28.MAY26 | PostaPorteña 2555

De la revolución a la tutela militar: Cuba y la contrarrevolución burocrática

Por José W. Legaspi

 

José W. Legaspi UyPress 12/12/25

A semanas de cumplirse un nuevo aniversario de aquella revolución auténtica y transformadora, la que estremeció a América Latina y devolvió dignidad a un pueblo sometido por décadas, se impone una verdad incómoda: el proceso cubano ya no encarna el impulso emancipador que lo hizo ejemplo.

Lo que nació como una gesta de liberación nacional y justicia social terminó convertido en una maquinaria estatal rígida, tutelada por una cúpula militar-partidaria que administra la escasez, controla el disenso y clausura cualquier horizonte socialista vivo.

La Revolución Cubana simbolizó durante años el sueño posible de un socialismo con raíces populares, capaz de enfrentar al imperialismo y construir soberanía. Pero hoy, la isla es testimonio del desgaste histórico de un modelo que confundió continuidad con petrificación, crítica con traición, y poder popular con verticalismo burocrático. Las estructuras que alguna vez se presentaron como salvaguarda del proyecto revolucionario derivaron en su contrario: guardianes de privilegios, administradores de un orden político que ya no responde al pueblo sino a sí mismo.

Me propongo volver a mirar Cuba desde la crudeza del presente: sin nostalgia paralizantesin romanticismos vacíospero también sin renunciar al legado histórico de quienes arriesgaron la vida por un porvenir más justo. Tenemos que comprender cómo la revolución se convirtió en tutela militar, cómo el Partido Comunista y las Fuerzas Armadas asumieron un rol de guardianes de un sistema que se autodefine socialista pero funciona como una burocracia defensiva, cerrada, temerosa de su propio pueblo.

Es necesario decirlo con claridad: la contrarrevolución burocrática no es un golpe externo, sino un proceso interno que fue consolidándose a medida que la dirección política se desligó de la participación real de las masas, sustituyendo la construcción colectiva por el mando centralizado. Señalar la decadencia de la revolución no es rendirse al discurso reaccionario, sino reivindicar la posibilidad de un socialismo democrático, crítico, popular y emancipador -algo que hoy Cuba, bajo su actual estructura de poder, ha dejado atrás.

Esta primera columna abre el camino para examinar, con rigor y sin concesiones, las transformaciones que condujeron del ímpetu revolucionario al presente autoritario, y para preguntarnos qué significa hoy defender un proyecto verdaderamente socialista.

La historia de la Revolución Cubana es una de las más luminosas y más trágicas del siglo XX latinoamericano. Luminosidad porque quebró la soberanía mafiosa y oligárquica que gobernaba la isla, expulsó al imperialismo norteamericano de su patio más cercano y logró conquistas sociales impensables para un país dependiente. Trágica porque ese impulso emancipador fue absorbido, vaciado y finalmente administrado por una casta burocrático-militar que convirtió la revolución en rutina, el socialismo en forma vacía y la política en obediencia.

En Cuba, lo que se derrumbó no fue el socialismo: fue el poder popular. El Partido-Estado ocupó su lugar, y luego, cuando ese Partido se vació de contenido, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) ocuparon el suyo. El resultado es el que vemos hoy: una dictadura de clase burocrática, sostenida por la disciplina militar, el control sobre la economía y un discurso revolucionario que se volvió plastificado, intocable, casi religioso.

No pretendo ni busco lograr una cómoda "equidistancia": la izquierda latinoamericana ya perdió demasiado tiempo justificando lo injustificable. La tarea es otra: recuperar la tradición revolucionaria de Cuba contra aquellos que la administran en su nombre.

Es imprescindible recordar que el derrumbe no comenzó con la crisis del "Período Especial", ni con la caída del Muro de Berlín, ni con el endurecimiento del bloqueo. El verdadero punto de inflexión -el momento en que la dirección cubana ejecutó una contrarrevolución burocrática en nombre de la pureza revolucionaria- fue 1989. Las Causas 1 y 2, que terminaron en la ejecución del general Arnaldo Ochoa y la muerte (oficialmente "suicidio") del ministro del Interior José Abrantes, no fueron un acto de justicia revolucionaria sino un movimiento defensivo del aparato militar-partidario para eliminar cualquier disidencia interna. Ahí se quebró, por dentro, el proyecto emancipador: el poder dejó de responder a la soberanía popular y pasó a custodiarse a sí mismo. Desde ese momento, la revolución dejó de existir como proceso histórico y empezó a sobrevivir como mito administrado por una elite armada.

1959: la irrupción popular y la invención de un camino

Para entender la magnitud del proceso cubano hay que volver a su origen. La Revolución de 1959 fue un movimiento esencialmente nacional-popular, no un proyecto soviético importado. Su columna vertebral fue: el ejército rebelde surgido de la Sierra Maestra, el movimiento 26 de Julio, los estudiantes radicalizados, sindicatos fracturados pero aún combativos y un pueblo urbano agotado por la corrupción de Batista.

Ese conjunto heterogéneo fue capaz de derrotar militarmente y políticamente a un régimen sostenido por Estados Unidos. En ese triunfo, la revolución cubana se ganó el derecho histórico a pensar su propio camino.

Pero la revolución no fue homogénea: en su seno convivían nacionalismos democráticos, radicalismos antiimperialistas, socialistas humanistas y, por supuesto, el Partido Socialista Popular (PSP), estalinista, disciplinado y con fuerte influencia sindical.

Entre 1959 y 1961 se disputó el corazón del proceso: ¿sería una revolución democrática ampliada, un camino socialista autónomo o un modelo calcado del bloque soviético?

La crisis de Bahía de Cochinos, la radicalización social y la alianza estratégica con la URSS sellaron esa disputa. A partir de ahí, el Partido Comunista de Cuba -producto de la fusión forzada entre el PSP y el 26 de Julio- se volvió el núcleo organizador del poder.

1960-1976: La revolución se institucionaliza... y se congela

Durante la década de los 60, Cuba logró conquistas sociales extraordinarias: alfabetización masiva, universalización de la salud, reforma urbana. Pero también se consolidó otro proceso, menos celebrado: la institucionalización vertical del poder.

En 1976, la nueva Constitución definió dos pilares que marcarían el destino posterior: El PCC como "la fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado" y las Fuerzas Armadas Revolucionarias cómo columna vertebral del orden interno.

Ese binomio -Partido + Ejército- creó un Estado que no podía ser controlado desde abajo. La democracia socialista fue reemplazada por una democracia de cuadros, con líneas de mando militares y lógicas de obediencia.

Las Asambleas del Poder Popular nacieron sin poder real; la prensa revolucionaria sin autonomía; los sindicatos como apéndices del Estado.

Fue en esos años donde empezó el problema: la revolución dejó de ser proceso y se convirtió en aparato.

1989: el año que fractura la legitimidad revolucionaria

La detención de Ochoa (junio de 1989), héroe internacionalista en Angola y Etiopía, respetado dentro y fuera de Cuba, marcó el comienzo de una purga destinada a disciplinar al Ejército y cerrar filas en torno al poder absoluto del aparato dirigido por Raúl Castro.

La Causa No. 1 instrumentada contra él y los mellizos De La Guardia, entre otros,  por corrupción, narcotráfico y traición fue un proceso sumarísimo sin garantías, transmitido por televisión para enviar un mensaje político: nadie, por más méritos revolucionarios que posea, podía colocarse por encima del Partido y las Fuerzas Armadas.

Días después, se abrió la Causa No. 2, dirigida contra José Abrantes, histórico ministro del Interior, hombre de confianza del propio régimen. Aunque no se lo responsabilizó de acciones directas, fue acusado de "falta de vigilancia política", fórmula lo suficientemente ambigua como para justificar cualquier sanción. Su muerte en prisión -oficialmente un suicidio en enero de 1991- cerró el círculo de disciplinamiento burocrático.

Las Causas 1 y 2 fueron procesos políticos, no judiciales. Su función era consolidar un giro interno: el desplazamiento de una dirección militar con prestigio real y capacidad autónoma por una dirección militar-partidaria subordinada completamente a la familia Castro. En este sentido, funcionaron como el inicio de la contrarrevolución burocrática, donde el poder se reorganiza para garantizar su propia perpetuación, incluso al costo de destruir cuadros revolucionarios.

El mensaje interno: obediencia o eliminación

La ejecución de Ochoa envió un mensaje brutal al interior de las Fuerzas Armadas Revolucionarias: ninguna trayectoria, ninguna victoria internacionalista, ninguna lealtad previa era garantía de protección.

Se instauró así una cultura política basada en la obediencia incondicional, donde la crítica era sinónimo de traición.

Este clima inhibió cualquier posibilidad de renovación democrática interna y destruyó la vieja ética revolucionaria fundada en el debate y la autocrítica.

Fin de un proyecto emancipador

A partir de 1989 la revolución dejó de ser un proceso social transformador y se convirtió en un orden de seguridad administrado militarmente.

El poder popular -ya debilitado desde los años 70 por la institucionalización- quedó definitivamente subordinado al aparato.

Las reformas posteriores (lineamientos, apertura parcial, turismo, zonas especiales) ya no respondieron a una estrategia de socialismo renovado, sino a la lógica de supervivencia de una elite de Estado.

Tras las purgas, el Estado cubano fortaleció un modelo mixto donde las fuerzas armadas gestionan empresas turísticas, comerciales y logísticas a través de conglomerados como GAESA.

Ese modelo es hijo directo de 1989: el aparato militar pasó de ser garante del proceso revolucionario a ser propietario y administrador del nuevo capitalismo de Estado.

Desde 1989 en adelante, el discurso oficial convirtió la revolución en relato más que en práctica: una marca identitaria que justifica la permanencia del aparato.

La represión a disidentes, la censura y el control total sobre la prensa se profundizaron para evitar que el caso Ochoa/Abrantes se convirtiera en un símbolo de ruptura interna.

1991: El "Período Especial" y la victoria silenciosa de la casta militar

Con la caída de la URSS, el Partido quedó debilitado. Pero las FAR, que ya gestionaban sectores completos de la economía (turismo, transporte, comercio exterior), surgieron fortalecidas.

El Período Especial fue una tragedia económica y una paliza social, pero también una reconfiguración del poder: el ejército pasó a manejar empresas clave a través de GAESA (Grupo de Administración Empresarial de las FAR), el Partido se volvió un aparato ritualizado, conservador y sin imaginación, la sociedad civil (artistas, jóvenes, cooperativistas) comenzó a abrir grietas que luego serían reprimidas.

En los 90 no ganó el socialismo: ganó la burocracia militar. A partir de ese momento, Cuba dejó de ser un proyecto y comenzó a ser un orden.

2006-2020: La transición del castrismo al "modelo militar-empresarial"

Cuando Fidel se retiró y asumió Raúl, se produjo el cambio más profundo desde 1959: no una democratización, sino una militarización de la economía. Bajo Raúl, GAESA se volvió un Estado dentro del Estado: controló más del 70% del turismo, manejó el comercio minorista en moneda dura, administró puertos, aeropuertos, zonas francas y redes logísticas, y se infiltró en las inversiones extranjeras.

El Partido quedó como decorado ideológico; el ejército, como gestor empresarial.

Quien manda hoy en Cuba no es el socialismo: es el capitalismo militar de Estado.

2018-presente: Díaz-Canel, el Partido fosilizado y el estallido social

Con la llegada de Miguel Díaz-Canel, el aparato político creyó que la continuidad estaba asegurada. Se equivocó. La crisis económica, la dolarización encubierta, el derrumbe del salario real y la pérdida de legitimidad generaron la mayor protesta desde 1959: el 11 de julio de 2021.

Miles de cubanos salieron a la calle. No para pedir capitalismo salvaje ni para apoyar a Miami, sino para gritar: comida, libertad, fin de la represión, y dignidad.

La respuesta fue militar: detenciones masivas, juicios exprés, criminalización del disenso. El gobierno actuó como lo que es: una dictadura burocrático-militar que teme al pueblo que dice representar.

El problema de la izquierda latinoamericana: confundir revolución con régimen

Una parte de la izquierda continental sigue defendiendo al Estado cubano en nombre del antiimperialismo. Pero el antiimperialismo no justifica la opresión interna. La revolución no legitima la represión. La soberanía nacional no puede ser excusa para negar los derechos básicos.

Las responsabilidades son claras: el Partido Comunista de Cuba traicionó la tradición revolucionaria al impedir toda renovación políticael Ejército se apropió de la economía y gobierna con lógica empresariallos ciudadanos fueron convertidos en súbditos; los intelectuales críticos fueron censurados, perseguidos o empujados al exilio.

La izquierda no puede seguir homenajeando al Museo mientras la realidad está marcada por cárceles, prohibiciones y pobreza estructural. La tarea histórica es otra: recuperar la revolución de las manos de quienes la convirtieron en dogma vacío y negocio familiar.

Cuba no necesita solidaridad ciega: necesita solidaridad revolucionaria

La crítica a Cuba no es un acto de traición, sino de lealtad a lo que Cuba fue: una revolución que puso a la dignidad en el centro.

Hoy, la solidaridad verdadera con el pueblo cubano exige: denunciar la represión, exigir libertades políticas, apoyar a los trabajadores y artistas reprimidos, exigir transparencia económica, defender el derecho a organizarse por fuera del Partido, rechazar la militarización del Estado y la economía.

No se trata de salvar al régimen: se trata de salvar la idea de revolución.

Volver a la raíz para superar la deriva

El proceso cubano nos deja una enseñanza monumental: cuando el Partido se convierte en Estado y el Estado se convierte en Ejército, el socialismo se vuelve imposible.

El desafío histórico no es abandonar Cuba ni demonizarla: es recuperar su legado revolucionario y señalar con firmeza a quienes lo degradaronLa revolución no murió por culpa del bloqueomurió por la consolidación de un régimen burocrático-militar que vació de contenido cada conquista de 1959.

Y lo que empieza como mala gestión termina, finalmente, como dominación

 

Cuba, la burocracia y el derecho a pensar desde la izquierda

 

José W. Legaspi UyPress 24/5/26

La respuesta de William Yohai a mi columna sobre Cuba (De la revolución a la tutela militar: Cuba y la contrarrevolución burocrática) tiene un mérito que, en estos tiempos de trincheras automáticas y consignas prefabricadas, no es menor: polemiza políticamente y obliga a profundizar un debate que buena parte de la izquierda latinoamericana y toda la autóctona viene postergando desde hace décadas.

Le agradezco además el tono respetuoso, incluso en el desacuerdo. Porque precisamente de eso debería tratarse una tradición socialista viva: de discutir sin excomuniones, sin obediencias automáticas y sin miedo al pensamiento crítico... dejando pasar la picardía del comienzo de su carta "Alguien que firma José W. Legaspi"... 

Ahora bien: Yohai sostiene que mi análisis incurre en "inexactitudes" y que reproduce interpretaciones provenientes de Miami. Creo honestamente que ocurre exactamente lo contrario. Lo que intento discutir no es la legitimidad histórica de la Revolución Cubana -que considero uno de los acontecimientos emancipatorios más importantes del siglo XX- sino el proceso mediante el cual esa revolución terminó cristalizando en una estructura burocrático-militar crecientemente separada de la participación popular.

Y eso no es un argumento de la derecha. Es un debate histórico del marxismo revolucionario.

Reducir toda crítica al aparato estatal cubano a una operación imperial implica cancelar cualquier posibilidad de análisis materialista sobre el devenir concreto de la revolución. Y precisamente el marxismo nació para analizar contradicciones históricas, no para administrar fidelidades emocionales.

Coincido con Yohai en algo esencial: Cuba jamás fue una copia mecánica de la Unión Soviética. La experiencia cubana tuvo rasgos profundamente originales: internacionalismo militante, movilización popular, experimentación económica, producción cultural extraordinaria y una política exterior que desafió muchas veces incluso las prioridades geopolíticas soviéticas.

La influencia de Ernesto Che Guevara en los primeros años fue decisiva precisamente porque expresaba una voluntad de construir un socialismo distinto, basado en la conciencia política, el trabajo voluntario y la creación de un "hombre nuevo" que no reprodujera las lógicas utilitarias del capitalismo. Todo eso es cierto.

Pero también es cierto que, progresivamente, el proceso revolucionario fue consolidando una estructura estatal cada vez más centralizada, vertical y militarizada.

Y aquí aparece el núcleo del debate.

La cuestión no es si Cuba resistió heroicamente al imperialismo estadounidense. Eso resulta indiscutible. Ningún análisis serio puede ignorar el bloqueo criminal impuesto por Estados Unidos, las agresiones permanentes, la invasión de Playa Girón, las operaciones de sabotaje o el intento histórico de asfixiar económicamente a la isla.

La cuestión es otra: si esa situación de asedio permanente terminó generando una burocracia que comenzó a reproducir intereses propios y a sustituir progresivamente la participación popular por la administración cerrada del poder.

Yohai parece considerar que formular esa pregunta equivale a "enseñarle a los cubanos cómo gobernarse". No lo creo. Creo, por el contrario, que discutir críticamente la experiencia cubana desde la izquierda es una forma de tomarse en serio la historia de la revolución y no convertirla en pieza de museo.

Porque una revolución deja de ser revolucionaria cuando ya no admite discusión. Estimado Yohai, las revoluciones viven de la crítica. Las burocracias viven de administrarla.

En mi artículo señalé que las causas 1 y 2 de 1989 representaron un punto de inflexión histórico. Yohai responde defendiendo la tesis oficial según la cual el caso Ochoa fue esencialmente un problema de narcotráfico y corrupción vinculado a las necesidades materiales impuestas por el bloqueo. Y me invita simpáticamente a leer el libro de Norberto Fuentes, "Dulces guerreros cubanos". Yohai, claro que lo leí, hace años, y a diferencia de "tu interpretación" acerca de que allí Fuentes "relata minuciosamente cómo funcionaba el núcleo de corrupción que giraba alrededor de los mellizos La Guardia y el general Arnaldo Ochoa" y agregas que "era hombre de confianza de estos y guardaba en su casa 200.000 dólares recibidos por ese grupo a cambio de facilitar el trafico masivo de cocaína a través de territorio cubano", que Fuentes en ese libro denuncia, en realidad la tarea encomendada a los enjuiciados por la más alta dirección del Partido y el Estado (no es necesario dar nombres, verdad?) Y olvidas "un detalle": Norberto Fuentes se alejó del poder en 1989 tras la llamada «Causa Número 1» (un proceso por supuesto tráfico de drogas y corrupción), que terminó con el fusilamiento de su amigo, el coronel del Ministerio del Interior Antonio de la Guardia, y del general Arnaldo Ochoa Sánchez. El mismo Fuentes que en 1993 intentó escapar de la isla en balsa, pero fue detenido y liberado en 1994 después de una huelga de hambre, y que logró salir de Cuba gracias a la intervención directa de Gabriel García Márquez, William Kennedy, Carlos Salinas de Gortari y Felipe González, residiendo desde entonces en Miami y Virginia, Estados Unidos. Desde esos fatídicos años 90, ¿sabes cuántos revolucionarios honestos y valientes como él se asilaron fuera de Cuba? Miles, Yohai. Lamentablemente sigues repitiendo un cliché caduco al referirte al exilio afincado en Miami. Te faltó el inefable "gusanos" para referirte a quienes ya no son como Mas Canosa y los otrora reaccionarios de la calle 8 de Little Havana. Ya que por lo visto te gusta Norberto Fuentes, te recomiendo leer "Narcotráfico y tareas revolucionarias", de 2002, "La autobiografía de Fidel Castro", en dos partes, publicadas en 2004 y 2007, o "El último disidente" de 2008, todos disponibles para descargar en Internet. Y comprobarás que tu interpretación sobre lo dicho por este autor en "Dulces guerreros cubanos" es equivocada. Se ha dedicado a denunciar la corrupción y la traición a los principios revolucionarios de otrora, llevada adelante por Fidel y Raúl, asistidos por la cada vez más fuerte estructura de poder militar.

Otro que podrías leer, ya que nombraste al comandante Che Guevara, es el libro "Memorias de un soldado cubano" de Dariel "Benigno" Alarcón Ramírez, compañero del Che en la columna revolucionaria que tomó el poder en 1959, además de acompañarlo en el Congo y en Bolivia, exiliado también en 1994 desilusionado de la revolución, en París donde escribió el libro que te recomiendo dónde critica con dureza al gobierno de Fidel. Podría seguir dando recomendaciones, pero sigamos con nuestro tema.

Aun aceptando la existencia real de redes de corrupción -algo que jamás negué- sigue pendiente una pregunta política fundamental: ¿por qué el proceso adquirió la forma de una escenificación disciplinadora transmitida públicamente y dirigida contra figuras de enorme peso dentro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias?

Lo decisivo no es sólo el delito imputado, sino el mensaje político producido.

Después de 1989 el aparato militar-partidario emergió como núcleo indiscutido del poder cubano. Y tras el derrumbe soviético esa tendencia se profundizó aceleradamente.  Allí aparece precisamente GAESA.

No hablo de una conspiración abstracta ni de un "golpe interno" caricaturesco. Hablo de un proceso histórico concreto mediante el cual las Fuerzas Armadas pasaron a administrar crecientes sectores estratégicos de la economía nacional bajo lógicas de opacidad difíciles de compatibilizar con cualquier ideal socialista de control popular.

Ese es el problema. Porque el socialismo no puede reducirse únicamente a propiedad estatal.

Si las grandes decisiones económicas quedan concentradas en estructuras cerradas, inaccesibles al control democrático de los trabajadores y de la ciudadanía, entonces aparece una contradicción que el marxismo tiene la obligación de pensar.

Y aquí el debate deja de ser exclusivamente cubano.

La experiencia de la Unión Soviética mostró cómo una revolución nacida de la participación obrera y popular podía derivar en un aparato burocrático relativamente autónomo. La discusión sobre burocracia no fue inventada por la CIA ni por Miami. La dieron desde dentro del marxismo figuras muy distintas entre sí.

Antonio Gramsci reflexionó sobre hegemonía y separación entre dirigentes y dirigidos. Nicos Poulantzas analizó cómo el aparato estatal desarrolla autonomías relativas incluso dentro de procesos revolucionarios. Ernest Mandel estudió el fenómeno burocrático como resultado histórico de condiciones materiales específicas.

Y también desde América Latina, Rodney Arismendi advirtió reiteradamente sobre los riesgos del dogmatismo, de la pérdida de vínculo entre partido y masas, y de la cristalización burocrática en los procesos revolucionarios. Arismendi defendió siempre la necesidad de un socialismo profundamente democrático, enraizado en la participación popular y capaz de renovarse críticamente sin perder su horizonte emancipador.

Ninguno de ellos era agente de Washington.

Por eso me parece problemático que parte de la izquierda latinoamericana siga reaccionando frente a Cuba mediante una lógica binaria: o defensa absoluta del gobierno cubano o alineamiento con el imperialismo.

La realidad es más compleja.

Yo no comparto la narrativa liberal que presenta a Cuba como una simple dictadura tropical ni ignoro las conquistas históricas de la revolución: salud pública, alfabetización, internacionalismo médico, soberanía nacional y resistencia antiimperialista.

Pero tampoco creo que defender esas conquistas implique callar frente al agotamiento político del modelo actual.

Porque las revoluciones también pueden burocratizarse. Y pueden hacerlo incluso conservando legitimidad histórica.

Yohai menciona, correctamente, el papel extraordinario de la medicina cubana y de las brigadas internacionalistas. Tiene razón: ese legado merece ser reivindicado. Pero precisamente por eso duele más observar cómo buena parte de aquella épica emancipadora convive hoy con una sociedad marcada por el éxodo juvenil, la apatía política, la desigualdad creciente y la sensación extendida de inmovilidad histórica.

No alcanza con explicar todo mediante el bloqueo.

El bloqueo agrava brutalmente la crisis, sin duda. Pero no explica por sí solo la ausencia de mecanismos democráticos efectivos de deliberación política, ni la concentración económico-militar, ni la incapacidad para renovar la legitimidad revolucionaria entre amplios sectores jóvenes.

Toda revolución enfrenta un problema decisivo: cómo institucionalizarse sin congelarse. Y muchas veces el aparato creado para defender la revolución termina sustituyendo a la revolución misma.

Esa tensión recorre toda la historia del socialismo contemporáneo.

Por eso, insisto y seguiré haciéndolo, que la tarea de la izquierda no consiste en elegir entre Miami y la burocracia. La tarea debería ser más difícil y más honesta: defender la soberanía de Cuba frente al imperialismo estadounidense y al mismo tiempo defender el derecho del propio pueblo cubano a discutir críticamente su presente y su futuro.

Porque el socialismo no puede ser solamente resistencia. También tiene que ser emancipación democrática, participación popular y construcción colectiva de poder.

Y si la izquierda pierde la capacidad de pensar críticamente sus propias experiencias históricas, corre el riesgo de convertirse no en una fuerza transformadora, sino en una administración nostálgica de sus derrotas


Comunicate