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Magnifica Humanitas: el amanecer de un nuevo humanismo cristiano

Por Alessandro Scassellati

 

 Alessandro Scassellati 27/05/2026 Transform!Italia

La encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV representa un hito en la reflexión de la Iglesia sobre la dignidad humana, la justicia social y la paz en la era de la inteligencia artificial. El Pontífice observa proféticamente cómo la humanidad se encuentra hoy en una encrucijada sin precedentes en la historia. Si la revolución industrial, en siglos pasados, puso a prueba la fortaleza humana, automatizando la fuerza física y transformando las relaciones de producción, la revolución digital actual desafía nuestro espíritu, nuestro intelecto y la esencia misma de las relaciones. Ya no nos enfrentamos a un simple progreso técnico, sino a un cambio ontológico que afecta a las raíces mismas de la acción humana.

Con la encíclica Magnifica Humanitas, el Magisterio se propone contemplar con esperanza, pero también con profunda vigilancia crítica, el desarrollo de la inteligencia artificial. El llamamiento del Papa es claro: estas tecnologías no deben convertirse en instrumentos de una nueva y sofisticada alienación —capaces de reducir al individuo a un mero hecho o perfil comercial—, sino que deben permanecer al servicio de la dignidad intrínseca de cada hijo de Dios. Las máquinas, por muy avanzadas que sean, no poseen alma, ni esa «chispa de caridad» que hace de los seres humanos imagen de su Creador. El Pontífice aboga por el «desarme» de la inteligencia artificial, es decir, «liberarla de la mentalidad de la competencia “armada”». Pide disculpas por la demora de la Iglesia en condenar la esclavitud, calificándola de «herida a la memoria cristiana», y habla de las «nuevas formas de esclavitud» derivadas de la economía digital.

El título mismo evoca intencionadamente el «Magnificat» del Evangelio: así como María se regocija en las grandes obras del Todopoderoso, la Iglesia reconoce en el genio humano, capaz de generar algoritmos complejos y máquinas inteligentes, un reflejo de la sabiduría divina. Sin embargo, León XIV advierte: tal genio brilla solo mientras no pretenda ser un creador absoluto, olvidando las limitaciones propias de la criatura que lo hacen auténticamente humano. La inteligencia artificial es, por tanto, un llamamiento a la responsabilidad: nos corresponde asegurar que el progreso de la mente esté siempre guiado por la primacía de la conciencia, para que la tecnología nunca oscurezca la luz de la trascendencia y el valor inestimable de la vida humana en todas sus formas. Al abogar por la regulación de la revolución digital y al poner de relieve la dignidad humana, el pontífice contribuye a un debate ético crucial.

1. Algoritmos: Una nueva gramática del bien para el bien común

El núcleo de la encíclica Magnifica Humanitas reside en la profética propuesta de unos «algoritmos» universales. El Papa León XIV advierte con contundencia que ya no podemos aceptar que el desarrollo tecnológico se desarrolle en un peligroso vacío moral ni que esté impulsado exclusivamente por la lógica depredadora del lucro (el «síndrome de Babel») y la eficiencia técnica. Es necesario desmantelar la ilusión de neutralidad tecnológica: los algoritmos, de hecho, no son entidades asépticas, sino que encarnan intrínsecamente los valores, prejuicios y objetivos de quienes los diseñan, entrenan y despliegan. Son, en efecto, actos de voluntad humana traducidos al lenguaje computacional.

Por lo tanto, los algoritmos requieren que los principios cardinales de la doctrina social de la Iglesia —la dignidad inalienable de la persona, la primacía del bien común, la subsidiariedad y la solidaridad— no sean meras reflexiones secundarias, sino que estén codificados y «encarnados» en el «lenguaje del silicio». La algorética propuesta por León XIV exige que la ética esté «integrada», es decir, incorporada desde la fase de diseño. El Pontífice hace un llamamiento especial a científicos y programadores para que actúen como verdaderos guardianes de la moral, integrando criterios de justicia y equidad desde las primeras líneas de código fuente. La inteligencia artificial, al carecer de una sólida base ética, se compara con un «poder ciego», una fuerza capaz de pisotear los derechos de los más pequeños y vulnerables sin siquiera darse cuenta, puesto que carece de la capacidad de discernimiento que solo pertenece al corazón humano.

Los algoritmos no deben percibirse como un límite restrictivo a la creatividad o al progreso, sino como la condición necesaria y el terreno fértil para que la tecnología siga siendo auténticamente humana y orientada hacia el bien. En un mundo que avanza a pasos agigantados hacia la automatización de la toma de decisiones, no podemos permitir que la fría «lógica del cálculo» y el mero rendimiento ahoguen la «lógica del don», la generosidad y la compasión. Los algoritmos se presentan, por tanto, como la nueva gramática moral necesaria para garantizar que la innovación digital sea un camino hacia la verdadera liberación, y no una nueva e invisible forma de subyugación tecnocrática, que se entrega a una visión transhumanista o posthumanista.

2. Regulación de la IA: gobernanza para el bien común

En un pasaje de profunda trascendencia política y cívica, el Papa León XIV hace un sentido llamamiento a los gobiernos, las organizaciones supranacionales y las instituciones internacionales para que adopten una regulación valiente y con visión de futuro. El Pontífice observa con preocupación cómo el poder de las grandes corporaciones tecnológicas globales (Big Tech) ha alcanzado tales proporciones que desafía abiertamente la soberanía de los Estados, la estabilidad de las democracias y la libertad misma de los pueblos. Nos enfrentamos a un poder transversal que, de no ser regulado, corre el riesgo de operar fuera de todo control democrático. Por lo tanto, es necesario y urgente definir un marco jurídico global que impida la creación de peligrosas «zonas grises éticas», donde la experimentación tecnológica se produce sin ningún contrapeso moral o legal.

Con este fin, la encíclica propone formalmente la creación de una Agencia Internacional para la IA, que operaría bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Este organismo tendría la tarea de supervisar el desarrollo tecnológico mundial, certificar la ética de los sistemas y garantizar que los beneficios de estos descubrimientos se compartan equitativamente entre todos los países, contrarrestando activamente el fenómeno del "colonialismo digital", en el que unas pocas potencias tecnológicas extraen datos y valor de los países menos desarrollados sin restaurar la dignidad ni el progreso.

Según León XIV, los pilares de esta nueva forma de gobierno deben basarse en tres requisitos inalienables:

· Transparencia radical: todo ciudadano debe tener derecho a la verdad. Los usuarios deben ser informados explícitamente cuando interactúan con una máquina y deben poder comprender, en términos claros e inequívocos, la lógica y los datos que conducen a decisiones automatizadas que afectan sus vidas, su salud o su trabajo;

· Responsabilidad humana: la encíclica reafirma un principio ontológico: ninguna máquina, por muy avanzada que sea, puede ser considerada responsable legal o moralmente. Debe garantizarse por ley un «interruptor antropológico»: la presencia constante de un ser humano capaz de intervenir, corregir y, sobre todo, responder civil y penalmente por las acciones del sistema. Los humanos deben seguir siendo los árbitros finales;

• Igualdad de acceso: La inteligencia artificial debe ser un bien común para la humanidad. No podemos permitir que se convierta en un nuevo instrumento de apartheid tecnológico, creando una brecha insalvable entre los países capaces de producir algoritmos y aquellos reducidos a meros mercados de consumo o cuencas de extracción.

Solo a través de este marco jurídico internacional podrá la tecnología volver a ser un instrumento de paz y no de opresión.

3. Trabajo: vocación versus automatización alienante

La relación entre el hombre y el trabajo constituye uno de los pilares de la Magnifica Humanitas, situándose en directa continuidad con la gran tradición de la doctrina social de la Iglesia. El Papa León XIV, recordando explícitamente la enseñanza de León XIII y su histórica defensa de los trabajadores (la encíclica Rerum Novarum – «Sobre las cosas nuevas», con la que la Iglesia intentó abordar las transformaciones del capitalismo industrial en 1891, esbozando los principios para un justo equilibrio entre las fuerzas del capital y del trabajo), reafirma con contundencia un principio fundamental: el trabajo jamás puede reducirse a una mera mercancía o a un engranaje de la producción industrial. Es, por su naturaleza, una vocación, una participación activa y consciente del hombre en la obra creadora de Dios. En esta visión, el trabajo no solo sirve para producir bienes, sino para «producir al hombre», realizando su identidad y dignidad.

Hoy, sin embargo, la automatización avanzada y la inteligencia artificial plantean un desafío radical a este orden moral. El riesgo real es que los trabajadores queden reducidos a meros supervisores pasivos de procesos algorítmicos que ya no comprenden, o peor aún, degradados a simple "excedente económico" porque pueden ser reemplazados por una máquina más eficiente y económica. El Papa advierte que la dignidad del trabajo no reside en la eficiencia del resultado, sino en la intencionalidad, la conciencia y el sacrificio del trabajador. Una máquina puede producir un objeto con una perfección geométrica y una velocidad inigualables, pero jamás podrá dotarlo del significado espiritual y el alma que solo el trabajo de la mano y la mente humanas puede conferir.

La encíclica condena enérgicamente lo que denomina la «esclavitud algorítmica» del trabajo a demanda y la gestión digital de la fuerza laboral. Es inaceptable que un ser humano sea controlado, evaluado e incluso despedido por una aplicación desprovista de rostro y corazón, que reduce el esfuerzo de los demás a un mero parámetro estadístico. Para contrarrestar esta tendencia, León XIV propone una reforma del valor del trabajo: el aumento de la productividad garantizado por la IA no debe traducirse exclusivamente en la acumulación de capital para unos pocos, sino que debe generar un dividendo social.

Esto debe traducirse en una reducción de la jornada laboral, igualdad salarial e inversión masiva y sostenida en la formación continua de los trabajadores. El tiempo liberado por las máquinas no debe convertirse en tiempo de desempleo o pobreza, sino que debe redirigirse a las dimensiones vitales de la vida: la familia, la contemplación de la belleza, el desarrollo cultural y el cuidado de la creación. El progreso tecnológico solo tiene sentido si libera a la humanidad para su misión más elevada: amar y servir.

4. Inteligencia Artificial y Paz: El Grito contra las Máquinas de Matar

Un punto de extrema gravedad, que cuestiona profundamente la conciencia de pueblos y gobiernos, concierne al uso bélico de la Inteligencia Artificial. En un mundo ya herido por conflictos fragmentados, el Papa León XIV declara con firmeza que el desarrollo, la producción y el uso de Sistemas de Armas Autónomas Letales (LAWS) son «moralmente inaceptables». Confiar la decisión suprema de quitar la vida a un ser humano a un cálculo probabilístico, por muy refinado que sea, no es solo un error técnico, sino una verdadera blasfemia contra la humanidad y el Creador, único dueño de la vida. La muerte jamás puede ser el resultado de una ecuación resuelta por una máquina desprovista de conciencia, misericordia y discernimiento moral.

La encíclica advierte que la paz no puede ni debe reducirse al resultado de algoritmos de defensa contrapuestos o a una disuasión fría calculada por supercomputadoras. El riesgo reside en que la tecnología de guerra automatizada haga la guerra más «fácil» y menos costosa políticamente para quienes la ordenan, al ocultar su horror y su costo humano tras interfaces digitales pulcras, transformando el drama de la destrucción en una especie de simulación estéril y distante. Esta «anestesia de la responsabilidad» es uno de los peligros más insidiosos de la modernidad. Por ello, León XIV aboga por la prohibición mundial de las «armas letales», instando a la comunidad internacional a prohibir cualquier sistema capaz de operar sin un control humano directo y significativo (intervención humana).

Además de la prohibición de las armas físicas, el Magisterio propone una visión innovadora de la seguridad: un Tratado de Desarme Digital. Este acuerdo debería elevar los pilares de la vida civil —hospitales, escuelas, infraestructura energética y redes de agua— a la categoría de «santuarios digitales inviolables», absolutamente protegidos de cualquier forma de ciberataque o cibersabotaje, incluso en tiempos de guerra. La verdadera ciberseguridad y la estabilidad global jamás se lograrán mediante el fortalecimiento de las capacidades ofensivas o la escalada tecnológica, sino únicamente mediante una cooperación sincera orientada a proteger la vida civil y la verdad.

En una época en la que incluso las palabras y la información pueden transformarse en armas de desestabilización, la Iglesia insta a «desarmar los corazones» antes incluso de desarmar los servidores. La tecnología debe servir para construir puentes de diálogo, no para perfeccionar los mecanismos de destrucción mutua. La paz es una obra en construcción que requiere inteligencia humana, sensibilidad y, sobre todo, el valor de la fraternidad: elementos que ningún algoritmo puede replicar jamás.

5. Ciberacoso: Hacia una ecología de las relaciones

En el mundo digital, los seres humanos experimentan una nueva y peligrosa fragilidad. El Papa León XIV observa con preocupación pastoral cómo, en el espacio etéreo de internet, las personas corren el riesgo constante de perder su propia corporeidad y, con ella, su sentido de la sacralidad propia y ajena. Cuando el cuerpo desaparece tras una pantalla, el otro deja de ser un rostro bienvenido y se convierte en un blanco, un objeto sobre el que se desatan instintos depredadores. La encíclica define el ciberacoso como una terrible «lepra del alma» que se insinúa y se propaga en las sombras del anonimato o bajo el escudo de identidades ficticias, destruyendo la reputación y la estabilidad psicológica de niños, mujeres y personas vulnerables. Si bien la violencia se perpetra en un mundo virtual, sus frutos son trágicamente reales: profundas heridas, aislamiento y, a veces, la pérdida misma de la esperanza.

Para contrarrestar esta tendencia, León XIV introduce el concepto de «ecología relacional». Así como estamos llamados a proteger el medio ambiente físico, salvaguardando la creación de la explotación y la contaminación, también tenemos el deber moral de purificar el ecosistema digital de la toxicidad de la difamación, la burla sistemática y la manipulación provocada por los deepfakes. Los deepfakes, en particular, representan una oscura frontera de la tecnología, donde la inteligencia artificial se utiliza para fabricar verdades falsas, profanando la privacidad y la dignidad de las personas.

La encíclica exige a las principales plataformas tecnológicas una responsabilidad ética vinculante: no pueden considerarse meros «contenedores» neutrales, sino que deben rendir cuentas por el contenido que sus algoritmos transmiten y promueven, especialmente cuando este fomenta el odio con fines de lucro. La verdad, advierte el Pontífice, suele ser la primera víctima de los algoritmos polarizadores, diseñados para premiar el conflicto en lugar del diálogo. En este contexto, recuperar el valor de la palabra dada y de la bondad en línea no es solo un deber cívico, sino un auténtico acto de resistencia cristiana.

Finalmente, León XIV dirige un sentido llamamiento a las familias y escuelas, invitándolas a firmar un nuevo «pacto educativo». Es urgente devolver a los encuentros físicos, los gestos y las miradas el lugar central de la experiencia humana. Debemos educar a las nuevas generaciones para que comprendan que, si bien la tecnología ofrece conexión, solo el corazón puede ofrecer comunión. La caridad cristiana, de hecho, requiere presencia, cercanía y contacto físico; no puede satisfacerse con una señal digital, sino que debe ser acariciada y escuchada en el mundo real, donde las personas viven, sufren y aman.

6. La condena de la esclavitud: de las cadenas a los datos.

En un pasaje de extraordinaria fuerza histórica y moral, el Papa León XIV tiende un puente ideal entre la lucha centenaria de la Iglesia contra la esclavitud colonial y las nuevas y sofisticadas formas de subyugación que caracterizan la era tecnológica. Con humildad y valentía, el Pontífice reconoce primero las sombras del pasado, admitiendo las demoras y deficiencias de algunos sectores eclesiales a la hora de denunciar con prontitud el horror de las cadenas de hierro. Sin embargo, partiendo de esta memoria purificada, el Papa señala con el dedo lo que denomina «esclavitud de datos», una plaga invisible que amenaza con despojar a los seres humanos de su libertad interior.

Hoy en día, los seres humanos ya no se venden en mercados físicos, sino que se reducen a mercancías comercializadas en mercados digitales. Sus vidas íntimas, preferencias, miedos e incluso sus deseos más profundos se extraen, analizan y venden como paquetes de información diseñados para manipular el comportamiento y predecir decisiones. La encíclica reafirma con contundencia un principio innegociable: la persona humana no tiene precio, no puede ser tratada como un recurso a optimizar, puesto que posee una dignidad infinita derivada de haber sido creada a imagen de Dios. Reducir al individuo a un perfil algorítmico significa negar su singularidad y libertad.

La condena de León XIV se extiende también a la explotación de los llamados «trabajadores invisibles» del Sur global. Se trata de miles de personas que, por salarios ínfimos y en condiciones extremadamente precarias, dedican jornadas enteras a «entrenar» inteligencia artificial, etiquetar imágenes violentas o moderar contenido traumático sin ninguna protección psicológica ni legal. Este «proletariado de datos» representa la cara oscura de la innovación, una forma de explotación que la Iglesia denuncia como contraria a la caridad cristiana y la justicia social.

Dios creó al hombre para la libertad y la alegría. Por lo tanto, cualquier tecnología que limite deliberadamente esta libertad interior mediante la inducción de adicciones patológicas o a través de una vigilancia total y asfixiante es, en efecto, una forma de opresión. Ya sea mediante la vigilancia policial automatizada o la sutil manipulación comercial de las redes sociales, la Iglesia denunciará continuamente estas prácticas. Ninguna cadena, ya sea forjada en el hierro de barcos de esclavos o escrita en código informático, puede legitimarse en nombre de un progreso que excluye el alma. El camino de la humanidad debe ser un camino de liberación, donde la tecnología sirva para romper los yugos de la pobreza y no para construir otros nuevos y más insidiosos.

7. El atractivo de las grandes tecnológicas: responsabilidad y transparencia.

En un pasaje de extraordinaria inmediatez y contundencia, el Papa León XIV se dirige directamente a los líderes, accionistas y planificadores de las principales industrias tecnológicas mundiales. Reconoce el papel crucial que desempeñan estas instituciones privadas en la configuración no solo de la economía, sino también de la cultura y la psique de toda la humanidad. Sin embargo, precisamente debido a esta influencia sin precedentes, el Pontífice les exhorta con solicitud paternal a no ceder a la tentación de convertirse en los «nuevos amos de las conciencias». El poder de dirigir el deseo humano, influir en las opiniones y controlar cada momento de la vida cotidiana no puede ejercerse sin un sentido superior del bien común y de la responsabilidad moral.

En un pasaje que parecía estar dirigido a Silicon Valley, el Papa advirtió que el poder sobre los sistemas digitales, la infraestructura y los datos "no reside en los estados, sino en los principales actores económicos y tecnológicos", y que cuando dicho poder se concentra "en manos de unos pocos" tiende a "volverse opaco y escapar al control público, aumentando el riesgo de formas distorsionadas de desarrollo que dan lugar a nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades".

Las empresas que dominan la era digital actual están llamadas a promover un desarrollo verdaderamente inclusivo, sin dejar a nadie atrás, empezando por los más desfavorecidos. León XIV denuncia un crecimiento tecnológico que con demasiada frecuencia fomenta la exclusión y la marginación de los más pobres. Por ello, la encíclica propone una justicia económica global: solicita que una parte significativa de los ingresos derivados de la extracción y comercialización de datos —un recurso generado colectivamente por la humanidad— se destine a un fondo mundial para la educación y la sanidad en los países menos desarrollados. Es urgente cerrar la brecha digital, que el Papa define como la «nueva frontera de la pobreza» del siglo XXI; un abismo que separa a quienes poseen conocimientos técnicos de quienes quedan excluidos, condenando a poblaciones enteras a una nueva forma de aislamiento y subordinación.

«Vuestro genio es un don de Dios», escribe el Pontífice, dirigiéndose a los innovadores de Silicon Valley y los centros tecnológicos del mundo, «y, como todo talento, conlleva el deber de servir». León XIV les insta a utilizar esta inteligencia superior para construir la paz, resolver las principales crisis medioambientales y promover la salud mundial, en lugar de usarla para perfeccionar sistemas de vigilancia asfixiantes, manipular el consenso político o perseguir modelos de lucro excluyentes que ignoran el sufrimiento de sus hermanos y hermanas.

La transparencia no debe ser meramente un requisito técnico, sino un acto de honestidad intelectual: las grandes tecnológicas deben rendir cuentas del impacto social de sus productos, abandonando la lógica de los algoritmos como impenetrables «cajas negras». La Iglesia insta a estas empresas a convertirse en socias de un nuevo humanismo, donde el valor del individuo siempre supere la capitalización bursátil. El progreso solo es posible si enciende la esperanza en las periferias del mundo y respeta la libertad inviolable de cada persona.

Las declaraciones del Papa son particularmente oportunas, dada la decisión de Donald Trump la semana pasada de posponer una orden ejecutiva que habría exigido revisiones de seguridad para los nuevos modelos de IA. En medio de una carrera armamentística tecnológica, la arrogancia temeraria, la búsqueda de lucro y la falta de responsabilidad de figuras como Elon Musk representan una amenaza para el bien común. Como argumenta Magnifica Humanitas, la regulación estatal es necesaria para garantizar que las extraordinarias innovaciones y beneficios que la IA puede ofrecer se utilicen para el bien de todos.

Cabe destacar que la presentación de la encíclica del Papa León XIII incluyó un discurso de Christopher Olah, cofundador ateo de Anthropic. Duramente criticada por Trump por negarse a aprobar el uso de algunas de sus herramientas para la guerra y la vigilancia masiva, Anthropic parece ahora posicionarse como la cara ética de la inteligencia artificial. La presencia de Olah ha suscitado acusaciones de manipulación política, pero el Vaticano probablemente ve esta colaboración como un símbolo de un diálogo moral necesario. Olah argumentó que el desarrollo de la inteligencia artificial no puede dejarse exclusivamente en manos de las empresas tecnológicas, y abogó por una mayor supervisión por parte de los líderes religiosos, los gobiernos y la sociedad civil.

8. Hacia un “humanismo integral en la era digital”

En las conclusiones de Magnifica Humanitas, el Papa León XIV esboza con esperanza y vigor la visión de un «humanismo integral de la era digital», es decir, «un proceso en el que el crecimiento de los individuos y los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro a las generaciones venideras». Este concepto no representa una huida al pasado, sino una brújula hacia el futuro: una invitación imperiosa a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad a no temer las innovaciones tecnológicas, sino a moldearlas con la fuerza invencible de la caridad. El Pontífice nos recuerda que, por extraordinarios que sean los logros de la inteligencia artificial, jamás podrá reemplazar el misterio del sufrimiento humano, la regeneración nacida del perdón ni la insondable profundidad del amor gratuito. Son precisamente estas dimensiones de la existencia, impregnadas de debilidad y trascendencia, las que definen la singularidad del ser humano frente a la máquina.

«Las máquinas pueden contar, pero desconocen el significado del sufrimiento; pueden simular la cercanía mediante circuitos, pero no pueden ofrecer la comunión de las almas», escribe el Papa con conmovedora claridad. La encíclica concluye con una sentida plegaria por los científicos, programadores y legisladores, para que su labor esté siempre iluminada por la sabiduría: el progreso de la mente debe ir acompañado constantemente por el progreso del corazón. La humanidad, enseña León XIV, es verdaderamente «magnífica» no por el poder de sus cálculos ni por la complejidad de sus inventos, sino por su capacidad de amar como Dios ama, libre y gratuitamente.

Este documento constituye el verdadero testamento espiritual de un Papa que buscó dirigirse directamente al corazón de la «generación silicio». En Magnifica Humanitas, la Inteligencia Artificial nunca se condena como un enemigo ontológico, sino que se la trata como una creación del intelecto humano que, al igual que cualquier otra obra humana, debe ser educada en la justicia y orientada hacia el bien común. A través de estas páginas, la Iglesia reafirma su papel como «experta en humanidad», posicionándose como la voz de los que no tienen voz —desde los trabajadores de datos explotados por ellos hasta los jóvenes perjudicados por el ciberacoso— y como guardiana del esplendor único de cada individuo.

Frente a todo intento de reducción tecnocrática que transformaría al hombre en un número o una función, León XIV clama por la libertad: el hombre es hijo de Dios, no un producto del mercado ni un resultado algorítmico. El futuro no está escrito en las líneas de un código predeterminado, sino que permanece confiado a las manos libres de la humanidad, que, iluminada por la fe, está llamada a construir una civilización del amor incluso entre los servidores y las redes del mundo moderno.

9. Convergencias entre las posiciones del Papa y las de la izquierda marxista

La intervención del Papa se fundamenta, por supuesto, en una perspectiva teológica. Pero un mensaje que prioriza la humanidad es un mensaje que el mundo secular puede compartir. Como afirma León XIII: «Cada generación hereda la tarea de moldear su propia época, de guiar la historia para que se convierta en un espacio donde se salvaguarde la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Sin embargo, toda época también corre el riesgo de crear un mundo inhumano y más injusto». Magnifica Humanitas es una contribución importante a un debate crucial.

El encuentro entre las enseñanzas de León XIV en «Magnifica Humanitas» y las posturas de la izquierda marxista contemporánea revela una convergencia inesperada y profunda, a pesar de sus orígenes en presupuestos metafísicos opuestos. Si para la Iglesia el objetivo es la preservación del ser humano como imagen de Dios, para la crítica marxista el objetivo es la liberación del trabajador de las cadenas de la alienación. Ambas visiones, sin embargo, identifican en la Inteligencia Artificial el riesgo de una nueva y definitiva forma de sometimiento de la mayoría a la minoría.

El punto de contacto más inmediato es la crítica a la mercantilización de la existencia. León XIV, al hablar de «esclavitud de datos», se hace eco de la teoría marxista de la extracción de plusvalía. Desde una perspectiva marxista, la IA no es más que la última evolución del capital constante: máquinas cada vez más complejas que no se utilizan para liberar a los humanos del trabajo, sino para subsumir cada momento de la vida cotidiana bajo la lógica del lucro. Cuando el Papa afirma que «el hombre no tiene precio», se alinea con la lucha contra la «reificación» que transforma las relaciones entre personas en relaciones entre cosas (o entre datos). La economía de plataformas, condenada por la encíclica como «esclavitud algorítmica», representa para la izquierda radical la forma más pura de explotación, donde los trabajadores de la economía colaborativa se encuentran atomizados y desprovistos de toda protección, gobernados por un algoritmo que actúa como un «capataz digital».

En lo que respecta a la automatización, el debate se está acalorando. La izquierda marxista ve en la IA el potencial de un «comunismo del tiempo libre», pero advierte que, bajo el capitalismo, solo producirá una gran cantidad de «inutilidad» económica. La encíclica afirma: «La búsqueda de mayores ganancias no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente empleos, porque la persona humana es un fin, no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a la dignidad humana y al bien común». León XIV responde con la propuesta de una «reforma del valor del trabajo»: la productividad generada por las máquinas debe traducirse en una reducción de la jornada laboral para todos. Aquí, la «caridad» del Papa y la «justicia social» de los marxistas exigen lo mismo: tiempo recuperado para la vida, la cultura y la sociabilidad. Ambos rechazan la idea de que la IA deba servir únicamente para aumentar los ingresos de las grandes tecnológicas —las modernas «monarquías de silicio»—, y abogan en cambio por que la tecnología sea tratada como un bien común de la humanidad.

Finalmente, la condena de las armas autónomas (LAWS) aúna el internacionalismo pacifista de la izquierda con la moral cristiana. Ambos ven la guerra automatizada como la culminación de la desconexión entre poder y responsabilidad: una guerra "limpia" para quienes la ordenan, pero que masacra personas en nombre de cálculos predictivos. La "tecnocracia" denunciada por el Papa es, para el marxista, la hegemonía del capital financiero que utiliza algoritmos para asegurar su dominio.

En resumen, la Magnifica Humanitas y la crítica marxista convergen en un humanismo radical de resistencia. Ambas claman que la tecnología debe servir a las necesidades de la humanidad, no a la insaciable búsqueda de ganancias. Si León XIV anhela un «corazón que ilumine la mente», la izquierda marxista lucha por un poder democrático que controle los servidores. En este espacio compartido, la batalla contra la IA excluyente se convierte en la batalla por la dignidad universal, contra cualquier intento de reducir el milagro de la vida a una simple cadena de código.

https://transform-italia.it/magnifica-humanitas-lalba-di-un-nuovo-umanesimo-cristiano/

Traducción: Carlos X. Blanco


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