04.MAY26 | PostaPorteña 2551

El Imperio Occidental. El gran agujero negro

Por Carlos X. Blanco

 

Carlos Javier Blanco Martín.

El ocaso del Imperio Occidental será sangriento, pondrá al mundo al filo de su destrucción.

Hablo de Imperio Occidental en el sentido siguiente: este concepto consiste fundamentalmente en un núcleo duro, los Estados Unidos y su prolongación, la entidad sionista. A su vez, la entidad sionista es, amén de prolongación, una especie de tumoración dúplice que se aloja en el propio interior del poder norteamericano y, desde 1948, en Oriente.

La entidad sionista está comandada por sionistas cristianos y judíos sionistas en la parte americana, y por judíos sionistas en la parte de Oriente.

Su violencia fanática y milenarista, pseudorreligiosa, el seguir programas, planes y fines propios de índole supremacista hace que esta entidad sea un peligro para el propio pueblo norteamericano, en una parte del mundo, y un horror para los pueblos árabes (musulmanes y cristianos), persas y demás vecinos en la parte oriental.

Este Imperio Occidental cuenta con un cinturón de aliados-vasallos que son los británicos y demás naciones dominadas por anglosajones. En el momento presente, que es el momento del segundo mandato de Trump, se ha hecho evidente que los demás estados de Europa Occidental (Alemania, Francia, Italia, España, etc.), dominados por la autocrática UE, no gozan del estatus dúplice de aliados-vasallos sino que son, simplemente, vasallos.

Las respuestas de los líderes europeos ante las frecuentes humillaciones trumpistas en el curso de la guerra de Ucrania, de Irán, y también en el curso del genocidio de Gaza, Cisjordania y Líbano, no dejan espacio a la duda: los europeos occidentales siempre fueron estados vasallos desde la derrota del nazismo en 1945.

La derrota de este régimen monstruoso, acaudillado por Hitler fue, al mismo tiempo, la derrota de una civilización sumida en la decadencia desde hacía muchas décadas: la civilización de Europa. Los nazis, y especialmente el sector racista hitleriano, derrocharon por completo el potencial hegemónico de Alemania y se lanzaron locamente contra Rusia. El potencial alemán, bajo una bandera ideológica u otra, fue siempre la parte del león de un potencial europeo sin más, al menos desde que los prusianos comenzaron su labor ascendente y unificadora en el siglo XVIII. Al ver a Rusia como campo de conquista en lugar de nación hermana, fue la sentencia de muerte de los nazis pero también de una Europa no vasalla, soberana.

Ahora, la agresividad de este Imperio Occidental, la de su núcleo yanqui-sionista en especial, debe entenderse, fundamentalmente, como una agresividad redoblada hacia Europa. Los europeos están condenados a su extinción mientras no admitan masivamente que ellos son los siguientes en la lista pueblos exterminados, una lista que comenzó con los “pieles rojas” en el siglo XIX. Más allá de la destrucción de Irán (que no sólo es un régimen, es una civilización), más allá del exterminio de cualquier potencia emergente que desafíe a los norteamericanos (Rusia o China), el único proyecto del núcleo duro del Imperio Occidental consiste en generar caos allí donde exista activo un agente (un Estado, un Pueblo, una Civilización) que no acepte la sumisión absoluta. Pero también, los agentes latentes que pudieran rivalizar en legitimidad civilizatoria, como es Europa, son candidatos a ser eliminados.

La aparente falta de proyecto del núcleo yanqui-sionista, y de sus marionetas de la Anglósfera, más allá de la agresividad pura y dura de Trump y Netanyahu, consiste en eliminar toda civilización o forma de vida que no sea sumisa, que además consideran inferior. Los cristianos sionistas huyeron míticamente de una Europa pecaminosa que no los toleró de forma análoga a como los judíos sionistas huyeron de gentiles que les forzaron a una diáspora. Pero ahora, siglos después, ya cuentan con sus respectivas Tierras de Promisión, y ejecutarán la venganza.

Los europeos han interiorizado las culpas, las merecidas y las que no, y viven en un marasmo. Como corderos, caminan mudos hacia el degolladero.

Por ello, los europeos occidentales han procurado a ritmo rápido dejar de ser europeos, renunciando a sus tradiciones espirituales, su estética, su moral, sus ideas jurídico-políticas, artísticas e incluso a su identidad étnica, desde 1945. Toda Europa se ha convertido en un inmenso u horrible Bronx en sus peores momentos. El caos étnico y la degradación sexual y moral se han apoderado de los rincones y de las conciencias. Si los japoneses sufrieron los ataques atómicos de 1945, los europeos sufrieron bombardeos masivos (Dresde), desplazamientos forzosos y masivos de población (los alemanes étnicos), campos de concentración, purgas, ocupación con bases militares yanquis, pérdidas de soberanía por injerencias de la CIA, y, últimamente, invasiones migratorias. Los estadounidenses saben que su propia caída (que los más astutos presienten) podría implicar un cierto resurgir de Europa, y no están dispuestos a que tal cosa ocurra.

Siempre bajo el supuesto de que moriremos casi todos bajo las explosiones nucleares y sus consecuencias (radiactividad, hambruna, etc.), las guerras convencionales desatadas por este Imperio Occidental, conocido ya bajo rótulos varios (“coalición Epstein”, “Imperio del caos”) sumirán al mundo en una fase de marcada inestabilidad.

Hay en nuestros días, tras la derrota de Occidente en Ucrania y en Irán, una multipolaridad de facto. Los arrebatos de ira de Donald Trump, Benjamin Netanyahu y demás caniches ladradores (aunque eventualmente peligrosos) son la evidencia misma de una unipolaridad imposible de mantener.

La unipolaridad fue efímera: la caída del Muro de Berlín y la caída de la URSS crearon ese sueño, el sueño de Fukuyama. La Historia no tiene Fin, decía el pensador yanqui; pero la Historia es conflicto permanente, incesante guerra no solo al rival en acto sino al rival en potencia. Muy probablemente, si la hipótesis de una guerra nuclear se materializase –y Dios no lo permita- los hombres que sobrevivan, contaminados y bajo deformaciones mutantes, volverán a enzarzarse en conflictos, aunque ello sea a garrotazos, como ya alguien dejó dicho. Por ello, el equilibro multipolar es siempre preferible al unipolarismo donde las guerras entre equivalentes dan paso a los exterminios asimétricos.

De la bipolaridad imperfecta, conocida como Guerra Fría, entre 1949 y 1989 ó 1991, se pasó al sueño de Fukuyama de la unipolaridad del Imperio Occidental, muy pronto contestada por el propio desarrollo del capitalismo, cuyos polos de inversión y corazones productivos se trasladaron a los países asiáticos. Asia, continente inmenso y con alta densidad de población cualificada y joven es el continente del capitalismo productivo mismo. Allí buscó el capital europeo y americano la mano de obra barata y dócil, y lo que halló, a la postre, fue su tumba. El “viejo” Occidente, tras su sueño breve de unipolaridad, ha devenido una especie de búnker tecnocrático, con libertades recortadas, neoliberalismo dogmático y esclerótico, que impide todo retorno a la industrialización y a la cultura del trabajo. El búnker occidental es hoy un mero juguete en manos de especuladores apátridas y amorales, que hace mucho tiempo dejaron de pensar en clave de Estado-nación, de interés patrio, de valores civilizatorios. Tales especies renacen en los discursos, pero sólo en cuanto interesa para la propaganda y la movilización, pero ni uno solo de sus capitanes cree en ellos.

El búnker occidental es, según insignes analistas, un espacio nihilista, cuya lógica descarnada del poder se regula por principios financieros, que no son los de una lógica económico-productiva ni los de una lógica geopolítica. Toda la plétora de fracasos acumulados (podríamos remontarnos al Vietnam, pero se repiten en Afganistán, Iraq, Irán, etc.) no se debe únicamente al escaso valor profesional del militar de tipo yanqui y otanista, a pesar de una parafernalia tecnológica impresionante. El valor guerrero y la virilidad no se compran con dinero ni se compensan con filigranas tecnológicas. Creo que esta parte de la explicación de su fracaso es únicamente una faceta del poliedro. El fracaso bélico, aun cuando el dinero, la tecnología y una abrumadora superioridad numérica y estratégica estén de un solo lado, también puede derivarse de un error básico en el pensamiento: reside en el problema de qué es lo que se busca.

Tras el abandono de la efímera fase unipolar y el traslado hacia un policentrismo, con la llegada de Putin al trono de Rusia (2000), y la afirmación creciente (y pacífica) de China en la escena mundial, primero en forma de despegue (2000-2010), y después como líder ostensible (a partir de 2013, aproximadamente), las tensiones estaban servidas. El Imperio Occidental, al tiempo que debía afrontar el reto de “no quedarse atrás”, comenzó a eviscerar por sus innumerables problemas capitalistas. Su poder es, paradójicamente, una aplastante realidad y una despiadada ilusión. Económicamente, este Imperio vive en una ilusión.

La crisis de 2008, coincidente como se dijo, con el acceso al podio de las dos grandes potencias eurasiáticas, es una crisis inherente a la propia lógica del capitalismo especulativo, depredador, desconectado de la productividad. La economía financierizada es una enfermedad. Se trata de una fase del modo de producción capitalista degradado en la cual el exceso de capital no puede ser exportado en mayor grado, ni mucho menos reinvertido en la producción. Los capitales retornados se acumulan como las grasas en los tejidos adiposos de personas obesas, impidiéndoles la actividad, justamente la actividad que precisarían para quemarlas, haciendo así de las economías occidentales unas economías sobrealimentadas con capital que, al acumularse de esa manera (y no redistribuirse justamente en rentas y bienes colectivos para el pueblo) se envenenan. Es un círculo vicioso. Los gastos suntuarios de las clases ricas y ociosas, la industria de la guerra y del entretenimiento, el simple vicio y depravación (síntomas de los cuales el caso Epstein es un sumidero muy representativo) no son suficientes para quemar ese sobrante.

El Imperio Occidental es el imperio de la deuda. Maurizio Lazzarato ha mostrado, en diversos libros, cómo el mecanismo de la deuda es mucho más que un aspecto de la economía capitalista que, en fase tardía y financierizada, cobra protagonismo. Es, dice el profesor italiano, mucho más que eso. Se trata de un verdadero dispositivo de Poder, que hunde sus raíces en fases precapitalistas de la historia del hombre pero que hoy, con el epítome del capitalismo degradado que es Occidente, cobra toda su expresión e intensidad. La deuda es una trampa de dominación de seres humanos. La deuda “obliga”, somete a cuerpos y almas y envenena las relaciones entre los hombres y las relaciones entre las sociedades y la naturaleza, así como las relaciones entre los estados. Atrapa a todos los agentes y relaciones en que consiste el mundo.

El Imperio Occidental puede ser perfectamente radiografiado a la luz de la deuda y a la luz del Conflicto Estratégico. Estados Unidos es, ahora mismo, y desde hace muchos años, una especie de agujero negro de magnitud cósmica que no hace más que devorar capital que esta entidad estatal debe. La paradoja es que su razón de ser es sojuzgar al resto del mundo no tanto y no sólo para enriquecerse a costa de la pobreza de otros, sino sojuzgar al mundo para poder pagar su deuda. La dialéctica descarnada entre estados, en la actualidad, es un conflicto que se planeta estratégicamente: los estados no dóciles con los norteamericanos (BRICS y otros nuevos candidatos que van gravitando hacia los BRICS) reivindican su derecho a su propio desarrollo sin tener que pagar en dólares sus transacciones, esto es, sin tener que financiar la deuda de la entidad estatal que les oprime. No se le aplaca al ladrón dándole lo que llevas encima, hasta la camisa. El ladrón querrá más, hasta la última gota de tu sangre. Esta es la situación en la que el Imperio mete al resto del mundo.

La creación de instituciones monetarias, financieras, etc. de los BRICS está siendo acompañada de grandes proyectos ferroviarios, portuarios, logísticos, mineros, etc. al margen del agujero negro norteamericano. El símil cósmico me parece adecuado: es preciso que los países soberanos y con aspiraciones soberanistas lancen sus empresas lejos del radio de alcance de este sumidero, el cual, una vez captado el capital y asegurada sobre él su influencia, no hace otra cosa que arrastrar a ese estado cautivo (o a otros agentes sub o supra-estatales) a su negro agujero.

Vivimos una situación que trasciende los colonialismos que tradicionalmente hemos conocido en la historia. No se trata de un monopolio privado sancionado por la Corona, ni la Corona misma explotando países sometidos, como ocurrió en el pasado. No se trata de un Estado imperialista expoliando a países sometidos. No se trata de una red o concierto de empresas capitalistas que, con el apoyo del Estado imperialista, domina y expolia a países sometidos… Lo de ahora es más que eso. Se trata de un sistema de explotación del mundo y de los pueblos que en él viven mediante el cual, además de crearse riqueza para beneficio privado, se crea riqueza para mitigar la insaciable deuda norteamericana. Los propios aparatos de poder norteamericanos (su Estado, sus fuerzas armadas, sus agencias de espionaje y de guerra “suave” e híbrida) están al servicio no tanto de sí mismos como de ese sumidero de deuda. La revolución de los países y pueblos anti-norteamericanos debe pasar por la desdolarización. Este puede ser el paso imprescindible para que el agujero negro de las finanzas americanas se trague a sí mismo, para que les llegue el colapso.

Entre los propios agentes estadounidenses, mejor decir, “imperialistas”, hay conflictos estratégicos de muy hondo alcance, que emitirán ondas sísmicas, unas que a todos nos conmoverán. Los grupos del cibercapitalismo (las antiguas GAFAM), los clásicos y los transhumanistas, no se quedarán atrás. Los más viejos grupos del petróleo y del complejo industrial-militar juegan su baza. El viejo dinero industrial, el grupo poderosísimo de la “industria del entretenimiento”, también…El lector sabe muy bien que la democracia americana, como todas las de Occidente, no es democracia. Es uno de tantos “shows” de los cuales esta nación es maestra, espectáculos para comer palomitas de maíz envenenado donde se ponen caras, fanfarrias y palabras huecas para elegir a un interino. Trump,  cuando se vaya del despacho oval con un tiro en la cabeza o con una derrota, es poco más que el payaso de turno que ha demostrado adaptarse a un guión que no era el suyo, y el cual le venía escrito. Los modales más mesurados de un presidente demócrata, un hijuelo de Obama, o quizá de otro republicano “presentable” no habrían cambiado sustancialmente las cosas en este mundo. Porque este es el mundo en el cual la legitimidad ha perdido todo su significado.

Todas las acciones trumpistas no son en realidad trumpistas. Son la resultante de diversos paralelogramos de fuerzas que actúan en el seno del Imperio, y el payaso con aires de Calígula no hace más que mímica o pone palabras duras para una política aún más dura. La política exterior (hablar así es demasiado eufemístico) de los norteamericanos es, y será cada vez más, una política desesperada. El agujero negro va a tragarlos a todos. Si China no tropieza con sus propios pies (resolviendo temas como la vivienda, la natalidad, o la inherente molicie de los jóvenes de ese país si ellos se acostumbran a la opulencia), es inevitable que el poder norteamericano retroceda.

Lo inteligente para los yanquis sería, sin dejar la propia crueldad imperialista, un repliegue hacia el continente americano. La doctrina Monroe sigue allí operativa, apenas contestada: a) por la izquierda iberoamericana, que es divagante y desdentada, b) el hispanismo y el iberismo, visiones que son sucesoras naturales de la cultura clásica y, por ende, superiores al puritanismo y sionismo anglosajones, pero que están sometidos a control por parte de los espías yanquis difundiendo un indigenismo ridículo, equiparable al separatismo español. Entre el indigenismo manipulado por los yanquis, y el “hispanismo” infiltrado por la Anglósfera y los judíos, Iberoamérica no acaba de despegar como polo necesario en el mundo multipolar. Está desactivada.

También sería inteligente, para su propia lógica supervivencial, por parte de los norteamericanos, volver  abrazar a los británicos y a los europeos como leales aliados, y no como vasallos. Pero ¿por qué no lo hacen? ¿El –todavía- más grande imperio mundial no posee mentes lúcidas que hagan por sumar en vez de restar fuerzas? Nunca es buen análisis suponer que el poderoso es tonto, y que sus fracasos se deben a su escasa lucidez. Yo no haré aquí semejante análisis. Es cierto, como dije arriba, que esta economía “desesperada”, este agujero negro de la deuda, esta financiarización casi maníaca, tóxica, lleva a actos que aparentan una locura: expandir la OTAN hasta las puertas de Rusia, financiar al dictador Zelensky y a sus batallones nazis, bombardear Irán, secuestrar a Maduro, apoyar el genocidio judío sobre palestinos…Pero el análisis geopolítico no sabe de “imprudencias”: hay que hallar la racionalidad, una diabólica racionalidad, oculta tras las decisiones.

  1. El tiempo apremia. Golpear fuerte al rival, antes de que el agujero les trague. Trump es el instrumento elegido por la élite en la sombra, muy consciente de que el agujero negro les tragará pronto a todos. Parece que Trump se estuviera dando prisa para generar caos. Pero no se está dando la suficiente prisa. El colapso llegará pronto. El caos fuera de casa empata con el caos que habrá dentro. Los propios ciudadanos yanquis van a pagar su inacción ante la oligarquía.
  2. La gran guerra no es la guerra contra China. Esta es imposible, los americanos no podrían mantenerla durante una semana. China controla los suministros, controla los dispositivos tecnológicos más avanzados. China podría doblar, triplicar su potencial en días, en semanas. Con este gigante no pueden. La guerra de los americanos, como sucede desde su misma fundación, pero especialmente desde 1898, es una guerra contra los europeos. El Imperio Occidental practicó diversas modalidades de colonialismo, pero el que sigue vigente es el colonialismo sobre los europeos. Tienen metido al yanqui-sionismo en todas las filas y en todos los frentes. A izquierda y a derecha hay infiltraciones. Mientras tanto, la propia Europa se sume en el caos étnico para que la respuesta anti-colonial no llegue a darse.  

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