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Hantavirus y el Bioterrorismo Psicológico

Por Dr. Robert W. Malone

 

El miedo es una de las drogas más poderosas que se han inventado jamás

 

Dr. Robert W. Malone, Malone News - 11 mayo 2026

El miedo a diferencia de los antibióticos o los antivirales, no requiere aprobación de la FDA, (Administración de Alimentos y Medicamentos FDA, sigla en inglés) ni planta de fabricación, ni transporte en cadena de frío. El miedo se propaga solo. Basta con un titular, unos cuantos expertos en televisión, música inquietante de fondo en un noticiero, y de repente millones de personas empiezan a buscar en su cuerpo síntomas que desconocían diez minutos antes.

El bioterrorismo psicológico consiste en instrumentalizar el miedo a las enfermedades para manipular a individuos, poblaciones, mercados y gobiernos. A veces, el objetivo es político; otras veces, financiero; otras, burocrático. Con frecuencia, se combinan los tres.

Esto no es una teoría de la conspiración. Es una forma reconocida de guerra psicológica. Hemos escrito extensamente sobre ello en nuestro libro Psywar 

En ese libro, hablamos del Dr. Alexander Kouzminov, un ex oficial de inteligencia soviético-ruso con amplia experiencia en espionaje biológico y operaciones de bioseguridad, quien en 2017 describió cómo el miedo a las enfermedades infecciosas puede amplificarse estratégicamente para moldear el comportamiento público, influir en los gobiernos y crear oportunidades para quienes se benefician del pánico. Este proceso se denomina bioterrorismo psicológico.

Una vez que comprendes el marco, empiezas a ver el patrón por todas partes.

Un virus u otro patógeno surge en algún lugar del mundo. Los medios de comunicación adoptan un tono apocalíptico. Los expertos parecen predecir una catástrofe. Los modelos informáticos proyectan millones de muertos si se dan las circunstancias adecuadas. Los políticos declaran el estado de emergencia. Las farmacéuticas anuncian nuevos productos. Las redes sociales se convierten en un caos digital. Y la gente común, que solo quería comprar huevos y pasear al perro, de repente siente que la civilización está al borde del colapso.

Lavar. Enjuagar. Repetir.

 El último ejemplo es el actual revuelo mediático en torno al hantavirus

Ahora bien, para que quede claro, el hantavirus es una enfermedad real. Puede ser grave. Merece la atención médica y la vigilancia adecuadas. El control de roedores en los alrededores de casas y granjas es importante, sobre todo en zonas donde el virus es endémico. Nadie sensato argumenta lo contrario.

Pero si hubieras seguido la reciente cobertura mediática, habrías pensado que medio país estaba a punto de morir envuelto en una nube de excrementos de ratón que se propagaba por el sistema de climatización de Tractor Supply.

La realidad es mucho menos cinematográfica.

Las infecciones por hantavirus en Estados Unidos siguen siendo extremadamente raras. La mayoría de los casos se producen en regiones geográficas muy específicas e implican riesgos de exposición claros, generalmente en áreas cerradas contaminadas con excrementos de roedores. Sin embargo, de repente, todos los medios de comunicación actúan como si limpiar el desván o un cuarto o hurgar en el sótano fuera como protagonizar una película de Hollywood sobre un brote epidémico.

Así funciona el bioterrorismo psicológico. El patógeno en sí importa menos que la carga emocional asociada a él.

El miedo se propaga más rápido que los hechos y se convierte en infraestructura

La razón por la que estas campañas funcionan tan bien es simple. Los seres humanos estamos biológicamente programados para temer las amenazas invisibles. Un lobo fuera de la cueva da miedo. ¿Pero un virus invisible flotando en el aire? Eso activa algo mucho más profundo en el sistema nervioso humano. No se puede ver. No se puede oler. No se puede negociar con él. Cada desconocido se convierte en una amenaza potencial. Cada tos se vuelve sospechosa.

Esa pérdida de control es precisamente la clave.

El bioterrorismo psicológico tiene éxito porque crea simultáneamente cuatro poderosas condiciones emocionales.

Los seres humanos somos criaturas sociales. Queremos pertenecer a un grupo protegido.

Ese instinto es ancestral y puede ser manipulado fácilmente

De repente, cualquier cobertizo polvoriento se convierte en una trampa mortal potencial. Si barres el cuarto donde almacenas  alimentos, al parecer, ahora necesitas el valor de un Navy SEAL de la Marina entrando en Faluya.

Aquí es donde la psicología cobra mayor importancia que el patógeno en sí. El riesgo real importa menos que la percepción emocional. Las amenazas invisibles generan un tipo de ansiedad particular porque las personas no pueden evaluar fácilmente el peligro con sus propios sentidos. Se puede ver el humo de un incendio. Se puede oír la sirena de un tornado. Pero no se puede ver una partícula de virus. Esa incertidumbre crea un terreno fértil para la amplificación del miedo.

Y una vez que el miedo se arraiga socialmente, se retroalimenta se convierte en un círculo vicioso. La gente busca constantemente señales de peligro. Cualquier tos se vuelve sospechosa. Cada noticia se percibe como urgente. Las redes sociales se convierten en enormes bucles de retroalimentación de ansiedad. Una persona asustada comparte información alarmante con otras diez, quienes a su vez la amplifican aún más. En poco tiempo, la reacción emocional se ha desvinculado del riesgo estadístico real

Observamos esta dinámica repetirse una y otra vez durante la pandemia de COVID-19. Ahora vemos versiones similares, aunque a menor escala, con la gripe aviar, el hantavirus, los brotes de sarampión y cualquier otro patógeno que domine la atención mediática. El guion rara vez cambia. Primero llega el titular alarmante. Luego, los modelos predictivos. Después, los paneles de expertos. Y finalmente, las declaraciones de que «debemos actuar ya». Pronto, políticos, burocracias, corporaciones y medios de comunicación se involucran económica e institucionalmente en mantener la atención pública sobre la amenaza.

El miedo se convierte en infraestructura.

Uno de los aspectos más fascinantes de estos ciclos es la frecuencia con la que el lenguaje especulativo se transforma en certeza emocional. Si observan con atención, notarán el uso repetido de frases como «podría propagarse», «podría mutar», «podría agravarse» o «tiene potencial pandémico». Científicamente, estas afirmaciones pueden ser técnicamente ciertas. Casi todo es posible en biología. Pero psicológicamente, el público suele interpretar estas frases como si la catástrofe fuera inevitable. Este cambio en el lenguaje tiene una enorme importancia.

La mayoría de las personas carecen del tiempo, los conocimientos científicos o la distancia emocional necesarios para evaluar continuamente las afirmaciones sobre riesgos en constante evolución. En cambio, se guían por el tono emocional y la confianza institucional. Si cada titular suena urgente, el cerebro asume que debe haber urgencia. Esta es una de las razones por las que el bioterrorismo psicológico es tan efectivo. La campaña no requiere inventarse cosas de la nada. Solo requiere una amplificación selectiva, un encuadre estratégico, repetición y saturación emocional.

 Históricamente, los gobiernos y las instituciones siempre han comprendido la utilidad política del miedo. El miedo justifica los poderes de emergencia. El miedo acelera la obtención de fondos. El miedo aumenta el consumo de medios de comunicación. El miedo también crea cohesión social en torno a comportamientos de cumplimiento y conformidad. Durante el COVID-19, surgieron rituales completos en torno al uso de mascarillas, el distanciamiento social, la desinfección de los alimentos, la vacunación y las demostraciones públicas de «hacer lo correcto». Algunas intervenciones pudieron haber tenido un beneficio parcial. Otras rozaban la teatralidad. Pero todas cumplieron una función social adicional al señalar la pertenencia al grupo moralmente protegido.

Los seres humanos desean desesperadamente pertenecer a un grupo protegido.

Ese instinto es ancestral. Y es fácil de manipular.

Nada de esto significa que las enfermedades infecciosas sean imaginarias, ni que todos los funcionarios de salud pública actúen con mala fe. Los brotes reales ocurren. La vigilancia es importante. La preparación es importante. La higiene básica es importante. Pero la proporcionalidad también lo es. Una sociedad permanentemente atrapada en la hipervigilancia acaba perdiendo la capacidad de distinguir las emergencias genuinas del pánico fabricado.

Y ese podría ser el mayor peligro a largo plazo de todos.

Cuando las poblaciones se acostumbran a vivir en un estado constante de ansiedad biológica, se agotan psicológicamente. La confianza se erosiona. El pensamiento crítico se deteriora. Algunas personas se vuelven permanentemente temerosas. Otras caen en un cinismo automático y dejan de creer en nada, incluso en advertencias legítimas. Ambos resultados son destructivos.

Un peligro aún mayor es el uso que hacen los gobernantes de las prolongadas emergencias sanitarias nacionales para hacerse con el poder. Los procesos electorales se manipulan o se posponen. Los profesionales médicos que no cumplen con las normas o no alzan la voz pierden sus licencias de forma permanente. Se cierran pequeños negocios, mientras que las grandes corporaciones transnacionales con vínculos con el gobierno crecen sin cesar. Se incorporan más regulaciones de "seguridad" que benefician a la agroindustria. Las normas se endurecen y las libertades se vuelven más restrictivas.

El reto de cara al futuro no consiste en volverse intrépido. El reto y la oportunidad consisten en ser más difíciles de manipular.

Eso requiere perspectiva, resiliencia y la voluntad de plantear preguntas con calma en momentos de urgencia artificial. ¿Quién se beneficia del pánico? ¿Qué pruebas existen realmente? ¿Qué es cierto y qué es especulativo? ¿Estamos respondiendo y reaccionando proporcionalmente al nivel real de riesgo?

Lo más importante es que debemos aprender a reconocer cuándo el miedo mismo se ha convertido en el producto que se está comercializando.

Porque, una vez que las sociedades aceptan la emergencia perpetua como algo normal, la libertad empieza a erosionarse, titular a titular.

https://www.malone.news/p/hantavirus-and-psychological-bioterrorism?


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