En la calle más transitada de mi barrio, un supermercado ha cerrado, reemplazado por una tienda de artículos para mascotas. La plaza arbolada cercana, un lugar de encuentro y juego popular, es frecuentada más por perros que por niños. En todas partes, se tiene la sensación de estar al final del ciclo vital de una civilización: ancianos, extranjeros, personas con mascotas sujetas con correa para sobrellevar la soledad, tratadas como niños, interminables filas de personas de cabello blanco en los centros de salud. Es como si estuviéramos presenciando la muerte planificada de una civilización, una nación, un pueblo. Con la indiferencia de los protagonistas —nosotros— y de las instituciones. La tasa de natalidad se desploma, la población nativa disminuye, la inmigración aumenta y, a su vez, tienen menos hijos tras su llegada. El sistema globalista, consumista, individualista y liberal-capitalista es el anticonceptivo más poderoso. La alegría de los marineros náufragos, como en el Titanic dirigiéndose hacia el iceberg fatal. Cantamos, bailamos o simplemente lo ignoramos, pero el fin de esta nación y de otras, con sus respectivas civilizaciones, costumbres y tradiciones, se acerca a través de la consunción biológica. Cierran escuelas y jardines de infancia, y se abren residencias de ancianos, modestamente llamadas centros de vida asistida. En Italia, la tasa de fecundidad por mujer ha caído a 1,1, la mitad de los 2,1 que permiten la reproducción biológica al mismo ritmo. Un desastre que preocupa poco o nada a la población, cuyos promotores son las clases dominantes.
La grave situación de Italia se acerca rápidamente al punto de no retorno, el momento en que revertir la tendencia será imposible, incluso si se intentara. Este es el caso de Corea del Sur, el país asiático que ostenta el triste récord de colapso demográfico en el llamado mundo desarrollado. Una nación milenaria que ha avanzado rápidamente por el camino del progreso industrial y tecnológico, con ingresos y educación en aumento, siendo sus empresas insignia gigantes en tecnología y producción de semiconductores como Samsung, compañías automotrices y navales como Hyundai, y electrónica de consumo (LG). El bienestar material no trae felicidad: el caso coreano muestra una nación donde, junto con las tasas de natalidad, también se están derrumbando los matrimonios y la estabilidad familiar. El número de mascotas, sustitutos sentimentales en el desierto de la soledad masiva, aumenta exponencialmente.
Este cambio se evidencia en el auge de movimientos como el llamado 4B, surgido entre jóvenes surcoreanas que aboga por una ruptura total con el modelo familiar. El término se refiere a cuatro renuncias explícitas: no casarse, no tener relaciones sentimentales, no tener relaciones sexuales con hombres y no tener hijos. Se trata de una drástica respuesta regresiva a las condiciones sociales, laborales y culturales consideradas incompatibles con la formación de una familia, con un impacto directo en la disminución de la tasa de natalidad. Los resultados ya son visibles en la vida cotidiana. Las ventas de cochecitos para perros han superado a las de cochecitos para bebés, y el número de mascotas se ha disparado en la última década. Cientos de escuelas primarias no registraron nuevas matrículas el año escolar pasado; en la capital, Seúl, la matrícula preescolar está cayendo en picado.
Las previsiones son aún más preocupantes. Corea del Sur está envejeciendo y pronto se convertirá en un país dominado por jubilados, con una fuerza laboral menguante y un sistema de protección social al borde del colapso. El gobierno lleva años intentando frenar esta tendencia con ayudas económicas, permisos parentales y políticas de conciliación laboral y familiar. La inversión en los últimos años ha superado los 200.000 millones de wones (120.000 millones de euros). Estas medidas no han logrado revertir una tendencia que se extiende más allá del ámbito económico. Muchos denuncian el elevado coste de la vivienda, la presión laboral —con jornadas de las más largas del mundo desarrollado— y la distribución desigual del trabajo doméstico. A todo esto se suma un clima de creciente tensión social, con casos de violencia, escándalos sexuales y la difusión en línea de contenido ilegal que ha alimentado la desconfianza en las relaciones entre los sexos. Al mismo tiempo, ha surgido una reacción masculina que acusa a los movimientos feministas de exacerbar la crisis demográfica.
El resultado es una creciente tensión entre jóvenes de ambos sexos, con graves implicaciones políticas, sociales y culturales. La guerra entre los sexos, sumada al modelo individualista que los hace reacios a formar una familia, ha provocado una drástica caída de la natalidad. Esto no difiere de la realidad que se vive en nuestro propio país, con Italia, España y Grecia a la cabeza en la carrera hacia el abismo demográfico. La diferencia radica en que Corea del Sur ya ha superado el umbral crítico. Su trayectoria demuestra hasta qué punto una sociedad puede sufrir un declive irreparable cuando convergen las dificultades económicas, los cambios socioculturales disruptivos impuestos desde arriba y el conflicto abierto entre los sexos. Este escenario también se está desarrollando en nuestro país.
Lo cierto es que las medidas económicas no son la solución. Necesarias, por supuesto, pero constituyen un mero paliativo para un invierno demográfico que solo da resultados a muy largo plazo. Esto se evidencia en los casos de China y Rusia, que también están abordando el problema. No ocurre así en Occidente, donde el individualismo libertario y la completa inversión de los valores y prioridades subjetivas se mueven en la dirección opuesta. Solo un cambio profundo en los principios generales podría evitar el declive y la desaparición de muchas naciones históricas. La realidad es el triunfo de la cultura de la muerte. El nacimiento de nuevos miembros de la comunidad se impide mediante la anticoncepción y, sobre todo, el aborto, que ha pasado de ser un delito a una opción y, finalmente, a un derecho absoluto que se ejerce a expensas del Estado, que financia su propia extinción biológica.
Trabajan silenciosamente para reducir la esperanza de vida mediante el deterioro de los derechos sociales, las condiciones laborales y la atención médica. No fomentan la formación de familias de ninguna manera (ni económica, ni fiscal, ni basada en valores), ni dan prioridad a la unión entre un hombre y una mujer. Finalmente, incitan abiertamente a los enfermos, ancianos, deprimidos y pobres a renunciar a la vida, a la eutanasia, el asesinato o el suicidio asistido. Todo esto se presenta como una ampliación de los derechos individuales; el poder de la comunicación, la propaganda y el adoctrinamiento, desde la infancia, genera el consenso necesario. También se quejan de la inmigración de reemplazo, que se ha vuelto indispensable —llevan décadas actuando en esta dirección— para evitar el colapso de toda la estructura económica.
La disminución de la natalidad está provocando un marcado cambio en el gasto —tanto público como privado— centrado en la población anciana y enferma, lo que hace que la comunidad sea menos dinámica, obligada a la defensa y reducida a la mera supervivencia. Estamos bailando una danza macabra en la que el triunfo de la muerte de nuestra nación, de nuestra forma de vida heredada, de nuestra cultura y cosmovisión construidas a lo largo de los siglos, avanza rápidamente, pero todo esto es reprimido, excluido del debate público. Estamos muriendo, pero sin darnos cuenta. A nadie parece importarle a quién le transmitimos una inmensa herencia, rápidamente dilapidada, como en ciertas familias cuyos hijos degenerados o libertinos destruyen el trabajo de generaciones. Otro elemento desalentador es la negación de la responsabilidad: quienes viven en el presente solo piensan en sí mismos, no se preocupan por los demás —empezando por sus familias—, creen exclusivamente en el éxito personal y el entretenimiento vulgar. Los hijos son una carga insoportable. Este es el egoísmo de las generaciones más jóvenes, pero también de los ancianos, cuyo instinto de autoconservación se convierte en pura supervivencia.
La sociedad civil se vuelve menos dinámica, más egocéntrica y más cerrada. Perros, gatos, pájaros y otros animales se convierten en los únicos compañeros. Reciben la atención (y el gasto) que en una sociedad sana se destinaría a hijos, nietos y personas vulnerables. La muerte se convierte en la solución para escapar del sufrimiento existencial o las dificultades. Una mujer inglesa tuvo una muerte «dulce» (¡!) en una clínica suiza (un último refugio higiénico de la infelicidad) a pesar de gozar de perfecta salud, devastada por la muerte de su hijo. El trágico fresco final de un mundo en decadencia, donde la vida tiene cada vez menos sentido, carece de relaciones, de futuro, de seres queridos y de principios que compartir y transmitir.
La verdadera pregunta, la más dolorosa, es si nuestra sociedad merece sobrevivir. ¿Vale la pena librar una batalla final para salvarla? Quien escribe esto cree que debemos intentarlo, por respeto a nosotros mismos, a la historia y a la esperanza de un futuro que jamás ha abandonado a la humanidad. Entonces abandona su hogar, se enfrenta a la realidad y a la multitud de contemporáneos casuales que lo rodean, ve lo que ve, escucha sus conversaciones, observa comportamientos, preferencias, peculiaridades, y concluye que nunca la extinción de una gran civilización fue tan justa y merecida. Sin padres, sin hijos, sin ideales, indiferente a todo excepto al consumo y a los "derechos", la solitaria multitud corre sin rumbo. El último cierra la puerta.
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Traducción: Carlos X. Blanco.