra. Esto también puede decirse de Irán. Nadie ha tomado aún medidas que, desde el punto de vista tecnológico y armamentístico, podrían haberse ejecutado. Esto se explica de modo bastante simple: cada bando conoce la capacidad de respuesta del otro. Pero no olvidar el problema de la escalada: si ante la percepción de humillación uno de los bandos decide subir la apuesta, el conflicto entrará en un espiral fuera de control que asegura consecuencias graves para el mundo entero. Esto no parece estar siendo sopesado como corresponde en los análisis tipo «partido de fútbol» que agobian las pantallas.

Otro ejemplo elocuente: Irán no ha lanzado misiles hipersónicos contra portaaviones norteamericanos. ¿Alguien piensa que no puede? ¿Es que se cree que un ataque con misiles hipersónicos Sejjil (llamado ya el «danzarín»), no puede hundir un portaaviones? La idea de que no puede es parte del pensamiento mágico sobre la invulnerabilidad occidental, tan en boga. Si Irán lo hiciera, las probabilidades de éxito serían altas. Pero sería una victoria pírrica: el uso de armamento nuclear por parte de EEUU o Israel estaría mucho más cerca si Washington tuviera que informarle a su público la pérdida de miles de vidas y de un buque de trece mil millones de dólares.

En cambio, Irán está ahora —dentro de las normas no escritas de un cálculo escalatorio contenido— perfectamente autorizado para bombardear objetivos de todo tipo en Israel, sobre todo en Tel Aviv y Haifa. Es exactamente lo que está haciendo. Tampoco nadie podría objetar si encuentra al genocida Netanyahu y lo manda a rendir cuentas a otro sitio. Esa ventana quedó abierta en el momento en que Israel eliminó al principal líder religioso iraní. ¿Dónde está Netanyahu? No se sabe. Salvo que un movimiento político interno confiese su muerte, es imposible saber si está escondido o muerto. Las imágenes que lo muestran tomando un café o conversando con señoritas pacíficas en una zona rural a la vista de Jerusalén son más falsas que billete de dólar y medio. Nada. La niebla de la guerra. No le crea a nadie que le diga que «sabe» lo que pasa con Netanyahu. Solo una declaración oficial de Israel admitiendo su muerte sería una información a tener en cuenta.

«Off ramp«: La imperiosa necesidad de una salida

Como el lector de eXtramuros ve, le ofrecemos una clave de lectura que intenta cortar limpiamente por encima de la información basura que abunda 24/7 en los grandes medios; pura espectacularidad sin otro sentido que excitar las peores emociones de un público que se cree a salvo. Esta no es una guerra más en un lugar lejano. Esta es, probablemente, la guerra que da comienzo a un reseteo global mucho más doloroso de lo previsto, no solo para Occidente, sino para todos.

¿Cómo evitarlo? La única posibilidad es que EEUU e Irán acuerden un alto el fuego. A ambos les serviría. Irán sabe que Washington está empeñado en seguir el deseo de eliminar a Irán, el deseo estratégico de su estado profundo y de la actual dirigencia israelí, y que volverán a intentarlo tarde o temprano. Pero para Trump -que, como lo explica otro análisis aquí, posiblemente ha entrado forzado por el deep state e Israel en este conflicto- esto se vuelve, hora a hora, una cuestión de vida o muerte política. Para Irán, un alto el fuego que le permita prepararse mejor es una buena opción —y esta vez, no lo dude, conseguirá armas nucleares, que es lo único racional que puede hacer—.

En cuanto a Israel, claramente quisiera usar este conflicto para ir hasta las últimas consecuencias. La cuestión es si podrá lograrlo. Esto es, si, en la desesperación de ver en riesgo su propia supervivencia, decide emplear su arsenal nuclear. De modo que si usted piensa que el agresor debería pagar por esto, y le genera algún tipo de sentimiento de justicia ver los arribos iraníes en Tel Aviv, piense dos veces: cuanto más vea eso, más cerca estamos de la guerra nuclear.

Por tanto, es cuestión de confiar en que ocurrirá ese alto el fuego. Las razones de EEUU para buscarlo están claras: visiblemente se está quedando sin arsenal defensivo. Su capacidad de proteger a Israel está debilitada de modo significativo, y esto es aún más agudo en el caso de sus aliados e infraestructura regional. Por otro lado, el «regime change» en Irán demostró ser una mentira absoluta. No hay allí una oposición del volumen que Occidente ha hecho creer a su población. La dirección iraní no ha caído ni va a caer a punta de bombardeos; bombardear no derroca regímenes, los fortalece internamente.

Tampoco es previsible cómo hará EEUU para asegurar que siga fluyendo el petróleo del Golfo, vital a corto plazo para la economía mundial. En las últimas horas, Trump llamó a sus aliados a sumarse para ir al Golfo a abrir el estrecho de Ormuz. Desde luego, es un delirio. El propio liderazgo militar norteamericano ya le ha advertido que eso es imposible de hacer.

Finalmente, tampoco es cierto —como miente su dirigencia, con Hegseth a la cabeza— que EEUU haya liquidado la guerra, vencido a Irán militarmente o destruido todos sus lanzamisiles. Los continuos y eficaces lanzamientos iraníes se han regulado en número e intensidad, pero no se han detenido, y a esta altura todo indica que se trata de una estrategia de los persas: desgastar la antiaérea primero, ir más profundo después. Peligroso juego.

Que EEUU tenga problemas de arsenal e Irán no, parece inconcebible para quienes miran la guerra con anteojos ideológicos de los años 90. Son los mismos que creen que la guerra se piensa en términos de PBI. Los mismos que aún hoy siguen sin creer que Rusia liquidó hace rato todas las opciones de la OTAN en Ucrania -una guerra decidida a favor de Rusia hace cuatro años, es decir, cuando comenzó, y que Rusia va procesando sin la menor necesidad de escalar significativamente: señal de fuerza-, y que tampoco creen que Irán pueda tener ventaja armamentística.

La aritmética de los misiles: Ofensiva barata, defensa insostenible

Hay que recordar un concepto clave: las armas ofensivas son baratas en comparación con las defensivas. La capacidad industrial de producción norteamericana de misiles interceptores y sistemas «Patriot» es muy limitada frente al gasto brutal que exige un conflicto como este. Por cada misil balístico o hipersónico iraní —ni qué hablar de los miles de drones a disposición de los persas en construcción acelerada— se gastan en promedio dos misiles interceptores. El problema es que un dron se produce rápido y es barato, mientras que el costo y tiempo de producción de las defensas es comparativamente estratosférico. ¿Qué opciones tendrá Israel cuando deje de ser funcional su ya muy dañado «domo»? Irán destruyó varios de los radares clave de alerta temprana para la defensa aérea israelí. Ahora, igual que en la guerra de 12 días de 2025, Irán ha golpeado y está golpeando Tel AvivNo hay duda de esto. Diga lo que diga la propaganda, Irán está demostrando que puede seguir debilitando la capacidad antiaérea israelí hasta hacerla colapsar. Logrado esto, puede escalar sus ataques con armas aún más destructivas, generando una catástrofe en los centros neurálgicos de Israel.

Una vez más, recordemos: el problema para Irán aquí es la escalera. ¿Qué capacidad de escalar tiene Israel? Capacidad nuclear. Ante la percepción de que el conflicto se convierta en una cuestión de supervivencia, su dirigencia contemplará el uso de ese arsenal. EEUU no puede, por más que lo intente, disuadir a quienes tienen el gatillo en sus manos.

En fin, el punto es claro: si se busca escalar, esta guerra terminará engullendo al mundo entero en una crisis energética de salida impredecible -el «juntos al abismo» de la teoría de conflictos-, en caso de que la capacidad petrolera del Golfo quede inutilizada. A esa altura, incluso un intercambio nuclear —que sería necesariamente breve y afectaría solo a la región— sería pequeño en comparación con los devastadores efectos energéticos para el resto de la Tierra.

Es por estas razones que la dirección norteamericana está mencionando sutilmente la posibilidad de encontrar un «off ramp«, una salida, ahora que esos niveles de escalada aún no se han producido. Para EEUU, la estrategia contra Irán lleva décadas y podría llevar más décadas aún. Han intentado de todas las formas posibles hacer desaparecer a Irán y a su régimen —querido por su población, indiscutiblemente— desde 1979. Este episodio es uno más; intenso, pero no necesariamente el último. Vale la pena pensar la opción que Alastair Crooke explora en su análisis: ¿qué pasa si Irán logra resistir? ¿No podría quedarse desde ahora con el control del Golfo, cambiando el eje geopolítico del mundo?

Sí, debido a la capacidad final de escalada (nuclear en EEUU e Israel, pero no en Irán), los persas tienen todo que perder hoy si el conflicto va a la yugular económica y vital de Medio Oriente: petróleo y agua. Pero si el conflicto llega allí, probablemente Israel se enfrente también a una crisis humanitaria de inmensas proporciones. En cuanto a EEUU, en el afán de seguir imponiendo su manual estratégico supremacista elaborado por la dirigencia neoconservadora en los años 90, habrá dinamitado toda legitimidad futura ante una opción multipolar. Impulsado por la yunta globalista del sionismo enquistado en el Estado profundo, habría causado, a los ojos del mundo entero, la peor crisis energética de la historia.

https://extramurosrevista.com/iran-y-el-problema-de-la-escalera/


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