Como era de esperarse, Irán es la próxima crisis en la lista. Apenas nos habían dicho que nos obsesionáramos con la última revelación de los archivos de Epstein, cuando nuestra atención ya se había desviado hacia el juego geopolítico al límite que ahora amenaza con engullir a todo el Medio Oriente. Le toca el turno a Irán, pues, en rápida sucesión tras Venezuela, el estrangulamiento continúo de Cuba y, sobre todo, el genocidio de Gaza —una catástrofe que fue bruscamente sacada del ciclo noticioso—. El teatro de la guerra debe ser permanente, y requiere carne fresca. La tan esperada escalada iraní encaja en el papel: el último derramamiento de sangre en un carnaval permanente y cuidadosamente curado de violencia, caos e indignación puesto en escena por los custodios de nuestra gloriosa civilización. La carnicería es real, y también lo son sus víctimas. Pero centrarse únicamente en este teatro es perderse el evento principal, el detonante oculto de la violencia que ahora estalla a nuestro alrededor. La verdadera historia del poder estadounidense en el siglo XXI se está escribiendo en el mundo arcano de las subastas de bonos, las burbujas especulativas, los mercados de repos y la mecánica implacable y silenciosa de la deuda.
El sistema financiero moderno ya no se basa en la productividad, los salarios o la prosperidad compartida. Se sustenta en especulaciones altamente apalancadas: una torre en constante expansión y cada vez más abstracta de derechos sobre la creación de riqueza futura que la economía subyacente ya no puede generar. Desde la década de 1980, a medida que la productividad tecnológica se disparaba y la participación del trabajo en el valor se estancaba, las finanzas se expandieron sin control para compensar. El apalancamiento sustituyó al crecimiento y la deuda se convirtió no solo en un instrumento, sino en el principio organizador del sistema. Y ahora, mientras USA se enfrenta a una avalancha sin precedentes de pagarés que deben refinanciarse, esta realidad fundamental ha llegado a impulsar todo lo demás. Con casi 39 billones de dólares en deuda federal y un perfil de vencimientos que exige una refinanciación constante, EEUU no solo prefiere las tasas de interés bajas y las inyecciones monetarias excepcionales, sino que depende estructuralmente de ellas. Además, no es solo el gobierno federal el que se está ahogando. La deuda del sector privado estadounidense —corporativa, de los hogares y financiera— asciende ahora a decenas de billones, gran parte de la cual flota en un mar de apalancamiento opaco y burbujas de activos que estallarían si los tipos de interés no bajaran o la liquidez se agotara. En este contexto, el dominio geopolítico debe enmarcarse como dominio monetario. La crisis impulsa el capital hacia los bonos del Tesoro, suprime los rendimientos y permite la refinanciación.
Por lo tanto, la escalada con Irán podría, paradójicamente, prolongar la vida útil de la burbuja de la IA: el riesgo geopolítico impulsa el gasto en defensa y en IA, mientras que una crisis del petróleo podría hundir el consumo y frenar la inflación subyacente (tal como lo hizo la «crisis de la pandemia» en 2020), lo que abriría la puerta a una nueva flexibilización de la Reserva Federal y a las inyecciones de liquidez necesarias para mantener intacta la arquitectura de los mercados estadounidenses, impulsada por la deuda. Los ataques en sí fueron una operación conjunta de EEUU e Israel, que combinó la arquitectura de vigilancia estadounidense con la precisión israelí en la selección de objetivos. Cabe destacar que se ejecutaron mediante sistemas militares asistidos por IA —según se informa, con modelos como Claude de Anthropic, ya desplegado en operaciones anteriores como la incursión en Venezuela—, lo que ilustra cómo las mismas tecnologías que inflan los mercados financieros se están integrando simultáneamente en la infraestructura de la guerra moderna. Históricamente, los grandes saltos tecnológicos del capitalismo —desde los ferrocarriles hasta la energía nuclear y el internet— han avanzado en paralelo con la maquinaria de la guerra. La IA no es una excepción.
Si dejamos de lado el drama geopolítico, la verdadera historia es la fragilidad financiera. Lo menos que se puede decir es que, sin el bombardeo del fin de semana contra Irán, las caídas del mercado estadounidense habrían sido más caóticas y desordenadas, porque los inversionistas se habrían centrado directamente en la fragilidad financiera. La presión se ha estado acumulando durante meses en el extenso mercado de crédito privado, donde prestamistas poco regulados han inyectado cientos de miles de millones en empresas que los bancos tradicionales no tocarían, desde financiamiento automotriz de alto riesgo hasta prestatarios corporativos apalancados. Las primeras señales de alerta —como el colapso de Tricolor Holdings y First Brands (ambas se declararon en quiebra en septiembre de 2025, con pasivos extremadamente elevados)— sugieren que las grietas están apareciendo primero en los rincones más débiles del ciclo crediticio, precisamente donde tiende a acumularse el exceso de liquidez cuando hay expansión. La última ruptura es el colapso de Market Financial Solutions (MFS), un prestamista inmobiliario del Reino Unido que se vio obligado a entrar en administración judicial después de que los acreedores alegaran que se había pignorado la misma garantía varias veces, dejando sin contabilizar efectivamente más del 80 % de unos 1.200 millones de libras en deudas.
Los mercados ya habían comenzado a darse cuenta, ya que incluso gigantes de Wall Street como Goldman Sachs y Morgan Stanley han registrado fuertes caídas en sus acciones de alrededor del 6 %. Es una señal preocupante que sean las instituciones de importancia sistémica las que se vean sometidas a presión, en lugar de los prestamistas marginales habituales. En este contexto, las advertencias de Jamie Dimon (director ejecutivo de JP Morgan) sobre los riesgos que se asemejan a la crisis financiera mundial de 2007-2008 suenan menos a retórica cautelosa y más a un recordatorio de un patrón familiar: apalancamiento excesivo, estructuras crediticias opacas y mercados complacientes que de repente chocan con condiciones más restrictivas. Si el sistema comienza a tambalearse, se esperará que la Reserva Federal intervenga una vez más
La arquitectura financiera funciona a través de dos mecanismos interrelacionados, ambos con el mismo objetivo: mantener bajos los costos de endeudamiento de USA. El primero es el privilegio exorbitante del dólar como moneda de reserva mundial. Cuando USA impone su dominio, aumenta la incertidumbre global, aunque principalmente fuera de sus fronteras. El capital tiende a huir de la periferia y a concentrarse en el centro. Los bonos del Tesoro absorben esta demanda y los rendimientos caen. En estos casos, el poder estadounidense se ve recompensado con una financiación más barata. Este privilegio debe mantenerse activamente. La asertividad militar implica compromisos permanentes, incluyendo gasto en defensa, garantías de seguridad y reconstrucción. Estos no son costos incurridos al servicio de la estabilidad; son la maquinaria a través de la cual se perpetúa la inestabilidad. Vivimos en un estado de excepción permanente, un sistema que debe fabricar enemigos y crisis para suspender la restricción fiscal y monetaria. En un sistema así, las medidas justificadas como temporales se vuelven rápidamente permanentes. Los costos relacionados con la guerra amplían los déficits, aceleran la emisión de bonos del Tesoro y, finalmente, ponen a prueba la capacidad del mercado para absorber la deuda. En ese momento, comienza el segundo mecanismo: la intervención del banco central. El mismo estado de excepción que justificó las bombas ahora justifica la imprenta.
Desde la perspectiva del mercado, la demanda es la demanda. Un bono adquirido por un fondo de pensiones de Tokio es indistinguible de uno comprado por la Reserva Federal. El capital es, por definición, anónimo e indiferente. Para los algoritmos que rigen las finanzas modernas, el comprador es invisible; lo único que se registra es que se están comprando bonos, se están conteniendo los rendimientos y se está refinanciando la deuda sin que se produzca un aumento disruptivo de los costos. Este escenario refleja un orden económico mundial sometido a una presión cada vez mayor. USA se enfrenta a desafíos a largo plazo: la contracción de su sector manufacturero, los déficits comerciales persistentes y el surgimiento de centros de poder alternativos que buscan reducir la dependencia del dólar. En tales condiciones, la intervención militar agresiva es una herramienta para preservar la demanda global de pasivos estadounidenses cuando las fuerzas del mercado por sí solas ya no son suficientes. Venezuela, por lo tanto, no se trata simplemente de petróleo, al igual que Ucrania no se trata solo de fronteras y Oriente Medio no se trata de ideología. Estos escenarios tienen que ver con preservar la demanda de pasivos denominados en dólares mientras se frena la consolidación de bloques financieros rivales.
Sin embargo, esta estrategia conlleva sus propios riesgos. A medida que se multiplican las tensiones geopolíticas, los conflictos prolongados podrían poner de manifiesto los límites de la capacidad militar y política de EEUU, en lugar de reafirmar su dominio. En ese escenario, las mismas guerras destinadas a respaldar el orden financiero podrían socavarlo, lo que llevaría a los inversionistas extranjeros a replantearse la seguridad de los activos de Wall Street y a buscar alternativas, redirigiendo gradualmente el capital hacia otros destinos. Lo que parece un mecanismo calculado para sostener la demanda podría, por lo tanto, resultar una apuesta desesperada, cuyo fracaso aceleraría el desmoronamiento que se pretende evitar.
Independientemente del resultado, los conflictos actuales se perciben cada vez más como algo permanente, no como un cataclismo aislado, sino como una Tercera Guerra Mundial que se desarrolla por etapas, detonada metódicamente a lo largo de la periferia del imperio. El sistema no puede tolerar una resolución definitiva. La estabilidad sin dominio provocaría una diversificación lejos de los bonos del Tesoro; la paz sin influencia significaría enfrentarse al precio real de la deuda estadounidense. La tensión continua se vuelve estructural. La crisis justifica la intervención, la intervención sostiene la demanda de pasivos estadounidenses, y esa demanda mantiene a flote el sistema.
La guerra mundial por etapas de hoy debe enmarcarse como un único mecanismo: la producción perpetua de emergencias, el único clima en el que la máquina monetaria opera sin que se vean sus cables. Antes de Ucrania, Gaza y las redes de proxy de Irán, estaba la «guerra contra el Covid», una «pandemia» que legitimó el diluvio monetario más extraordinario de la historia, normalizando la idea de que se podían materializar billones de la noche a la mañana para evitar que el edificio apalancado se derrumbara. Cada emergencia entrena al público para que acepte la siguiente. Cada crisis amplía lo que la política monetaria puede hacer sin supervisión democrática.
Esta maquinaria, sin embargo, requiere algo más que campos de batalla extranjeros. También necesita un escenario interno: escándalos y dramas judiciales que simulen la rendición de cuentas mientras el verdadero trabajo de refinanciación se lleva a cabo en las sombras. Ahí es donde convergen la saga de los expedientes de Epstein y el espectáculo arancelario. La sentencia del Tribunal Supremo sobre la autoridad presidencial en materia arancelaria (20 de febrero de 2026) se presentó como un enfrentamiento constitucional. Los mercados, sin embargo, apenas se inmutaron —un modesto repunte en las acciones, un parpadeo en los metales preciosos— porque el verdadero juego estaba en otra parte. La sentencia llegó justo cuando el Tesoro comenzaba a gestionar la mayor refinanciación de deuda de la historia, aproximadamente 9,6 billones de dólares en doce meses. En otras palabras, mientras los expertos discutían sobre el poder ejecutivo, el Estado estaba preocupado por algo más elemental: mantener a raya el mercado de bonos.
La refinanciación de la deuda se lleva a cabo mediante subastas. El Tesoro vende bonos a inversores —bancos, fondos de pensiones, gobiernos extranjeros— a cambio de efectivo. Cuando las ventas alcanzan la magnitud necesaria para refinanciar 9,6 billones de dólares en un año, el sistema debe absorber enormes cantidades de bonos nuevos en un breve periodo de tiempo. Esto genera una fuga de liquidez: el efectivo abandona otros mercados —acciones, bonos corporativos, préstamos privados— y fluye hacia el Tesoro. Si se producen demasiadas subastas de gran volumen consecutivas, el efectivo se retira más rápido de lo que puede circular. Cuando el Tesoro vendió la enorme cantidad de 602 mil millones de dólares en una sola semana a principios de diciembre de 2025, esto puso a prueba a los bancos y los obligó a buscar financiamiento a corto plazo. Ese salvavidas es el mercado de repos: préstamos a un día que la Reserva Federal puede ampliar según sea necesario mediante préstamos contra bonos del Tesoro. (operaciones conocidas como repos o acuerdos de recompra son un instrumento financiero clave en los mercados globales) Después de permanecer prácticamente inactiva durante un tiempo, recientemente la Línea Permanente de Repos de la Fed fue utilizada de forma repentina en un volumen récord —50 mil millones de dólares a finales de octubre y 74,6 mil millones de dólares a finales de 2025—, una clara señal de que se había reabierto la válvula de liquidez.
Desde finales de marzo hasta abril, es probable que el Tesoro organice nuevas subastas de gran envergadura, lo que podría llevar al sistema al límite de su capacidad. En momentos así, la situación debe dar un giro. No es de extrañar, pues, que se desclasificaran nuevos documentos de Epstein a medida que se acercaba marzo, que el enfrentamiento arancelario acaparara los titulares y que, muy oportunamente, se recrudeciera la tensión en Irán y en todo Oriente Medio. El patrón es inconfundible: la escalada coincide con el pico de la presión de refinanciamiento. La inestabilidad regional aumenta la volatilidad energética y la probabilidad de tensiones económicas más amplias —condiciones bajo las cuales se puede legitimar una mayor intervención monetaria.
La guerra se convierte así en otro mecanismo criminal de destrucción, engaño, expansión del déficit y gestión de la narrativa. Si bien, como era de esperarse, se vende como una necesidad envuelta en patriotismo —reaparecen los viejos y manidos eslóganes—, la verdad es más simple: el sistema está en bancarrota. USA entra en esta nueva fase no desde una posición de fortaleza, sino con una deuda federal de casi 39 billones de dólares, déficits a escala planetaria y un polvorín de crédito privado, por lo que depende totalmente de emitir más deuda solo para mantener la ilusión de un funcionamiento normal. La incómoda conclusión es que la hegemonía estadounidense ya no se trata de ganar. Se trata de refinanciar los pagarés. La política exterior se ha convertido en el control de la curva de rendimiento por otros medios. La proyección de poder, la expansión monetaria y la represión financiera están ahora estructuralmente vinculadas.
Así que pregúntate siempre: ¿cui prodest? ¿A quién beneficia el caos? ¿A quién beneficia una volatilidad oportuna? ¿A quién beneficia que la crisis justifique una intervención monetaria que, de otro modo, sería impensable?
En una civilización basada en la deuda que ha alcanzado los límites de su expansión económica, la coincidencia es un lujo que el poder no puede permitirse. Las cortinas de humo —incluidas las de las bombas reales— son una característica esencial de un sistema misántropo que lucha por ocultar su implosión, de manera cínica y sistemática La pregunta es si seguiremos viendo el espectáculo o finalmente nos volveremos hacia la maquinaria implacable de la que todo depende.
https://thephilosophicalsalon.com/bombs-for-bonds-iran-and-the-geopolitics-of-refinancing/